lunes, 15 de enero de 2018

DETRÁS DE ESCENA


     No es tan difícil darse cuenta, todo el mundo lo nota: siempre parece estar detrás suyo, aunque no lo vea. La busca entre las flores de la plaza y también entre las nubes que asoman detrás del patio de la casa. Pero ella no, ella no nota su presencia. Mejor así. No obstante, él anda por ahí, circundando sus libros, dejando notas a pie de página y algún que otro garabato que la intrigue, que la saque de la historia -o, mejor dicho, que la haga protagonista-.
     Sigilosamente y con un falso disimulo prepara alguna melodía para que suene de la nada, música incidental o una canción que le cante suave al oido las palabras que él no puede decirle. Le gusta cuidarla desde lejos por más que ella no necesite ningún cuidado -ese es justamente uno de sus más preciados tesoros-. Porque ella se mueve bien sola, al menos es lo que declara; va y viene por los diversos decorados haciendo sus monerías, como desinteresada de todo. A veces se enoja repentinamente y él, entonces, tiembla y se angustia. Al rato todo parece haber sido una falsa alarma y otra vez se alegra con su risa.
     Él planea situaciones y eventos que puedan provocarle algún fugaz movimiento indecoroso, o que su mirada se desvíe sin querer hacia donde él está; que sus ojos le apunten esa mira telescópica impregnada en misterio y le disparen una de esas miradas mortales que toda persona de bien espera recibir un día desde un vértice del destino; una ráfaga asesina que lo derribe sin piedad, nada más que para volver a levantarse resurrecto y perseverar con sangre sudor y lágrimas en el intento de desembarcar en las casi desconocidas playas de su vida, que por lo que parece, por el momento sólo le proponen barricadas de resistencia y un combate con el uso indiscriminado de la artillería más pesada.
     Sus ojos, los de ella, lo ignoran, y los propios nunca llegan a rozarla. Pobre... Ha hecho de su vida un montaje continuo de situaciones que logren incluirla por un breve instante. Por ejemplo: a veces ha sido un automovilista que detiene amablemente su marcha en la esquina para que ella cruce la calle, mientras que él la mira embelesado. Otras veces se vistió de vendedor ambulante para ofrecerle una birome en algún colectivo, para escribir orgulloso su nombre en un papel como probando que la birome funciona pero, sobre todo, demostrándole, como quien no quiere la cosa, que lo sabe, que sabe su nombre y puede deletrearlo sin titubear mientras Dios y el diablo juegan al ping pong con su desangrado corazón -ella, afortunadamente, en su distracción nunca nota este detalle-. Incluso, a llegado a colarse como extra en el rodaje de una película con la esperanza de que ella casualmente lo viera una noche cualquiera y leyera en sus labios su nombre pronunciado mucho menos casualmente y en silencio...
      Y ahora esto: escribirle. Escribirle como si realmente le escribiera a amores imposibles. Escribirle poemas y cartas como un Cyrano venido a menos, como si verdaderamente muriera en cada una de ellas, relatando situaciones desesperantes que quizás pudieran significar gritos de angustia de un amante atribulado y fiel. Aunque en verdad, nada de eso es él. Porque él, al final de cuentas, es sólo un hombre de la calle, un tipo común que, como cualquiera alguna vez en su vida, cree haber encontrado una razón para jugársela, para jugarse la vida, para ganarla o para perderla. Así de simple, un pobre tipo que la desea y quiere protagonizar su película, la de ella; que no quiere ser extra en ninguna otra. Entonces, cada día arma decorados y prueba guiones y elige el vestuario más adecuado para cada escena; practica encuadres e imagina la iluminación más adecuada. Finalmente, cuando cree tener todo listo para gritar ¡acción!, vuelve por donde vino y se convierte otra vez en un espectador crédulo e ingenuo. Se sienta en el borde de alguna vereda y la espera, imaginando el momento en que aparezca en alguna de las esquinas.
     Debe ser por eso que siempre lleva caramelos en los bolsillos, por si alguna noche oscura ella finalmente aparece por el pasillo y decide parar preguntando por esa butaca desocupada a su lado y se sienta junto a él esperando por una vez, al menos por una vez, un final feliz. Aunque sea hasta que corran los créditos finales.

FIN

RR


jueves, 11 de enero de 2018

HARTO


...de la burguesía capitalista y de toda su tilinguería y su patética defensa de su kioskito miserable; de sus prebendas, sus privilegios y de su discurso racista, sexista y xenófobo; de su liberalismo que vende libertades, y a quienes no les interesa comprarlas, entonces, se las impone por la fuerza; de su democracia ficticia y el constante bombardeo mediático que pone a cualquier intento de diferenciarse de eso como movimientos extremistas, separatistas, radicales, inmorales, ateos, violentos, etcétera; de su lista de precios que todo lo contiene, desde la comida y el agua, hasta la posibilidad de sobrevivir a una gripe, pasando por la salvación del alma; de sus trajes de corderos civilizados; de su arrogancia y su desidia; de su egoísmo y su avaricia redactados prolijamente en planes económicos salvajes desde las alturas de unos rascacielos custodiados por sus cámaras y sus fuerzas de seguridad; de su ejército de ignorantes reaccionarios que se sienten amenazados por una pobreza que, aunque la padecen, la defienden rabiosos en conversaciones odiosas en las calles, colgándose medallas falsas de primeros trabajadores del mundo; de su falta de vergüenza al pedirle diálogo y paz a esos pobres diablos a quienes cagan a palos y a tiros en todas las esquinas oscuras donde la desolación y la desesperanza gobiernan en su nombre; de su insensibilidad y su malicia; de su espantoso maquillaje decadente que pregona una vida que sólo puede ser exitosa si se tiene todo aquello absolutamente innecesario para vivir; de su falso amor, plástico y berreta, fabricado por esclavos condenados a una muerte temprana e irremediable en fábricas alejadas de occidente, bien lejos para que no se sienta el olor rancio y repugnante a humanidad podrida; de su dinero y sus joyas y sus propiedades y su futuro sustentable y su pasado maniqueo... y este presente que cada vez me tiene más harto.

RR


lunes, 8 de enero de 2018

MEDUSA


     No, claro que no da lo mismo, nunca da lo mismo. Por eso uno escribe y lleva adelante toda esta serie de esfuerzos imposibles por no perecer dentro de los oprobiosos márgenes de lo patético. Porque nunca dará lo mismo haberla visto un día en la vida que no haberla visto jamás (aunque sólo haya sido un día y uno viva eternamente). No, no da lo mismo. No da lo mismo haberla tenido al lado escuchando sus temores y sus esperanzas que tenerla así como está ahora, a una distancia "prudente" para no complicarme la vida, para no arriesgar el sudor o la calma. No, no da lo mismo. 
     ¿Cómo daría lo mismo si las siete de la tarde, después de ella, dejaron definitivamente de ser sólo las siete de la tarde? ¿Quién en su sano juicio le hubiese dado semejante entidad a una hora del día si no hubiese sido la hora para verla, para intentar poner tímidamente las manos en su cara o arrimar unas insipientes e inevitables oscuridades a su luz tibia? ¿Cómo uno, al fin y al cabo, podría creer en eso de que el amor también duele si nunca hubiese sentido aquel renombrado dolor en el pecho ante la posibilidad de perderle el rastro una tarde cualquiera de febrero? Una picadura de medusa cruzando como un látigo por el cuerpo y el alma. Y nadie podrá convencerme nunca de que ese dolor no vale la pena -aunque debo confesar que más de una vez lo he dudado y hasta me he maldecido a mí mismo por sostener semejante sentencia-. Como tampoco nadie podrá jamás decir que no fui en su búsqueda. No, nadie podrá insinuar que alguna vez renegué de aquel insufrible destino atado a su boca sólo porque sus besos ya no caían desvalidos sobre mí, o porque un día decidió mudarse finalmente a otros brazos. 
     No, claro que no. Seguramente no dio lo mismo cuando hubo que juntar fuerzas de no sé donde para seguir bailando, medio borracho y a media luz, la milonga interminable del olvido. Y no fue Dios ni fueron los médicos los que me salvaron, fueron nada más que este reflujo de palabras que aún me agita el estómago de vez en cuando; unas ridículas cartas apócrifas que escribía para ella secretamente como un niño, escondido del mundo, de espaldas al sol y de frente a la muerte. Y sí, ¿para qué negarlo? No era lo mismo escribirlas que no hacerlo, o arrojarlas a un pozo ciego que, desde lo más oscuro de su ceguera, me recordaría permanentemente, día tras día, que hasta para los pozos ser ciego no significa ser mudo. 
     No obstante todo esto, la vida continúa y el partido, dicen, solamente termina cuando suena el último pitazo. Y a mí, entre otras cosas, me ha quedado la costumbre de observar la marea que, por lo que he leído en algún lugar que no recuerdo, siempre devuelve lo que le arrojan. Por eso ahora, casi pasadas las siete, y mientras los besos de su boca -probablemente por la mala fortuna o por esas cosas de la vida- tal vez no encuentren donde caer vencidos, siento que es mi deber dejar en esta hoja una nueva señal, una marca apócrifa que, quién sabe, les sirva en todo caso de norte a ellos o, al menos, a las medusas que arrastra la marea. Es que aunque lo niegue cada día y cada noche, a sólo unos pasos de este pozo infinito, siguen latiendo cándidamente sus temores y sus esperanzas. Y también acá nomás, a la vuelta de esos rincones adonde nunca se vuelve, sigue habiendo una cama desarmada por sus noches y sus sueños. Y por último acá, en este mismo espacio desolado donde acostumbro a beber y bailar a media luz, hay un manojo medio deshecho de cartas. Cada una con su nombre. Y cada una con el recuerdo de mi propia muerte.

RR


miércoles, 20 de diciembre de 2017

LOS DESPOSEÍDOS



"Los desposeídos tienen un mundo que ganar"  
KARL MARX
                                                                       
 "Las leyes son siempre útiles para los que tienen bienes y dañinas para los desposeídos"  
JEAN-JAQUES ROUSSEAU


     En estos últimos días he descubierto -sin demasiada sorpresa, debo confesarlo- que se han agregado otros grupos a la ya renombrada y casi desconocida "lucha de clases". De a poco han ido apareciendo y colándose entre los explotados y los explotadores, entre el proletariado, los campesinos, los asalariados y los poseedores de los medios de producción, un sinnúmero de pequeños -y no tan pequeños a esta altura- grupos de defensores de las veredas, protestantes pacifistas, pacifistas protestantes, reformistas de la lucha a cara descubierta y sin palos ni piedras, impulsores del diálogo y la reconciliación entre matones represores y sus rebeldes reprimidos, ciudadanos de la antigua Grecia, etcétera.
     Entonces ahora, hay que volver a repasar tooodo de nuevo, hay que guardar los libros (que evidentemente no sirven para nada) y sentarse frente a la tele a escuchar a los expertos mediáticos que, con un gran despliegue tecnológico y un bagaje teórico pobrísimo llenos de excusas ridículas, analizan el cuadro de situación y ubican a cada grupo dentro de la Historia. ¿El objetivo final? Clarísimo: defender este sistema democrático, alegar a favor del status quo y convocar con un fuerte sentimiento patriótico una vez más (¡una vez más!) a la unión nacional.
      Sin embargo, estos lúcidos servidores privados no tienen en cuenta un detalle: la Historia no es historia del capitalismo, no es historia de la burguesía, no es historia de la democracia ni de la república. La Historia es historia del Hombre (perdónenme mis preferidas, las mujeres, por no dejarme llevar ahora por la justa reivindicación de género que debería haber modificado ya esta costumbre de hablar del ser humano en términos masculinos exclusivamente. Sólo por esta vez, déjenmela pasar para facilitarme la escritura.). La Historia no se mueve (ni debería ser estudiada o divulgada) dentro de los límites de la moral burguesa, de su falsa ética y sus "buenas costumbres". A la Historia (a sus procesos, a sus hechos y hasta a sus fechas, que tan importantes suelen ser en el ya mencionado bagaje teórico para algunos de los que participan de su defensa) no le podrá caber nunca los prejuicios de los que han aceptado calladitos y sin mosquearse, para poder cambiar el auto todos los años, que ella debe ser de una manera y no de otra. La Historia una y otra vez va a escupirnos en la cara que jamás se acomodará a lo que algunos pretenden que sea. Así como la verdad, ella aparecerá de abajo de la alfombra con toda su mugre, y también sus perlas, a poner las cosas -los Hombres, los procesos, los hechos y hasta la fechas- en su lugar.
     La violencia es la parte sobresaliente de la Historia, no la paz. Hacerse uno el desentendido proclamando la paz de la panza llena y los dolores cuidados a aquellos que una y otra vez son excluidos y golpeados y humillados no va a hacer que la violencia sea un hecho desafortunado, tribal o marginal. No existe la patria pacífica ni existirá jamás una legislación que la construya mientras existan derechos excluyentes basados en la ubicación social y en el poder económico. No es posible la conciliación definitiva entre una panza llena y una vacía, entre los remedios y los dolores, entre los que matan y los que mueren. Se trata, entonces, de sincerarnos de una vez por todas con nuestra supuesta humanidad y hacernos cargo de la Historia y elegir sobre quiénes creemos que se debe ejercer la violencia, si sobre los que se llenan la panza hasta reventar con avaricia, egoísmo y, claro está, violencia; o sobre los que, con la panza y el alma vacía, los han dejado sin otra cosa más que un discurso pacifista estúpido y una maraña de leyes engañosas sosteniendo un sistema que sólo les arroja un palo para intentar defenderse, para tratar de conseguir que ellos y sus hijos no vayan a dormir otra noche en la oscura intemperie del olvido con nada mejor en la panza que una hamburguesa descartada y podrida, con una esperanza en el alma un poco más alentadora que el Reino de los cielos.
     La Historia no la hacen los que ganan (perdón Litto), sólo la cuentan. La Historia la hacemos todos, pero sobre todo la hacen los que luchan, por ellos mismos o por sus semejantes. Creer que existe una Historia dividida en sectores como si fuesen gremios o corporaciones es uno de los grandes engaños de los que la cuentan fraccionada y editada para que el "mundo civilizado" sea el suyo, aquel que supuestamente resuelve sus conflictos en paz, y sin romper nada. Pues bien, yo debo contradecir vehementemente esa máxima y defender la Historia completa, y con ello la de los que rompen para construir algo nuevo que garantice algo más que unas lindas vacaciones en un hotel lujoso o poder comprar basura al precio del tiempo que se traga la muerte. No me interesa conservar el status quo ni manifestarme a favor de los dueños de la Patria y la República ni de los que están siempre preocupados por su trabajo, su vida, sus hijos y su vereda sin que les importe una mierda la mierda que le arrojan a los que no pueden más.
     Porque la Historia también cuenta que, tarde o temprano, los que no pueden más usarán lo que tengan a la mano para escaparse de la telaraña nefasta de los poderosos y los serviles que los defienden a pura bala, a pura muerte. Ellos accionarán los medios que tengan al alcance de sus manos para redireccionar la violencia. Son ellos los que van a cambiar las cosas, porque son ellos los que siempre ponen el cuerpo y los muertos, los que luchan y reclaman lo que les corresponde para ellos y para todos. Todo eso que les han quitado, lo que les ocultan y les niegan quienes hoy se indignan y reclaman cínicamente para que su violencia de clase, egoísta y miserable, se imponga frente a la de esos otros que ya están hartos y jugados, los desposeídos. Esos que esta noche se irán a dormir otra vez con la panza vacía y a la intemperie del olvido. Pero cuidado, mañana puede ser el día...

RR


viernes, 1 de diciembre de 2017

TODOS


     Últimamente, cada vez que acontece una tragedia sobre algún personaje que forma parte del ideario colectivo de cierto sector social (acomodado) y de sus defensores (casi todos intelectualmente desacomodados) se escucha gritar en las calles, se empieza a leer en los diarios y se anuncia con frases rimbombantes en la televisión: tal o cual "somos todos"
     ¿Todos? ¿Quiénes son todos? ¿Quiénes somos todos? ¿Todos somos yo, tu, él, nosotros, vosotros, ellos? ¿Todo..? No, acá debe haber algo mal, porque si todos somos todos, entonces, ¿quiénes son ellos? Todos debemos ser los que podemos escribir todo, los que podemos decir todo, los que podemos... ¿Y los que no pueden? ¿Ellos no son todos, los del culo frío en una casilla en los barrios pobres y en las villas copadas por el narcotráfico al amparo de políticos, jueces y policía..? 
     No, definitivamente ellos no son todos. Porque si ellos fueran también todos tendría que haber cada día una de esas marchas televisadas, con gente buena y honesta empuñando velas y carteles expresando compunciones y dolencias de clase. Gente muy bien vestida que se mueve normalmente en un centro decorado con grandes marcas y monitoreado por cámaras de seguridad. Si ellos fueran también todos habría una de esas marchas a cada hora, a la par de los llantos que se escuchan en esos velorios llenos de gente que, claramente se nota por sus aspectos, no son todos, que son muchos pero que nunca podrán aspirar a ser todos. Porque, al parecer, todos pueden ser algunos personajes con una imagen impecable aunque -permítaseme este desliz prejuicioso- de dudosa moral, o hasta puede ser todos alguna revista extrajera que haya caíso vístima en un revoleo de violencia imparable (siempre y cuando esta revista provenga de algún país central -centro/periferia: teoría de la dependencia, pasada de moda ya pero aun así muy ilustrativa para ciertos casos- y no de esos territorios devastados por gente sin futuro que huye y se ahoga en pos de ser todos sin querer asumir su condición de nadies). 
     Yo no soy quien ni nadie pero a mí me da la sensación de que todos son siempre los mismos, igual que aquellos que no lo son. Será por eso que a veces me enojo mucho con todos y los mando a todos a la mierda y huyo de todos y me encierro entre mis todos y mis nadas, entre mis dolores rebeldes y mis tímidas alegrías, entre la música y los autos viejos y los libros que me hacen acordar a los amores pasados que insisten en ser presente. Y también a veces me hacen acordar a esos otros que viven agazapados en los párrafos y en las voces de algunos que seguramente jamás soñaron con ser todos -aunque ojalá fueran más que unos cuantos-. Es por eso, supongo, que ya no opino de lo que opinan todos, porque no hace falta opinar cuando todos opinan, cuando todos saben lo que pasa y lo que hay que hacer. Si yo no sé nada... Y por eso me siento cada vez más nadie y menos todos. Es más, a veces cuando leo o escucho a algunos que sí son todos siento que es mejor así, que estando ausente de todo, en una de esas, algún día logro ser yo mismo. Seguramente, eso tampoco me va a hacer bienvenido entre todos. Y bueno, todo no se puede. 
     Mientras tanto, sigo creyendo que este mundo de todos, para todos, en realidad no es de nadie ni para nadie, sólo para unos pocos, los de siempre, los de toda la vida, los que necesitan de todos y de nadie. Los que manipulan el incosciente colectivo para poner a cada cual en su vereda, cada cual mirando con desconfianza al otro, cada cual en su juego para que el ganador sea: ...
     ¿Todos? Perdóneme pero en esta también paso. Porque cuando la noche se pone oscura y todos se sientan a ver y escuchar en la tele las razones y las circunstancias por las que todos sufren, adornadas con gráficos y mapas, y comentadas por los expertos (en nada) del momento, afuera, en el frío de la desesperación están ellos, acechando a todos con sus propias razones y sus desgraciadas circunstancias. Así es, están ellos con su música y su vestimenta característica; están ellos: los que matan y los que mueren. Ellos, a los que usan y desechan para que todos sean felices; los que, dicen todos, no sirven para nada. Aunque, claro, sirvan para todos.

RR



martes, 14 de noviembre de 2017

ESTE LADO DEL MUNDO


     Y así, desde este lado del mundo les sugiero: no esperen nada de mí, no lo hagan, pues seguramente nunca voy a llegar a tiempo a ninguna otra cosa que no sea a mi propia muerte. Tampoco esperen que intente una defensa en los tribunales públicos de la infamia, esos escaños desde donde se acostumbra a lanzar dardos envenenados de prejuicios. De ningún modo intenten llevarme hacia esas ratoneras sucias en donde sólo opinan los cobardes que jamás han pisado el barro de la desgracia ajena, que no comprenden ni comprenderán nunca la palabra compasión. No seré yo quien se agachará nunca a recoger primeras piedras para lanzar desde una multitud indignada para cubrirse por si acaso, por si algún loco comete el pecado mortal de actuar en consecuencia con sus palabras sin reclamar dignidades o premios. 
     No traten de convencerme hablándome de república y democracia, no sirvo para glorificar votos y legitimar elecciones falaces en donde nada se elige, más que el monto de la deuda que se contraerá en mi nombre por un supuesto bienestar que jamás llegará. No necesito bajo ningún concepto ni las migajas de los políticos, ni las chucherías de los mercaderes del posmodernismo, ni el perdón de la iglesia, ni la incuestionable estupidez de la "sabiduría de la calle", pues de ninguna manera me interesa el sentido común de los tontos y los resentidos. No quiero nada de lo que puedan ofrecerme los censores que trafican con la moral y las buenas costumbres a cambio de mis gustos y mis pareceres. No me ofrezcan ni dinero, ni putas, ni propiedades, no necesito nada de eso para ser feliz. No necesito de ningún otro lujo que no sea la cercanía del mar y su eventual consuelo. No me hace falta degustar delicados sabores, ni finos licores para calmar mi apetito y mi sed. 
     Entonces, no traten de venderme ese mentado progreso humano que ni es progreso ni es humano, que no es más que un orden establecido por los que no quieren que nada se desordene para poder seguir vendiendo el cuento del tesoro único de la juventud, del cielo de los bienaventurados o una salvación eterna adornada con plegarias rimbombantes e inútiles. Si es por mí, ahórrense también la amenaza constante y la paranoia permanente, he llegado al punto en donde ya no le tengo miedo ni a mis miedos, ni a mis fantasmas, ni a mis demonios. Si Dios existe, estoy seguro de que no se lo ha dicho a nadie. Por eso, no me exijan reverencias ni solemnidades ante quienes pisan este mismo suelo, esta misma tierra que, al final,  nos devorará un día a todos por igual: a ellos, a ustedes, a mí. En todo caso, sería más oportuno levantarle un altar a esos gusanos laboriosos que deberán hacerse cargo de borrar las huellas de la maldad enterrada junto a los miserables y perversos que insistirán, aun bajo tierra, en proclamarse vencedores de un partido claramente arreglado.
     Y no me importa que me crean; ni me importa que me escuchen (ni siquiera que me lean). No tengo nada que probar ni le debo comprobantes a nadie por lo que he sido, por lo que soy o por lo que seré -si es que alguna vez seré algo más que este perro rabioso que se resistirá hasta el final a pagar por algo que no es propiedad de nadie-. Guárdense para ustedes los recuerdos que de mí tengan, no me hacen falta; llevo mi pasado adonde voy sin necesidad de someterlo al debate público. Una vez muerto, mis recuerdos no valdrán un cobre y sólo podrán servir para el chusmerío o para contar algunas pocas verdades mentirosas que ya no me interesará desmentir. Sean libres de juzgar mi cielo y condenarme al infierno si les place, nada de lo que en ellos deje o pierda podrá ser puesto a consideración de nadie, excepto de mi hija.
     Por último, no confíen en mí, porque. llegado el caso, poco me importa verdaderamente en el mundo salvo los pobres y los desdichados que son condenados cada día por una justicia que inclina la balanza siempre para el mismo lado y que jamás será ni ciega ni justa. Ese es mi lado del mundo. El mundo de las miradas perdidas en el horizonte, de los corazones rotos y solitarios, de los que luchan y caen derrotados y se levantan y vencen con sólo levantarse. El mundo de la naturaleza justiciera que tarde o temprano prevalecerá sobre los imbéciles que siguen desafiando su poder arrojándole los deshechos de su egoísmo. El mundo de la música compañera de mis abundantes tristezas y mis alegrías pasajeras. El mundo de los amores eternos y las palabras que los evocan. El mundo de los niños inocentes que miran al cielo y piden a gritos algo más que monedas. El mundo de los viejos abandonados en los armarios de las cosas inservibles... 
     Sí, lo sé, un mundo quizás imposible. Un mundo silencioso que a casi nadie le importa. Un mundo donde lo que vale, lo que de verdad vale, son el amor y las causas perdidas al precio de la muerte. 
     Al fin y al cabo, son lo mismo.

RR


lunes, 13 de noviembre de 2017

APRENDAMOS DE LA DERECHA


     ¿No habrá llegado el momento de que aprendamos de la derecha? No tengamos miedo. Al menos deberíamos intentarlo.
     Cada  vez que la derecha llega al poder lleva adelante casi todas sus premisas y realiza, más o menos, todos sus planes. Planes que, por otra parte, casi siempre resultan más profundos y duraderos en el tiempo que aquellos que los diferentes sectores de la izquierda intentan cuando logran arrebatarle momentáneamente el control.
     Es que la cuestión es y ha sido la misma desde hace siglos: la moral. La izquierda, en general, se jacta permanentemente de su ética y su moral humana y pone en muchos casos sus prácticas a la sombra de estas. Es cierto que este hecho no es en sí mismo un defecto -todo lo contrario-, sin embargo, y en términos objetivos, termina siendo un obstáculo cuando es necesario asegurar ciertas victorias estratégicas que acarrearían beneficios tal vez inmediatos para unos cuantos y duraderos para todos.
     ¿Cómo es posible que la derecha consiga todo lo que consigue? ¿Cómo puede hacerlo sin ni siquiera la participación material de sus defensores, de sus voceros, de sus votantes? ¿Es que alguien sabe de alguna vez en que la derecha le haya consultado al pueblo raso, a los trabajadores, a los sectores más postergados -que muchas veces son también quienes los apoyan, lamentablemente-, sobre las medidas que llevarán adelante y que, claramente, serán perjudiciales para estos últimos? No, por supuesto que no. Porque la derecha es autoritaria y hace lo que tiene que hacer sin demasiados debates morales. Habrá algunas ocasiones en donde se pondrán ciertos límites con respecto a la crueldad del procedimiento y otras veces no respetarán absolutamente nada. Pero a la hora de la acción, la derecha acciona. 
     Pues bien, ¿no habrá llegado el momento de aprender esto y poner los fines y los medios por encima de ciertos debates morales y éticos? ¿No han sido ya suficientes las incontables generaciones hambreadas, torturadas, desplazadas y asesinadas por la derecha, como para que la izquierda (y todos aquellos demás movimientos que se auto proclaman de raíz popular) asuman de una vez por todas su carácter revolucionario y apliquen los métodos necesarios para terminar con esta eterna injusticia? ¿Cómo podemos seguir sosteniendo este pacifismo cobarde frente a los millones de niños que se mueren de hambre mirando por televisión la ostentosa y repugnante maldad de los pocos que capturan para sí mismos todo, dejando a la mayoría sin nada? ¿Qué clase de ética es esta que nos mantiene pasivos frente a una realidad en donde los inmorales ordenan y los morales obedecen, donde se acumula el alimento para subir el precio mientras millones revuelven la basura buscando una fruta podrida que comer, donde la salud se compra y se vende al precio de la vida o de la muerte?
     Entonces, ¿no ha llegado finalmente la hora de que seamos intolerantes con quienes han abusado de la tolerancia transformándola en un discurso vacío e hipócrita con el fin de desactivar esos resortes humanos espontáneos que aparecen cuando una tragedia azota al mundo, en cada una de esas situaciones donde la solidaridad se impone sobre el individualismo? Porque a no engañarse, la derecha es tan devastadora como un volcán en erupción permanente, como una inundación constante, como un terremoto continuo, como un huracán impiadoso, como una sequía interminable. 
     Debemos abandonar el triste destino de ser los pobres bienaventurados y asumir la tierra como nuestra, y que el Reino de los Cielos sea para ellos. No podemos seguir siendo los históricos campeones morales, defendiendo como necios estúpidos unas reglas tramposas hechas por los ganadores de un juego en el que hemos sido condenados de antemano a perder. Tampoco se trata de ser crueles, sino de ser justos. Justos con los que han sido desconocidos históricamente por la justicia y justos con los que han redactado las leyes para que la balanza se incline siempre para su lado. Justos con los que han sido abandonados a la buena de Dios y justos con los cínicos manipuladores de la desgracia ajena. En definitiva,  justos con los justos y justos con los traidores.
     Aprendamos de la derecha. Hagamos de una vez por todas lo que hay que hacer para que los buenos alguna vez ganen. Aunque se nos caigan algunos anillos. Aunque se nos manchen algunas banderas. 

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...