miércoles, 25 de octubre de 2017

USTED Y YO (#5)


     Cualquiera sabe que la nada es nada, inexistente o infinita, da lo mismo. Lo que pocos saben en estos tiempos es que nadie posee mucho más que el destino de su propia muerte. Peor aun, sólo algunos morirán sabiendo cómo sin preocuparse por cuándo, a todo o nada. Otros, la mayoría, vivirán resignados con más dudas que certezas, con más penas que glorias. Pero lo que no cualquiera sabe es que para escribir sobre la nada infinita o sobre un todo imposible, hace falta algo más que imaginación: hace falta saber cómo uno quiere morir. Vamos, hace falta un por qué. He aquí el mío.
     Para comenzar, y evitar que este escrito sea nada más que un triste delirio, sería menester admitir que usted sabe de mí lo mismo que yo sé de usted: nada. Sin embargo, esta nada (inexistente o infinita) es todo lo que tenemos hoy para perder o para ganar, para mutuamente asegurarnos de cuestiones sin importancia o para sospechar un sinnúmero de falacias improbables.
     ¿Se da cuenta? Usted está aquí cuando yo ya me he ido, cuando ya he abandonado la sala no sin antes haber escrito este catálogo de últimos recursos para usted que aun no estaba en ella y que ahora la habita ostensiblemente. Es decir que mientras yo escribo en este preciso momento sobre usted -y me acomodo los hombros y bebo una cerveza esperando por la lluvia-, sobre su ausencia renovada y sobre los próximos recuerdos que deberé inevitablemente olvidar próximamente, usted está en realidad en algún lugar de un futuro imaginario (imaginado por mí, para ser más exactos) que no es otra cosa que el pasado que dejó atrás hace sólo un momento, antes de comenzar con la lectura; un tiempo delimitado por las posiciones de dos agujas o, en todo caso, por las fechas de un almanaque adherido a la puerta de la heladera con un imán. Un tiempo que sólo usted conoce. Un tiempo que la separó -por vaya uno a saber qué misterioso designio- de mí y de estas palabras que lee ahora en su propio tiempo, en su espacio más íntimo, tal vez sonrojada por sentirse descubierta por alguien que, en realidad, ya no está y que hasta es probable que nunca haya estado (si es que se confirma aquello de que...).
     Y ya que estamos le comento, querida mía, -si me permite la recomendación- que usted no debería de ninguna manera confiar ciegamente en sus instintos (nadie debería), esos que la previenen de tipos como yo que escriben de noche y en su ausencia, y que se presentan insolentemente en medio de la lectura. Vea, -ahora me va a tener que escuchar, o más bien leer- no crea que yo ando por la vida escribiéndole a cualquiera, ni tampoco piense que sólo soy capaz de escribirle a usted exclusivamente. Sucede que usted y yo ya conocemos el paño y eso, aunque duela escribirlo (o leerlo, depende de qué lado del tiempo nos encontremos), facilita mucho la cosa. Por ejemplo: imagino que usted está ahí leyendo curiosa, mientras yo, ausente ya, estoy en un futuro desconocido pensando en quién sabe qué desgracia; o quizás sonriendo mientras me figuro su cara apenas alumbrada por un velador de luz tenue que le fuerza la vista y le achina los ojitos que se acurrucan en los párpados para mantenerse húmedos. Dígame si no es así... Dígame si no siente ahora como si la estuviera mirando por detrás de las palabras, presentándole mis respetos a su gato que ya notó mi presencia pero que no le molesta demasiado. ¿Vió? Es que usted y yo, aunque le parezca extraño, nos conocemos desde hace rato (y no hace falta que lo andemos declarando en cada oportunidad que tengamos, en cada uno de estos desencuentros premeditados). Porque por más que usted no se dé cuenta, aquí su presencia va y viene constantemente, a veces es inexistente y otras, infinita. Yo... bueno, yo sólo voy, porque cada vez que intento volver me pierdo y me angustio y me enojo y persigo fantasmas como si fuera uno de esos estúpidos que andan últimamente por la calle siguiendo globos amarillos con la esperanza de que los ricos los saquen de pobres. Pero no me haga caso, lo que me pasa es que a este mundo no lo entiendo y a veces quiero más de la cuenta. Y sepa que la cuenta es larga, casi tanto como los espacios que usted deja entre sus posibilidades inexistentes y mis intenciones infinitas...
     ¿Será, entonces, que he llegado otra vez tarde? Seguramente debe ser eso. O puede ser que todo sea mucho más simple, que ser lo que uno debe ser no sea otra cosa que una cuestión de gusto más que de deberes. Fíjese: usted me gusta pero ahora no puede -aunque, como en casi todos estos casos, no es que uno no puede sino que no quiere-. No obstante, déjeme decirle algo fundamental para entender este trabalenguas, querer no es una cuestión de tiempo o de gusto, querer es un deber, una obligación, un mandamiento. Debemos querer y debemos hacer lo que hay que hacer cuando queremos. Creo que de eso habla Hamlet, no es to be or not to be, ser o no ser repetido como un latiguillo dudosamente gracioso (eso es nada más que para los otarios que les gusta repetir frases célebres tratando de levantarse una mina, o para mentir en el envido). No, ser es ser y hacer lo que uno debe cuando quiere, cuando gusta de lo que quiere, cuando desea lo que quiere, aunque parezca imposible, improbable, y hasta, como usted bien dijo, inviable.
     Y a usted, probablemente, todo esto le parezca una reflexión alocada, o más bien una irreflexión completamente fuera de lugar. Sin embargo, me animaría a afirmar que, al fin y al cabo, de eso se trata casi siempre este scrable infinito donde me pierdo en cada vuelta; este crucigrama inexistente donde cada uno lee lo que está escrito aunque quien lo escribió (en este caso, yo) haya escrito algo completamente diferente.
     Por eso, cuando parece que ya no queda nada, usted y yo, volvemos a encontrarnos en este espacio como lo hacemos desde hace ya ni sé cuanto. Y entonces, a mí se me ocurrió que, aprovechando la noche, la cerveza y la lluvia que en cualquier momento se larga, tal vez fuera un buen momento para escribirle a manera de confesión a ese mañana suyo que imagino, sin razones aparentes ni pruebas contundentes, de pequeñas nadas inexistentes e infinitas. Así es, oscuras y diminutas nadas que en un santiamén podrían convertirse en todo real y palpable como esta brisa que comenzó a soplar del este anunciando el chaparrón. Un todo que, entre usted y yo, deberíamos admitir que no es para cualquiera.

(Llueve)

RR


miércoles, 18 de octubre de 2017

A PENAS

y a ella...

     Son apenas las nueve y el vaso de vino agoniza a un lado. Son apenas las nueve y la lluvia va y viene dejándome en evidencia, todos saben cómo me pongo cuando llueve -aunque ella seguramente no-.
     Son apenas las nueve y a las penas me remito. Porque sí, porque son apenas las nueve, apenas unas horas desde que nos tiraron el último muerto, otro más después de aquellos otros tantos.
     Son apenas las nueve y me acurruco como un niño en mi refugio de alcohol y palabras pensando en que a esta hora una muchacha de ojos claros no sabe -ni siquiera supone- que apenas la conozco y ya le estoy escribiendo. Es que a penas nos movemos algunos y a penas se mueven los hilos de quienes no tenemos otro escondite más que las palabras (y las penas).
     Sí, apenas son las nueve y pico y no hago más que pensar en ella, en los colores de su foto que apenas se distinguen en el recuerdo y que apenas puedo dibujar con los restos de su voz pequeña. Pequeña apenas.
     Ya son casi las nueve y veinte y apenas tengo una o dos cosas más para decirle que de ninguna manera diré ahora, en estas condiciones, bajo estas circunstancias, sin otra razón para hacerlo que esta pena. Si puede que me perdone y si no, otra vez será.
     Claro, ella no tiene por qué saber todavía que a mí, cuando se me viene la lluvia encima de la noche, apenas si puedo contenerme de llamarla, de invitarla a compartir las penas o las solicitudes mutuas. Apenas si puedo embocarle a estas endemoniadas teclas que son mi pincel y mi paleta. Unas teclas que hoy samaritanamente simulan una falsa comprensión hacia mi persona como lo han hecho otras veces (y que agradezco). Sin embargo, yo sé que casi no toleran ya que siempre hayan más penas que glorias.
     Es que a penas le escribo y apenas me sale. Y si hoy no fuera por ella, apenas si me hubiese alcanzado para llegar a casi las nueve y media sin llamarla. Sí, apenas las nueve y media. Apenas unas horas después de haber vuelto de ver el mar, donde uno no hace otra cosa más que hablar con ella, con ella y con las penas; sin que ninguna -ni ella ni las penas- lo sepan nunca; sin que siquiera puedan imaginar que mientras unos miserables siembran muerte en los cauces de la vida, otros -en este caso yo-  apenas si podemos encauzar unas apenadas palabras para que, de alguna manera, lleguen a ella.

RR


Ilustración: obra de Claudia Ecenarro

lunes, 9 de octubre de 2017

ME GUSTARÍA


     Y si un día ya no tenés más ganas de esconderte, me gustaría que me escribas. Durante algún rato libre, quizás; o en una de esas tardes de domingo en donde no hay mucho para hacer más que mirar nubes grises avanzando desde el sur o escuchar las olas del mar rompiendo contra los silencios de las trágicas soledades. 
     Me gustaría que me escribas cualquier cosa, una carta o una postal; un verso o un chiste obsceno. Un párrafo copiado de un libro regalado a modo de salvoconducto, o la letra de una canción gastada por el uso y el abuso que algunas de ellas afortunadamente merecen.
     Me gustaría que me escribas sobre el tiempo que pasó desde la última vez que pusiste tu nombre en una hoja al servicio del amor. Te aseguro que nada de lo que puedas escribir sonará a poco; por más que sea un hola arrepentido, borroneado y tachado y vuelto a escribir; por más que se note ese impulso descontrolado de los suicidas que corren hacia el precipicio sin mirar atrás.
     Me gustaría que me escribas de tus días, de tus flores y de tus rabias; de esa frontera insalvable que nunca alcanzó para separar al fantasma de tu recuerdo del retrato vívido de mi cobardía imperdonable volviéndose un poema penoso y cursi. 
     Me gustaría que me escribas cómo estás y que no has pasado frío allí donde has estado, donde sea que te haya encontrado la muerte que dicen que siempre encuentra a los que tratan de huir de ella; que me cuentes brevemente cómo escapaste esta vez, cómo pudiste convencerla una vez más de que aun sos joven y de que siempre lo serás. 
     Me gustaría que me escribas susurrando las eses, murmurando las emes y las enes, martillando la erre en un insulto, marcando concienzudamente con la garganta la doble ce para que suene a una equis capaz de hacerme tiritar la lengua en una noche en que vuelva a leerte a solas, medio escondido y en voz baja
     Me gustaría que me escribas, y te prometo que jamás recibirás una sola palabra mía a cambio. Porque nada de lo que he escrito hasta ahora sería suficiente para intercambiar por una palabra tuya. No te preocupes por la dirección o el destino, de alguna manera me encontraré con lo escrito. 
     Me gustaría que me escribas como si no nos hubiésemos visto nunca las caras, como si jamás hubiésemos trazado constelaciones comunes sobre las estrellas del otro; como si nunca hubiésemos compartido el aliento o la saliva, o el temblor del orgasmo. 
     Me gustaría que me escribas como si habernos besado una vez o habernos dejado para siempre no hubiese significado la muerte de nadie, y mucho menos la mía -de la que ya nadie se sorprende-. 
     Me gustaría que me escribas acerca del sol o la lluvia; del ocaso sin tiempo o del poco tiempo que nos queda antes de que llegue nuestro ocaso final. 
     Me gustaría que me escribas, eso sí, desde la ventana que da al futuro, no al pasado. El pasado ha sido ya tan pisado que no creo que fuera posible reconocernos en él. Asomate al balcón y sonreí al apoyar nerviosamente la birome azul sobre la hoja. No pongas la fecha, no hace falta, que parezca que lo escribiste al otro día del comienzo de esta falsa eternidad que simulo que dura hasta hoy y seguramente hasta mañana. 
     Me gustaría que me escribas sobre tus desdichas disfrazándolas de anécdotas, al fin y al cabo, ¿no es esa la única manera de sobrevivirlas?
     Me gustaría que me escribas de esas noches cuando decidías renunciar al amor a cambio de un poco de compañía; de las veces que te abrazaste a un fracaso con tal de no dormir sola. 
     Me gustaría que me escribas por si algún factor pudiera alterar tu producto; por si acaso existiera en la cuenta una coma soslayada capaz de cambiar este resultado que me enfurece y me empuja hacia ese breve espacio donde juré una y mil veces no volver. Y si creés qua nada de eso es posible, me gustaría que me escribas una oración que sólo hable de tu último sueño, aunque haya sido una pesadilla; creéme que la aceptaría de buen grado. Para los que vivimos en un insomnio imperecedero, una pesadilla es aunque más no sea un sueño.
     Me gustaría que me escribas eso que ya nadie escribe; hoy o mañana o cuando lo creas menester; con desdén o con bondad, y hasta con aquella inolvidable arrogancia de la muchacha que me puso un día al acecho de mis sombras permanentes, de mis secretos inconfesables, de mis renuncias postergadas. 
     Me gustaría que me escribas, en definitiva, aunque sea para decirme adiós.

RR


lunes, 25 de septiembre de 2017

PRIMER PÁRRAFO DE PRIMAVERA

   
     Debo ser yo. Sí, debo ser yo quien escribe esta nueva primavera. Porque esta primavera parece estar escrita en pleno invierno y con flores viejas. Porque hoy que el viento vuelve a soplar frío y desértico trae inmediatamente ese aroma tenebroso de los amores que se vuelven un iceberg en mares helados. Y yo, que ya me he vuelto inexcusable, más no inimputable, choco contra tu hielo como un Titanic estúpido, como si disfrutara del crujido de los cristales que me cortan justicieramente el torso y las manos, dejándome a la deriva en un olvido merecido y una miseria espantosa. No puede ser de otra manera. Porque nadie más que yo se atrevería a ponerte aun por encima de todo lo que me rodea, y a arrojar el único salvavidas disponible hacia tu vida sólo para salvarte de mí, del precario flujo sanguíneo que apenas camina ya por mis venas y que día a día va disminuyendo su velocidad; de estas venas atrofiándose irremediablemente en el corazón; de este corazón ya destruido pero inmortal, terco, pendenciero, que te huele y te persigue por la nada como un perro sabueso; y te busca y te encuentra y te hace partícipe de sus más pornográficas fantasías. Así como yo, besando tu ausencia,  te hago responsable de mis más crueles poesías. Debo ser yo, querida, quien todavía se siente obligado a sembrar tus escalofríos futuros, tu último aliento y el poema que morirá a tu lado cuando las flores ya no sirvan para remediar lo irremediable. Debo ser yo ese desconocido -ese que nunca terminaré de conocer- quien bota las horas una a una al mar o las arroja al cesto de la basura despreocupado por el qué dirán, por lo que se ha ido y lo que vendrá. Y así, sin más ni más y antes de que me devore la noche, intento componer con palabras lo descompuesto, saltando del último piso de mi locura hacia un cielo abierto para otros. No para mí que ya he sido expulsado hace rato. Porque si hay algo que ya no puedo negar a esta altura es que aquel cielo, aquel que creé para vos con el barro que me dejó bajo los pies y el alma tu tormenta, es ese mismo que está fuera de mi alcance cambiando ahora mismo de negro a celeste y de celeste a negro. Ese cielo no fue, en realidad, nunca mi cielo. Ese cielo fue y es todo tuyo, pura condescendencia, puro pétalo y estambre, pura miel en tu ventana. Mi cielo, en cambio, regurgita tu nombre a duras penas tratando de no caer rencoroso sobre tu desnudez cuando te entregás al ritual erótico del amor furtivo. Lo confieso, mi cielo no contiene otra cosa más que esta nube gris que va y viene sobre un fondo blanco. Un cielo al que me asomo de vez en cuando como un intruso y al que concurro puntualmente cada año al encuentro de las estaciones. Y si hoy se impone casualmente la primavera sobre este párrafo es porque quizás haya llegado yo al final de tu invierno, con la íntima e inconfesable presunción de que finalmente te olvidaré antes de que llegue el verano.

RR


jueves, 21 de septiembre de 2017

CUARENTA AÑOS

                                                                                                                     30 de septiembre de 2016

     Son cuarenta años. Y junto a ellos han quedado treinta mil historias para contar, treinta mil agujeros en la vida de mucha más gente todavía. Son treinta mil ausencias presentes, treinta mil nombres propios en carpetas, en archivos, en documentos que se han ido destiñendo lentamente mientras otros fueron renovándose, agregando en los espacios correspondientes los nombres de cónyuges, hijos y de todo aquello que le puede pasar a una persona en cuarenta años.
     Porque ya son cuarenta años. Cuarenta años sosteniendo la memoria, remendando sus débiles costuras, combatiendo la perversidad de los miserables que todavía atentan contra el derecho a, por lo menos, sostenerla, a recordar que se nos han pasado cuarenta años y el pescado sigue sin venderse y cada vez huele más a podrido. Cuarenta años revolviendo los cajones buscando gestos, marcas, restos de quienes hace cuarenta años que ya no están. Cuarenta años preguntando a sus amigos y familiares, tratando de construir con recuerdos lo que no pudimos vivir junto a ellos en estos cuarenta años.
     Y la verdad es que ellos han hecho más por nosotros en estos cuarenta años que lo que nosotros hemos podido hacer por ellos. Y digo nosotros que no hemos podido, por no hablar de esos otros que no han querido, que han preferido (y todavía prefieren) desentenderse del tema, no entrar en esta discusión y quedárnosla debiendo para que no se les note tanto la sonrisa cínica que les ha dado la impunidad. Esos otros no quieren que pasemos otros cuarenta años hablando de ellos, de los nuestros, mostrando sus fotos, reclamando sus cuerpos, brindando en sus nombres, riéndonos con sus recuerdos, buscando a sus hijos. Así es, buscando como nosotros buscamos los seis meses secuestrados que sobrevivieron hasta convertirse en una persona que hoy tiene casi cuarenta años y que todavía no sabe que su verdadero apellido no es el que figura en su documento; que sus rasgos son, en realidad, la combinación prodigiosa de la genética de aquel morocho rebelde y aquella hermosa luchadora.
     Es que cuarenta años no se cumplen todos los días, y cuando esta persona también cumpla cuarenta años en unos pocos meses, nosotros, los que no sabemos su paradero pero sabemos quién es él o ella en realidad, nos prepararemos para desearle feliz cumpleaños como lo hacemos desde hace cuarenta años. Porque por más que no nos hayamos visto nunca las caras nos gusta hablar de él o ella, imaginar el color de sus ojos, el contorno de su boca y todo aquello que después de cuarenta años uno empieza a construir con las facciones de quienes hemos quedado. Y claro, también de quienes ya se han ido. Porque en cuarenta años la gente también se muere.
      Entonces hoy, cuarenta años después, y como cada 30 de septiembre, Jorge y Gabi vuelven aun más vivos, dejan por un rato la lista de desaparecidos y aparecen tomados de la mano, preguntando si aunque sea sirvió de algo, si cuarenta años han sido suficientes para saber la verdad y hacer justicia. Ellos vuelven y nos miran a todos desde las gradas de la memoria. Y nosotros, apenas pudiendo contener las lágrimas, los miramos a ellos con nostalgia y los saludamos con una sonrisa, con un estúpido orgullo que en realidad no sirve para ocultar que no, que no han sido fáciles estos cuarenta años, que todavía hoy, cuarenta años después, hay que desenterrarlos cada tanto y mostrar la herida en carne viva, abierta y sangrante. Todavía hay que ir a la plaza y marchar y combatir el mismo veneno que sigue corriendo por las venas abiertas de estas tierras del sur. Todavía hoy hay que seguir gritando ¡presentes! como un antídoto contra el olvido que proponen quienes intentan hacerlos desaparecer otra vez.
     Y uno se pregunta: ¿es que no alcanzó con estos cuarenta años, con la noche oscura y la capucha y las patadas y la tortura y las balas y los vuelos y la muerte? ¿No es suficiente con que, quien aguardaba en el vientre, cumpla otra vez años sin saber quién es en realidad, sin haberse podido reencontrar con su verdadera identidad, con la de sus verdaderos padres que todavía lo o la esperan en un archivo desteñido para llenar un espacio vacío?
     Sucedió el 30 de septiembre de 1976 y han pasado ya cuarenta años. Él tenía veintisiete, ella apenas veinte y seis meses de embarazo. Y yo les debo confesar que no, que cuarenta años parece que no alcanzaron.

En memoria de Jorge O. Repetur y Gabriela Carriquiriborde. Secuestrados en la ciudad de La Plata, Argentina, por fuerzas del terrorismo de estado, el 30 de septiembre de 1976, vistos con vida por última vez en febrero de 1977 en el centro clandestino de detención “Pozo de Banfield”.
Sus silencios todavía viven en la identidad secuestrada y oculta de su hijo o hija a quien yo y otros buscamos y esperamos abrazar un día. Sus palabras viven y vivirán en la memoria de todos los que perseguimos verdad y justicia.


RR


jueves, 24 de agosto de 2017

LA PERSONA QUE AMAS

basado en la triste historia actual...

Querida:

     Lamento decirte que nos hemos pasado de la raya. Lamentablemente, hemos cruzado una barrera que creíamos baja (al menos yo). Sí, ya no estamos al borde de nada, estamos cayendo precipitadamente en una ciénaga conocida, en un barro que, más que tal vez, es seguro que nos empapará de mierda.
     Y ya no se trata de vos o de mí, se trata de todos, de lo que nunca fuimos, de las cobardías y los arrepentimientos tardíos que no sirven para nada, que jamás suman, ni siquiera restan. 
     Porque, permitime que te diga, al menos vos restabas algunos de esos días míos que no se prestaban para otra cosa más que para morir silenciosamente. Y en esos días, que aun hoy se suceden, yo decidía morirme por vos en vez de morirme solo y sin remedio. Morirme como pueden empezar a matarnos en cualquier momento. Me moría despacito a tu lado abrazado a la locura del alcohol y la amargura que, al fin de cuentas, no está tan mal para estos tiempos que corren.
     Pero no seamos dramáticos, porque, a decir verdad, me moría sabiendo que resucitaría al día siguiente recriminándome lo estúpido de quererte sin presentir, sabiendo que este puente que ahora se cae detrás de nuestros pasos nunca iba a conducirnos a una misma esquina, a un mismo patio, a algún refugio donde escondernos de los salvajes que hoy han vuelto a las andadas. 
     Cuidate entonces, querida. Cuidate de las oscuridades del pasado hechas realidad presente. Cuidate de los brujos que han vuelto disfrazados de justicieros. Cuidate de los profetas apócrifos, de los herederos desheredados, de los marmotas y los infelices, de los ignorantes por opción y los resentidos naturalizados. Cuidate, querida.
     Y por las dudas te comento que quizás no vuelva a escribirte, que es probable que deba esconder mis manos y mis libros, mis amores y mis odios, mis simpatías y esta vana costumbre de mirar al sur soñando con revoluciones y sosteniendo rebeldías inevitables. 
     Pero no te asustes, querida. No lo hagas, no lo sientas. Estoy seguro de que vale más la pena morir por algo que vivir por nada. Sí, ya sé, son ellos, son ellos otra vez. Son ellos pero también estamos nosotros. Al menos nosotros tenemos el beneplácito de las flores que crecerán sobre nuestros cuerpos desarmados. Ellos sólo podrán mostrar números y estadísticas sin un sólo nombre. Creéme, nosotros tendremos el nombre de las flores y la hierba. Nosotros seremos el viento invencible que recorra la llanura y la montaña y sople nuestros nombres entre los edificios de las ciudades y en las orillas de todas las esperanzas que naturalmente se agolpan junto al mar. Nosotros seremos siempre la vida sobre la muerte y la muerte como parte de la vida. Ellos... ellos siempre han sido pura muerte.
     Vamos, querida, el puente se está desmoronando rápidamente, más rápido de lo que esperaba. No voy a engañarte justo ahora: siempre supe que algún día este puente podría caer, pero uno nunca está preparado completamente para la caída, para intentar aferrarse a alguna rama colgando resignada sobre la corriente. Yo, sin ir más lejos, no estaba preparado para caer aquella vez de tu puente a la correntada del olvido. Y acá me ves, aun nadando, intentando mantenerme a flote, llamándote desde el fondo del tiempo.
     Te dejo por ahora, querida. Ya sabés, cuando el mundo tira para abajo es mejor no estar atado a nada. Pero te pido: no te olvides nunca de los árboles talados y de los cóndores abatidos; de los pobres y los despojados; del polvo que cubre sus caminos y la tierra que devora sus cuerpos anónimos y los cielos que amparan sus almas. Y si no volvés a saber de mí, no creas que me he olvidado. A pesar de todo, seguiré siendo siempre la silueta con el corazón vacío que ronda tus noches. Sin siquiera esta absurda necesidad de quererte. 

RR



domingo, 20 de agosto de 2017

FRAGUA

Adaptación del poema "Romance de la luna" de Federico García Lorca por Jorge Repetur. Publicado en 1970.

La lucha vino a la fragua
con un polizonte de asco.
El muchacho lucha, lucha;
el muchacho está luchando.

Es él, un corazón conmovido,
mueve la calle sus brazos
mostrando hambre y pelea;
su suelo, de dura piedra.

Corre muchacho, corre y lucha,
cuando vengan los matones
querrán de ti las costillas,
duros golpes y anillos blancos.

¡Aquí! ¿Dejarlos que bailen?
Cuando vengan los matones
te pondrán sobre el yunque.
Queriendo ver tus ojos cerrados.

Corre muchacho; corre y lucha,
que ya siento sus caballos.
¡Aquí! ¿Dejarlos que pisen?
Tu pecho almidonado.

El jinete te acercaba
cargando el arma de fuego.
¡Ya! Dentro de la fragua,
el muchacho tiene los ojos cerrados.

Por la calle seguían
golpe y muerte, los matones.
Las cabezas levantadas
y los rostros entornados.

Como llora la mañana,
como llora en las veredas,
por el cielo una estrella
con un muchacho de la mano.

Dentro de la fragua matan
dando gritos, los matones,
el aire lo vela, vela,
el aire lo está velando.

JORGE REPETUR
17/08/1949 - Secuestrado en la ciudad de La Plata el 30 de septiembre de 1976 junto a su pareja, Gabriela Carriquiriborde (embarazada de seis meses).

PRESENTES. ¡Ahora y siempre!




DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...