jueves, 24 de mayo de 2018

PREFACIO DE LUNA LLENA


     A esta altura ella sabe que si le escribo no es porque la quiero, es porque me he acostumbrado a escribirle, tanto como me he acostumbrado a quererla. Ya se habrá percatado que entre lo que digo y lo que hago hay un océano tormentoso de por medio sin ni siquiera una mísera isla para descansar por un momento; aflojar un poco la brazada y reposar tirado en la arena fatigado, mirando el oleaje y la marejada, saboreando la sal que ha dejado pequeños cauces en las mejillas. Sabe cómo soy... Sabe que soy capaz de saltar del trampolín más alto a una pileta de aguas transparentes o de un humilde puentecito con forma de arco sobre un arroyo sucio lleno de bagres; que eso no cambia nada cuando hasta la más humilde de las veredas es para mí una delgada cornisa sobre un precipicio inevitable. Y también sabe que soy enemigo de los laureles y las causas nobles, que nunca podré ser más que un nadador de aguas abiertas, un escritor para corazones clausurados, un esgrimista de la derrota. 
     Sin embargo, preferiría que no me mal entienda. Si pudiera, le seguiría escribiendo hasta que se me acabasen las pocas horas que me quedan; pero, como me quedan pocas, prefiero hacer como que me resisto, que agarro un papel y un lápiz para vengarme de su blancura con su nombre hasta asquearme de su presencia. Por eso armo escenas de obras sin argumentos, sólo para maldecir el color de sus ojos y la distancia que separa su voz del silencio perpetuo que rodea su fantasmagórica presencia en cada rincón de mi pobre dignidad. Y pensando en lo que no debería haber pensado nunca, me entrego a la fantasía y ejerzo el desconsuelo vilmente con la vehemencia de los locos y sus locuras. A veces, incluso, hasta hago de cuenta que puedo volar bajito por sus sueños sin necesidad de arrimarme a su vigilia. Cuando la verdad es que no logro despegar mis manos ni un segundo de su cuerpo que corta de cuajo estas, mis más sinceras intenciones de borrar su foto con el contorno de su espalda y su cabeza girada hacia atrás soltando una puñalada que sale volando desde la sonrisa. Una sonrisa que emerge de su boca directamente a mi orgullo que ya no está, que se ha hecho pedazos contra una realidad. Y no me suelta aunque la eche a patadas, aunque arroje todas sus fotos al fondo de un pozo infinito para que se lance en su búsqueda y no regrese jamás. 
     Ella lo sabe. Sabe que no le escribo porque quiero, porque decido hacerlo desde la conveniencia de seguir llevando adelante esta prolija y detallada lista de fracasos certificados y sin aviso de retorno. Sabe perfectamente que le escribo porque no está, porque está lejos, inalcanzable. Porque si estuviese acá, cada noche dibujaría una luna llena para acecharla como un lobo hambriento sobre de su monte de Venus, para tomarla de los brazos o de la cintura y alimentarme de su sexo impúdicamente con mi sangre corriendo entre el puñal de su boca y el cielo de sus ojos.

RR


miércoles, 16 de mayo de 2018

SU OPINIÓN Y LA MÍA


     En mi opinión, querida, yo la quiero. Pero usted está en todo su derecho de opinar lo que le plazca y quedarse al margen de mis palabras a predecir mi futuro, a pronosticar el fracaso de todas mis ilusiones y la deriva de la marea que me llevará, según usted, a un naufragio prematuro. Sin embargo, ya sin necesidad de justificar mis opiniones, seguiré opinando que la quiero.
     Así es, yo la quiero. Y eso, a decir verdad, no depende de usted, depende de mí. Depende de mí porque prefiero persistir en la fe de quererla que aceptar los malos augurios y las endemoniadas profecías que hablan de una luz al final del túnel, de la muerte al final de la vida. Depende de mí porque al quererla como la quiero me monto cual valiente jinete a un indómito corcel a galopar esta lamentablemente poco concurrida cruzada de quienes buscamos refutar a los que alzan sus voces de sospecha sobre la salud mental de personajes que, como yo, aceptamos sin vacilaciones y sin peros el indiscutible encanto que poseen los dolores de estos amores sin paraísos ni recompensas. 
     Y es que si por acaso usted no se ha dado cuenta aun, existen peores infiernos que este pasatiempo de palabras donde ardo por usted. Créame que este páramo desolado e inhóspito que recorro en su nombre vale mucho más que las penas por las que mueren casi todos diariamente ahí afuera viendo pasar las horas por debajo de sus pies, por encima de sus cabezas, por el centro de sus pechos. Al menos yo puedo simular un tiempo fuera del tiempo y detenerlo en ese preciso y precioso instante cuando el látigo de su mirada corta el normal desarrollo de mis ideas y me domina y me somete sin derecho a réplica a una hoja en blanco donde, sin coartada posible para declararme inocente o, al menos, inimputable por exceso de confianza, termino siempre confesando que, en mi opinión, yo la quiero.
     Pero cuidado, porque para morirme por usted, querida, primero corroboro que quien la quiere soy yo y no tan sólo mis ilusiones de quererla, no únicamente esa angustia de pozo seco que me inunda a veces cuando creo que usted probablemente quiera a otro que quizás la abraza y tal vez le promete y seguramente le jura un prontuario intachable. Y espero que usted sepa disculpar el atrevimiento de mis celos y lo inoportuno de mi egoísmo. Es que, si es por querer, yo la quiero a usted posiblemente más de lo debido, más de lo que recomiendan quienes andan por ahí intentando convencer al mundo de que el amor es sólo una sucesión casual de reacciones químicas, y que lo mismo dan unos ojos azules, que unos marrones, que unos verdes, pues, al fin y al cabo, el amor es ciego. Y yo, que para esas discusiones siempre estoy estúpidamente dispuesto, me parapeto a defender vehementemente lo que ya no debería, objetando cada uno de los argumentos típicos de ese conformismo burgués que intenta demostrar con ridículos cálculos de probabilidades que el color de sus ojos se repite en millones de otras mujeres. Entonces, y haciendo gala de una gran convicción sobre ciertas opiniones, alzo mi voz para desmentir con las pruebas que guarda mi corazón semejante falacia, y les recuerdo que algunos aires son brisas y otros vientos, que hay cauces que riegan y otros que inundan, que sus ojos no tienen el color de los otros pues en ellos habitan todos los colores necesarios para crear un arco iris que empiece y termine allí donde se desatan mis tormentas y donde se levanta su refugio; les cuento acerca del torrente que corre por ellos, que de a ratos es celeste y cristalino y por momentos se torna marrón y furioso, sin que eso modifique su recorrido que siempre me lleva adonde brilla una luna amarillenta, redonda y llena de presagios; les hablo de ese lado oscuro suyo que exploro sigilosamente cada noche a la hora de la ausencia mortal que la oculta menguante y fatal, cuando a mi alrededor no quedan más que unos tristes versos incompletos brotando del insomnio. Yo sé que estos señores creen que he perdido la razón, sin embargo sus razones no alcanzan para hacerme cambiar de opinión.
     Pero es verdad que hay algo en lo que ellos y usted tal vez aciertan. Y es que acaso a estas horas sombrías no sea una decisión acertada fantasear con unicornios y sombreros, con días y flores, con obeliscos y subterráneos y plazas con sombras a la vera de un último beso de despedida. Quizás lo indicado para conciliar el sueño sea abandonar de una vez por todas esta costumbre de quedarme a oscuras pensando en usted, repasando los motivos, las causas, las razones y las circunstancias por las cuales sigo, a pesar de todo, opinando que la quiero.

RR


jueves, 10 de mayo de 2018

POR DERECHO PROPIO


     Hacen falta mucho más que palabras para convocar al amor o al olvido. Hacen falta mucho más que buenas intenciones para dejar en blanco esta noche negra de hastío. Hacen falta algo más que deseos para jalar el gatillo que dispara la bala de plata que va directo adonde residirá eternamente su fantasma.
     Y no me hablen de obsesiones o fantasías. Al fin y al cabo, nadie sabe cómo cuernos hemos venido a parar a este lugar, ni para qué. Nadie puede explicar de manera convincente nada pues siempre habrá quién lo desmienta -o al menos lo intente-. En lo que a mi respecta, no creo que hayamos venido a mucho más que buscar desesperadamente (hasta encontrarla) una buena causa para morirnos con un mínimo de dignidad. 
     Debe ser por eso que me encuentran a mí dando vueltas todavía por aquí. Todavía buscándola, o más bien persiguiéndola, por los entre telones de esta obra falsa que monté un día de esos en los que un fracaso me hizo creer que cualquier cosa era mejor que ese día, que cualquier pozo podría ser un manantial de donde extraer claridades o frescuras, melodías o versos.
     Y de ninguna manera es esto un eufemismo o un desliz poético. Cuando el fracaso avanza como un río de lava que va quemando una a una las noches, cada quien recurre a las agallas que le pudieran haber quedado -si es que alguna vez tuvo alguna- y las empeña con tal de no morirse como un perro abandonado a la vera de una ruta luego de haber sido atropellado por algún conductor de esos tan hijos de puta que abundan en cada ciudad.
     Sí, sí, así como te lo cuento. Y mejor no creer que somos más que esos perros vagabundos buscando un dueño o al menos un alma que nos caliente la nuca con una caricia. Más vale nunca perder de vista ese detalle enorme. Porque mientras hay quienes se la pasan hablando de humanidad, jamás la ejercen (o tal vez sí y eso sea en realidad ser humano). Porque mientras hay quienes dicen ejercer esa humanidad cada día, no pasa uno sin que ejerciten la mierda que en verdad son, sin que muerdan envenenados a algunos otros que han sido olvidados al costado de la humanidad luego de ser atropellados por ella.
     Pero mejor no nos pongamos tan filosóficos. Si mal no recuerdo, estábamos aquí por otra cosa: por esta imposibilidad que me aqueja (nos aqueja) a veces de no poder resistir una noche oscura, una cerveza helada, un momento más para tratar de encontrar un poco de dignidad para esta muerte que lentamente se avecina sigilosa a medida que escribo lo poco que a esta altura puede ocurrírseme sin necesidad de apelar a lo que una mujer o una borrachera me dicten. Sin embargo, y para ser honesto, ni siquiera eso es verdad detrás de este telón. ¿Cómo sería capaz de negar a esta mujer si he asumido de antemano que sólo busco una buena causa, una causa justa, para morirme dignamente? O dicho de otro modo, y a modo de préstamo: ¿cómo negar que existe siempre una razón escondida en cada verso?
     Es que en el fondo -tan mencionado en estas pampas ultimamente, aunque sea otro fondo mucho más embustero-, no soy sólo yo quien anda a la pesca de algo más que un resfriado para morirse. No lector o lectora, no estoy solo en esta noche de búsqueda. No soy yo el único que camina a tientas por la noche buscando un rastro o unas coordenadas hacia donde dirigir el rumbo. Quizás no sea este tu momento para ciertas admisiones o para confesiones indiscretas. Pero creéme, no estoy solo, no estamos solos vos y yo en esta noche o en la madrugada que florecerá inmediatamente después, apenas logre conciliar el sueño esquivo que me une a los que jamás cesan en esta búsqueda. 
     Y ya que hablamos de admisiones, yo hago una: lo admito, nada de esto es gratis. Porque cada hora debe ser prolijamente pagada con desvelo o con incertidumbre o, directamente, con dolor. Pero bueno, así es la cosa. La muerte duele aunque a veces parezca que no. Y nadie se muere gartis. El asunto es cuánto estamos dispuestos a pagar por ella. Hay quienes regatean y se llevan el corazón en una pieza aunque hecho una piedra; hay otros que se enorgullesen de haber salvaguardado cada sinopsis nerviosa al no haberse preocupado jamás por nada ni por nadie. En cambio, existen quienes saben perfectamente que se están muriendo y que las fichas que no sean apostadas a tiempo se quemarán en un olvido infernal.
     ¿Entendés ahora? Por eso esta noche, por eso esta cerveza, por eso estas palabras que a paso cansino te acompañan hoy sin que ni vos ni yo sepamos cómo demonios hemos llegado hasta aquí (al menos ahora acaso sepas para qué). ¿Por qué no pensar que hemos llegado hasta este punto aunque sea para hacernos compañía, mientras vos te batís a duelo con tus fantasmas y yo con los míos?
     Pero hay algo más, lector o lectora, que no te he dicho sobre mí. Y es que cada palabra que escribo no ha sido arrojada sobre este espacio sin razón alguna, ni tampoco ha caído aquí sólo por mi inefable torpeza. Cada palabra va dirigida sin dudas y sin atenuantes hacia un destino cierto. Cada palabra que se lee y cada una que se omite tiene una causa que yo he elegido como justa. Cada palabra que acompaña este tiempo que pasa irremediable en mi vida es una bala de plata que, a pesar de no poder demostrar justicia alguna, lleva consigo el mayor de mis deseos. A saber, hallar una razón más o menos digna como para no negarme neciamente a  la muerte. 
     No obstante, estás en todo tu derecho de negar lo que desees de todo lo aquí expresado. En todo caso, nada de lo que hagamos cambiará jamás esta realidad, a veces alegre, mayormente penosa, que impulsa a algunos a leer ensayos sin pies ni cabeza, y a otros a escribirle a mujeres perdidas sobre la superficie de lo que parece ser un vidrio empañado donde todo lo escrito mañana será historia. 
     Sea como sea, conservo la esperanza de que llegará un día en que, como a otros antes que yo y por derecho propio, la Historia me absolverá.

RR


lunes, 7 de mayo de 2018

HABÍA UNA VEZ


     Dicen que hubo alguna vez, en cierto lugar del sur, una especie de carta que, en realidad, aún no había sido escrita puesto que todavía se estaban debatiendo sus palabras y sus correctos significados para contar aquello que nunca sería dicho. Entre otras cuestiones, se comenta que esta pudo haber sido redactada en un ayer o un mañana; bajo la influencia del verano que enamora en la lejanía del recuerdo, o durante algún invierno en el exilio gris y frío del olvido. Es muy probable que, si es que en verdad dicha carta existiese, no dijera nada que valiera la pena contar, y cualquier cosa que se leyera en ella probablemente fuera, en todo caso, producto no de un supuesto remitente, sino más bien de la imaginación del destinatario que, de esta manera, tendría que asumir la total responsabilidad por ella. 
     También es casi seguro que detrás de su pobreza literaria y la indefectible escasez de recursos poéticos, se escodiera una historia que aún no sucede, contaminada de deseos desleales y sentimientos exagerados para, de alguna manera, darle forma a unos hechos que podrían ser fácilmente desmentidos con un simple argumento. Un argumento tan simple que ni siquiera sería necesario demostrarlo. 
     Así es como la imagino:

Querida:

     Ningún sabor es más dulce que aquel amargo y repentino que sube por la bombilla del mate luego de haberse detenido en tu boca. Ninguna soledad está más poblada que la que ocupa tu presencia a lo largo y a lo ancho de esta casa que carece de todo lo que tendrá cuando se extinga el fuego de la memoria y me marche de ella para siempre. 
     No obstante, cuando digo siempre no me creas, pues "siempre", de este lado del universo, es tan nunca como a veces todo es tan nada. Como tan de este cielo son tus días y tan de estos páramos son los míos que ni son míos ni son de nadie, que son propiedad de los rastros inolvidables que habito irremediablemente por la cobardía que me ha impedido alejarme para siempre de tu lejanía.
     Y tal vez vos creas que estás ahí, pero no, ahí sólo habita el envase vacío de las horas que se han ido. Vos, querida, estás en realidad justificando los márgenes que ocupan tus referencias en esta hoja, dándole vuelta a la página del libro que dejé recién sobre el sillón, hace un minuto nomás, antes de venir a despedirme de vos por enésima vez, a azuzar los demonios que ahora se ríen de mí como cada noche y bromean maliciosos sobre esta carta que -ya lo sé- no debería estar escribiendo. 
     Sí, lo sé, parece todo una locura. Pero no lo es. Nada de esto es una locura cuando la noche sobreviene y me calza un uppercut que me deja contando pajaritos. Y quizás vos estás leyendo esto porque sabés que te nombra en cada omisión, en cada eufemismo que me sirve para no arrojar todo por la ventana y dedicarme a maldecir al amor y al mundo todo como lo haría cualquier persona decente; o incluso salir a la calle a tratar de encontrar un presente imperfecto del que pudiera borrar de un hachazo la primera persona del plural.
     O quizás sea que ni estás vos ahí ni yo acá, ni ninguno está donde cree. Que, en realidad, estamos los dos acá nomás, a la vuelta de unos puntos suspensivos que sostienen una falsa intriga, un falso misterio, un intervalo esperando que alguno pise el palito. ¿Y no debería alcanzarnos sólo con eso? ¿No debería con eso ser suficiente como para salir a buscarnos en la noche y acecharnos y asaltarnos de frente, cara a cara, y rompernos el alma contra el desprecio mutuo, contra las quejas y los lamentos de que esto es lo que es y no algo mejor porque nos queda lejos y está oscuro, o porque hace calor o frío o llueve o ya no estamos para estas cosas?
     Para estas cosas... ¡Sí, claro que estamos para estas cosas! ¿Para qué otra cosa estaríamos si no? Estamos para caminar apurados ahora mismo por la vereda o por la calle (¡¿qué importa?!) pensando “ojalá que no sea tarde”. Estamos para correr desesperadamente hasta una esquina esperando encontrar aquello que pensamos que nunca llegaría y darnos cuenta de que al final llegó, que está ahí, aguardando pacientemente, soportando los vendavales de la tristeza, empujándonos al abrazo para vengarnos de la vida que, traicioneramente y sin aviso, nos va a matar antes de que podamos aprender a jugar a este juego mortal que es el amor.

Tuyo

     Ahora bien, dicen que esa carta fue dejada un día de invierno por un personaje gris que la clavó con un hacha contra un pedazo de tronco abandonado en el campo. En una de las caras del sobre podía leerse “Nosotros”. 
     Y así, casi sin quererlo ni buscarlo, mientras saboreo el último mate lavado y escribo esta historia absolutamente irreal (que me ha llevado más de lo que hubiese querido) caigo en la cuenta de que ese “nosotros“ escrito en el sobre no eran ellos ni eran otros. No, ese “nosotros” somos en realidad vos y yo, nosotros que ya no existimos en ninguna historia compartida. Ese “nosotros” es (o más bien ha sido) un pasado perfecto que jamás volverá, por más que ahora mismo vos abandones la lectura de este último lamento y salgas apurada hacia la calle y corras desesperada hasta una esquina a tentar a la suerte, nada más que con la intención de encontrar, tal vez sobre el borde de la vereda o debajo de algún árbol, al menos un destello de aquello que siempre creíste y sostuviste a viva voz que era inútil buscar entre tu vida y la mía, pues sería imposible hallarlo. 
     Pero no corras, querida, no hace falta. Mirá al cielo, ya es de noche. Tal vez otro día, quién sabe...  
    Es que, como bien dicen por ahí: "hay cosas que nunca vuelven". Creo que por eso finalmente me he ido para siempre. Pero, fundamentalmente, porque esa carta fue escrita hace ya mucho tiempo y ya ni recuerdo dónde la dejé.

RR


jueves, 26 de abril de 2018

ENÉRGICA REIVINDICACIÓN DE UNA ESPINA


     Entonces, no se trata de prometerle amor u olvido, ni siquiera venganza. No se trata de ninguna manera de deambular por los arrabales de la tumba donde yace su aroma a mujer de mi vida. No, créanme que no se trata de nada de eso. Ni siquiera se trata de escribir prolegómenos de historias que nunca me han sucedido pero que, probablemente, le han sucedido a otros. Historias que no son más que sonidos rebotando entre las paredes donde la angustia duerme frágilmente de a ratos, justo a la misma hora en la que el sueño finalmente vence al insomnio. Mucho menos se trata de correr la cortina y ocultarme de la oscuridad que me rodea a plena luz del día; de la imaginación que me habita y me ocupa la conciencia en nombre de quien, en realidad, no tengo el gusto de conocer, pero que, según parece, es alguien con su voz, con su boca, con sus ojos y con esa lluvia de lágrimas que nunca regó ni una sola de mis flores. Es que, por lo visto, tampoco se trata de flores, pues me paso las tardes revolviendo en la maleza para finalmente concordar conmigo mismo que esta no es tan mala como dicen; que existe una belleza única y particular en esos cactus resistentes y dignos, en la punción de sus espinas defendiéndose de las manos que intentan cortar su fruto, su esperanza de ser. 
     Por esto, y haciendo uso y abuso de la libertad que dan las palabras, declaro abiertamente que son mis espinas las que me mantienen afortunadamente vivo. Y así vivo rechazando ese maldito discurso reivindicatorio de felicidades envueltas en papel de regalo, o compradas en cuotas y a un precio demasiado alto. Mis espinas son mis flores y gracias a ellas duermo siempre medio despierto y me levanto a mitad de la noche a escribir en un cuaderno todo ajado pedazos de versos, oraciones sin sentido, promesas irrealizables para mujeres como ella a quienes no les debo nada más que lo que nunca vendrán a reclamarme.
     Así es, no se trata sino de intentar ser lo que quiero, lo que me place, lo que me desafía y me pone a caminar diez pasos hacia adelante buscando ir hacia ella o, mejor aun, alejándome de a poco y para siempre de su recuerdo. Diez pasos, espalda con espalda, batiéndome a duelo por aquello que otros creen merecer sin más, sin noches en vela, sin la tragedia de la botella vacía y el corazón roto. Se trata de ser todo lo que se pueda, todo lo que haya, todo lo que encuentre a mi paso. Lo que conviene y lo que no, lo que mata y lo que muere. Vivir la vida y la muerte, las dos juntas, una en cada mano. Se trata de volcar sobre una hoja todas mis oportunidades para no quedarme con ninguna, para ser libre de ellas y así estar obligado a salir a buscar nuevas, a plantar pruebas falsas a su alrededor que la inciten a pensar que ando por ahí soplándole la nunca, acariciando sus inconfesables soledades, recogiendo los restos mortales de sus noches desiertas, de sus días vacíos, de su cama fría y solitaria. Sí, de eso se trata, de recoger esas horas suyas que transcurren sin dueño y adueñarme de ellas. Esos desperdicios que arroja cuando su mirada se pierde en el cielorraso de alguna habitación ajena iluminada con los tenues brillos de sus deseos ocultos mientras su mente viaja sin que pueda evitarlo; mientras su inconsciente se va, anárquico y libre, por esos lugares adonde le duele pensar. Lugares quizás parecidos a este al que quizás ahora también ella ha llegado sin saber cómo. Y este humilde y precario lugar la recibirá siempre gustoso sin preguntar jamás si la ha traído la suerte o la desgracia (o lo que ha hecho ella misma de las dos).
     Por eso todavía cada tanto la invito, por si se anima. Y si se anima -o en el mejor de los casos, si pierde la cabeza- seguramente me encontrará haciendo lo de todos los días: alzando banderas rojas, declarando amores imposibles, bailando con los incólumes cactus, abrazado a las espinas y brindando a la salud de mujeres como ella. Mujeres a quienes ciertamente sería más sano olvidar para seguir viviendo, pero a las que yo prefiero reivindicar enérgicamente y sin vergüenza. 
     Y como lo hago con todas, lo hago sobre todo con ella que es mi espina más punzante, la que me sangra y me duele y me brota de las manos cuando ya no tengo nada a lo que asirme. La que me ha envenenado sentenciándome a escribir estas ridículas cartas mortalmente afiladas que quizás un día, quién sabe, hagan que mi vida haya valido más que mi muerte.

RR


jueves, 19 de abril de 2018

AL BORDE DEL SUEÑO


     Y por si acaso, te aviso que el capital no tiene bandera, ni la luna un lado oscuro; que ni el sol sale por la mañana y se oculta por la noche. Que cuando yo me oculto como ahora de tu ausencia no logro ocultar lo que te quiero. Que vos dirás que no será para tanto pero que para mi quererte es mucho. Tanto como lo poco que sirven estos recreos de tu lejanía que no llega a ser tan lejana como para perderte, ni llega a acercarte como para alcanzarte. Quizás porque cuando suena el timbre para salir al patio, yo no hago otra cosa que buscarte. Te observo a una distancia que no es suficiente para mantenerte distante de mis ganas de verte y dibujo flechas en las baldosas que traten de inquietarte y te atraigan hasta el lado más lejano de ese olvido que me ha atrapado en tu pasado sin que me permita hacer otra cosa más que escribir todo esto que vos sabés bien que no sé cómo hacerlo y que ya he escrito tantas veces antes, mil veces de día y mil y una de noche. Sí, a la misma hora en que termina el tiempo de las realidades y comienza el de los cuentos. Cuentos anónimos dedicados a vos a quien visto con otras ropas y llamo con otros nombres para así poder desvestirte y descubrir el centro perfecto que asoma en tu vientre hacia donde dirijo cada uno de mis adjetivos con pretensiones de amor. Unos pobres relatos con más penas que glorias y que nada más buscan acompañar a tus ojos por una hoja que, en realidad, está en blanco para el resto de los mortales; que no tiene ni una sola palabra escrita para esos otros que no forman parte de este manojo de soledades que te buscan desesperadas y hambrientas de tu gusto a casi todo.
     Y siento que si no te escribo me arriesgo a perderte para siempre y no sé si eso sería lo peor que me podría pasar o lo mejor que nos podemos proponer -si es que a esta altura aun nos queda algo por proponernos-. Algo que no sea una cama tibia para esas frías oscuridades nuestras que podrían abrigarse bajo el cobijo de lo que ya no es pertinente andar aclarando. No obstante, yo asumo mis debilidades y me obstino en responder todas las preguntas que quedaron pendientes de aquella vez en que no me preguntaste nada, en que sólo bajaste la escalera hacia el silencio, descalza para no despertar mis ganas de pedirte que no te fueras, que te quedaras a creer conmigo que siempre queda algo por más que uno pierda todo; que no te apresuraras a llevarte tus conclusiones ya que nunca intentaría hacerte cambiar de opinión. Porque tampoco es cuestión de obligarte a que te quedes a ver qué pasa con eso que fuimos antes de ser esto que somos. Antes de empacar tus dolores junto con esas falsas esperanzas de aliviarlos sin darme tiempo a que yo pueda obsequiarte una cajita de curitas que había preparado con mis tontas recetas escritas livianamente a mano alzada en un cuaderno viejo, para cuando te arreciaran esos calambres que eran pura angustia y que, me imagino, no habrán dejado de dolerte -como a mí me duelen ciertos remedios-.
     Por eso preferí escribirte, por si acaso, por si no aparece nadie esta noche que logre elongar una sonrisa en tu cara, o soplarte suavecito entre tus labios una brisa que anteceda al beso sanador. Por si para cuando llega ese momento de apagar la luz y bajar los párpados y lograr darle un respiro al cielo no tenés quien te acompañe hasta el borde del sueño a soñar que, en alguna parte, hay alguien que te quiere. Como yo.

RR


viernes, 6 de abril de 2018

LA HORA DE LAS SOMBRAS


     Lo que pasa es que pensé que no ibas a estar acá cuando me fuera. Pero resulta que sí, que todavía estás. Estás por todos lados: en las huellas de tus manos que quedaron sobre las paredes, en el olor de tu crema de enjuague en la almohada y en cada lugar donde intento ocultarte. Estás acá, como una sombra recortada en la cocina, tomándote unos mates lavados, de esos que a vos nunca te molestan pero que a mí, a decir verdad, llega un momento en donde me enfurecen hasta el punto de tener que sacarte el mate de las manos y arrojar a la basura la pobre yerba ya sin gusto que pide misericordia y cambio, como un delantero que dio lo último en esa corrida final tratando de que la pelota no se le vaya por la línea de fondo.
     ¿Por qué negarlo? Pensé que iba a estar solo y así, de esa manera, tener quizás la posibilidad de buscar mis palabras con paciencia, sin apuros y hasta haciendo trampa con el diccionario o con algún libro de donde plagiar alguna frase señalada en otros tiempos, bajo otras circunstancias, en otro contexto, y no en la penumbra de este escondite y de este silencio. No en esta vergonzosa escena de tapa de inodoro baja, sentado como un refugiado en mi propia casa escribiendo para no morirme, tratando de no tropezarme con algo o de no tirar el vaso con los cepillos de dientes (mejor dicho, con el cepillo de dientes). Porque no quiero levantar la perdiz, ¿entendés? No quiero arruinar esta carta de despedida que vengo pensando desde hace varios días. Inútilmente, claro, ya que, llegado el momento -este momento-, nada de lo pensado me sirve. Sí, es así como te digo: pensé que no ibas a estar.
     Y no quiero escribir esta carta -no la quiero escribir-, pero lo tengo que hacer. Por lo menos escribir cualquier cosa que ahora se me ocurra sentado en este inodoro, aguantando el estornudo que llegó como siempre inoportuno. No sé si por el polvillo de la escalera o porque otra vez se me vino el otoño encima, justo ahora que me había acostumbrando al verano, tan conveniente para ventilar la casa y tus humedades rezagadas. Y tampoco es que me esté quejando del otoño. A decir verdad, me gusta la danza de las hojas que son todas del viento y el sol tibio de la mañana. Pero llega un momento en que mi nariz se despierta y no hay nada que hacer. Como tampoco hay nada que hacer cuando se me despiertan las ganas de escribirte. Ganas incontenibles, caprichosas y procaces.
     Pero no así. No en este baño, encerrado, tratando de que no me escuches, ocultándome para que no te des cuenta de que sigo dando vueltas por tus aromas y tus sombras, de que todavía sigo dándole cuerda a tu reloj despertador que aun insiste en despertarme a las siete de la mañana y yo, por no querer estirarme hasta tu lado de la cama, lo dejo que suene, que te llame y te avise que ya son las siete, que si querés llegar a tomarte unos mates lavados va a ser mejor que te levantes. Eso sí, tené en cuenta que antes de que llegues a poner un pie en el piso, seguramente voy a querer abrazarte para afirmarme contra tu espalda y confesarte bajito al oído por enésima vez que nunca hubiese creído que te ibas a quedar otra noche, que no esperaba que te animaras a dejar tu pasado inmediato por un rato en tu departamento de contrafrente dejándome el terreno servido para construir alrededor de tu cintura una especie de cerco con los brazos; un corral improvisado para arriar las manos hasta tu pubis tibio como el sol de una mañana de otoño.
     ¿Te das cuenta? Por eso tenía todo más o menos planeado, para no caer en la tentación de escribirte esto que no debería ser escrito, que no debería ni siquiera ser pensado sobre este inodoro, en este baño, sintiendo un remolino que me levanta y me lleva la mano hacia el picaporte y me arrastra hasta el borde de la escalera buscando un resquicio por donde colar la mirada para poder verte, para revolver el puñal que a veces me olvido que está ahí pero que cada tanto… no sé, me vienen estas ganas de ver si todavía duele.
     Y claro que duele, ¡qué idiota que soy! En todo caso, debería buscar el escalón más cercano por donde asomar mi nariz aguantando el estornudo delator para tratar de capturar tu polen, esas partículas suspendidas en el aire, aparentemente invisibles pero tan radioactivas que todavía, si me me sorprenden con las defensas bajas como hoy, me transforman en un escritor compulsivo de realidades inconfesables, de pensamientos pecaminosos, de cobardías nauseabundas; y me ponen a estornudar -lo sabía- en plena escalera, exponiéndome sin remedio ante vos que pensé que no ibas a estar acá a esta altura del partido, en este tiempo de descuento que el diablo sigue adicionando sólo porque no tengo el coraje de patear la pelota afuera y conformarme con un empate. Quiero decir: conformarme con la fantasía de tu recuerdo pegajoso empujándome cada noche hacia donde jamás supuse que podría ir tan conforme: un abismo de palabras sin destino. (Aunque peor sería que algo inexplicable me condujera engañado hacia un libro de autoayuda como camino hacia el olvido a través de la meditación de Osho.)
     Ya ves, evidentemente, no puedo hacer como si nada pasara, como si vos no estuvieras en las sombras, como si estas sombras no existieran. Ni tampoco he logrado todavía hacer lo que haría cualquier persona decente: huir, salir de esta casa embrujada e ir en búsqueda de un vino barato en algún bar roñoso. En uno de esos antros en donde es posible hallar un par de viejos sabios que ya han olvidado hasta sus nombres; pero lo más importante, han podido someter a las sombras y así olvidado las esperanzas falaces y las ilusiones impostoras que provocan los recuerdos imborrables.
    Por algo esos viejos son sabios: porque han logrado todo eso que yo no lograré nunca. A saber, renunciar voluntariamente a respirar tu polen malicioso donde pervive invariable ese aroma tan tuyo. Ese aroma pernicioso que no es otra cosa que el aroma inolvidable de los amores perdidos.

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...