martes, 21 de abril de 2020
MANCHA DE NOCHE
¿Cuántas noches han pasado desde que se pasó la noche? ¿Y cuántas noches desde que el día se hizo noche eterna y el cielo una mancha roja, oscura y sangrante por dentro?
¿Cuántas noches han pasado desde que la muerte vino y se fue, dejándome solo con la noche?
¿Cuántas noches se han ido danzando con el alcohol y la música, llevándose la mirada perdida de sus ojos que nunca más volveré a ver?
¿Cuántas vidas he perdido en cada una de esas noches? ¿Y cuántos gatos han caído de pie por mi, para mantenerme vivo, para ocultarme de la noche y la muerte que bebían a la salud de mi memoria cruel y todos los olvidos postergados?
¿Cuántas noches, vida mía, me quedan todavía antes de sacrificar de una vez mis últimas palabras, por no poder ya verlas sufrir y desangrarse?
Noche tras noche.
Copa tras copa.
Canción tras canción.
Muerte tras muerte.
RR
martes, 24 de marzo de 2020
DESDE ADENTRO
Vos sabés que tengo que escribir algo, vos lo sabés. Vos sabés que este día no es cualquier día, que aunque este día esté presente todos los días, cuando este día finalmente llega todo se vuelve pesadumbre y nudo, una tristeza que se asemeja más al dolor de la carne que a la melancolía de un tiempo que no debió haber sucedido jamás.
Pero sucedió y vos lo sabés mejor que yo. Y mirá que yo lo sé bien. Lo sé porque un poco lo leí y otro poco, mucho más contundente aún, porque lo viví en su momento sin darme cuenta. Pero sobre todo, por lo que vino después, esto que hoy está más presente que ayer y lo que estará mañana, este aroma espantoso que dejan las tragedias, ese olor a muerte, a ardor incesante, a rencor y venganza. Sí, también rencor, también venganza, ¿de qué vale mentirnos a esta altura? Pero, fíjate vos, a pesar de eso, de esos sentimientos tan humanos, tan naturales cuando a alguien se le pone el cuchillo en la garganta, la soga al cuello o una picana en los genitales, a pesar de todo eso, lo único que sigo pidiendo, ayer, hoy y mañana, es justicia.
Y ya que estamos hablando -como lo hacemos desde hace tanto-, tal vez estaría bien que habláramos de esa Justicia que reclamo, no de la justicia que se ofrece al mejor postor, ese teatro payasesco y vil que nada tiene que ver con la Justicia. Esa justicia es apenas una mímica, una parodia de esta Justicia de la que te hablo. Porque yo reclamo Justicia a secas, sin letras chicas, sin atenuantes, sin privilegios. Quiero Justicia con juicio y castigo. Quiero Justicia efectiva y terminante. Quiero Justicia -como alguna vez escribí en otro lado- para los justos y para los traidores. Y, ¿sabés por qué te aclaro esto, por qué hago tanto hincapié? Porque esta Justicia debería abarcar a quienes te desaparecieron, a quienes te torturaron, a quienes te mataron pero también a quienes se quedaron con todo, esos que brindaban con fino champagne y las manos manchadas de sangre y el alma podrida, mientras los cuerpos caían al río y al mar apenas adormecidos. Reclamo Justicia también para esos otros oscurantistas que engañaron y delataron murmurando oraciones a un Dios silencioso y corrupto. Reclamo Justicia para los mismos que todavía hoy siguen dando vueltas ahí afuera, mordiendo y envenenando el futuro como víboras procaces; nefastos personajes que van y vienen destilando odio sin siquiera ocultarlo -y que hasta lograron tener un gobierno donde acomodar toda su inmundicia tratando infructuosamente de borrar este día de la memoria-. Yo reclamo Justicia, sumaria e inapelable para todos ellos.
Por eso los combato, ayer, hoy y siempre, gritando “¡presentes!” cada 24 de marzo en alguna plaza, caminando junto a las Madres y a las Abuelas y a los Hijos y a los Nietos y a tantos otros como yo que te defendemos con el cuerpo y el alma, con la palabra convertida en fusil.
Por último, dejame que te cuente que este 24 tal vez parezca que no estoy, que me quedé en casa por cansancio, por agotamiento, porque me convencieron de que ya está, que ya pasó, que debemos seguir adelante y dejar el pasado atrás. Pues no, nada de eso ocurrió (ni ocurrirá nunca). Estoy en casa porque este mundo sigue siendo una mierda y las lecciones siguen sin aprenderse. Porque la justicia sigue yendo de la mano de los traidores, mirando descarada siempre para el mismo lado. Porque en este mundo todavía la vida tiene el precio que le ponen los mercaderes filibusteros. Porque todavía en este mundo el oro vale más que la conciencia. Porque todavía en este mundo la tierra tiene dueño -y no precisamente aquel que la trabaja-. No, lamento decirte que desde aquel 24 de marzo las cosas no han cambiado tanto como se cree. Todavía el progreso humano es medido en parámetros financieros y tecnológicos, y eso, tan estúpido y trágico, está siendo vomitado desde las entrañas de la Tierra en estos últimos días, para que nadie tenga ninguna duda de que nada de eso es progreso, y mucho menos humano. No, las cosas no han cambiado tanto como parece. Todavía están al mando los que invaden, bombardean y matan todo lo que nace y crece libre y soberano, esos bárbaros que se presentan en todos los medios como “el mundo civilizado”. Mientras que quienes defienden (y se defienden) solidarios con la salud, la educación y la libertad de todos a ser, son condenados y aplastados donde sea que osen levantarse con sus voces y sus cuerpos hambrientos, para ser echados a empujones del futuro.
Pero eso no me detiene, ¿sabés? No, yo sigo en la calle por más que hoy parezca que no estoy, que no hay nadie. Creeme, estoy ahí con vos y ella que está a tu lado, con los 30.000 y con todos los justos que buscan justicia.
Estoy ahí y estoy acá, buscando todavía a quien lleva sin saberlo tu sangre y la mía, tu nombre oculto debajo de otro que no encaja sino en una historia falsa.
Ahora te dejo por un rato. Hoy me toca quedarme en casa. Afuera todo es silencio, apenas unos perros ladrando en la vereda, unos pájaros cantando sobre los árboles que pierden sus hojas, y una conversación en voz baja entre el cielo y la tierra que probablemente estén planeando lo que harán cuando el virus de la humanidad desaparezca inapelable por su propia ambición y su inhumano egoísmo.
Afuera no hay mucho más que eso. Adentro… Bueno, adentro duele.
-A la memoria una vez más de Jorge Repetur y Gabriela Carriquiriborde, secuestrados el 30 de septiembre de 1976 (aún desaparecidos); y con la esperanza inquebrantable de encontrar finalmente su hija o hijo.-
-Ni olvido ni perdón-
MEMORIA, VERDAD Y JUSTICIA
RR
domingo, 22 de marzo de 2020
BORRADOR DE DOMINGO
He decidido morir el domingo. Sí, he decidido darme el gusto de otorgarle a mi último suspiro la dignidad de una coherencia inútil, desenvolverlo de todas aquellas falsas promesas declaradas irresponsablemente y que, sin que nadie lo sospechara, he llevado a cabo secretamente. Sólo para no morirme sin una buena razón.
He decidido morir el domingo para no llamar la atención de mis futuros biógrafos que podrán contentarse con la comprobación de sus hipótesis que indicaban que ya estaba muerto, que era un tipo perdido en los delirios de la imaginación y los sueños, levantando con escasos argumentos banderas de causas perdidas.
Sí, he decidido morir el domingo, así de simple. Y lo he decidido luego de admitir que, finalmente, nada cambiará a partir de ese día. Que caminarán por las calles hombres y mujeres con los mismos anhelos de inmortalidad, con los mismos miedos recurrentes, con los mismos aires de grandeza y con miserias ostensibles; con dolores y penas, con los ojos alegres siempre mirando a futuros promisorios y siempre cargados de lágrimas contenidas. Y como única prueba de mi existencia quedarán en los cajones no más que los restos polvorientos de quien simulé ser: un amante novelesco con pretensiones de Quijote enamorado, homenajeando mujeres de bellezas incomparables y virtudes irreprochables que aguardaban ansiosas mi llegada. Nada quedará de aquellos párrafos que aspiraban a ser sólo penosos relatos de mis constantes derrotas amorosas y que, finalmente, nunca lograron ser más que los lamentables intentos fallidos de un pusilánime de olvidar aunque sea sus nombres.
El domingo será el día. Quizás porque siempre estuve muerto los domingos. Porque mientras otros morían los lunes o los jueves, yo moría siempre en domingo, a la hora en que las esperanzas de sobrevivir a la muerte también morían. Y con el fracaso contundente de aquellas esperanzas, yo preparaba el mate para reconciliarme con esa muerte que nunca conviene olvidar que camina a la par de la vida, ofreciéndose para algunos como remedio o promoviendo en otros epopeyas y actos heroicos para beneplácito de los poetas. Así, saboreando ese amargo silencio que nace con el ocaso, armaba confesiones inconsecuentes y arriesgaba pronósticos improbables, mientras ordenaba por colores los ojos de las mujeres perdidas en papeles inundados de palabras amorosas que hasta ese momento tenían destinos concretos y definidos pero que, a medida que el rojo infernal del cielo cambiaba hacia el oscuro de la noche, se volvían inciertos e imposibles.
Por eso el domingo es un buen día para morirse. Porque nada se parece más a la muerte que un domingo por la tarde, cuando al final de este fatídico día se persignan quienes reconocen que el final es inevitable, que la resurrección es pura fábula, que los arrepentimientos no devuelven a los amores ni unen las partes rotas del alma. Y probablemente también haya quienes elijan hacer como si nada pasara, como si la muerte no los hubiese alcanzado ya, como si no fuesen fantasmas inconscientes de una profecía ya cumplida sin su consentimiento. Y entre ellos estarán probablemente esos otros, esos que se esconden detrás de unas justificaciones del deber ser y de ser lo que se debe, sin arriesgar nunca la vida para no cargar con el peso de una vida que no vale nada sin la muerte.
Ahora ya es tiempo. El domingo ha llegado nuevamente. Después de muerto, seguramente vendrá a mí una vez más el recuerdo de las promesas del sábado, de esas inquebrantables ilusiones de despertar a su lado alimentadas por un coraje y una valentía sólo comparables a estas que comienzan a brotar ahora que se me cierran los ojos pensando en que aun me quedan algunos minutos antes de que me capture la muerte, antes de que me entregue pacíficamente al coma de la noche que me sumergirá una vez más en un sueño que no para de soñarla de lunes a viernes, alimentando unas estúpidas esperanzas sabatinas que, afortunadamente, ahora morirán conmigo en este borrador. Un nuevo borrador que quedará abandonado en las sombras encima de todos los otros. Por lo menos hasta el próximo domingo.
RR
martes, 10 de marzo de 2020
LUCHA, MUJER
Lucha, mujer.
Lucha y vuela y sonríe.
Lucha y nunca abandones tu lucha.
Lucha siempre junto a las otras que como vos luchan.
Lucha contra todo y contra todos.
Lucha con tu fusil y tus manos.
Lucha y que no quede ninguno.
Lucha contra el macho, el bastón y la sotana.
Lucha contra el explorador y sus leyes y su injusticia.
Lucha contra los oscurantistas y los misóginos y todos sus fiscales.
Lucha.
Una y otra vez lucha.
Y cuando la lucha acabe sigue luchando.
Lucha hasta que no haya ni universidad ni templo con la osadía de desconocer tu lucha o que amenace la lucha, la tuya y la de todos los otros justos que luchan y mueren luchando.
Lucha la lucha que nos vuelve y nos redime
La eterna lucha contra los traidores y los asesinos.
Lucha, mujer.
Ese tu deber y tu derecho.
Luchar.
RR
jueves, 27 de febrero de 2020
UNA REVISIÓN MÁS PARA EL OSCURO ARCHIVO DE LAS DESILUSIONES
-Para todos aquellos que han decidido defenderse de los recuerdos simulando el olvido.-
Posiblemente esta sea esta la última vez que sepa de ella, que piense “jamás volverá”. Sí, es probable que ya no me siente a esperar que no aparezca nunca, deseando falsamente no haberla conocido.
Por ejemplo: saldré a la calle como hace todo el mundo y me la cruzaré mil veces, y hasta es probable que la reconozca entre todas las mujeres y me acuerde de su mirada furiosa, y frente a sus ojos asienta con la cabeza que ya no somos lo que hubiésemos podido ser. Y entonces ahí mismo, como cualquier tipo desconocido, siga mi camino.
Porque antes de conocerla yo tenía un camino -aunque ni ella ni yo lo supiéramos-. Y contrariamente a lo que uno pudiera pensar, aquel camino era este mismo. Este que transito ahora mientras le paso por un costado rozándole el brazo, acariciándole el pelo sin ninguna intención, como si fuéramos los dos parte de un ómnibus yendo en una misma dirección pero cada uno atento a su parada y a los ojos de otro destino. Un destino que si bien antes pudo haber parecido nuestro, nunca fue más que el suyo y el mío, como si fuesen las dos veredas de una misma calle.
No, ya no es posible buscarla. Ya no. Ya no queda resto de soga para seguir tirando. Ya no hay en este mundo un mundo como aquel que yo, en medio de la corriente torrentosa del fracaso amoroso, ridículamente denominé “nuestro mundo”. Ha llegado el momento de asumir que ella es una mujer más entre todas, una mujer más en la escueta lista de aquellas a las que podría aspirar en secreto sin arriesgar un centímetro de mis penas. No obstante, ella permanece ahí, al alcance de mi mano, una musa masturbatoria para cuando la marea del amor se retira y me deja exhibiendo mis caracoles y mis almejas y toda la basura que me arroja la gente creyendo que soy un depósito de lágrimas. Pobre de ellos. Pero, sobre todo, afortunada ella.
Afortunada ella que ya no deberá asistir indocumentada y sin previo aviso a estas kermeses donde no hay nada que ganar, excepto un osito de peluche o algún papel arrugado y mugriento lleno de frases gradilocuentes y cursis que nunca podrán hacer más que lo que han hecho penosamente hasta ahora, esto es, inyectarle en alguna de sus venas un antídoto contra esta locura que alguna vez fue haberme creído su amante.
Y digo afortunada ella porque ella ha podido llevar adelante esa hazaña de retirarse a tiempo, de saltar desde la proa y evitar así hundirse en un naufragio anunciado. Y, más aun, se ha encargado una y otra vez de declarar silenciosa y a los gritos (esos silencios que son puro grito, puro puño alzado esgrimiendo la promesa de la peor de las venganzas) que más vale sola que mal acompañada, que ciertas compañías -como en este caso la mía- no sirven para nada, sólo para ocupar incómodamente ciertos rincones que han nacido para estar desocupados, para ser sólo los tristes y recónditos vértices adonde arrojar las constantes decepciones. Así de afortunada es su fortuna. En cambio la mía…
Bueno, en mi caso, yo lo que tengo es un archivo de desilusiones ordenadas alfabéticamente. Un lugar oscuro y desolado en donde guardo los avisos de retorno de todas esas cartas que nunca llegaron a destino, que se perdieron en la nebulosa de la indiferencia. Y por ahí anda ella, caminando alegremente por los pasillos como una especie de bibliotecaria que se encarga de sacarles el polvo a estas desilusiones. Cada tanto se sienta en su escritorio a corregir los errores ortográficos y los horrorosos desatinos de mis confesiones que permanecen afortunadamente escondidas en estos textos, aunque siempre preparadas por cualquier caso. Ante la más mínima intención, ante el más íntimo e inconfesable y maldito deseo de lanzarme a otra cruzada amorosa imposible, ella aparece con algún tomo olvidado y me pone inmediatamente en mí lugar.
Y mi lugar es este. Este mismo donde concurro diariamente para apartarme de su sombra, para dejarla en paz con su fortuna, con sus pasos de comedia y con su osada desfachatez a prueba de balas. Y al hacerlo no hago más que asumir que, aunque no debería, a veces me causa cierta ternura su soledad remendada con besos pasajeros y, de la misma estúpida manera, me creo en el deber de consolar su posible tristeza. Entonces, finjo que no estoy acá, que estoy ahí, junto a ella, y que me quedaré a su lado para siempre e iré tras sus pasos por cada uno de estos agregados que escribo periódicamente sólo para que ella no sienta que la he olvidado, que todavía la quiero para acostarme a su lado cuando a ella se le antoja, aunque eso me provoque una muerte súbita e irremediable. Simulo que vengo hasta este lugar cada día a dejarle algo escrito sobre la mesa, algunos garabatos incongruentes, algunas confesiones falsas que tal vez le sirvan para aferrarse a esa distancia que a ella le permite salvaguardar su fortuna y a mí seguir escribiéndole aunque más no sea textos que, a decir verdad, no son otra cosa que innecesarias revisiones de escritos pasados que corrijo y amplío sin ninguna razón verdadera, probablemente sólo para atraer su atención, para verla ir y venir entre los anaqueles buscando el lugar que ella considere correspondiente para cada uno de estos deseos marchitos convertidos en párrafos sin una historia que los agrupe, sin un mínimo argumento que los justifique.
Entonces, y como para ir concluyendo, será mejor dejar esto inconcluso para de esa manera tener mañana una excusa para volver. Dejar una frase por la mitad como para que al encontrarla me dé un pie desde donde comenzar de nuevo. Aunque, ahora que lo pienso, quizás podría cambiar por una vez el desenlace y aportarle una cuota de misterio a esta revisión. Podría esta vez simular que me olvidé de ella y dejar algo que la provoque, que la enoje un poco. Quizás un espacio en blanco que la deje por un rato con la sensación de que me he ido para siempre, de que en un momento, sin que ella lo notase, pasé por su lado, rocé su brazo, acaricié su pelo y me bajé de este ómnibus sin avisar, rompiendo todas las reglas, sin tocar el timbre y con el coche en movimiento. Podría simular que esta manía de escribir nada más que para verla ir y venir ordenando las palabras, terminará definitivamente al final de este último párrafo. Es decir, podría simular que estoy en un lugar mucho más cercano para ella. Tan cercano que no haría falta ya que le siguiera escribiendo frases repetidas para cuando la asolaran las soledades. Tan cercano que, si ella quisiese, me tendría al alcance de su mano. Porque, a decir verdad, nunca me he alejado demasiado, ni de su sombra ni de ella, sólo he simulado esa lejanía. Seamos honestos por una vez, ¿para qué seguir simulando? Si la verdad es que nadie puede irse del todo y para siempre de aquellos lugares en donde ha amado alguna vez.
RR
viernes, 14 de febrero de 2020
A PENAS
y a ella...
Son apenas las nueve y el vaso de vino agoniza a un lado. Son apenas las nueve y la lluvia va y viene dejándome en evidencia, todos saben cómo me pongo cuando llueve -aunque ella seguramente no-.
Son apenas las nueve y a las penas me remito. Porque sí, porque son apenas las nueve, apenas unas horas desde que nos tiraron el último muerto, otro más después de aquellos otros tantos.
Son apenas las nueve y me acurruco como un niño en mi refugio de alcohol y palabras pensando en que a esta hora una muchacha de ojos claros no sabe -ni siquiera supone- que apenas la conozco y ya le estoy escribiendo. Es que a penas nos movemos algunos y a penas se mueven los hilos de quienes no tenemos otro escondite más que las palabras (y las penas).
Sí, apenas son las nueve y pico y no hago más que pensar en ella, en los colores de su foto que apenas se distinguen en el recuerdo y que apenas puedo dibujar con los restos de su voz pequeña. Pequeña apenas.
Ya son casi las nueve y veinte y apenas tengo una o dos cosas más para decirle que de ninguna manera diré ahora, en estas condiciones, bajo estas circunstancias, sin otra razón para hacerlo que esta pena. Si puede que me perdone y si no, otra vez será.
Claro, ella no tiene por qué saber todavía que a mí, cuando se me viene la lluvia encima de la noche, apenas si puedo contenerme de llamarla, de invitarla a compartir las penas o las solicitudes mutuas. Apenas si puedo embocarle a estas endemoniadas teclas que son mi pincel y mi paleta. Unas teclas que hoy samaritanamente simulan una falsa comprensión hacia mi persona como lo han hecho otras veces (y que agradezco). Sin embargo, yo sé que casi no toleran ya que siempre hayan más penas que glorias.
Es que a penas le escribo y apenas me sale. Y si hoy no fuera por ella, apenas si me hubiese alcanzado para llegar a casi las nueve y media sin llamarla. Sí, apenas las nueve y media. Apenas unas horas después de haber vuelto de ver el mar, donde uno no hace otra cosa más que hablar con ella, con ella y con las penas; sin que ninguna -ni ella ni las penas- lo sepan nunca; sin que siquiera puedan imaginar que mientras unos miserables siembran muerte en los cauces de la vida, otros -en este caso yo- apenas si podemos encauzar unas apenadas palabras para que, de alguna manera, lleguen a ella.
RR
martes, 4 de febrero de 2020
A MODO DE RESPUESTA A UNA FLOR
Que la muerte no te encuentre sola, amiga mía.Pero, sobre todo, que la muerte no te olvide. Que no se olvide de tus negativos y de tus colores. Que no te deje sin haberte revelado ante todo eso que te rebela, que te ofusca, que te desnuda y te conmueve.
Pero que tampoco te convoque en mi umbral cuando ya sea tarde, cuando ya me haya ido, cuando mi cuarto haya sido desterrado de mi última hora.
Que no sea la muerte nuestro tema, que sea la vida misma y tu vulva que aún puedo decir que sabe más a lo que saben mis antecedentes que a lo que creen saber los que no saben nada.
Porque por si no te has dado cuenta todavía, no alcanza este prontuario para confirmar que ni vos ni yo, ni tú ni él, ni nosotros ni ellos somos poco menos que unos versos dentro de un poema universal a punto de ser devorado por el tiempo. Entonces, que no sea la muerte...
O tal vez sí, mejor que sea ella. Ella y nadie más.
RR
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