lunes, 9 de octubre de 2017

ME GUSTARÍA


     Y si un día ya no tenés más ganas de esconderte, me gustaría que me escribas. Durante algún rato libre, quizás; o en una de esas tardes de domingo en donde no hay mucho para hacer más que mirar nubes grises avanzando desde el sur o escuchar las olas del mar rompiendo contra los silencios de las trágicas soledades. 
     Me gustaría que me escribas cualquier cosa, una carta o una postal; un verso o un chiste obsceno. Un párrafo copiado de un libro regalado a modo de salvoconducto, o la letra de una canción gastada por el uso y el abuso que algunas de ellas afortunadamente merecen.
     Me gustaría que me escribas sobre el tiempo que pasó desde la última vez que pusiste tu nombre en una hoja al servicio del amor. Te aseguro que nada de lo que puedas escribir sonará a poco; por más que sea un hola arrepentido, borroneado y tachado y vuelto a escribir; por más que se note ese impulso descontrolado de los suicidas que corren hacia el precipicio sin mirar atrás.
     Me gustaría que me escribas de tus días, de tus flores y de tus rabias; de esa frontera insalvable que nunca alcanzó para separar al fantasma de tu recuerdo del retrato vívido de mi cobardía imperdonable volviéndose un poema penoso y cursi. 
     Me gustaría que me escribas cómo estás y que no has pasado frío allí donde has estado, donde sea que te haya encontrado la muerte que dicen que siempre encuentra a los que tratan de huir de ella; que me cuentes brevemente cómo escapaste esta vez, cómo pudiste convencerla una vez más de que aun sos joven y de que siempre lo serás. 
     Me gustaría que me escribas susurrando las eses, murmurando las emes y las enes, martillando la erre en un insulto, marcando concienzudamente con la garganta la doble ce para que suene a una equis capaz de hacerme tiritar la lengua en una noche en que vuelva a leerte a solas, medio escondido y en voz baja
     Me gustaría que me escribas, y te prometo que jamás recibirás una sola palabra mía a cambio. Porque nada de lo que he escrito hasta ahora sería suficiente para intercambiar por una palabra tuya. No te preocupes por la dirección o el destino, de alguna manera me encontraré con lo escrito. 
     Me gustaría que me escribas como si no nos hubiésemos visto nunca las caras, como si jamás hubiésemos trazado constelaciones comunes sobre las estrellas del otro; como si nunca hubiésemos compartido el aliento o la saliva, o el temblor del orgasmo. 
     Me gustaría que me escribas como si habernos besado una vez o habernos dejado para siempre no hubiese significado la muerte de nadie, y mucho menos la mía -de la que ya nadie se sorprende-. 
     Me gustaría que me escribas acerca del sol o la lluvia; del ocaso sin tiempo o del poco tiempo que nos queda antes de que llegue nuestro ocaso final. 
     Me gustaría que me escribas, eso sí, desde la ventana que da al futuro, no al pasado. El pasado ha sido ya tan pisado que no creo que fuera posible reconocernos en él. Asomate al balcón y sonreí al apoyar nerviosamente la birome azul sobre la hoja. No pongas la fecha, no hace falta, que parezca que lo escribiste al otro día del comienzo de esta falsa eternidad que simulo que dura hasta hoy y seguramente hasta mañana. 
     Me gustaría que me escribas sobre tus desdichas disfrazándolas de anécdotas, al fin y al cabo, ¿no es esa la única manera de sobrevivirlas?
     Me gustaría que me escribas de esas noches cuando decidías renunciar al amor a cambio de un poco de compañía; de las veces que te abrazaste a un fracaso con tal de no dormir sola. 
     Me gustaría que me escribas por si algún factor pudiera alterar tu producto; por si acaso existiera en la cuenta una coma soslayada capaz de cambiar este resultado que me enfurece y me empuja hacia ese breve espacio donde juré una y mil veces no volver. Y si creés qua nada de eso es posible, me gustaría que me escribas una oración que sólo hable de tu último sueño, aunque haya sido una pesadilla; creéme que la aceptaría de buen grado. Para los que vivimos en un insomnio imperecedero, una pesadilla es aunque más no sea un sueño.
     Me gustaría que me escribas eso que ya nadie escribe; hoy o mañana o cuando lo creas menester; con desdén o con bondad, y hasta con aquella inolvidable arrogancia de la muchacha que me puso un día al acecho de mis sombras permanentes, de mis secretos inconfesables, de mis renuncias postergadas. 
     Me gustaría que me escribas, en definitiva, aunque sea para decirme adiós.

RR


lunes, 25 de septiembre de 2017

PRIMER PÁRRAFO DE PRIMAVERA

   
     Debo ser yo. Sí, debo ser yo quien escribe esta nueva primavera. Porque esta primavera parece estar escrita en pleno invierno y con flores viejas. Porque hoy que el viento vuelve a soplar frío y desértico trae inmediatamente ese aroma tenebroso de los amores que se vuelven un iceberg en mares helados. Y yo, que ya me he vuelto inexcusable, más no inimputable, choco contra tu hielo como un Titanic estúpido, como si disfrutara del crujido de los cristales que me cortan justicieramente el torso y las manos, dejándome a la deriva en un olvido merecido y una miseria espantosa. No puede ser de otra manera. Porque nadie más que yo se atrevería a ponerte aun por encima de todo lo que me rodea, y a arrojar el único salvavidas disponible hacia tu vida sólo para salvarte de mí, del precario flujo sanguíneo que apenas camina ya por mis venas y que día a día va disminuyendo su velocidad; de estas venas atrofiándose irremediablemente en el corazón; de este corazón ya destruido pero inmortal, terco, pendenciero, que te huele y te persigue por la nada como un perro sabueso; y te busca y te encuentra y te hace partícipe de sus más pornográficas fantasías. Así como yo, besando tu ausencia,  te hago responsable de mis más crueles poesías. Debo ser yo, querida, quien todavía se siente obligado a sembrar tus escalofríos futuros, tu último aliento y el poema que morirá a tu lado cuando las flores ya no sirvan para remediar lo irremediable. Debo ser yo ese desconocido -ese que nunca terminaré de conocer- quien bota las horas una a una al mar o las arroja al cesto de la basura despreocupado por el qué dirán, por lo que se ha ido y lo que vendrá. Y así, sin más ni más y antes de que me devore la noche, intento componer con palabras lo descompuesto, saltando del último piso de mi locura hacia un cielo abierto para otros. No para mí que ya he sido expulsado hace rato. Porque si hay algo que ya no puedo negar a esta altura es que aquel cielo, aquel que creé para vos con el barro que me dejó bajo los pies y el alma tu tormenta, es ese mismo que está fuera de mi alcance cambiando ahora mismo de negro a celeste y de celeste a negro. Ese cielo no fue, en realidad, nunca mi cielo. Ese cielo fue y es todo tuyo, pura condescendencia, puro pétalo y estambre, pura miel en tu ventana. Mi cielo, en cambio, regurgita tu nombre a duras penas tratando de no caer rencoroso sobre tu desnudez cuando te entregás al ritual erótico del amor furtivo. Lo confieso, mi cielo no contiene otra cosa más que esta nube gris que va y viene sobre un fondo blanco. Un cielo al que me asomo de vez en cuando como un intruso y al que concurro puntualmente cada año al encuentro de las estaciones. Y si hoy se impone casualmente la primavera sobre este párrafo es porque quizás haya llegado yo al final de tu invierno, con la íntima e inconfesable presunción de que finalmente te olvidaré antes de que llegue el verano.

RR


jueves, 21 de septiembre de 2017

CUARENTA AÑOS

                                                                                                                     30 de septiembre de 2016

     Son cuarenta años. Y junto a ellos han quedado treinta mil historias para contar, treinta mil agujeros en la vida de mucha más gente todavía. Son treinta mil ausencias presentes, treinta mil nombres propios en carpetas, en archivos, en documentos que se han ido destiñendo lentamente mientras otros fueron renovándose, agregando en los espacios correspondientes los nombres de cónyuges, hijos y de todo aquello que le puede pasar a una persona en cuarenta años.
     Porque ya son cuarenta años. Cuarenta años sosteniendo la memoria, remendando sus débiles costuras, combatiendo la perversidad de los miserables que todavía atentan contra el derecho a, por lo menos, sostenerla, a recordar que se nos han pasado cuarenta años y el pescado sigue sin venderse y cada vez huele más a podrido. Cuarenta años revolviendo los cajones buscando gestos, marcas, restos de quienes hace cuarenta años que ya no están. Cuarenta años preguntando a sus amigos y familiares, tratando de construir con recuerdos lo que no pudimos vivir junto a ellos en estos cuarenta años.
     Y la verdad es que ellos han hecho más por nosotros en estos cuarenta años que lo que nosotros hemos podido hacer por ellos. Y digo nosotros que no hemos podido, por no hablar de esos otros que no han querido, que han preferido (y todavía prefieren) desentenderse del tema, no entrar en esta discusión y quedárnosla debiendo para que no se les note tanto la sonrisa cínica que les ha dado la impunidad. Esos otros no quieren que pasemos otros cuarenta años hablando de ellos, de los nuestros, mostrando sus fotos, reclamando sus cuerpos, brindando en sus nombres, riéndonos con sus recuerdos, buscando a sus hijos. Así es, buscando como nosotros buscamos los seis meses secuestrados que sobrevivieron hasta convertirse en una persona que hoy tiene casi cuarenta años y que todavía no sabe que su verdadero apellido no es el que figura en su documento; que sus rasgos son, en realidad, la combinación prodigiosa de la genética de aquel morocho rebelde y aquella hermosa luchadora.
     Es que cuarenta años no se cumplen todos los días, y cuando esta persona también cumpla cuarenta años en unos pocos meses, nosotros, los que no sabemos su paradero pero sabemos quién es él o ella en realidad, nos prepararemos para desearle feliz cumpleaños como lo hacemos desde hace cuarenta años. Porque por más que no nos hayamos visto nunca las caras nos gusta hablar de él o ella, imaginar el color de sus ojos, el contorno de su boca y todo aquello que después de cuarenta años uno empieza a construir con las facciones de quienes hemos quedado. Y claro, también de quienes ya se han ido. Porque en cuarenta años la gente también se muere.
      Entonces hoy, cuarenta años después, y como cada 30 de septiembre, Jorge y Gabi vuelven aun más vivos, dejan por un rato la lista de desaparecidos y aparecen tomados de la mano, preguntando si aunque sea sirvió de algo, si cuarenta años han sido suficientes para saber la verdad y hacer justicia. Ellos vuelven y nos miran a todos desde las gradas de la memoria. Y nosotros, apenas pudiendo contener las lágrimas, los miramos a ellos con nostalgia y los saludamos con una sonrisa, con un estúpido orgullo que en realidad no sirve para ocultar que no, que no han sido fáciles estos cuarenta años, que todavía hoy, cuarenta años después, hay que desenterrarlos cada tanto y mostrar la herida en carne viva, abierta y sangrante. Todavía hay que ir a la plaza y marchar y combatir el mismo veneno que sigue corriendo por las venas abiertas de estas tierras del sur. Todavía hoy hay que seguir gritando ¡presentes! como un antídoto contra el olvido que proponen quienes intentan hacerlos desaparecer otra vez.
     Y uno se pregunta: ¿es que no alcanzó con estos cuarenta años, con la noche oscura y la capucha y las patadas y la tortura y las balas y los vuelos y la muerte? ¿No es suficiente con que, quien aguardaba en el vientre, cumpla otra vez años sin saber quién es en realidad, sin haberse podido reencontrar con su verdadera identidad, con la de sus verdaderos padres que todavía lo o la esperan en un archivo desteñido para llenar un espacio vacío?
     Sucedió el 30 de septiembre de 1976 y han pasado ya cuarenta años. Él tenía veintisiete, ella apenas veinte y seis meses de embarazo. Y yo les debo confesar que no, que cuarenta años parece que no alcanzaron.

En memoria de Jorge O. Repetur y Gabriela Carriquiriborde. Secuestrados en la ciudad de La Plata, Argentina, por fuerzas del terrorismo de estado, el 30 de septiembre de 1976, vistos con vida por última vez en febrero de 1977 en el centro clandestino de detención “Pozo de Banfield”.
Sus silencios todavía viven en la identidad secuestrada y oculta de su hijo o hija a quien yo y otros buscamos y esperamos abrazar un día. Sus palabras viven y vivirán en la memoria de todos los que perseguimos verdad y justicia.


RR


jueves, 24 de agosto de 2017

LA PERSONA QUE AMAS

basado en la triste historia actual...

Querida:

     Lamento decirte que nos hemos pasado de la raya. Lamentablemente, hemos cruzado una barrera que creíamos baja (al menos yo). Sí, ya no estamos al borde de nada, estamos cayendo precipitadamente en una ciénaga conocida, en un barro que, más que tal vez, es seguro que nos empapará de mierda.
     Y ya no se trata de vos o de mí, se trata de todos, de lo que nunca fuimos, de las cobardías y los arrepentimientos tardíos que no sirven para nada, que jamás suman, ni siquiera restan. 
     Porque, permitime que te diga, al menos vos restabas algunos de esos días míos que no se prestaban para otra cosa más que para morir silenciosamente. Y en esos días, que aun hoy se suceden, yo decidía morirme por vos en vez de morirme solo y sin remedio. Morirme como pueden empezar a matarnos en cualquier momento. Me moría despacito a tu lado abrazado a la locura del alcohol y la amargura que, al fin de cuentas, no está tan mal para estos tiempos que corren.
     Pero no seamos dramáticos, porque, a decir verdad, me moría sabiendo que resucitaría al día siguiente recriminándome lo estúpido de quererte sin presentir, sabiendo que este puente que ahora se cae detrás de nuestros pasos nunca iba a conducirnos a una misma esquina, a un mismo patio, a algún refugio donde escondernos de los salvajes que hoy han vuelto a las andadas. 
     Cuidate entonces, querida. Cuidate de las oscuridades del pasado hechas realidad presente. Cuidate de los brujos que han vuelto disfrazados de justicieros. Cuidate de los profetas apócrifos, de los herederos desheredados, de los marmotas y los infelices, de los ignorantes por opción y los resentidos naturalizados. Cuidate, querida.
     Y por las dudas te comento que quizás no vuelva a escribirte, que es probable que deba esconder mis manos y mis libros, mis amores y mis odios, mis simpatías y esta vana costumbre de mirar al sur soñando con revoluciones y sosteniendo rebeldías inevitables. 
     Pero no te asustes, querida. No lo hagas, no lo sientas. Estoy seguro de que vale más la pena morir por algo que vivir por nada. Sí, ya sé, son ellos, son ellos otra vez. Son ellos pero también estamos nosotros. Al menos nosotros tenemos el beneplácito de las flores que crecerán sobre nuestros cuerpos desarmados. Ellos sólo podrán mostrar números y estadísticas sin un sólo nombre. Creéme, nosotros tendremos el nombre de las flores y la hierba. Nosotros seremos el viento invencible que recorra la llanura y la montaña y sople nuestros nombres entre los edificios de las ciudades y en las orillas de todas las esperanzas que naturalmente se agolpan junto al mar. Nosotros seremos siempre la vida sobre la muerte y la muerte como parte de la vida. Ellos... ellos siempre han sido pura muerte.
     Vamos, querida, el puente se está desmoronando rápidamente, más rápido de lo que esperaba. No voy a engañarte justo ahora: siempre supe que algún día este puente podría caer, pero uno nunca está preparado completamente para la caída, para intentar aferrarse a alguna rama colgando resignada sobre la corriente. Yo, sin ir más lejos, no estaba preparado para caer aquella vez de tu puente a la correntada del olvido. Y acá me ves, aun nadando, intentando mantenerme a flote, llamándote desde el fondo del tiempo.
     Te dejo por ahora, querida. Ya sabés, cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada. Pero te pido: no te olvides nunca de los árboles talados y de los cóndores abatidos; de los pobres y los despojados; del polvo que cubre sus caminos y la tierra que devora sus cuerpos anónimos y los cielos que amparan sus almas. Y si no volvés a saber de mí, no creas que me he olvidado. A pesar de todo, seguiré siendo siempre la silueta con el corazón vacío que ronda tus noches. Sin siquiera esta absurda necesidad de quererte. 

RR



domingo, 20 de agosto de 2017

FRAGUA

Adaptación del poema "Romance de la luna" de Federico García Lorca por Jorge Repetur. Publicado en 1970.

La lucha vino a la fragua
con un polizonte de asco.
El muchacho lucha, lucha;
el muchacho está luchando.

Es él, un corazón conmovido,
mueve la calle sus brazos
mostrando hambre y pelea;
su suelo, de dura piedra.

Corre muchacho, corre y lucha,
cuando vengan los matones
querrán de ti las costillas,
duros golpes y anillos blancos.

¡Aquí! ¿Dejarlos que bailen?
Cuando vengan los matones
te pondrán sobre el yunque.
Queriendo ver tus ojos cerrados.

Corre muchacho; corre y lucha,
que ya siento sus caballos.
¡Aquí! ¿Dejarlos que pisen?
Tu pecho almidonado.

El jinete te acercaba
cargando el arma de fuego.
¡Ya! Dentro de la fragua,
el muchacho tiene los ojos cerrados.

Por la calle seguían
golpe y muerte, los matones.
Las cabezas levantadas
y los rostros entornados.

Como llora la mañana,
como llora en las veredas,
por el cielo una estrella
con un muchacho de la mano.

Dentro de la fragua matan
dando gritos, los matones,
el aire lo vela, vela,
el aire lo está velando.

JORGE REPETUR
17/08/1949 - Secuestrado en la ciudad de La Plata el 30 de septiembre de 1976 junto a su pareja, Gabriela Carriquiriborde (embarazada de seis meses).

PRESENTES. ¡Ahora y siempre!




sábado, 12 de agosto de 2017

NO

Y cuando finalmente haya llegado mi hora, me tomaré el último minuto para levantar la voz y llevar adelante algunas de estas admisiones pendientes.

No he logrado hacer públicas mis felicidades, sólo mis angustias.
No he podido abrochar en mi solapa más que los botones de mis oxidadas tristezas.
No me han podido hallar culpable de otra esperanza que no fuera el sol de la mañana.
No he conservado para mí, o para los días venideros, una sola sonrisa verdadera.
No he sido nunca acusado de despecho pues todos me han visto amar hasta vaciar el alma, hasta extenuar el cuerpo, hasta coagular definitivamente la sangre que siempre corre inútilmente en estos casos.
No he logrado hacerme entender; acaso, ni siquiera lo haya intentado.
No he perdido nada de lo ganado porque he ganado sólo para sustos.
No me ha quedado ni un recuerdo sano de cuando me acordaba de todo, desafiando estúpidamente al olvido.
No he tenido nunca más que una moneda en el bolsillo, seguramente por eso jamás he conocido la miseria de los ricos.
No he encontrado un solo motivo para cesar mi lucha o para negar mi clase.
No han venido jamás hasta mi puerta los oscuros mercenarios que dicen vengarse de los rebeldes.
No he escrito ni una sola palabra capaz de sobrevivir al fuego purificador que mañana las convertirá inexorablemente a todas en cenizas, tanto a ellas como a mí.
No he besado otras bocas que no supieran a fracaso inminente, a esa desesperación que nace en la cama vacía a la mañana siguiente.
No he tenido las agallas necesarias para ser un valiente, ni siquiera un cobarde.
No me he arrepentido de nada y no me me he sentido mejor por ello.
No me han alcanzado todas las noches para vencer al impiadoso resplandor del desvelo de los locos y de los poetas.
No he logrado conservar la salud, ni deseado la fortuna del dinero; pero he hallado el amor tantas veces como un hombre es capaz de perderlo.
No me ha servido de nada la circuncisión para que Dios me escuche.
No he encontrado en mi camino un profeta que pudiera redimirme o, al menos, crucificarme.
No he sido visitado a tiempo por un oráculo que evitara esta realidad irremediable de haberme perdido detrás de los pasos de una mujer apenas conocida.
No he sido encontrado culpable ni inocente, pues nadie jamás me ha buscado.
No he sentido nunca de cerca a la muerte y mucho menos a la vida.
No he sido ni libre ni soberano, sino más bien esclavo de mis palabras, rehén de mis actos y un súbdito de su ausencia.

Porque, quiera o no quiera, de nada servirá seguir ocultando que nunca he sido yo, que siempre ha sido ella.

RR


martes, 8 de agosto de 2017

LLUVIA DE ABRIL

(Primera corrección provisoria)

     Antes que nada, pido disculpas. Escribir sobre la lluvia, bajo la lluvia, resulta una obviedad aun mayor que el suspiro inconsciente que recorre este vilo de muerte con aroma a fracaso. Porque escribir sobre gotas y charcos es más bien un atropello a aquellas soledades silenciosas que sobreviven todo el año bajo el pavimento del olvido,  llueva o truene. 
     Sin embargo, quien se atreve a escribir lo ya escrito mil veces -en este caso yo-, no busca refugio ni amparo. Todo lo contrario. Busca empaparse de arriba hacia abajo, de abajo hacia arriba. De pies a cabeza. Quien pisa estos charcos mugrientos... Yo, que piso estos charcos mugrientos, quiero, quizás entre otras cosas, recuperar la sonrisa de aquel niño que empujaba un indio sobre una canoita de plástico en la calle Alberdi apenas el sol momentáneamente asomaba en el cielo.
     Pero no nos pongamos melancólicos, sigamos más bien con la realidad que inunda estos márgenes. Mejor será darle lugar a esta vana sensación de estar escribiendo para quien sabe perfectamente que jamás volverá a saber de mí, llueva o truene. Debo admitirlo: es probable que de aquí en más no tenga nada más que escribir y sólo reme con el indio hacia un horizonte fabuloso sabiendo que, apenas termine este texto, volveré al cordón de la vereda a leerlo incontables veces para corregirlo otras tantas hasta dar con el paradero del color de sus ojos, con el anonimato de su voz ronca, con el perplejo resplandor de su vulva abrevando una primavera porteña. 
     No se trata de escribir bajo la lluvia, ni de llorar en esta tarde gris -pues no me han venido las ganas-. Se trata, en todo caso, de separar su sujeto de mi predicado y darle un poco descanso al abundante silencio que sopla en la ventana de esta habitación oscurecida adrede. Y mientras subrayo sus oraciones con azul y colorado me pregunto: ¿de dónde y por qué la estará trayendo el viento a estas horas?, ¿cómo habré logrado convencerla de que cambie por un instante el tiempo y conjugue aquel pasado imperfecto en un presente imposible como el que llueve en mi mar y truena en su río? Y aunque todos los ríos, dicen, van a parar al mar, es menester reconocer que el suyo, tan marrón y tan sucio, tan reo y tan ancho, no llegó nunca a endulzar los salados renglones de mis constantes despedidas. Debe ser que este mar no es tal. No es un mar de esos de mapamundi que sumergen la plataforma continental despiadadamente hasta besar los acantilados del sur y las playas del centro contaminadas de horrendas carpas. Debe ser que este mar no es otra cosa que un miserable charco de pura lluvia. Un marcito fraudulento que cuando llueve y se le mojan las patas se le da por fantasear con besar la orilla de su boca, pero que, al final, siempre termina de rodillas avergonzado ante su río honesto y verdadero. 
     Y ya sabemos de lo que un río es capaz. Ciertos ríos, para los que insistimos con escribir bajo la lluvia y no encontramos otras ocupaciones más loables -o, al menos, más redituables-, pueden resultar mortales, ahogándonos irremediablemente. Ríos nacidos de deshielos amorosos que permanecen ocultos, supuestamente para siempre, en sobres perdidos, con la estampilla despegada y la dirección del destinatario ilegible.
     No obstante, si escribo a pesar de todo, lo hago probablemente como un impulso exagerado, como la respuesta de un pobre estúpido al graznido de las gaviotas que aprovechan el amaine del viento y cambian de dirección, llevando su vuelo hacia otros mares mucho más parecidos a esos donde desembocan aguas más dulces que las que desembocan en este estuario. 
     Así que, mejor será que no se me lleve demasiado el apunte cuando llueve. Sucede que algunos aprovechamos cualquier circunstancia para ocultar la permanente carencia de un argumento medianamente original, o al menos interesante. Porque, como podrá fácilmente observarse, no existe ni un atisbo de cordura y sensatez en esto que escribo quién sabe para qué (aunque claramente para quién). De todas maneras, no es este el momento de llevar adelante un sinceramiento inútil que debería incluir impostergablemente la admisión de que hace rato ya debería haber abandonado esta práctica pseudo literaria donde finjo que navego mares de leyenda cuando, en realidad, no hago otra cosa que flotar en mi propio charco sucio, hablándole a un indio de plástico que ni se acuerda de mí. Y, lo peor de todo, donde expongo ominosamente a esta desafortunada mujer al vaivén de una canoa a punto de hundirse; condenándola injustamente a abrazarse a unos deltas laberínticos y a recorrer un cauce inexistente para zambullirse sobre el salado gusto de un charco con pretensiones marítimas del que no está ni enterada. 
     Y todo por este viento del sur, esta lluvia de abril en pleno agosto. Por eso, al llegar a este punto de la corrección, y antes de besarla una vez más bajo el ombú de una plaza soleada cerca de su río, más por decoro que por vergüenza, remuevo siempre cualquier posible referencia indiscreta que le permitiera tal vez reconocerse. Borro invariablemente todo dato capaz de develar las coordenadas de su lucha, su vida y su elemento; la perfección de todas sus imperfecciones y cualquier referencia a los dolores de muerte que sobreviven insolentes y desconsiderados sobre su espalda erguida a duras penas y bajo el brillo celeste de su iris refugiado permanentemente detrás de una lente. Llueva o truene.

RR




DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...