viernes, 17 de marzo de 2017

EL BURGUESITO


     El burguesito se toma muy en serio la vida. Él cree verdaderamente que la vida es para vivirla, que hay para todos y que hay que esforzarse por conseguirlo. Y quienes no logren este objetivo, pues será porque no se han esforzado lo suficiente.
     El burguesito es libre y hace de su libertad una bandera que debe ser honrada y respetada. No hay para él otras banderas de la libertad que no sea la suya ya que la libertad se expresa en términos únicos que, claro está, son los propios.
     El burguesito tiene un lugar en el mundo, le pertenece sólo a él y lo defenderá a costa de quien sea, y vociferará esa defensa con autoridad, esgrimiendo razones de orden ético, moral y hasta divino.
     El burguesito sabe que lo suyo es suyo y de nadie más, que su propiedad es inviolable y que todo es al fin y al cabo de alguien. Aunque prefiere no pensar en que su vida también es de alguien, ese tiempo perecedero que se lo llevan hora tras hora los vientos poderosos soplados desde lugares sin ninguna bandera.
     El burguesito se aflige por los que menos tienen y cede pedacitos de su conciencia para darles un lugar y dormir tranquilo por las noches. Pero apenas se levanta y da sus primeros pasos por la realidad que excede a su aldea, se coloca sus anteojos espejados por dentro para poder ver sus propios ojos, su mirada ilusionada, su cara limpia y fresca y tornasolada por un sol amable que, a la vez que tuesta sus poros y alimenta su fotosíntesis, arrasa con los brotes de los secos y los desahuciados.
     El burguesito se siente permanentemente amenazado por todo aquello que huele diferente, que habla diferente, que siente y piensa del otro lado de la balanza, del plato que siempre pesa menos, de ese lado al que la ceguera de la justicia nunca apunta, sino más bien, vigila día y noche para tranquilidad del burguesito.
     El burguesito desconfía de la ilustración, de los saberes que él opina deben ser recortados, divididos con troqueles y seleccionados uno por uno para que no se contaminen, para que no suceda la tragedia de una cadena causal que pueda explicar lo que él defiende como obra de Dios. Y por eso, persiste inquebrantable en su fe persiguiendo perseverante a quienes promueven una libertad de consciencia a la que, en el fondo, condena como una herejía, como la magia oculta de seres poseídos por un espíritu diabólico y vengativo.
     El burguesito sabe que todo lo que se hace con amor finalmente triunfa y por eso sólo odia a quienes lo reclaman para ellos e intentan reivindicarlo como un sentimiento común, humano, cotidiano y sobre todo (sobre todo) igualitario.
     El burguesito se acuartela y se defiende, se obstina y ataca cualquier competencia, precisamente porque cree en la competencia, en la selección natural de los mejores, en los derechos adquiridos e indiscutibles, en la justicia que lo defiende, en el sistema que lo respalda, en la sabiduría de otros sabios burguesitos que piensan y piensan y piensan todos los días para resolver el problema de la mierda que no para de esgrimir sus marrones verdades en el mar turquesa que rodea sus esperanzas de seguir conservando lo que le pertenece.
     Y así anda el burguesito, un soldado macartista cazador de brujas. Va y viene señalando culpables entre los aplausos y los festejos de sus pares. Camina por su vereda arrojando su mugre a la calle para que otros, dice, tengan la posibilidad de juntarla ganándose así sus vidas con el sudor de sus frentes y aspirando esperanzados a sentarse un día aunque sea en el cordón a mirar un cielo despejado. El burguesito declara vivir y dejar vivir. El burguesito, provee para sus hijos y guarda y acumula para los malos tiempos. El burguesito consume feliz felicidades coloridas envasadas prolijamente, que han sido anunciadas y publicitadas como el camino inequívoco a un mundo exclusivo de sonrisas sin dolores, de paisajes exuberantes llenos de productos típicos y personajes pintorescos semidesnudos que, según él, han sido elegidos por un azar inescrutable o por un destino misericordioso y justo, con el objetivo de servir al bienestar general y el disfrute de todos (o al menos de quienes puedan pagar por ello).
     Lo que el burguesito no sabe es que tal vez, quizás, puede estar equivocado, y que la mierda lo va a terminar tapando, y que el exceso de sol está degenerando su fotosíntesis, y que Dios probablemente no estará de su lado cuando esos pobres diablos que están afuera de sus anteojos espejados se harten un día de estar hartos y salten del plato de la balanza tramposa y derriben el monstruo grande que pisa fuerte, al que el burguesito mismo disfrazó de mujer justiciera, ciega y amable. Y una vez que estos pobres diablos impongan sus razones y enarbolen sus dignidades y sus derechos y defiendan sus amores y sus sueños y sus hijos que nacen iguales que los del burguesito, entonces será tarde para darse cuenta de que todo el tiempo que usó para comprarse seguridades y construirse fortalezas constitucionales para sus privilegios al final sólo vale un agujero en la madre tierra húmeda y hambrienta que, tarde o temprano, y haciendo verdadera justicia, todo lo devora un día.

RR

lunes, 6 de febrero de 2017

A QUIEN CORRESPONDA


     He llegado hasta este punto sin saber cómo y no sé muy bien hacia dónde seguir. ¿Cómo haré para escribirle ahora que la he perdido? ¿Cómo podría volver a encontrarla nuevamente en palabras ahora ausentes, para contarle de unos espacios que antes sólo duraban unos pocos minutos hasta ser ocupados por una coma o un punto seguido con vistas a su imborrable paraíso?
     Repentinamente, y sin previo aviso, me convertí en un par de manos tiesas y mudas. Debería hallar alguna manera para decirle que todos aquellos finales pendientes se me han venido encima en forma de un silencio espectral, incuestionable; que aquel fantasma suyo que recorría mis entreveros con los días y las noches de la semana se ha evaporado, como si se lo hubiese tragado la tierra, como si un día, de tanto venir junto al cántaro, se hubiese roto su hechizo dejando nada más que una sábana blanca ondeando a manera de bandera de armisticio.
     Pero, ¿qué fue lo que sucedió? ¿Es que, entonces y al fin de cuentas, es inútil intentar ser algo más que un final anunciado? ¿Es que es inevitable caer en la desgracia de ser un nombre sin rostro, confundido y avergonzado, dando manotazos de ahogado sobre un teclado destrozado que se declara incompetente a viva voz y se muestra cansado ya de escribir siempre las mismas sinrazones, las mismas desmedidas e ineficaces metáforas para justificar lo injustificable?
     Pues bien, debe ser eso nomás. Debe ser que he perdido finalmente esta guerra y que ella no se irá nunca de mi lado aunque ya se haya ido como se va todo, como se pierden las cenizas de los muertos cuando quienes se propusieron custodiarlas hasta el fin de los tiempos también mueren convirtiéndose ellos mismo en cenizas.
     Sin embargo, y a pesar de todo, no creo que nadie venga a exigirme explicaciones. Y mucho menos ella que nunca estuvo verdaderamente acá, que nunca fue otra cosa más que la protagonista de un paisaje delirante imaginado en medio de la fiebre que se alimenta de unos anhelos más bien infantiles mezclados con los vapores nocturnos del alcohol y las soledades irreparables.
     Sí, ella era, en todo caso, una pequeña urna cenicienta mirándome desde un lugar donde nunca hubo nada, donde el viento y el aire del mar hacían lo suyo sin anunciarlo en ningún lado, eso que alguna vez pareció imposible: convertir en olvido, en herrumbre, lo que el amor se encargó alguna vez de pulir para una pretendida y exagerada eternidad que, en realidad, sólo es capaz de perdurar durante el efímero reinado del beso silencioso. Ese beso delicado y fugaz que nunca, jamás, necesita de un solo verso para sobrevivir; así como tampoco demanda justificaciones o explicaciones, anteriores o postreras.
     Pero quizás no sea menester hablar de olvido porque, a decir verdad, nadie olvida nada -ni siquiera ella probablemente se haya olvidado de mí-. Porque una cosa son los recuerdos y otra muy diferente es el olvido. Y que uno no recuerde no quiere decir que haya olvidado. "El hecho de no recordar muy bien algo -decía Borges- quiere decir que algo ha existido y que ha sido recordado y olvidado". Es que el olvido y la memoria son una misma cosa. Por eso cada vez que uno le apunte al olvido lo hará irremediablemente empuñando la espada sagrada de la memoria. Y así, con las misma carencia de remedio y la misma falta de solvencia, intentará darle de lleno a aquel corazón que alguna vez latió en sus manos. Y todo será en pos de silenciar el espantoso zumbido que dejan algunas ausencias.
     Por eso, es absolutamente imposible escribir nuevamente sobre todo aquello que he olvidado, sin volver dolorosamente sobre su recuerdo. Y cada vez que ella y yo busquemos apartarnos y corrernos y rechazarnos en los nebulosos prados del olvido, dejaremos una y otra vez una huella más sobre el infinito sendero de la memoria. Un sendero interminable que sólo pervive por el recuerdo permanente de lo que queremos olvidar.
     Entonces -y para dar un cierre a semejante cúmulo de insensatez-, es inútil seguir sosteniendo a esta altura de la vida que el tejido de palabras que nos unían en un olvido compartido ha perdido la forma consistente del hoy para ser un pasado cuestionable o un futuro impredecible. No sé ella, pero en mi caso, el olvido no es la tonta búsqueda de un pase mágico capaz de salvarme de su recuerdo, sino de salvarme de mí mismo. El olvido es la prenda con la que intento sin éxito vestir mis días y mis noches, mis sueños y mis desvelos, mis pocas luces y mis inconfesables oscuridades.
     De esta manera, si es que pretendo seguir asomándome de vez en cuando de este lado de la hoja, debo sin falta confesar, ahora mismo y a quien corresponda, el engaño de haberla olvidado. Y así también debo rechazar vehementemente el falso armisticio de su sábana blanca ondeando perversa por encima de su silencio espectral, para seguir dándole combate a su recuerdo desde esta lejana trinchera. El recuerdo del aroma primaveral que desprendían sus senos florecidos por la tarde cuando anunciaban la inquebrantable humedad de su pubis dominante por la noche.
     No, no crean que estoy loco. No he perdido la razón, pues nunca la he tenido ni la he necesitado. Más bien he elegido perder la cordura de la manera más sana posible para evitar morirme sin penas y sin gloria, para reconciliarme definitivamente con lo que nunca será.
     Por más que ella nunca se entere.

RR

martes, 27 de diciembre de 2016

ANILLOS DE COLORES


     Hace ya varios días (muchos, demasiados) que me mira callada, como impaciente. Y yo la miro también cada tanto, observo los movimientos casi imperceptibles de su boca que masculla y susurra, que mastica silencios haciendo pequeños globos de palabras que vuelven a su boca y bajan por su esófago hasta ubicarse en su estómago, en su alma.
      Pero yo, como es claro y evidente, ya no puedo llegar hasta allí. Es que hace meses (muchos, demasiados) que he perdido su rastro. O tal vez mejor sería decir, el rastro de su estómago, de su alma. Porque no alcanza ni sirve para nada preparar comida, armar la mesa, destapar alguna botella de vino si no logro entrar en su boca, si no alcanzo a reventar ese globo antes de que sus palabras se pierdan deslizándose por su garganta y desaparezcan diluyéndose en su saliva que creo recordar como si fuese hoy, como si fuese ayer, como si la besara otra vez, una última vez como la primera vez.
      Y yo sé que ahora anda por acá, pero hago como si no notara su presencia, como si no presintiera su mirada escondida, su globo inflándose sobre sus labios prodigiosos y mascullantes. Ahí está, a mis espaldas, apoyada sobre el marco de la puerta, ejerciendo un poder que yo mismo le he confiado desconfiando de mí mismo. Ella no sabe que ese poder me pertenece a mí, no a ella. Aunque sí es posible afirmar que ella ya se ha dado cuenta de mis carencias y mis cobardías, que son unas cuantas (muchas, demasiadas). No obstante, a mi humilde parecer, debería ser un poco más cuidadosa, porque un exceso de confianza puede ser contraproducente para ambos. Uno nunca sabe por dónde puede saltar la liebre. Es decir, por qué no creer que fuera  posible que en un santiamén, yo, tranquilamente y sin tomar tantas precauciones con respecto a ella, me enamorase de una mujer cualquiera sin globos de palabras en la boca, con más ruidos en el estómago que silencios en el alma. Una mujer de carne y hueso tan diferente a ella que es el hada de un cuento sin moraleja.
      Sin embargo, ella tampoco es tonta y sabe que con ir y venir impunemente por la casa le alcanza para demostrarme lo poco que valen mis amenazas de abandonarla en una hoja, de abandonar esta órbita que lo único que logra es dibujar anillos de colores inexistentes a su alrededor. Y es que tampoco yo soy tonto y sé que estos anillos son pura fantasía, una ilusión óptica creada por el desconsuelo interminable que me provoca la imposibilidad de atravesar su atmósfera, de aterrizar en su suelo, bajo un cielo al que no tengo derecho y por el que estúpidamente aun siento algunas obligaciones (muchas, demasiadas).
      Por eso tuve que dibujarme este cielo esencial aunque invisible a sus ojos, para darle un lugar a su ausencia, para poder ponerla a ella detrás de mis espaldas a espiarme cuando le escribo avergonzado de mi mismo pero feliz por ella. Y supongo que nadie -y mucho menos ella- vendrá nunca a reclamarme por los anillos de colores. He dejado perfectamente aclarado desde un comienzo que nada de todo esto es real, que todo es y seguirá siendo una entelequia egoísta, una ilusión óptica, la mezcla de los vapores del alcohol con alguna brisa nocturna de verano o una llovizna leve de esos domingos grises, anodinos y criminales que se llevan las horas de a una, no dejándonos a algunos hombres vencidos más que la barbarie de la resignación.
      Y ahora, antes de que nos den las doce, voy a terminar de pintar este último anillo. Voy a mirar un instante hacia atrás, hacia donde está ella, y voy a imaginar por enésima vez el chasquido de su globo estallando inesperadamente fuera de su boca, soltando una palabra, un hola o un adiós, da lo mismo. Entonces ahí sí voy a abandonar mi órbita para intentar penetrar en su mundo. Y probablemente me asfixie en el intento, probablemente no resista más que unos pocos segundos bajo el clima abrasador de sus sienes y su atmósfera de quimera. Pero al menos cuando esto suceda, podré finalmente regresar a La Tierra sin reproches ni culpas; podré quizás encontrar la salida de este cielo pasional tan lejano del suyo. Un cielo que, en definitiva, no contiene otra cosa más que anillos de colores y el recuerdo de los años que he perdido girando a su alrededor. Muchos, demasiados.

RR

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EN UN IRRELEVANTE PÁRRAFO INVERNAL


(escrito bajo la penumbra de un solo verano)

     Y es que tal vez decirte hoy que alguna vez te quise sea tan irrelevante como confesarte que aun te quiero; que ni el sinnúmero de inviernos pasados han logrado ocultar la calidez de aquel verano tuyo; que de todas las innecesarias necesidades que me fui creando para ocultarme de tu sombra, esta, la de escribirte, ha sido la más trágica de todas. Porque no he logrado evitar que cada palabra te nombrara vengativa antes de perderse para siempre en falsos significados, y que, como cuando los hijos se despiden de sus padres, me saludaran desde el umbral de tu olvido, que es adonde han ido a parar irremediablemente cada una de ellas. Por eso te pido que no las eches de tu lado a mitad de la noche cuando te golpeen el sueño e intenten meterse en tu cama. Ellas ya no saben volver a mí, ellas no saben lidiar como yo con el reflejo infinito de tu silencio rebotando en cada rincón de tu ausencia inapelable. Ellas no saben bajar la persiana para dejar la casa y la dignidad en penumbras -como acabo de hacer yo- y escribirse ellas mismas como quien se dibuja en una foto vieja junto al amor de su vida, rogando aunque más no sea por el consuelo de los tontos. No les cierres la puerta, no canceles ese puente que las salva de vez en cuando de un penoso suicidio en tu nombre. Vamos, no te cuesta nada darles un espacio para sus oscuridades, para que te digan lo que yo ya no puedo decirte: que entre la irrelevancia de haberte querido y esta inconfesable necesidad de escribirte se esconde mucho más que tu umbral y tu olvido, mucho más que la sinrazón de los inviernos perdidos por un solo verano, mucho más que un remedio para salvarme a mí de mí mismo y a vos de los caprichos imperdonables de mi mente que construye con hojas secas poemas para vos dedicados a falsas mujeres sin nombre. Mientras para mí se acopian en cada hoja, en cada oración y en cada párrafo como este, una imagen de quien nunca fuiste. Aunque hoy seas todo lo que tengo.

RR


Foto: Pablo Silicz

miércoles, 23 de noviembre de 2016

EL ALTILLO BLANCO


a Daniela R.

     Todos tenemos recuerdos que no sabemos muy bien por qué o para qué están ahí. Sin embargo, ahí están.
      La primera vez que él escuchó la palabra amor -al menos la primera vez que lo recuerda- fue en un altillo blanco con luces rojas y ambar, con adornos en las paredes y un aire florecido completamente desconocido aun para él: el aire de la adolescencia. La habitación era la de Daniela. Para esa época, él ya había experimentado los síntomas del amor aunque sin saber que existía una palabra para caracterizar todas esas sensaciones, ese torbellino de temblores en las manos y ansiedades desmedidas y sudores injustificables.
      Fue Daniela, la muchacha que lograba arrancarle una sonrisa al viejo Pepe (algo que creo que era una virtud casi exclusiva de ella), quien le contó por primera vez acerca del amor. Y fue en ese altillo blanco.
      Daniela le habló aquella noche sobre el amor con la seriedad de quien tiene la responsabilidad de abrir ante su interlocutor una puerta que dejará entrar algo muy importante, algo que nunca más podrá ser desestimado. Le habló del amor de la misma manera que él, años más tarde, intentaría apasionadamente escribir para una mujer lejana (en tiempo, espacio y velocidad al cuadrado). Y aunque él supiera que ya no estaba a tiempo de ser para esta mujer lo que Daniela había sido para él, creyó justo confesarle que era a ella, a la misteriosa mujer, a quien imaginaba inevitablemente cuando recordaba la noche en que Daniela le contó eso del amor y que él, apenas un gurrumín de cabello enrulado y unos pocos años, escuchó atentamente desde la otra cama de ese lugar mágico, sin imaginar siquiera que eso se convertiría en una verdad absoluta: que cuando es amor, nada es igual.
      Y así fue. Porque como no era igual para Daniela cuando le hablaba sobre el amor bajo la tenue luz de su altillo blanco, no lo fue para él cuando cruzó con los ojos enceguecidos esa puerta que daba a su propio altillo para intentar escribirle a esta mujer lejana sobre su propio amor. Cuando entre gallos y medianoches se arrojaba a sus brazos en el único lugar donde podía encontrarla: en las hojas ajadas de un cuaderno espiralado. A decir verdad, él le escribía, sin darse cuenta, sobre todo aquello que había escuchado de la boca de Daniela. Le contaba que nada era igual cuando escribía para ella. Porque cuando era para ella, aparecía una vez más aquel torbellino de sensaciones, de temblores en las manos y ansiedades desmedidas y sudores injustificables. Sólo cuando era ella la que se sentaba a su lado a descomponer la noche en oraciones, y él volaba por un cielo infinito, yendo y viniendo entre sustantivos atados a tiempos de verbos inverosímiles y adornados con adjetivos incalificables y excesivos nada más que para intentar poner en palabras aquello que Daniela le había contado sin tanta parafernalia: que nada era igual para él cuando era ella.
      Entonces, él trataba por todos los medios de unir su sujeto a los predicados de ella y la perseguía entre los versos que le salían a duras penas como si fuera un ser poseído por una magia indescifrable, observándola desde una orilla imaginaria, siguiéndola presurosamente entre líneas hasta que creía alcanzarla. Y cuando esto sucedía, la desvestía impunemente mientras las palabras iban y venían de un lugar a otro de la habitación en penumbras donde el amor cobraba la forma de una primavera tan parecida a la de la habitación de Daniela. Todo esto duraba apenas unas horas, hasta que el gemido lejano de aquellos placeres de cuando habían compartido entre idas y venidas, entre dimes y diretes, una cama, desaparecía por las hendijas de la persiana que daba a la calle, a una realidad irrefutable que se componía de todo aquello que nunca más serían.
      Aquella noche, Daniela tuvo razón cuando le habló del amor. Y si bien él nunca pudo terminar de comprender los por qué de todo aquello que le había sido revelado, había comprendido lo más importante.
      Tal vez sea por eso que cada vez que lo abraza el cálido sopor del recuerdo de esta mujer, sabe que, si se siente así, es por ella. Y para él, escribirle de su amor a ella es escribirle a todas, incluso a aquellas otras mujeres que tal vez un día aparezcan a merodear su altillo, mujeres que probablemente nunca sabrán de la existencia de aquel otro lugar mágico, brillante como la primavera.
      Esta mujer y él ya no son nada de todo aquello que, al fin de cuentas, no supieron ser; sólo son eso que nunca se sabe bien qué es, eso que quizás puede ser contado en una borrachera de última hora como un amor lejano, imposible, casi olvidado, que aparece cada tanto como una sugerencia, como una evocación, como el deseo de volar libremente sobre el margen de un horizonte inalcanzable. Sin embargo, y a pesar de todo, él todavía sigue escribiéndole a ella de aquel amor que le fue revelado una noche hace mucho y que en un momento cobró la forma de su cuerpo de mujer lejana cubierta de piel tierna, suave y arrebatada. Todavía hoy le escribe a esta mujer y la viste como puede con las ropas que rescata de la memoria para intentar desvestirla con palabras y así poder quedarse a su lado en el altillo indefinidamente.
      Y es que, aunque ella no lo sepa nunca, todo empezó ahí, en aquel altillo que fue convirtiéndose en el suyo. Un espacio fuera del tiempo y de la realidad donde la voz de Daniela habla desde quién sabe donde de la magia del amor como si todavía fuese un niño incrédulo; donde la puerta permanece abierta esperando por la primavera de una mujer lejana. Y si bien de vez en cuando siente el frío invernal de la desolación, del olvido y el abandono que persiguen tarde o temprano a todos los amantes, siempre logra refugiarse en el tibio recuerdo de ella. Porque, sea como sea, nada es igual cuando es amor.

RR

viernes, 30 de septiembre de 2016

LA VERDADERA HISTORIA DE ENRIQUE OCTAVO


     Al comienzo funcionaba un poco en secreto. Si bien había rumores sobre su existencia y se arriesgaban posibles locaciones, nadie podía aseverar con precisión y certeza dónde, cómo y tantas otras cuestiones. Pero finalmente el boca a boca hizo su trabajo y no me quedó más que asumir que ya no sería viable esa especie de clandestinidad que disfrutaba, tanto yo como mis clientes.
      Según algunos soy un farsante y un oportunista. Para otros soy su salvación. Pero yo nada más soy un escritor ignoto. Mi nombre es Enrique Octavo. Sí, ya sé, el mismo nombre que el Rey de Inglaterra y Señor de Irlanda. Pero, como podrá observarse, mi apellido es literal y no cronológico numérico.
      Pero volviendo al tema, lo que yo ofrezco no son soluciones mágicas ni pociones para el amor (pues como ya ha sido cantado, no las hay). Nunca fue mi intención ofrecer nada, pero desde aquella primera vez en que alguien me solicitó alguna razón sobre mis acciones en medio de una breve conversación y se la dí, comenzaron a lloverme pedidos de argumentos, de justificaciones, de testimonios y móviles que pudieran ser argüidos en favor de una persona. No me interesa hacer de esto un negocio o lucrar con la potencial desgracia ajena, por eso todavía hoy, en medio de la apremiante situación económica que me afecta -a pesar de estar transitando ya sobre la publicitada segunda mitad del año-, sigo manteniéndome en esa tesitura.
      Tal vez haya quienes piensen que contribuyo al engaño, que promuevo la falsedad. No creo que sea así. Según yo lo veo, no hago más que tratar de ayudar a quienes quizás no han sido gratificados con el don de la palabra o que, puestos a prueba por coyunturas verdaderamente adversas, no logran traducir sus sentimientos en algo legible o verbal. Por lo tanto, sin pedir nada a cambio, yo convido simples oraciones artesanales para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero. Diminutas respuestas poéticas de ocasión ante imponderables preguntas existenciales que pudiesen confundir al interlocutor.

      Cada día, luego de la jornada laboral, me dedico concienzudamente a recolectar argumentos que pudieran ser utilizados en favor de alguna situación en particular. Siempre en favor, nunca en contra. No es mi idea encontrar pajas en ojos ajenos, sino todo lo contrario. De un sinnúmero de excusas estúpidas y chamuyos patéticos que escucho permanentemente, indago sin compromisos acerca del origen de los dolores verdaderos y las angustias intolerables para ofrecer a quien lo pudiese necesitar una especie de placebo verbal capaz de expresar, dentro de las limitadas posibilidades semánticas que agencio, los avatares de ciertas decisiones.
      Quienes se acercan hasta mis escritos lo hacen casi siempre en medio de la desesperación, obnubilados por acontecimientos que los torturan. Ellos necesitan nada más que una razón, un motivo que puedan declarar sin tartamudear. Eso es lo que trato de ofrecerles, sólo eso; y de ninguna manera un diagnóstico psicológico.
      Y no es que yo sea capaz de dar grandes y elocuentes explicaciones para todos sus dilemas. Son ellos los que deciden cuál es la razón, de todas las que puedo ofrecerles, la que mejor les sirve a su cometido. Cada uno debe ser responsable de esa elección, a mí sólo me cabe la autoría. Ya lo he dicho: no ofrezco milagros, ofrezco palabras. Tampoco intento ser veraz, eso lo dejo para los científicos. Lo que hago es más bien juntar los pequeños retazos desvencijados de una historia y unirlos como si fuese una de esas mantas que cosen las abuelas con pedazos de telas en desuso. Así, quien se acerca, me cuenta su entuerto como puede y yo le muestro una carpeta con breves oraciones de donde esa persona va recolectando tentativas causas, razones, circunstancias y hasta justificaciones como para animarse a resolver el enigma del amor. Eso sí, de ninguna manera yo trato de convencerlos de que ese enigma es irresoluble. Pues, si así lo hiciera, obtendría un resultado completamente contrario al buscado. Es que cuanto más tratara yo de convencer a esa persona de que eso que está intentando descifrar es indescifrable, más sumergido en la oscuridad quedaría seguramente esa persona.
       Y yo lamento tener que admitir que no hay ninguna manera lógica posible de desmentir al amor. No la hay. No hay posibilidad alguna de quitar de la mente esa mancha que propaga su onda expansiva como una bomba nuclear, arrasando todo a su paso, poniendo a quien recibe esa explosión en la más penosa vulnerabilidad. Entonces, habrá quien reclame indignado por lo que yo ofrezco y me apunte con el dedo acusador de quienes tienen todo claro y resuelto. Y en mi defensa yo sólo puedo argumentar que no todas las claridades y todas la resoluciones se obtienen desde el saber, que algunas cosas llevan tiempo, el tiempo del corazón, que no es el mismo tiempo que el del cuerpo. Algunos pasados deben ser protegidos del olvido para procurarles un final menos espantoso que el de la muerte. Algunas emociones deben ser observadas mientras desaparecen plácidamente, mientras se evaporan en compañía de los días aquellos cuando éramos el lugar más seguro para su resguardo. Y todo eso no puede en muchos casos ser descripto y evaluado con la lógica de la ciencia, con estadísticas matemáticas que quieran demostrar con números si los años entregados a cambio de un amor valieron la pena o no. Créanme, eso no sirve para nada.

      Eso es todo. No hay en este reducto que habito, escondido de las grandes luces, un catálogo de soluciones mágicas. No soy yo quien vaya a declarar si es mejor abandonar que seguir, si hay aunque más no sea una mínima chance de que el candor de unos ojos lejanos vuelvan alguna vez a posarse como una primavera sobre los de quien ha quedado varado en el frío invernal del recuerdo imborrable. Yo no lo sé. ¿Cómo podría saberlo? Yo nada más he hallado en un puñado de palabras sin pretensiones literarias, y que uso para escribir un libro inexistente, mi propio remedio para calmar algunos dolores; he encontrado en las innumerables estúpidas razones que tantas veces busqué, o me inventé, una colina desde donde poder saludar y despedir a quienes ya hace mucho tiempo se fueron. Mucho menos tiempo, claro está, que el que me llevará a mí olvidarlos, acostumbrarme a la idea de la ausencia permanente, aceptar que hay soles que no volverán a salir y que, a pesar de eso, seguirá amaneciendo.
      Por eso ya no custodio mi anonimato como solía hacerlo liberando palomas mensajeras. Ya no oculto ni mi paradero, ni la dirección de mi casa, de quienes la merodean tratando de encontrarme. Ya no intento más desenredar los ovillos misteriosos del amor y el olvido, de la memoria y el engaño, de la vida y de la muerte. Ya no recorro tampoco las calles buscando aquello que ya no existe, que se ha ido para siempre y jamás volverá: ya no la espero a ella, a Ana Bolena, porque es imposible e inútil intentar volver a ser aquel que fui a su lado. No, ya no pretendo ser más que quien soy hoy porque este hoy es acaso lo único que tengo.
      Mi nombre es Enrique Octavo, y soy el autor de un libro que nunca terminará de escribirse.

RR

martes, 27 de septiembre de 2016

UN SILENCIO COMO EL SUYO


(Espacio para una dedicatoria obvia e innecesaria)

     Más de un año después de su última palabra volví a escuchar su silencio en el teléfono. Y fue como la primera vez, como si ese silencio hubiese estado siempre ahí, durmiendo la plácida siesta del gato sobre una ventana bañada de sol.
      Y volví a escuchar la ausencia de sus gemidos, el hueco oprobioso de su voz dulce y gastada, la caída sensual de sus ojos claros sobre el espacio infinito que se abre entre su mirada y sus pies descalzos donde alguna vez arrimé los míos.
      Volví a sentir el escalofriante recorrido de mis dedos sobre el vacío que dejaron sus pechos y más arriba sus labios y más abajo su vientre cayendo desnudo entre sus piernas para adentrarse en su cuerpo hasta llegar al húmedo fangal de su alma, donde ella almacena sus dolores más preciados. Dolores tan silenciosos como los que brotaban ahora, casi imperceptibles entre sus palabras acalladas.
      Y me quedé yo también en silencio, no supe que hacer. Me quedé en silencio y la escuché enmudecer sus emociones, que estaban ahí, dominadas, tan expectantes ellas de mi silencio como yo del suyo.

     Nuestra comunicación fue siempre silenciosa y amable, una conversación de signos sin necesidad de palabras. Una charla amigable de gestos que inevitablemente me terminaban conduciendo al lado de su cama, a recitarle algún poema inventado sobre la marcha -poemas que de ninguna otra manera me hubiese animado a recitar-. Porque a decir verdad, fueron todos poemas inexistentes, mentiras piadosas construidas sobre sus más secretos pensamientos que murmuraban deseos inconfesables, sin darse cuenta de que yo podía escucharlos y me ponía inmediatamente a disposición de ellos. De que era capaz de bendecir todos esos pecados y lanzarme de su mano al infierno con tal de que no se perdieran para siempre, de que no quedaran tachados a las apuradas de su currículum de mujer sensata. Me parecía que eso sería una verdadera injusticia para un mundo tan gris como este, tan lleno de vacíos como el nuestro. Un mundo celeste como sus ojos opacados por tantas muertes irremediables.
     Por eso mi idea fue siempre apelar a sus más bajos instintos, a esos que lograran contagiarle súbitamente y sin previo aviso un ardor impostergable que la impulsara a soltar amarras y lanzarse a la conquista del placer, del suyo y del mío. Y sí, ¿para qué ocultarlo ahora? Yo quería su placer, su reflejo invertido a través de la lente revelándose descubierto sobre mis ojos, apoyándose sin temores sobre mis ganas de abandonar un pasado pueblerino en las afueras de aquel presente porteño y fugaz. Quería su espejo que era donde creía yo que ella guardaba sus secretos más lujuriosos y sus latidos más acelerados. Yo quería todo eso que ella ordenaba meticulosamente en los cajones de su ropa interior junto a un silencio pornográfico y procaz.

     Sin embargo, a mi me gusta escucharla cuando no está, cuando deja el tubo descolgado -sin querer o a propósito, quién sabe- y yo puedo quedarme en silencio escuchando todo eso que nunca dice, todas esas sentencias que enarbola orgullosa y defiende vehementemente sin necesidad alguna. Ella calla y dice todo. Ella habla y no dice nada. Ella se queda a mi lado cada vez que se va lo más lejos que puede. Y cada vez que nos encontramos es por algún error del destino que nos pone frente a frente. Como allá lejos y hace tiempo, cuando éramos apenas unos niños con aires adolescentes. O como cuando fuimos grandes y nos quisimos como chicos. O como cuando el teléfono no suena y yo sé perfectamente que si no lo hace es por ella no me llama, porque no quiere hablar, porque quiere que yo escuche su silencio, que la oiga mientras llora y se lamenta, mientras llueve y hace frío, mientras nos vuelven las primaveras y aquellos poemas mentirosos regresan como golondrinas a su tierra empapada de deseos inconfesables.

     Por eso estamos donde estamos. Por eso ella camina desentendida por esta hoja y yo la dejo y la miro y la sigo con la mirada. Más no la persigo, no la capturo, ni le hablo, ni la nombro, ni le digo "quedate, no te vayas" con una dedicatoria, a esta altura obvia e innecesaria. No sería capaz de semejante bajeza, ni de darle el golpe bajo de la sorpresa mandándole un mensaje anónimo, una llamada cortada justo a tiempo antes de que atienda y vea mi número y se dé cuenta de que la llamé para convocarla una vez más a iniciar una danza de apareamiento que acabaría definitivamente con este silencio humano y majestuoso en el que hemos decidido vivir. Porque si yo dejara de escribir ahora por ella, ella me diría algo, cualquier cosa. Apelaría a su lengua en vez de a sus ojos claros, haría vibrar el aire y provocaría torbellinos de imposibilidades, un requiem de descabelladas probabilidades para el desencuentro. En cambio así, ella está ahí y yo estoy acá. Y ella sabe que estoy siempre a su lado donde sea que esté. Entonces, tal vez sea mejor así. Porque lo cierto es que a lo único que puedo aspirar en este juego es a un silencio como el suyo. Una sucesión interminable de pasos silenciosos sobre los peldaños de una escalera caracol sin principio ni fin por la que podemos subir o bajar, ir o venir, alejarnos en otoño o acercarnos en primavera.

RR


Foto: Nano Alegre

DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...