jueves, 7 de enero de 2016

USTED Y YO (#4)


     Usted bien sabe que cuando escribo, lo hago para usted. Y eso tal vez pueda no significar demasiado para nadie. Sin embargo, permítame que intente describirle lo que significa para mí.
      Significa que si usted me deja, yo la busco. Que si decide llorar en mi hombro yo maldeciré al mundo a escondidas por no encontrarle un consuelo.
      Significa que si nuestra mutua compañía nos sirve de consuelo, nos sirve para todo, porque al fin y al cabo no se necesita nada más que eso para vivir lo que dejan a veces las desgracias de la vida misma.
      Significa que entre usted y yo habrán a menudo manantiales y charcos, oasis y sequedades, altas y bajas con sus respectivas lunas y sus obedientes mareas que suben y bajan en un columpio infernal al que sólo los valientes se le animan. En ese caso, agárrese fuerte de mí, querida, y mire sonriendo al cielo.
      Significa que aunque puede que no nos separemos de ahora en adelante, un día nos separará la muerte y habrá que lidiar con eso. Y quien se quede deberá aprender a vivir la ausencia definitiva del otro con esa fingida alegría petrificada de recuerdos y ese falso alivio de creer en eso en lo que uno sólo cree hasta ese momento en que la muerte se abraza a nuestro último suspiro.
      Y tal vez por eso, significa que habrá siempre entre usted y yo un antes y un después, un por siempre y un nunca jamás. Y que habitarán permanentemente en nosotros un hola y un adiós atados a unos puntos suspensivos que, llegado el caso, retrasarán penosamente el milagro de la aceptación y el olvido.
      Significa que, sin importar cómo ni cuánto, la quiero. Y así, en los espacios que separan cada una de mis palabras, guardo secretamente sus humedales y uno con ellos los significados ocultos, esos que sólo crecen entre ellas y sus ojos, entre sus razones y mis motivos, entre nuestras vencidas soledades y aquellos temblores que supimos compartir bajo unas sábanas.
      Significa que, a pesar de todo, sigo teniendo más preguntas que respuestas, y que de todas estas últimas, ninguna me sirve para las primeras. Pero a pesar de eso, si usted me lo permite, seguiré con esta sana costumbre de componer para usted justificaciones fraudulentas para hechos que no han sucedido ni sucederán nunca pero que, al menos, amenizarán nuestras intrigas.
      Significa que cuando de a ratos nos quedemos solos, el día se irá apagando con la noche y la noche se extinguirá por la mañana sin que nada haya sucedido realmente. Habiéndonos quedado con nuestras cartas sin jugar y nuestra suerte sin echar y un calendario de días postreros para hacer lo que nos venga la gana apenas arrojemos a los tiburones nuestros estúpidos orgullos.
      Y por si usted no se ha dado cuenta aun, todo esto significa también que si quizás usted decide irse un día y no regresar nunca, eso me pondrá en la incómoda situación de tener que arrojarme al pozo más profundo de mi alma inundada de su ausencia a convivir en un otoño perpetuo con las hojas caídas de sus más ansiados anhelos, hasta que llegue el temporal que las sople y las amontone entre mis más rotundos fracasos, hasta encontrar ese lugar fantasmal donde estaba yo antes de que usted llegara. Y cuando esto suceda, es probable que me pierda en la niebla y que jamás regrese.
      Entonces, ya no hará falta escribirle. Pues sin usted, querida mía, nada de lo que escriba tendrá para mí significado.

RR


 Foto: Pablo Silicz

viernes, 4 de diciembre de 2015

HASTA QUE NOS VOLVAMOS A ENCONTRAR


    ¿Qué nos habrá hecho la vida que nos volvemos a encontrar acá? Y digo la vida por no decir la muerte, por no apelar al golpe bajo de comunicarte amablemente que, hagamos lo que hagamos, será lo único que tendremos para acreditar; al igual que nuestros aciertos y nuestros errores, nuestros injustificados argumentos y toda esa caterva de imbecilidades que hemos llevado a cabo mientras huíamos del otro. Vos de mí que no estuve a la altura de las circunstancias, y yo de vos que te perdí en quién sabe qué esquina del pasado a pesar de haber intentado chiflarte mientras caminabas por la vereda volviendo a tu casa o, tal vez, yendo a buscar consuelo en lo de un amigo que te abrazaría tomando aquello por lo que yo hubiese dado la vida, aquello que ya no tengo: tiempo.
    Nos hemos quedado sin tiempo y nada más nos quedan estos últimos renglones para decirnos adiós, para expresar cierta congoja, cierto desagrado por haber sido tan tontos y no darnos cuenta de que ahí estábamos los dos, agazapados esperando un ataque mortal que nunca llegó y que llega ahora, cuando se nos ha hecho tarde para mirarnos a los ojos o para bajar la mirada -al fin y al cabo, hubiese sido lo mismo-.
   ¿Qué diablos hemos hecho, querida, con nuestras esperanzas y, principalmente, con nuestros deseos, con esas ganas de tomarnos del cuello y enfrentarnos con los labios ansiosos y los perdones sangrantes? ¿Qué hemos hecho, querida, con todo aquello que decidimos nunca prometernos para dejar que la vida nos tomara de rehenes de algo de lo que nosotros no debimos desentendernos pues éramos plenamente responsables, completamente culpables?
    Y mientras vos estás ahí leyendo lo que debería haberte dicho cara a cara, cuerpo a cuerpo, yo estoy perdido en algún lugar del universo haciendo planes para olvidarte, para morirme sin esta puta sensación de ser una prescindencia, una hoja seca caída de un árbol sin dueño. Yo no debería estar acá y vos no deberías estar ahí. No, vos deberías estar acá y yo debería estar volviendo a las apuradas para evitar que te fueras, para salvar esta historia de este final atroz que me toca escribir a mí cuando ya no tengo nada que escribir acerca de lo que vos ya no tenés nada que decir. Sólo este adiós que me duele como quizás te duela a vos la noche que sé que nos ha estado esperando, pero que al final se ha ido.
    Pero no me importa, yo me voy también. Yo también me retiro hacia el único lugar donde la muerte no es lo peor que me podría pasar. Me voy definitivamente hacia el olvido de tu vientre agitado, de tus pechos trémulos, de tu abrazo sanador y tu ausencia que ha enfermado mis obsesiones convirtiéndolas en simples anécdotas, en pequeñas afecciones de un hombre perdido para siempre. Al menos, hasta que nos volvamos a encontrar.

RR


Foto: Pablo Silicz

miércoles, 11 de noviembre de 2015

OTRA NOCHE, OTRA MAÑANA Y OTRO MOÑO


     La mañana no se presta como la noche. A decir verdad, la noche nunca se presta tampoco, la noche se regala, se entrega, se sacrifica a cambio de nada o de todo, de la vida o de la muerte, depende dónde uno esté parado esa noche o, en el mejor de los casos, dónde uno esté acostado.
     Y si le presto cada mañana mía es porque no me encuentro en condiciones de regalarle la noche -aunque lo haga cada noche, aunque cada una de mis noches quede ahí envuelta con un moño precioso, que de a poco me ha ido saliendo como esos que hacía mi madre para cuando me tocaba llevarle el regalo al del cumpleaños-. Tal vez sea por eso que me llevo bien conmigo durante la mañana -no tanto durante la noche-. Y tal vez por eso también me levanto a cualquier hora, incluso a estas horas en donde la mañana sólo tiene de mañana el nombre, porque en realidad todavía es noche (su noche) y está propiamente en su envoltorio y con su moño esperando a que ella la recoja. Entonces me levanto y voy hasta la puerta disimulando mi desnudez, caminando entre las sombras de la noche que nada tienen que ver con las sombras de la mañana, que son pura sombra y nada más. Durante la noche, en cambio, las sombras pueden ser canciones o mujeres desnudas volviendo de quién sabe dónde a florearse impávidas con pretensiones eróticas... Pero no nos vayamos para cualquier lado. Estábamos en que salía hasta la puerta bajo las sombras de la noche que ya dije lo que pueden ser. De ahí voy hasta la reja y miro por entre los barrotes y examino cada intersticio buscando una carta suya de aceptación de mi noche regalada a puro trago, a puro moño. Como nunca encuentro nada, me vuelvo y me miro de reojo en ese espejo de sombra interior que dejé abandonado en el sueño que traía de la cama, como buscando una mínima razón capaz de justificar tanta locura.Y a veces, si me dan ganas, agarro la guitarra o abro el primer libro que encuentro. Si no, lo de siempre: acepto el desafío, asumo mi responsabilidad y le escribo algo así:
                           "Querida (dos puntos):  tu noche ha quedado sobre la mesa. Te esperé hasta donde pude, pero como vi que te retrasabas decidí aprovechar este sueño inesperado para dormir. Al fin y al cabo, también me sirve dormir cuando finalmente llega el momento de asumir la mañana, cuando ya no puedo hacerme el distraído ni seguir postergando pensar en dónde cuerno acomodar esta otra noche que inevitablemente se me va a juntar con las demás. De todas maneras, ahí sobre la mesa me quedaron los restos pacíficos y muertos de un cuento que había empezado a escribir, hasta que descubrí que no era ni pacífico ni estaba muerto y lo dejé sin que me importasen las migas de tu recuerdo que quedaron en el piso (no fuera que terminara escribiendo una profecía o algo por el estilo). Yo voy a estar arriba, durmiendo, o algo así. Despertame, por favor, cuando llegues. Y si, por una de esas cosas de la vida no llegases a tiempo, no te preocupes, seguramente me despertaré por la mañana a terminar el cuento, ya sin posibilidades proféticas aunque seguramente con más gusto a vos que vos misma. No te olvides de cerrar con llave. Tuyo."

     Es que por más que sea de mañana y que se preste más que la noche, a mí ya no me queda otra que desenvolver el papel estampado, el moño -y toda la mar en coche- con este olor inapelable a ella que viene de la reja, que es una profecía auto cumplida, un acorde repetido que, a esta altura, ya suena hasta cansador. Y cuando digo a esta altura quizás debería, aunque más no sea por decoro, simular un mínimo de honestidad y valentía y admitir que mi altura es puro subsuelo, pura noche regalada, puro sacrificio. Un silencioso sacrificio que llevo adelante cada noche y que consiste únicamente en no vestirme para atravesar corriendo la reja con una carta escrita a las apuradas; o para llevársela hasta su casa que, para colmo, no sé ni siquiera dónde queda exactamente; que es un lugar incógnito y desconocido que me han dicho que está situado en algún lado cerca de otro lado que ya no es ni mi lado ni el suyo, que es un lado oscuro de la luna, de las sombras, de las incontables noches sin dormir, sin pegar un maldito ojo esperando que salga el sol y me preste una mañana en blanco para que, al final, termine siendo siempre de ella. De ella y de ese aroma inconfundible de su perfume de tilo florecido, de pubis inolvidable cubierto como un regalo con ropa interior lisa o estampada ajustada a su cintura con un moñito ahí, debajo de su ombligo pequeño y adusto, rodeado de su vientre terso que agita estos incontenibles deseos de encender un humilde fuegito de ramas y hojas secas para quemar todas estas malditas cartas inservibles antes de subir hacia sus costillas a contrarlas una por una hasta toparme con la curva donde nacen las sombras íntimas de sus pechos obsequiosos y desenvueltos, trepando con uñas y dientes para llegar a la cima a dejarle innumerables besos en forma de versos deslucidos sobre sus pezones que son como dos faros cuando me pierdo durante la noche...
     Hasta recuperar la cordura, la cordura de la mañana. Una cordura de papel mache que me permite seguir mi camino mientras voy buscando los rasgos de su cara que se van desvaneciendo sin querer en este olvido que parecía que nunca iba a llegar y que ahora me está golpeando la puerta, me está sacudiendo la reja, me está inundando el alma. Y la pierdo de vista y apenas logro reconocer su boca de pura risa, de diente rebelde; y su nariz arrugada y sus ojitos apuntando estrategicamente hacia mí que me he perdido otra vez en su noche con un moño en la mano. Nada más que por ella.
     Sin embargo, y a pesar de todo esto y de que ya no le quedan muchas sombras que la apañen, la mañana todavía se presta para escribirle algo. Sí, cualquier cosa que sirva para llegar a la noche -a la mía-. Para cuando llegue el  momento de caminar medio en cueros bajo la luz de la luna hasta la reja a recoger una vez más un silencio y un acorde infausto y repetido. Al menos hasta que sea capaz de admitir que lo que en verdad ha sucedido es que, como ocurre con todo, nos hemos ido dejando de a poco en el pasado; nos hemos abandonado mutuamente sin necesidad de frases grandilocuentes, ni de ridículas promesas. Así de simple. Como me fue abandonando a mí esa ridícula esperanza de vivir para contarlo. Y como, supongo, me abandonará un día esta estúpida pretensión de inmortalidad que fue creciendo al amparo de su sombra. Y que en algunas noches como esta se parece al amor.

RR


martes, 3 de noviembre de 2015

PARÁBOLA DEL HOMBRE VALIENTE


     Aprovechando que el tiempo pasaba y ella no volvía, se propuso dilapidar su vida, apostar todo a la última baraja que había quedado dada vuelta sobre la mesa. Y consintió en no volver a mirar atrás nunca más, en otorgarse un presente novedoso, una licencia sin goce de penas.
     Fue extraño verlo en esos tiempos, su saludo era cordial y su mirada conforme. No había una sombra capaz de aplacar su brillo que parecía un reflejo veraniego constante. Parecía como si hubiese encontrado la fórmula mágica para ser feliz. ¿Quién, por otra parte, se hubiese atrevido a discutir uno solo de sus argumentos? No, no había manera de cuestionar sus ideas pasadas ya que también habían vencido junto con ese tiempo que decidió dejar atrás. Entonces, el pasado: pisado.
      Tampoco nadie le escuchó formular plan alguno o ejercitar cálculos de probabilidades sobre acontecimientos inciertos. Entre otras cosas, llamaba la atención que, a pesar de que no usaba reloj, jamás preguntaba la hora. De igual manera ocurría con los días. Recuerdo que visité su casa una vez y me extrañó no ver en ningún lado un calendario o algo que pudiera indicar la fecha o el día de la semana: algún pequeño imán en la heladera; alguno de esos triángulos plásticos que regalan en los comercios para fin de año, nada. Sus días eran todos un día, sin nombre y sin connotaciones por su ubicación con respecto a sus actividades o las de los demás. Él hacía lo que quería cuando quería. Aprovechaba la luz del día para caminar de cara al mar y soltaba sus sueños por la noche. Y cuando digo que los soltaba no me refiero a soltarlos para observarlos, para plantearse imposibilidades u obstáculos que le sirvieran como excusas para no llevarlos a cabo. No, él literalmente los soltaba, los lanzaba al espacio en una cascada de luces en donde desaparecían dejando las cuentas en cero una vez más para recomenzar todo nuevamente, libre de condicionamientos.
      Sin embargo, como suele suceder casi siempre en estos casos, hubo una falla, un descuido, un error de cálculo. Todo aquello que había sido ignorado apareció un día -como es costumbre- bajo la forma de una mujer. Y esa mujer le demostró que, a pesar de la ausencia de los números y las agujas, las horas pasaban igual; que sin importar que no nombrara los días, estos se sucedían de a uno inexorablemente. Y así, al desestimar el pasado y la memoria y los recuerdos, creyendo que todos habían sido arrojados al océano del olvido, pecó de ingenuo y perdió de vista algo fundamental: la luna atrae la marea y siempre devuelve lo que le arrojan.
     Finalmente, en uno de esos días de novedades perpetuas, naufragó sobre su orilla una botella con un aroma nuevo que cabalgaba al lomo de un viento conocido. Casi todos conocemos ese viento y sabemos de esos aromas. Algunos incluso estamos al tanto de sus consecuencias y por eso renunciamos al olvido. Pues comprendemos que existe una continuidad inevitable, un espiral infinito, un surco en un disco sobre el que sólo es posible avanzar siguiéndolo, pues de otra manera, estaríamos en el mismo lugar eternamente cantando los mismos versos aburridos e incompletos.
      Y entonces volvió sin poder resistirse a los días de la semana, a esperar la hora en la que ella aparecía ante su mirada enamorada. No tuvo manera de seguir orbitando el mismo círculo y fue arrastrado por lo que él consideraba una nueva mujer. Sin embargo, eso no era exactamente así. Nunca quise decirle  la verdad, revelarle que ella no era una nueva mujer. Porque, a decir verdad, ella era la misma de siempre, la que se repetiría en la constancia de las horas y de los días, la que probablemente cambiara el color de la piel, del cabello y de los ojos pero que nunca podría cambiar las palabras que la nombraban en la oscuridad, el pulso acelerado que antecedía su llegada, las fantasías que vulneraban cualquier intento de mantener la falacia de una libertad carente de mérito, la libertad de los hombres cobardes.
     Porque ella era ella y a la vez era todas. Y con ella se rompía ese anhelo injustificado de libertad. Esa libertad solitaria e inútil que tarde o temprano termina perdiéndose en la amnesia del mundo para ser devorada livianamente por la muerte irremediable. La misma muerte irremediable que, con mucho más esfuerzo, hace lo imposible por tragarse esa otra clase de libertad, la del hombre valiente, la de quien decidió ser esclavo de los calendarios y de los relojes que marcan el día y la hora en que ella se fue para siempre de su vida.

RR


miércoles, 28 de octubre de 2015

OTRO FRACASO DE PRIMAVERA


       ¿A quién le importa que yo la quiera si afuera se están matando? ¿A quién le podría interesar que se me hace infinita la tarde cuando la noche se me escapa de los márgenes de esta hoja? Miro hacia afuera, escucho los rumores de la calle y me pregunto: ¿quién soy yo para oponerme a tantas oposiciones, a tantas falsas equivocaciones que ni siquiera aciertan en el error correcto? Entonces, y casi sin querer, me pongo a revolver papeles y libros para saber de ella y de mí que, sin ir más lejos, somos pura distancia. Camino hasta la cocina y de repente me doy cuenta de que estoy buscando alguna marca suya en un vaso que me permita recordar los detalles de sus labios. Y como queriendo evitar toda esta situación, me voy a caminar por lugares desconocidos y me descubro mirando vidrieras tratando de encontrar un sillón parecido al suyo, y me pongo a olfatear como un perro desde el vidrio buscando aquellos deseos incontenibles que quién sabe dónde estarán contenidos ahora. Y si voy o vengo tampoco es relevante. Como no sería relevante ahora confesarle que nos olvidamos de abandonarnos, de guardar silencio y evitarnos por cualquier medio. Vamos, se nos pasó el detalle de la indiferencia impiadosa, de ese borrón y cuenta nueva que nunca es tal cosa, que siempre deja una mancha que persiste con un olor apestoso. Lo que, desafortunadamente a veces, hace que uno termine confesando que no le importa abandonar todo, por algo que en realidad tiene gusto a poco. Tan poco que da miedo lo mucho que importa.
      Porque no era cuestión de abandonarnos así nomás, de agitarle la bandera blanca a los espacios vacíos y darnos por vencidos. ¿Vencidos? ¿Vencidos por quién? Acá ya no hay nada por lo que darse por vencido. Si seguramente jamás conquisté un centímetro de su corazón, si todo lo que pude hacer fue zambullirme de a ratos entre sus piernas soñando con entrar en su mente, con hacerme fuerte ahí donde no había carteles que pudieran guiar mis intentos por mantenerla cerca, por acallar los ruidos de sus huesos. No, yo vencido no estoy. Sólo acampo acá, al costado de aquel tiempo que pasó como un viento entre las ramas de los árboles que ya comienzan a poblarse otra vez de hojas. Debe ser que estamos cambiando de estación, eso debe ser. Debe ser que se me fue otro invierno y me quedaron de nuevo estos silencios del mar (al que, por otra parte, no veo hace rato). Sí, entonces debe ser eso. Debe ser que la he perdido para siempre. Y yo, que ya acusaba cierto grado de locura, me he desquiciado completamente y la veo por todos lados, y le hablo y le escribo y le cuento que deben haber anunciado tormenta o alguna catástrofe porque veo que todos corren de un lado a otro y vociferan insultos y pregonan plegarias y reclaman atenciones que yo... Bueno, ¿a quién le importa? Y está bien que no importe. Al fin y al cabo, ¿qué puede tener de interesante que se me haya secado la garganta cuando me dispuse a llamarla y me acobardé a tiempo? ¿Qué puede tener de significativo que me tiemblen ahora las manos cuando estoy a punto de firmar esta nueva hoja que, lo más probable, es que vaya a parar a la basura? ¿Qué necesidad hay de andar declarándole, a quienes no le importa,  que ella se ha quedado pegada a mis días como un suplicio, como un enjambre de voluntades que no responden a esas cosas que, según ellos dicen, son importantes? Pero bueno, como siempre, lo urgente no deja lugar a lo importante.
      Tal vez sea por eso que esta hoja no ha ido todavía a la basura. Porque, sin ni siquiera buscarla, se mostró en esta tarde gris como una plantita tímidamente coloreada ante este fracaso de primavera, como si ella me buscara a mí para cobijar los murmullos constantes de mi boca que no para de decir su nombre escondiéndolo entre palabras urgentes. Porque quizás es tiempo de admitir que a mí no me importa ya lo que todos hablan y gritan al mismo tiempo. Sino que lo que verdaderamente me importa es no dejar pasar ni un minuto más sin confesarle que la quiero y que hubiese sido más fácil olvidarla si no me importara tanto.

RR


Foto: Pablo Silicz

miércoles, 21 de octubre de 2015

TEORÍA ACERCA DE LA VARIABILIDAD DEL TIEMPO EN EL AMOR


       Se ha establecido, casi como un hecho irrefutable, que el ser humano es un mamífero que, al igual que otras especies animales, y junto a otras innumerables vegetales -más insectos, bacterias y hongos- convive (si es posible llamarlo así) dentro de un sistema de dependencias y reciprocidades conocido como ecosistema. Así, cada uno de nosotros estamos atados de una u otra manera a otras especies y dependemos de ellas para vivir, al igual que ellas dependen de otras; incluso en algunos casos de nosotros (aunque esto último es la parte más polémica y discutible de esta proposición). Este ecosistema, a su vez, subsiste en un planeta llamado La Tierra. Una masa esférica que gira junto con otros planetas alrededor de una estrella, el Sol, en un sistema que, lógicamente, se conoce como solar. Este sistema solar forma parte de otro sistema mayor que contiene muchos sistemas solares: la galaxia. La nuestra, en la que se encuentra nuestro sistema solar, recibe el nombre de Vía Láctea. Como corolario de todo esto, existe un sistema aun mayor en donde todo está contenido: el Universo, un espacio según dicen, infinito. No es mi intención hacer aquí una descripción de los elementos que forman cada uno de los sistemas hasta aquí nombrados, ni hacer un análisis de las relaciones que los unen. Mucho menos atentaría a explicar los fenómenos físico químicos que mantienen a estos sistemas funcionando para que la vida perdure. Sólo diré que todo lo que acabo de enumerar puede ser observado y analizado, entre otras cosas, en términos de tiempo y espacio. Pues bien, eso mismo es lo que me propongo desmentir aquí.
      Porque si esto fuese así, ¿dónde es que sucede ese encuentro entre dos seres que, a partir de ese mismo momento, se sienten atraídos por una fuerza incontenible, por causas inexplicables, por razones incongruentes, por sentimientos incomparables? ¿Cuál es el lugar en donde sólo caben dos y en donde, tarde o temprano, termina habiendo sólo uno? ¿Cómo determinar los límites que encierran, al mismo tiempo y en una sola palabra, al cielo y al infierno? ¿En qué consiste el espacio aquel en el que sucumbimos de tristeza después de haber sobrepasado los márgenes de aquella locura de creernos indiscutiblemente invencibles? Y, por otra parte, ¿cómo medir el tiempo en el que la vida y la muerte desaparecen, o tal vez se unen en un mismo elemento sin masa, sin velocidad pero con una energía capaz de hacer orbitar a Dios y al diablo a su alrededor? Por otra parte, ¿adónde están las horas del día que nunca pasan cuando amanece la pena? ¿En qué calendario quedan agrupados los días aquellos cuando la felicidad parecía una anécdota graciosa, un hecho consumado y natural, una realidad indiscutible pero sin chance de ser observada, ni siquiera analizada, sino en los términos de la inmortalidad de los amantes?
      Pues bien, he aquí mi fórmula: existe indudablemente un tiempo y un espacio que trascienden el universo infinito. Un tiempo y un espacio que aquietan todo lo que a su alrededor debería moverse, que opacan los brillos de las estrellas y derriten los fuegos de los soles desconocidos. Hay un tiempo y un espacio capaces hasta de desmentir a Einstein sin ninguna ecuación, sin ninguna comprobación empírica, sin demasiado esfuerzo siquiera. Porque el tiempo y el espacio de los que aman no están atados a ninguna fuerza gravitacional, a ningún límite racional, a ningún cálculo matemático.
     Este tiempo es el que no transcurre cuando se han mezclado en una cama, o en un zaguán, o en la oscuridad de un silencio apretado por la música, los aromas que han logrado escaparle al viento del olvido para asentarse en la memoria. Es el tiempo que ha ganado su batalla contra los pasados horrendos que nunca parecían acabar y que ahora muestra orgulloso su conquista presente, aun sabiendo que el futuro acecha, que lo que hoy lo avala, mañana tal vez lo desacredite, que lo que hoy lo inspira, mañana quizás ya no lo reconozca. Ya que este tiempo puede ser también el tiempo sin fin de la desolación y el suicidio, de un supuesto mañana mejor navegando la línea inalcanzable del horizonte. Porque cuando el amor se acaba, el tiempo cambia como la luna y aparece casi instantáneamente su lado oscuro, desconocido, angustiante y voraz como un monstruo resentido que se devorará todas las horas que hagan falta para satisfacer su apego a las desdichas, a las desventuras. Ese es el tiempo que no pasará nunca. No es, como algunos piensan, que pareciera no pasar nunca. No, ese tiempo verdaderamente no pasará, quedará grabado en los más recónditos poros del alma, un fantasma diabólico que siempre tendrá unas gotas más de tinta para escribir los versos más tristes en una noche cualquiera.
      Y así como existe ese tiempo, existe también el espacio indefinido de los que aman. Ese submundo que lleva el nombre del otro, que se define sólo por el contorno de la figura de su cuerpo. Un cuerpo único que como ningún otro quema apenas con rozarlo; que derrite los glaciares solitarios de los abandonados apenas al verlo; que se extraña apenas se oculta de los ojos de quien lo contempla embelezado. Ese espacio no tiene camino de ida, ni puerta de entrada, ni un mapa que permita orientar a quienes pretendan llegar a él (y asimismo, no cuenta bajo ninguna circunstancia con una salida de emergencia). Contrariamente a eso, es el espacio donde habitan los que han decidido perderse para siempre, los que han arriesgado todo por nada, los que han apostado todas sus fichas a los sueños de un mendigo. En este espacio no hay nada que ganar y todo por perder. Por eso quienes llegan a él un día, se dan cuenta de que de nada sirve tomar precauciones y conservar los porotos ganados esperando una buena mano, que todo está para ser jugado, que cualquier carta en las manos de un valiente puede definir el partido. Ellos comprenden inmediatamente que al llevar adelante solamente la bíblica misión de ganarse la vida, no hacen más que ganarse la muerte, y que únicamente podrán ganársela de verdad cuando estén dispuestos a perderla por un amor. No obstante esta descripción poética de ese espacio, también habrá quienes lo denuncien y lo denuesten, quienes sostengan con razón o sin ellas que será mejor nunca atravesar sus límites, porque quien entra a este espacio de la perdición estará, justamente, perdido. Desafortunadamente, no es posible refutar del todo estos argumentos. Sin embargo, es preciso nunca olvidarse de algo: al final, la tierra se traga todo, hasta los cobardes.
      En conclusión, amigos míos, de nada sirve mirar el reloj cuando el amor ya no nos espera, cuando aquel lugar de aromas dulces y florales ha desaparecido en el horizonte; cuando el deseo debe ser consolado en unos brazos extranjeros, entre unas piernas que ayudan pero no hacen, en una boca con el sabor agrio de no ser aquella boca añorada con gusto a muerte, en una piel sin ese olor al azufre de aquel infierno que nos ardía en las manos cuando la tocábamos. No, de nada sirve marcar en el calendario el día exacto del primer beso ni arrancar la hoja del mes que fue testigo del último. De nada sirve el peregrinaje patético por los brujos y los oráculos buscando la fórmula mágica que convierta el tiempo del olvido nuevamente en aquel tiempo del amor. De nada sirve el consuelo de los amigos que se irán uno a uno deseándonos suerte, aunque dándonos por muerto. No, de nada sirve.
      Como de nada me sirve a mí seguir adelante con esta falsa teoría e intentar desarrollar una descabellada hipótesis acerca de la variabilidad del tiempo en el amor, sólo para sonsacarle conclusiones ridículas y mentirosas que desmientan este tiempo verdadero; este que se arremolina una vez más sobre su ausencia y se lleva  todo y no me deja nada. Es que lo único que puedo hacer yo con este tiempo que va y viene es aferrarme a la luz o a la oscuridad, según sople el viento. No puedo hacer más que esto, intentar soltarme de las agujas imparables y lanzarme al espacio blanco y finito de una hoja como esta que, como un fantasmam me llama casi sin aliento, sin demasiadas esperanzas de que no termine finalmente en un cajón, virgen y vacía.
     Sin embargo, cada vez que me toca elegir, vuelvo a apoyar la mirada en el horizonte y decido apostar todo una vez más al color de sus ojos. Y sin meditarlo demasiado, extiendo mis brazos hacia la muerte y le ofrezco un puñado de fichas. Sí, estas mismas que asoman en esta hoja. Las últimas que me van quedado.

RR


viernes, 2 de octubre de 2015

BORRADOR DE DOMINGO


     He decidido morir el domingo. Sí, he decidido darme el gusto de otorgarle a mi último suspiro la dignidad de una coherencia inútil, desenvolverlo de todas aquellas falsas promesas declaradas irresponsablemente y que, sin que nadie lo sospechara, he llevado a cabo secretamente. Sólo para no morirme sin una buena razón.
     He decidido morir el domingo para no llamar la atención de mis futuros biógrafos que podrán contentarse con la comprobación de sus hipótesis que indicaban que ya estaba muerto, que era un tipo perdido en los delirios de la imaginación y los sueños, levantando con escasos argumentos banderas de causas perdidas.
      Sí, he decidido morir el domingo, así de simple. Y lo he decidido luego de admitir que, finalmente, nada cambiará a partir de ese día. Que caminarán por las calles hombres y mujeres con los mismos anhelos de inmortalidad, con los mismos miedos recurrentes, con los mismos aires de grandeza y con miserias ostensibles; con dolores y penas, con los ojos alegres siempre mirando a futuros promisorios y siempre cargados de lágrimas contenidas. Y como única prueba de mi existencia quedarán en los cajones no más que los restos polvorientos de quien simulé ser: un amante novelesco con pretensiones de Quijote enamorado, homenajeando mujeres de bellezas incomparables y virtudes irreprochables que aguardaban ansiosas mi llegada. Nada quedará de aquellos párrafos que aspiraban a ser sólo penosos relatos de mis constantes derrotas amorosas y que, finalmente, nunca lograron ser más que los lamentables intentos fallidos de un pusilánime de olvidar aunque sea sus nombres.
     El domingo será el día. Quizás porque siempre estuve muerto los domingos. Porque mientras otros morían los lunes o los jueves, yo moría siempre en domingo, a la hora en que las esperanzas de sobrevivir a la muerte también morían. Y con el fracaso contundente de aquellas esperanzas, yo  preparaba el mate para reconciliarme con esa muerte que nunca conviene olvidar que camina a la par de la vida, ofreciéndose para algunos como remedio o promoviendo en otros epopeyas y actos heroicos para beneplácito de los poetas. Así, saboreando ese amargo silencio que nace con el ocaso, armaba confesiones inconsecuentes y arriesgaba pronósticos improbables, mientras ordenaba por colores los ojos de las mujeres perdidas en papeles inundados de palabras amorosas que hasta ese momento tenían destinos concretos y definidos pero que, a medida que el rojo infernal del cielo cambiaba hacia el oscuro de la noche, se volvían inciertos e imposibles.
     Por eso el domingo es un buen día para morirse. Porque nada se parece más a la muerte que un domingo por la tarde, cuando al final de este fatídico día se persignan quienes reconocen que el final es inevitable, que la resurrección es pura fábula, que los arrepentimientos no devuelven a los amores ni unen las partes rotas del alma. Y probablemente también haya quienes elijan hacer como si nada pasara, como si la muerte no los hubiese alcanzado ya, como si no fuesen fantasmas inconscientes de una profecía ya cumplida sin su consentimiento. Y entre ellos estarán probablemente esos otros, esos que se esconden detrás de unas justificaciones del deber ser y de ser lo que se debe, sin arriesgar nunca la vida para no cargar con el peso de una vida que no vale nada sin la muerte.
     Ahora ya es tiempo. El domingo ha llegado nuevamente. Después de muerto, seguramente vendrá a mí una vez más el recuerdo de las promesas del sábado, de esas inquebrantables ilusiones de despertar a su lado, alimentadas por un coraje y una valentía sólo comparables a estas que comienzan a brotar ahora que se me cierran los ojos pensando en que aun me quedan algunos minutos antes de que me capture la muerte, antes de que me entregue pacíficamente al coma de la noche que me sumergirá una vez más en un sueño que no para de soñarla de lunes a viernes, alimentando unas estúpidas esperanzas sabatinas que, afortunadamente, ahora morirán conmigo en este borrador. Un nuevo borrador que quedará abandonado en las sombras encima de todos los otros. Por lo menos hasta el próximo domingo.

RR


Foto: Hugo Grassi


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...