martes, 8 de agosto de 2017

LLUVIA DE ABRIL

(Primera corrección provisoria)

     Antes que nada, pido disculpas. Escribir sobre la lluvia, bajo la lluvia, resulta una obviedad aun mayor que el suspiro inconsciente que recorre este vilo de muerte con aroma a fracaso. Porque escribir sobre gotas y charcos es más bien un atropello a aquellas soledades silenciosas que sobreviven todo el año bajo el pavimento del olvido,  llueva o truene. 
     Sin embargo, quien se atreve a escribir lo ya escrito mil veces -en este caso yo-, no busca refugio ni amparo. Todo lo contrario. Busca empaparse de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. De pies a cabeza. Quien pisa estos charcos mugrientos... Yo, que piso estos charcos mugrientos, quiero, quizás entre otras cosas, recuperar la sonrisa de aquel niño que empujaba un indio sobre una canoita de plástico en la calle Alberdi apenas el sol momentáneamente asomaba en el cielo.
     Pero no nos pongamos melancólicos, sigamos más bien con la realidad que inunda estos márgenes. Mejor será darle lugar a esta vana sensación de estar escribiendo para quien sabe perfectamente que jamás volverá a saber de mí, llueva o truene. Debo admitirlo: es probable que de aquí en más no tenga nada más que escribir y sólo reme con el indio hacia un horizonte fabuloso sabiendo que, apenas termine este texto, volveré al cordón de la vereda a leerlo incontables veces para corregirlo otras tantas hasta dar con el paradero del color de sus ojos, con el anonimato de su voz ronca, con el perplejo resplandor de su vulva abrevando una primavera porteña. 
     No se trata de escribir bajo la lluvia, ni de llorar en esta tarde gris -pues no me han venido las ganas-. Se trata, en todo caso, de separar su sujeto de mi predicado y darle un poco descanso al abundante silencio que sopla en la ventana de esta habitación oscurecida adrede. Y mientras subrayo sus oraciones con azul y colorado me pregunto: ¿de dónde y por qué la estará trayendo el viento a estas horas?, ¿cómo habré logrado convencerla de que cambie por un instante el tiempo y conjugue aquel pasado imperfecto en un presente imposible como el que llueve en mi mar y truena en su río? Y aunque todos los ríos, dicen, van a parar al mar, es menester reconocer que el suyo, tan marrón y tan sucio, tan reo y tan ancho, no llegó nunca a endulzar los salados renglones de mis constantes despedidas. Debe ser que este mar no es tal. No es un mar de esos de mapamundi que sumergen la plataforma continental despiadadamente hasta besar los acantilados del sur y las playas del centro contaminadas de horrendas carpas. Debe ser que este mar no es otra cosa que un miserable charco de pura lluvia. Un marcito fraudulento que cuando llueve y se le mojan las patas se le da por fantasear con besar la orilla de su boca, pero que, al final, siempre termina de rodillas avergonzado ante su río honesto y verdadero. 
     Y ya sabemos de lo que un río es capaz. Ciertos ríos, para los que insistimos con escribir bajo la lluvia y no encontramos otras ocupaciones más loables -o, al menos, más redituables-, pueden resultar mortales, ahogándonos irremediablemente. Ríos nacidos de deshielos amorosos que permanecen ocultos, supuestamente para siempre, en sobres perdidos, con la estampilla despegada y la dirección del destinatario ilegible.
     No obstante, si escribo a pesar de todo, lo hago probablemente como un impulso exagerado, como la respuesta de un pobre estúpido al graznido de las gaviotas que aprovechan el amaine del viento y cambian de dirección, llevando su vuelo hacia otros mares mucho más parecidos a esos donde desembocan aguas más dulces que las que desembocan en este estuario. 
     Así que, mejor será que no se me lleve demasiado el apunte cuando llueve. Sucede que algunos aprovechamos cualquier circunstancia para ocultar la permanente carencia de un argumento medianamente original, o al menos interesante. Porque, como podrá fácilmente observarse, no existe ni un atisbo de cordura y sensatez en esto que escribo quién sabe para qué (aunque claramente para quién). De todas maneras, no es este el momento de llevar adelante un sinceramiento inútil que debería incluir impostergablemente la admisión de que hace rato ya debería haber abandonado esta práctica pseudo literaria donde finjo que navego mares de leyenda cuando, en realidad, no hago otra cosa que flotar en mi propio charco sucio, hablándole a un indio de plástico que ni se acuerda de mí. Y, lo peor de todo, donde expongo ominosamente a esta desafortunada mujer al vaivén de una canoa a punto de hundirse; condenándola injustamente a abrazarse a unos deltas laberínticos y a recorrer un cauce inexistente para zambullirse sobre el salado gusto de un charco con pretensiones marítimas del que no está ni enterada. 
     Y todo por este viento del sur, esta lluvia de abril en pleno agosto. Por eso, al llegar a este punto de la corrección, y antes de besarla una vez más bajo el ombú de una plaza soleada cerca de su río, más por decoro que por vergüenza, remuevo siempre cualquier posible referencia indiscreta que le permitiera tal vez reconocerse. Borro invariablemente todo dato capaz de develar las coordenadas de su lucha, su vida y su elemento; la perfección de todas sus imperfecciones y cualquier referencia a los dolores de muerte que sobreviven insolentes y desconsiderados sobre su espalda erguida a duras penas y bajo el brillo celeste de su iris refugiado permanentemente detrás de una lente. Llueva o truene.

RR




jueves, 20 de julio de 2017

LA NOCHE


     Digámoslo sin vueltas: lo único que uno quiere es encontrar la manera de decir de una vez por todas adiós y terminar con esa mala costumbre de andar revolviendo puñales en heridas proscriptas, vencidas o, en el mejor de los casos, pasadas de moda. Porque no es posible que uno ande por la calle como un lunático -y a la vista de todos- repitiendo la formación de un quinteto nada más que por salvarse de un silencio que ni siquiera nos recuerda. 
     Y uno los ve, no es que se haya vuelto irremediablemente estúpido. Uno percibe la mirada de los perplejos transeúntes posándose despiadada sobre quien parece estar pasando lista al aire, cantando nombres y mezclando melodías y contrapuntos soeces en medio de una plaza en la que, por más que sea la misma de alguna vez, ya no florece aquel perfume a verano. No, lo único que se huele es ese aroma rancio de los recuerdos imborrables, más parecido a un invierno que a otra cosa -y que si no es porteño es sólo por una cuestión geográfica-. 
     Vamos, uno busca lleno de esperanzas cuando en realidad lo que debería hacer es justamente lo contrario: soltar una maldición al cielo y escribir un adiós definitivo en cualquier lado, en una vereda, en una pared o en la piedra de una escollera. ¡Y basta de excusas! No hace falta hacer ningún trámite engorroso para eso ni lanzarse a filosofar en un ensayo sobre cada pérdida y sus eventuales causas; sobre aquellas ausencias que marcan como mojones el camino definitivo hacia la muerte inevitable. No señor, con juntar esas cinco letras y murmurar un adiós en voz baja, frente al mar o frente a Dios, alcanza. 
     Tampoco es necesario esperar a que oscurezca y se haga una noche definitiva como si fuese un evento mágico. La noche es la noche y punto. No porque sea de noche existen más o menos auspicios para que el destello de una estrella nos deslumbre y nos transmita una inspiración incontenible que nos lleve al encuentro de un adiós como si tuviésemos un Nonino propio. Hay que aceptar de una vez que las cosas no funcionan así, que es una pretensión petulante creerse merecedor de semejante privilegio divino. Y ni hablemos de pensar que es artísticamente admisible rendirle un supuesto homenaje a los sentimientos de quien uno ya no es. ¡Pero por favor!.. Es imprescindible abolir semejante muestra de arrogancia. Pase lo que pase, uno es lo que es (y anda siempre con lo puesto), y de ninguna manera el único naufrago de este océano. Admitámoslo, esa clase de deslumbramientos no son para cualquiera. 
     Por otra parte, ¿de qué sirve hablar por boca de quien uno ha sido y ya no es, de aquel que embalado en la locura del alcohol y la amargura se fue evaporado en cada borrachera solitaria, apoyado en un estaño construido cuidadosamente con fraseos tan maravillosos como dañinos, dejando pedazos de juventud en los versos de cada poema destilado en soledad, en la horrible desesperación del derrotado que no logra ni siquiera juntar esas cinco putas letras que algunos sostienen que son capaces de, aunque más no sea, paliar futuras oscuridades?
     Así es, sólo eso, sólo cinco letras... Cinco letras que formarían la palabra en un santiamén. Así, tan sencillo como la enumeración de cinco nombres que salen solos sin ningún esfuerzo cuando hay que ponerle punto final a una discusión de músicos sobre música. De la misma manera que sale la formación de aquel Racing del ochenta y ocho cuando era apenas un purrete y nada me hacía suponer en ese momento que el tango -justo el tango...- brotaría de la radio una tarde y, entre mate y mate, se adheriría como moho en los interiores vacíos de mi alma. Pero claro, ¿cómo saber qué mierda es el alma a los dieciséis años, cuando el corazón late entero y sin esquirlas? ¿Cómo uno va a sospechar siquiera a esa edad que en algún momento no hay más remedio que volver con la frente marchita al sur (que es como se vuelve siempre al amor)? ¿Quién hubiese logrado convencer al pecoso de aquellos años que, llegado el caso, los filosos sonidos de un violín pueden ser capaces de, sin que nadie se dé cuenta, coser aortas y cavas para impedir un infarto, evitando así la desagradable apariencia de la sangre salpicando el porvenir? 
     Y claro, a partir de ese momento no se vuelve a ser el mismo. Entonces, con el corazón cosido con lo que haya a mano, uno sale nuevamente al ruedo. Como cuando a los boxeadores los emparchan un poco sobre un banquito en el rincón para que por lo menos logren pararse y, golpeando los guantes en una falsa señal de recuperación, salgan a ser una vez más vapuleados por un contrincante invencible. Y el tipo sale porque sí, porque ya está en el baile y hay que bailar. 
     Con el tiempo, uno descubre que la vida no es muy diferente de ese cuadrilátero y uno no es mucho mejor que ese triste boxeador fuera de categoría rogando que no siempre sea esta misma lucha. Porque, aparte de ser cruel y mucha, se gane o se pierda, nada cambiará el final de la historia. En realidad, cuando hay que volver a la vida, a ir y venir entre las cuerdas, es inevitable no mirar el reloj, es inevitable no repetir minuciosamente cada letra por separado, mezclándolas para ver si, aparte de esa palabra supuestamente milagrosa, se pueden formar otras quizás menos desafiantes, menos definitivas, menos mortales. 
     Por eso, lo mejor quizás sea no darse por vencido y seguir intentando con las cinco letras, silbando bien fuerte el comienzo de Escualo para que todos lo escuchen, para que Dios se entere de que uno lo intenta, de que uno trata por todos los medios de convencerse de que no hay mal que dure cien años y que ella será finalmente un día una más entre tantas costuras. Y hasta tal vez sea conveniente (como para actuar un poco más el momento) detenerse frente a un banco vacío e imitar el movimiento de las manos y la rodilla, por más que no se tenga la menor idea de cómo cuernos hay que poner los dedos sobre todos esos botoncitos para que el fuelle sople algo digno. Eso es lo de menos, lo importante es que sople lo mínimo y necesario y ayude a encender una fogata capaz de quemar todas esas cartas de despedida aun sin escribir. Cartas seguramente idénticas a todas las que ya escribí y que nunca llegaron a destino. Seguramente -y para ser sincero- porque nunca fueron escritas con ese objetivo, sino sólo como una manera de disimular el ego lastimado; como si de esa forma lograse, con las cartas en la mano, unirme en un escenario imaginario a los cinco tipos y, acomodando algunos porotos sobre una mesa, las pudiera mezclar entre las cuarenta del mazo tratando de encontrar un poco de consuelo de tonto. 
     Está bien, lo admito: si uno no dice basta alguna vez termina así, arrojándose a los leones hambrientos, a la hoja en blanco, empuñando un sinnúmero de cursilerías y falsas esperanzas; poniéndole todas las fichas a la noche y a una botella de vino de dudosa calidad. Y ya se sabe que cuando uno está ahí (acá), solo en medio de ese circo romano que no es más que una habitación apenas iluminada, y se arrima desarmado a la poesía, irremediablemente termina muerto y devorado. Y entonces, otra vez hay que andar cosiendo músculos desgarrados y aurículas agujereadas. Pedazos de un corazón solo, fané y descangayado que ya, a esta altura del partido, no admite más costuras. Sí, no hay dudas, eso es lo único que se logra con todo esto. 
     Pero, sin embargo, así y todo y sin saber bien por qué, yo sigo prefiriendo la triste realidad del poeta irredimible. Es que no me sale tan bien eso del auto engaño -ni es cuestión tampoco de andar fingiendo salud o comprarse un desfibrilador por las dudas-. No, yo todavía me aguanto las ocasionales manchas rojas y salgo del banquito; me paro en el cuadrilátero y si puedo bailar, bailo; y si no, intento aunque sea mantener la guardia lo más alto que puedo esperando que termine el round. En todo caso, siempre me quedan los cinco ñatos al alcance la mano. Si no es el del bandoneón, será el del piano, o el del violín, o el de la guitarra, o el del bajo. Lo único que no debo hacer es, bajo ninguna circunstancia, perder las letras, porque ahí sí que estoy frito y no me quedará otra que abandonar el crucigrama. 
     Veamos entonces: son cinco letras y cinco cuadraditos, nada más. Se pone la primera, después la segunda y el resto viene solo. Como con los nombres del quinteto estelar: Piazzolla, Ziegler, Suarez Paz, López Ruiz, Console. Así, de la misma manera, con esa misma cadencia, apoyando suavemente la tinta sobre la hoja hasta que se forma el trazo. Como cuando se apoya la púa sobre el disco hasta que la música se convierte en una aguja capaz de coserme por enésima vez el alma partida en mil pedazos, secándome la sangre de los párpados hinchados para luego retirarme el banquito, y dejarme una vez más cara a cara con la vida y, claro está, con la muerte. 
     Vamos, tal vez esta noche lo logre. Es que ahora me vino una especie de sensación inexplicable, como si esta noche, tan parecida a las otras, fuera La Noche, la del destello, la del deslumbramiento que guíe mis dedos por los botones precisos para finalmente escribirle, de una vez por todas, adiós.

RR


lunes, 10 de julio de 2017

LA HORA SEÑALADA (4:24)


     Yo prefiero creer que todos tenemos una hora en donde la muerte nos visita, porque si fuera yo solo... Es decir, usted también tendrá probablemente una hora en donde siente que alguien o algo observa su quietud, estudia su silueta con detenimiento, circunda su aura y mide sus distancias. Usted, al igual que yo, habrá sospechado o presentido en algún momento que la soledad pareciera tener nombre y apellido, y que los rasgos de un rostro se dibujan justo a esa hora en la copa de un árbol, en el reflejo de la luna contra el asfalto, o en el destello fosforescente de un reloj que rompe la oscuridad de su habitación. Yo creo que usted sabe perfectamente a lo que me refiero -aunque no tenga la más pálida idea de por qué lo hago (yo tampoco)-. 
     Usted sabe bien que en esos "ires y venires" que la vida ordena, al parecer sin razón alguna, se esconden razones incomprensibles y seguramente, inobjetables. Por ejemplo, y sin ir más lejos: ¿cómo demonios ha llegado usted hasta aquí?, ¿qué fuerza oculta sostiene esta lectura que comenzó con, quizás, el más funesto de los pronombres y que, por ese mismo motivo, debería desacreditar cualquier argumento para seguirla? Quiero decir, ¿a quién corno le podría interesar la hora de mi muerte, o ese apagón subrepticio del sueño en favor de un sinnúmero de ideas vagas que no van ni vienen, que sólo pululan en una oscuridad únicamente interrumpida por el brillo tímido de un diminuta luz? Bueno, si usted está aquí conmigo ahora y no sabe bien por qué, tal vez sea porque esta es su hora. Tal vez esté sucediendo en este mismo momento que alguien o algo toma sus medidas, observa su contorno, estudia sus movimientos y circunda sus temores. Déjeme decirle algo: hasta podría ser posible que fuera yo el nombre de su mismísima muerte, y que estuviera recordándole que, a pesar de que todos lo oculten o se hagan los desentendidos, y sin importar quién sea usted o qué mal o bien haya hecho o pretenda hacer, de un momento a otro, todo acabará. 
     Pero no me mal entienda, no estoy intentando hacer de su hora un momento de horror y de espanto. Nada de eso, su hora, como la mía y la de todos, es, sin lugar a dudas (o sí...), una revelación. Por eso comencé contándole de la mía, de esa hora en donde, a decir verdad, daría mi vida por no morirme sin saber una vez más de la suya, de su vida (y hasta de su muerte). Y perdóneme que me haya puesto acaso sombrío, no era mi intención. Pero me gustaría que, si alguna vez le habla la soledad a esa hora suya, presienta o al menos sospeche que no sólo la muerte puede estar observándola, estudiándola con detenimiento, circundándola o midiéndola. Que no sólo la muerte puede dar señales de vida cuando esta parece suspenderse y dedicarse exclusivamente a alegrarle la tarde a alguna madre con su primer hijo en brazos, o a un abuelo que logra cerrar en la mirada de su nieta el círculo divino de la existencia. 
     Puede que usted no entienda en este preciso momento lo que le estoy diciendo. Sin embargo, no hace falta eso ahora. Siga usted transitando los renglones sin atender a aquel pronombre que me delató apenas comencé a escribirle. Bájelos uno por uno como si fuese una escalera hacia un paraíso perdido, hacia un lugar de aquellos de cuando era una niña curiosa de ojos claros, ignorante de las horas oscuras, de los rostros en las copas de los árboles, de los reflejos de la luna en el asfalto, o de los destellos fosforescentes en la oscuridad de las noche. Aquellas noches que eran puro sueño, sin otra interrupción más que la que podía reclamar la vejiga hinchada. Venga, descienda conmigo hasta un final incierto plagado de comienzos para cuentos que jamás tendré el valor de escribir. 
     Porque la verdad es que para escribir alguno de esos improbables cuentos, yo debería invariablemente abandonar su hora y retirarme definitivamente hacia otras oscuridades. Unos espacios lúgubres en donde tendría que lidiar con argumentos y lógicas literarias que, como habrá podido usted darse cuenta a esta altura del partido, me he negado caprichosamente a seguir todo este tiempo. Y una vez allí, debería asumir sin más ni más que los tímidos brillos que pudiera producir en esos ocasionales renglones no tendrían de ninguna manera ni su nombre, ni su apellido, ni la mueca de su enorme sonrisa que me fue revelada en aquel laboratorio amoroso que alguna vez ocupé en su cama, y que guardé clandestinamente en mi mente a primera hora de la última mañana mientras usted dormía con el pecho descubierto en primer plano y yo, aun desvelado y fuera de foco, pensaba en quién sabe qué. 
     De verdad se lo digo, si llegase el día en que tuviera que negar a viva voz mi hora y declararme en rebeldía, creo que jamás volvería a ser capaz de escribir una sola palabra más, a dibujar rostro alguno en la copa de un árbol, ni siquiera en ese ombú añejo que todavía de alza imponente frente a unos lobos marinos de cemento, tan blancos como inadecuados para un pueblo perdido en el medio del campo. Créame, seguramente no volvería a haber en mi relato (si es que alguna vez lo hubo) un brillo, un destello o un reflejo. Sólo quedaría a la vista un paisaje yermo y desierto lleno de arbustos duros y secos como esos que se ven camino a Zapala. 
     Por eso es que creí pertinente advertirle que si mi hora faltara un día a esta cita de la madrugada con la suya, en esta oscuridad que nos convoca cada tanto a usted y a mí en unos renglones como los que ya casi llegan al último peldaño, será porque habrá llegado esa otra hora, la más temida de todas: la de aceptar que, sin importar cuánto escriba yo sobre usted o cuánto usted lea de mí, nada podrá ya apartarnos del olvido mutuo. Y la muerte nos derribará finalmente un día o una noche, a traición y por la espalda. Cada uno a la hora señalada.

RR


viernes, 7 de julio de 2017

VERÁS QUE TODO ES MENTIRA


     Ahí viene, seguro que es ella, escondete, haceme caso. 
     Dale, por una vez hacele caso a este otario que en este día, cansado, se puso a ladrar. Por una vez en la vida escuchá mi ladrido, mirame cómo te muevo la cola, cómo te muerdo los dedos para que te detengas, para que no escribas una palabra más; para que cierres los ojos ahora mismo y no te sumerjas otra vez en el fangal endemoniado de su recuerdo y quedes, como si vivieses en un disco rayado, a su merced (tal cual estoy yo siempre a la tuya). Por favor, esta noche no. Que esta noche no sea una vez más un ocaso disfrazado de amanecer, uno de esos inviernos manifiestos que te sueltan hojas muertas en la cabeza que vos, con tu mente atiborrada de tibiezas indelebles, transformás en veranos de fábula y romance.
     Y no pienses que lo hago de egoísta. No pienses que yo no me acuerdo a veces de ella, de aquella nariz que nos guiaba a su frente que era como una muralla inescrutable defendiendo la profundidad de su mente. No creas que me he olvidado completamente de aquella boca centellando maldiciones, amenazando finales inmediatos, convocando a esos fantasmas que todavía hoy (sí, todavía) te circundan. Me circundan. Nos circundan.
     Vamos, ¿para qué vas a meternos otra vez en ese lío, en esos aprietos que estrangulan la garganta y resecan los girasoles y alientan a ese zorzal que está paradito ahí con su guitarra, lo más pancho, cantando como si el tiempo fuera nada más que una metáfora horrorosa? Es que el muy malvao canta como si ayer nunca hubiese existido, como si este presente fuese sólo lo que él nos propone y no lo que verdaderamente es para nosotros: una ausencia inapelable. Como si mañana... Mirá, yo no te puedo mentir a vos: a esta altura del partido no nos queda ni yerba de ayer secándose al sol, lo único que tenemos es mañana. Así es, mañana. 
     Al fin de cuentas, mañana todavía espera en la gatera y, en una de esas, aparece como Leguizamo: solo, viejo y peludo. Y si no, al menos, podemos disfrazarlo con las ropas que queramos. Hasta tenemos la chance de ponerle cara de desentendidos, como aquella cara de naipe que poníamos cuando algún pelandrún nos hablaba de ella en medio de una conversación sobre cualquier cosa dejándonos en la lona sin necesidad de cuenta alguna. En todo caso, vos podés, si no, llenar alguna copa y brindar por una mina cualquiera, por alguna desconocida que hayas visto una sola vez en tu vida en un bar, en una imprenta, o quizás nunca. Nadie tiene por qué enterarse de todo esto. Nadie tiene por qué saber de estos vapores y estas nubes y todo eso que vos y yo sabemos perfectamente que es una lluvia torrencial, un barrial espeso e impenetrable donde, queramos o no queramos, siempre terminamos (terminaremos) empantanados. 
     Nadie debería ni siquiera sospechar que mañana -como todos los días- vas a mirar por la ventanilla del bondi en cada parada para ver si entre toda esa gente que sube a las apuradas está ella. Ella que sube mientras vos te obsequiás una felicitación más bien patética por haber elegido el asiento doble, juzgando -con un absoluto exceso de optimismo- que, en caso de no quedar otro asiento disponible, no tendrá más remedio que sentarse a tu lado. Sin considerar que, entre tantas extrañas preferencias que ella sostenía, seguramente preferirá quedarse agarrada del pasamanos moviéndose como una hermosa bailarina rusa al compás de los baches de la calle. Lo que, como bien sabemos los dos (o más bien los tres), provocará que tu corazón estalle por los aires en mil pedazos refutando por enésima vez esa estúpida frase que dice que el tiempo todo lo cura. Es que tanto vos como yo -y hasta algunos más- sabemos que ni aún la muerte cura todo. Es más, estoy seguro de que si hubiese algún instrumento capaz de medir el dolor en la tierra podríamos comprobar que la tierra late y gime, no sólo por los dolores que nosotros mismos le ocasionamos, sino por nuestros propios dolores. 
     Y es que nuestros dolores, los verdaderos, esos que se van con nosotros a la tierra o al fuego, no son los dolores del dinero o de la herida mortal que quizás provocó nuestra muerte. No, estimado compañero, nuestros dolores, los verdaderos, los buenos dolores, los que se quedan con las cenizas como un sancho fiel, son los dolores del amor y las ausencias, de ese espantoso vacío que deviene del último adiós, del silencio transformado en una sinfonía siniestra que nos arrastra inevitablemente a la desesperación de un tango freído a setenta y ocho revoluciones por minuto que, en un ritual inolvidable, nos marcará su nombre en el alma para siempre. Siempre. 
     Por eso te estoy llamando ahora, para prevenirte, para bajarle el volumen a la guitarra de Barbieri, para sacarle el micrófono a ese morocho insolente que te hizo creer una vez más en vueltas improbables -por no decir, imposibles-. Vamos, vení mejor conmigo, tomemos algo juntos como dos cacatúas con poca pinta, tomemos un papel y un lápiz y escribamos mejor esa poesía con imágenes surrealistas que, en todo caso, es capaz de nombrarla como una estrella o como un mar helado. Quién te dice que un día, esos versos no se conviertan también en canción. 
     Miremos mejor al cielo oscuro y seamos sinceros y honestos con nosotros mismos ¿De qué nos sirve a esta hora de la noche pretender que la vida es algo más que esta farsa, que esta desgracia que intentamos hipócritamente vivir como una fiesta? No, amigo mío, mejor vivamos la vida como lo que verdaderamente es: una mentira piadosa llena de penas y heridas. Una mentira irreverente sostenida por esta falsa esperanza de que un día de estos, sin saber cómo ni cuándo, la muerte borre de un plumazo el ayer ceniciento para así evitarle a la tierra y a nosotros, y en este caso a ella, otro disgusto.

RR


sábado, 24 de junio de 2017

ESTOCOLMO


     Como todo el mundo sabe, Estocolmo es la capital de Suecia. Pero lo que quizás no sea tan conocido es el hecho de que Estocolmo es la ciudad que más ha contribuido en población inmigrante en Argentina.
     De aquellos españoles que invadieron y colonizaron con la espada y la cruz (sobre todo con la espada) lo que ellos bautizaron América, pasando por los primeros irlandeses que impulsaron el desarrollo de la ganadería ovina a mitad del siglo XIX en el norte de la provincia de Buenos Aires, siguiendo con las oleadas migratorias de comienzos del siglo XX provenientes, entre otros,. de Italia, España, Rusia, Polonia, países árabes, etcétera, ninguna de estas colectividades ha tenido el peso cultural que indudablemente tuvieron los estocolmenses, o estocolmeños -o como sea que fuera el gentilicio de estos lamentables personajes-.
     Las pastas, la paella, los knishes, entre otras deliciosas recetas, son sólo pequeños detalles culinarios de aquellos grupos minoritarios que arribaron a estas pampas. Prominentes puteadores, profetas de un mundo extinto, cuenteros de profesión, poseían además, un complejo de superioridad tan exacerbado que terminaría convirtiéndose en una de las características más destacadas de la idiosincrasia argentina. Característica que, sobre todo en el resto de Latinoamérica, a algunos les provoca gracia y a la mayoría, desagrado y resentimiento. No obstante, y para ser un poco indulgente con estos pintorescos inmigrantes, es menester poner de relieve su gracia y su humor (sobre todo negro) que han servido de catarsis para la desdichada población autóctona en muchos de los duros momentos históricos donde los otros, los malos, dominaron la escena nacional.
     Porque los otros, los malos, los estocolmeños (o estocolmenses), fueron más bien inmigrantes funestos y despreciables que, como la peor de las malas hierbas, se reprodujeron y ocuparon todas las hendijas de la duda circundante, tapando casi definitivamente con su perversa sombra cualquier posibilidad de que una idea superadora o un pensamiento profundo brillara aunque sea tímidamente durante un período de tiempo más o menos prolongado.
     Así es como el argentino promedio ha ido desarrollado el gen preponderante de Estocolmo. Este gen pernicioso fue capaz de colarse impunemente bajo la piel criolla dando la característica principal a una gran parte de los habitantes de estas tierras del sur. Si la gente se tomase alguna vez la molestia de retirar la atención por unos minutos del aparato celular mientras camina por las calles, sería posible que se encontrara inmediatamente con personas de origen español, italiano, judío, árabe, etcétera; ciudadanos capaces de demostrar vívidamente hasta qué punto ellos también han sufrido la degradación de sus propios genes originarios en beneficio (o más bien, maleficio) del gen de Estocolmo.
     Están acá y allá, por todos lados. Personas de todos los estratos sociales que vociferan acusaciones que van dirigidas como una ráfaga de ametralladora contra cualquier sector de la población que muestre algún rasgo de dignidad en sus acciones, o incluso en su discurso. Los estocolmenses los miran con desprecio, con resentimiento, con odio. No soportan nada ni siquiera parecido al pensamiento crítico, llegando a considerarlo prácticamente como un acto subversivo. Para ellos cualquier alteración o cuestionamiento que se intente hacer sobre el sentido común -ese espantoso pseudo alegato a favor de nada y en contra de todo- es un desafío imperdonable que debe ser combatido y castigado con todo el peso de la "justicia".
     Según los estocolmeños, el poder establecido -el que gobierna y el que lo sostiene- es el resguardo de la moral y las buenas costumbres. Ellos sienten que quienes regulan y legislan sobre sus vidas son, finalmente, los titulares casi divinos de sus destinos. Nunca discuten, polemizan u objetan sus recomendaciones. Jamás ponen en duda la honestidad de quienes les exigen sacrificios fatales sin estar dispuestos a llevarlos adelante ellos mismos. Aceptan y apoyan cualquier medida propuesta en un supuesto beneficio propio aunque la prueba irrefutable de que sólo beneficiará a ese poder sea puesta ostensiblemente delante de sus ojos. Y si algo saliera mal (como siempre ocurre), se ocuparán concienzudamente de repartir las culpas entre los opositores, los cuestionadores, los intelectuales (estos últimos nombrados con un profundo tono despectivo), los humildes (idem que el caso anterior) y todos aquellos que hayan logrado evitar el contacto con el gen escandinavo o, más loable aun, hayan conseguido extirparlo de su cuerpo.
     Pocas veces en la historia argentina se ha podido comprobar como hoy la extraordinaria influencia de este gen sobre la población. Si bien a lo largo de los poco más de doscientos años de historia nacional (dejemos a los pueblos originarios fuera de este ensayo y en un espacio libre de culpas pues ya han sido castigados mucho más que suficiente) es posible encontrar reiterados casos que muestran a las claras su impresionante dominio, todo hace pensar que estamos transitando, tal vez, uno de los momentos más álgidos de su dominio. ¿Cómo explicar si no que, mientras la mayoría de la población se encuentra visiblemente afectada por las políticas que bajan como un garrote sobre la cabeza de todos, los responsables sigan como si nada exponiendo argumentos falaces y apelando al sacrificio general mientras los estocolmeños los aplauden y los exculpan? ¿Cómo es posible que mientras la tierra se convierte en barro y el agua en una cloaca y el cielo se oscurece amenazante haya quienes sostengan iracundos que sólo así podremos sobreponernos de unos supuestos males heredados? ¿Cómo puede explicarse, si no es por el dominio del gen de Estocolmo, que quienes evidentemente han sido infectados por él sostengan el dedo acusador únicamente hacia aquellos que ya han caído lamentablemente derrotados o sometidos, o hacia los que son inmunes al gen y que tratan por todos los medios de hacerles comprender que quien castiga y golpea y condena a la mayoría a la resignación, al sufrimiento y hasta a la muerte no lo hace por el bien de esta mayoría sino por el suyo propio? ¿Qué otra plaga, más que el gen de Estocolmo, tiene la capacidad diabólica de generar esta increíble adhesión sin cuestionamientos a la autoridad de quienes se aprovechan de una posición de poder para mantener sus privilegios sentenciando al resto a sobrevivir miserablemente? No cabe la menor duda, una vez más: el gen de Estocolmo es el responsable.
     Es probable que nadie supiera al momento del ingreso de aquellos inmigrantes suecos que algo así sucedería, que una gran parte de la población sería infectada por sus genes transformándolos en personas capaces de amar a sus verdugos, capaces de elogiarlos injustificadamente, capaces de sostenerlos intocables en la cima de la montaña mientras la mierda tapa y hunde al resto. No obstante, no se puede ni se debe claudicar en esta lucha, los estocolmenses deben ser combatidos y desenmascarados. Es absolutamente imprescindible declarar, todas las veces que haga falta, que el sentido común no es una idea ni un pensamiento, es un conjunto de prejuicios difundidos maquiavelicamente para beneficio de los poderosos, de los inmorales, de los nefastos y los mafiosos.
     Por eso les pido encarecidamente: protejámonos los unos a los otros de la infección de este espantoso gen. Que esta runfla de facinerosos nunca logren su cometido. Esto es; hacernos creer que lo que nos está enfermando servirá en un futuro cercano para curarnos, y que, finalmente, lo que nos mata es lo único que puede salvarnos.

RR


jueves, 22 de junio de 2017

DE LO PEOR


     Sin embargo, eso tal vez no es lo peor -ojalá lo fuera-. Lo peor es (quizás sea) el olor de aquel aliento suyo por la mañana. Ese inconfundible olor a sueño truncado a mitad de la noche por el ladrido de algún perro en la vereda o por alguna caricia mía entregada fuera de hora; o hasta por la imborrable presencia de la muerte de quien fue, no hace mucho tiempo, ella misma. 
     Sí, lo peor probablemente sea el aroma rebelde de su diente desalineado que rebota contra este nuevo color en la pared que, a pesar de su anaranjada juventud, no logra ni borrar ni tapar su reflejo. Un reflejo, sin bien austero, mucho más que suficiente para tiempos como estos que corren (y que corren cada vez a más y más velocidad). Ese reflejo que brota desde las entrañas de los ladrillos unidos únicamente por tres partes de arena más una cemento; ese maldito reflejo suyo que se despega de la cal del revoque como un fantasma para susurrarme al oído sus viejos caprichos, sus futuros inconcebibles, y este presente que la presenta como si fuese una gran novedad, como si ella necesitara a esta altura cualquier tipo de presentación. ¡Vamos! Qué novedad puede ser para mí el extracto de su dulzura en cuenta gotas, su incontenible avalancha de furia y su completa desaprensión pública por ese miedo a morir de amor que todos los hombres y mujeres de bien tuvimos alguna vez .
     Y aunque ya había dicho yo alguna vez que no moriría de amor sino de cualquier otra cosa, seamos sinceros: ¿quién no quisiera un anuncio en el obituario de algún diario proclamando que los amigos y familiares lloran la partida de quién ha fenecido inevitablemente de amor? ¿Quién, sino ese soldado desconocido, recibiría más merecido y justificado homenaje de las damas del pueblo que lo vió nacer, amar y después partir para al fin andar sin pensamientos, que este Don Juan irremediable? Pero no obstante esto, desafortunadamente, han sido escasos estos irrisorios laureles para lograr, aunque más no sea, cierta falsa tranquilidad devenida de un olvido impostado. 
     ¿Se entiende ahora lo que trato de decir? Probablemente eso, eso mismo, sea lo peor, sólo eso y ninguna otra cosa. Eso que es ni más ni menos que esta pila de cartas y hojas de calendarios amontonadas sobre el piso, que permanecerán ahí tal vez para siempre por no haber tenido yo el valor de recogerlas a tiempo, por no haberme animado un día a mirar de frente a ese informe contable de tiempo que había pasado pensando en cualquier cosa para no escribirle; escribiéndole cualquier cosa para no pensar en ella, en su aliento inmortal, en la fragancia veraniega de aquel día en que ya no la vi nunca más en mi cama pero que, sin derecho a defenderme, fui condenado a sentirla eternamente en cada hoja seca que en mayo caía inapelable del tilo que asombraba mi vereda, para ser tragada, sin derecho a un juicio previo, por la tierra en junio. Y así, desnudar mi soledad por el resto del invierno. Por el resto de mi vida
     No, ahora que lo pienso, eso tampoco debe haber sido lo peor. Porque lo peor, al igual que lo mejor, siempre estará por venir. Y si ella aparece un día con aquel mundo suyo entre sus manos en este oscuro y frío espacio donde ahora yazgo,  será lo mejor de lo peor; un final magnánimo e indiscutible para lo único que quizás me hubiese mantenido vivo. Al menos hasta ayer. 
     Hasta ayer que estaba vivo.

RR




viernes, 17 de marzo de 2017

EL BURGUESITO


     El burguesito se toma muy en serio la vida. Él cree verdaderamente que la vida es para vivirla, que hay para todos y que hay que esforzarse por conseguirlo. Y quienes no logren este objetivo, pues será porque no se han esforzado lo suficiente.
     El burguesito es libre y hace de su libertad una bandera que debe ser honrada y respetada. No hay para él otras banderas de la libertad que no sea la suya ya que la libertad se expresa en términos únicos que, claro está, son los propios.
     El burguesito tiene un lugar en el mundo, le pertenece sólo a él y lo defenderá a costa de quien sea, y vociferará esa defensa con autoridad, esgrimiendo razones de orden ético, moral y hasta divino.
     El burguesito sabe que lo suyo es suyo y de nadie más, que su propiedad es inviolable y que todo es al fin y al cabo de alguien. Aunque prefiere no pensar en que su vida también es de alguien, ese tiempo perecedero que se lo llevan hora tras hora los vientos poderosos soplados desde lugares sin ninguna bandera.
     El burguesito se aflige por los que menos tienen y cede pedacitos de su conciencia para darles un lugar y dormir tranquilo por las noches. Pero apenas se levanta y da sus primeros pasos por la realidad que excede a su aldea, se coloca sus anteojos espejados por dentro para poder ver sus propios ojos, su mirada ilusionada, su cara limpia y fresca y tornasolada por un sol amable que, a la vez que tuesta sus poros y alimenta su fotosíntesis, arrasa con los brotes de los secos y los desahuciados.
     El burguesito se siente permanentemente amenazado por todo aquello que huele diferente, que habla diferente, que siente y piensa del otro lado de la balanza, del plato que siempre pesa menos, de ese lado al que la ceguera de la justicia nunca apunta, sino más bien, vigila día y noche para tranquilidad del burguesito.
     El burguesito desconfía de la ilustración, de los saberes que él opina deben ser recortados, divididos con troqueles y seleccionados uno por uno para que no se contaminen, para que no suceda la tragedia de una cadena causal que pueda explicar lo que él defiende como obra de Dios. Y por eso, persiste inquebrantable en su fe persiguiendo perseverante a quienes promueven una libertad de consciencia a la que, en el fondo, condena como una herejía, como la magia oculta de seres poseídos por un espíritu diabólico y vengativo.
     El burguesito sabe que todo lo que se hace con amor finalmente triunfa y por eso sólo odia a quienes lo reclaman para ellos e intentan reivindicarlo como un sentimiento común, humano, cotidiano y sobre todo (sobre todo) igualitario.
     El burguesito se acuartela y se defiende, se obstina y ataca cualquier competencia, precisamente porque cree en la competencia, en la selección natural de los mejores, en los derechos adquiridos e indiscutibles, en la justicia que lo defiende, en el sistema que lo respalda, en la sabiduría de otros sabios burguesitos que piensan y piensan y piensan todos los días para resolver el problema de la mierda que no para de esgrimir sus marrones verdades en el mar turquesa que rodea sus esperanzas de seguir conservando lo que le pertenece.
     Y así anda el burguesito, un soldado macartista cazador de brujas. Va y viene señalando culpables entre los aplausos y los festejos de sus pares. Camina por su vereda arrojando su mugre a la calle para que otros, dice, tengan la posibilidad de juntarla ganándose así sus vidas con el sudor de sus frentes y aspirando esperanzados a sentarse un día aunque sea en el cordón a mirar un cielo despejado. El burguesito declara vivir y dejar vivir. El burguesito, provee para sus hijos y guarda y acumula para los malos tiempos. El burguesito consume feliz felicidades coloridas envasadas prolijamente, que han sido anunciadas y publicitadas como el camino inequívoco a un mundo exclusivo de sonrisas sin dolores, de paisajes exuberantes llenos de productos típicos y personajes pintorescos semidesnudos que, según él, han sido elegidos por un azar inescrutable o por un destino misericordioso y justo, con el objetivo de servir al bienestar general y el disfrute de todos (o al menos de quienes puedan pagar por ello).
     Lo que el burguesito no sabe es que tal vez, quizás, puede estar equivocado, y que la mierda lo va a terminar tapando, y que el exceso de sol está degenerando su fotosíntesis, y que Dios probablemente no estará de su lado cuando esos pobres diablos que están afuera de sus anteojos espejados se harten un día de estar hartos y salten del plato de la balanza tramposa y derriben el monstruo grande que pisa fuerte, al que el burguesito mismo disfrazó de mujer justiciera, ciega y amable. Y una vez que estos pobres diablos impongan sus razones y enarbolen sus dignidades y sus derechos y defiendan sus amores y sus sueños y sus hijos que nacen iguales que los del burguesito, entonces será tarde para darse cuenta de que todo el tiempo que usó para comprarse seguridades y construirse fortalezas constitucionales para sus privilegios al final sólo vale un agujero en la madre tierra húmeda y hambrienta que, tarde o temprano, y haciendo verdadera justicia, todo lo devora un día.

RR

DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...