martes, 8 de octubre de 2019

UN TARDÍO PÁRRAFO INVERNAL (devenido en augurio de primavera)


     En un rinconcito, al costado de la ventana, hay una maceta, una macetita, una pequeña vasija marrón devenida en bóveda, en amparo, en refugio, en umbral. Debajo de ese umbral de esperanzas durmientes, se refugian los sueños de un personaje solitario, un poco introvertido, un tanto reservado. Él ha reservado los mejores días para sus peores momentos, para los malos augurios, para los resultados desfavorables, para esas tormentas que vienen para quedarse. Y se ha quedado ahí, al costado de su maceta, bajo la sombra del umbral, día tras día, lluvia tras lluvia. Y cuando llueve él siente que la vida se prepara para brotar algo de la tierra, para zanjar las distancias, para cancelar las deudas, para encontrar lo perdido. Pero él no es un hombre perdido, es más bien un militante de su propia dignidad, un luchador incansable de causas perdidas, un poeta del dolor que sigue al abandono del amor. Y si el amor lo encuentra un día nuevamente no será muy lejos de su maceta, sino al amparo de esos días que se fueron juntando en las hojas que cayeron en otoño y se pudrieron durante el invierno, cuando una lluvia denodada inundó el espacio vacío que se había llenado de silencio. Permanecer en silencio es uno de sus pasatiempos preferidos y se divierte tratando de cifrar las notas de unas melodías compuestas a medida que las piensa. Y cuando las piensa, piensa en ella, en ella y en su maceta devenida en bóveda de sus palabras que nunca escaparon más allá de su umbral, ni en los mejores días, ni en los malos momentos. Esos momentos cuando no lograba encontrar lo perdido entre las palabras. Porque esas mismas palabras saben que le corresponden a ella y a sus ojos marrones que riegan los tímidos adjetivos y los solitarios verbos. Unos verbos que él ubica pacientemente hundiendo una cucharita en la tierra donde se pudren esas hojas que caen cuando afuera truena y llueve y arrecia el viento y él no tiene más refugio que unas esperanzas durmientes y unos augurios que, si fuera por él, preferiría no tenerlos. Pero los tiene y tiene los ojos marrones de ella que llueven sobre su pequeña vasija devenida en custodia de sus mejores días, de sus peores momentos, de la distancia que lo abruma cuando sale de debajo del umbral y todo le resulta desconocido e imposible, como si se hubiese perdido en las palabras por buscarla a ella que ha devenido en la tierra fértil que todavía lo anima a sembrar hojas otoñales para que se pudran silenciosamente durante el invierno. Sin embargo, el invierno pasó y sin darse cuenta brotó la primavera mientras él estaba ahí, custodiando su maceta, su macetita, su umbral, su refugio devenido en vasija de palabras que le pertenecen pero que no le corresponden, porque le corresponden a esos ojos marrones que le llueven a veces y lo atormentan de a ratos y le soplan graciosamente las hojas y lo inundan de un silencio que ahora se pierde en una melodía esperanzada con mejores augurios para estos nuevos tiempos que vienen. Tal vez porque los que vienen sean tiempos de lluvias remanentes de tormentas pasadas que, al fin y al cabo, son los mejores momentos para escribir. Para escribir cartas para ella, claro, y para sus ojos marrones devenidos en causa perdida.

RR


domingo, 6 de octubre de 2019

SUBJUNTIVO


     ¿Adónde van los que no van a ninguna parte? ¿Adónde quedan los sueños ya soñados, los deseos ya cumplidos, los amores olvidados? ¿Dónde están los besos que me diste y que yo juré guardar para siempre? ¿Quién fue el desgraciado que un día nos dijo "siempre" y después tuvimos que aprender a vivir con todos estos "nunca" dándole cuerda a un reloj detenido, con un sinnúmero de contratiempos e imposibilidades que llueven a mares los domingos por la tarde cuando sólo quedan dando vueltas por ahí los suicidas y los sobrevivientes?
     Nos han engañado, querida. Nos han mentido una y otra vez. Mirá afuera, llueve a mares y no hay nadie que nos diga dónde cuernos estamos ahora, qué tan lejos está tu recuerdo de mi memoria, qué tan cerca está tu olvido de esta vida mía que se muere incuestionable. Afuera sólo llueve y estos pobres "siempre" se me empapan al igual que todos esos "nunca" que me dejás un verano tras otro en la memoria. 
     Pero no te confundas, no es esto tristeza y mucho menos un reproche de amante despechado. Esto no es más que lo poco que va quedando para vivir hasta que ya no quede más nada. Y una vez que eso suceda, no habrá ya nada que nos traiga de vuelta, nos habremos ido. Y ahí sí, ahí será para siempre. Para siempre siempre. Por primera vez aparecerá el único siempre verdadero, el de la muerte, el del hasta nunca, el que se lleva las mil palabras junto a esa única imagen que alguna vez pudo salvarlas.
     Qué idiota que he sido. Al menos dejame que te confiese eso. Horas y más horas escribiendo sobre tu ausencia cuando yo mismo me estaba convertido en una. Y así, como sin querer, cada palabra escrita fue un pedazo de sombra que se añadió a mi presente. Y ahora ya no soy más que una sombra, ya no queda de mí más que este presente imperfecto, sombrío y permanente que ocupa todos mis tiempos y que habla de todas las personas que he sido tratando de encontrarte: yo, tu, él; un nosotros inexistente, un vosotros desconocido... y allá ellos. Eso sí, al menos no habrá pasado del cual arrepentirse -y mucho menos enorgullecerse-. Y si hablamos de futuro... Bueno, eso pura metafísica, tema para los oráculos y las pitonisas, para el tarot y el horóscopo. Para las sombras como yo, querida, el futuro es apenas una triste entelequia de quien intentó tontamente huir del olvido. Pobre idiota... Nadie escapará jamás del olvido. Nadie podrá nunca ocupar un siempre permanente y real. 
     Sin embargo, y a pesar de la lluvia y del olvido eterno, a veces parece como si quedara una esperanza, una maldita esperanza, una resolana escondida detrás del cielo plomizo esperando su momento. ¿Será que la memoria luchará eternamente contra su propia extinción? No sé la tuya pero la mía es obstinada y rebelde cuando se trata de vos, cuando ya no hay margen de error ni "por dioses" en un bolsillo que quizás me permitieran al menos una borrachera sin esa resaca trágica que, en realidad, no viene de los vapores del alcohol, sino de los aromas de tu cuerpo que aún permanecen atados a mi olfato. Un viento huracanado con olores y sabores perfumados que me llevan directamente y sin escalas desde tu vulva a tu olvido, dejándome en la lona sin siquiera chance de tirar la toalla.
     Ya está, la lluvia ha cesado. Más tarde saldrá el sol o se vendrá la noche. Como sea, esto ha sido todo por hoy y todo se ha convertido en un ayer inapelable. ¿Mañana? Mañana no existe en ninguna parte. Como yo. 
     Hasta siempre. Hasta nunca.

RR


sábado, 14 de septiembre de 2019

SER HUMANO


Todo lo que tenía para dar se terminó cien veces ya.
Se terminaron los amores y el vino para olvidarlos.
Se terminaron las esperanzas y los recuerdos.
Se terminaron las fiestas y los desfiles
y los entierros de gente que ni siquiera conocí.
Se me terminaron las ganas de que amanezca
y se me terminó la suerte del desgraciado.
He barrido con mi cuerpo las penas del alma,
he matado uno a uno los sueños y las risas.
He dejado de llamar a la única persona que me atendía el teléfono.
He soltado todos los globos y todas las palomas
y todos los suspiros.
He atado una soga a un tirante y me he muerto de miedo.
He bajado las escaleras al infierno y vuelto a subirlas
por no encontrar refugio para mis demonios.
He cruzado los siete mares y he vuelto siempre al mismo pozo.
He renunciado al querer y al deber y al poder y al hacer.
He dejado que todo muera y renazca cuando tenga que renacer.
Me he trepado a los árboles buscando una mirada.
He saltado al vacío sin romperme un solo hueso,
sin agrietar una sola de mis intenciones
y he logrado salir pavorosamente vivo.
He fortalecido mis debilidades y he contado hasta diez.
He encontrado a la mujer de mi vida y me he ido sin despedirme.
He negado lo innegable
y no he logrado acallar los gritos que nacen adentro.
He callado mi nombre y el de mis padres.
He saludado a los desconocidos
buscando sentir calor en las manos.
He tirado al mar una botella con una hoja en blanco.
He escrito cartas para mujeres de otros hombres
y he abdicado en sus nombres.
He soltado una carcajada en cada universidad
y en cada templo.
He profanado la fe y los misterios, la magia y los saberes.
He vuelto a mi casa a escondidas y he llorado en la puerta.
He prometido siempre y nunca he hecho nada.
He salvado las distancias y he hecho las paces,
pero he roto las promesas y deshonrado mis palabras.
He querido más de la cuenta,
más de lo necesario y más de lo deseado.
He visto morirse a mi perro y al niño que se fue con él.
He llegado hasta acá sin saber cómo ni cómo he de seguir…

Pero he decidido quedarme y ser humano y equivocarme e intentar besarte aunque que me des vuelta la cara, aunque me grites que me vaya para siempre y jamás lo haga, y sentarme y escribir mi nombre al lado del tuyo en cada papel que encuentre, en cada pared de cada calle, en cada noche de cada vida que me quede. He venido a desafiar al destino y a las cartas que marcaron mi suerte, a bajarme del caballo y caminar descalzo detrás de tus huellas, a cortar la manzana del árbol y alimentar la serpiente y renunciar al paraíso de las camas quietas y heladas buscando arder en tu sexo hasta consumir la vida.
Sólo decime que no he llegado tarde.

RR


martes, 27 de agosto de 2019

RETAZOS SECOS DE UNA HISTORIA DE AMOR IMPOSIBLE


     ¿Yo? Yo no soy nadie, mi querida. Yo soy pasto seco, aljibe vacío, verso perdido. Yo soy un ignorante y un ignorado, una nube sin cielo, el espeso lugar para las interpretaciones ajenas. Yo, amiga mía, no soy más que lo que se ve, un espacio sin nombre al final de la lista de los redimidos. Yo soy un imperdonable, un ave de rapiña, un predador depredado. Soy una especie extinta que jamás debió haber existido; un sombrero en la cabeza equivocada, un amante echado de la cama, un paria en el corazón de la mujer de la vida de otro. Yo, ya que preguntás, ni siquiera he sufrido la desgracia de haber nacido para, aunque sea, morir contento batiendo al enemigo.

     Pero mejor así, mejor el desengaño anticipado a las expectativas, mejor la completa conciencia de la imposibilidad de encontrar un oasis en el desierto o una forma humana en mis huesos. Mejor disfrutar de una muerte segura que atarse a falsas expectativas de vida, a amores imposibles que solo son el inútil intento de perdurar en un corazón cerrado por demolición. Mejor prescindir de lo imprescindible, dejarse tragar por la tierra y soltar las palabras camino al infierno y que la historia la cuente otro. No, no ha valido la pena ni nunca la valdrá. La pena nunca valdrá la pena. Mejor aceptar que lo peor todavía ni siquiera llegó. Mejor creer que puedo maniobrar entre mis propias palabras sin sentido antes que atarme a la desgracia de someterme a las ajenas. Mejor así.

     Sin embargo, es una pena darle el gusto a los chismosos, darle una importancia que no tienen, una supuesta sabiduría que no poseen. Es una verdadera pena restringir las palabras para remediar el escaso tino de quienes se ven imposibilitados de acertarle al centro de sus propias cuestiones y disparan opiniones impunemente. Una pena, diría yo, no aprovechar en este mismo momento la impermeabilidad de los sentimientos para dejarse llevar y caminar contentos bajo la lluvia sin temor a empaparse, a rescatar caracoles del asfalto y devolverlos al pasto. Una pena, che, una pena... De todas maneras, gracias.

     Pero, ¿por qué miedo? No, miedo no. Porque nunca busqué ser ni siquiera un recuerdo: ni una ausencia en la vida solitaria de nadie, ni la presencia incómoda en una foto ajena. Jamás me comprometí a saldar las deudas que va dejando el tiempo, ni a llenar los agujeros que dejan los corazones cuando estallan en mil pedazos. Solo intenté satisfacer mi egoísmo y mis vanidades sin invitar a nadie a montarse en esta locura de querer ser yo quien escriba en documentos apócrifos un pasado mentiroso de alguien que, a decir verdad, nunca existió. 

      Así que no me malinterpretes, no existe valentía alguna en todo esto. Lo único que hago es escaparme hacia la cobardía de los pusilánimes, de los vencedores tramposos que se cuelgan medallas de lata compradas en un bazar y se venden al mejor postor. Porque no puedo cargar ni siquiera con el peso de la derrota, porque el mundo condena a los vencidos despojándolos de toda virtud para enlistarlos en las filas de la vergüenza. Entonces, no queda otra opción que ser este impostor que arroja la piedra y esconde la mano, que abre la boca y maldice los amores y alaba los desengaños. Y jura con gloria morir.

     Esta es la búsqueda del silencio, de las voces acalladas por la muerte, del adiós al amor que ya no volverá, de la mirada del niño aquel que fui y que no pudo acompañarme. Es la búsqueda de los próceres desterrados, de los autores anónimos exiliados voluntariamente en los diarios íntimos de los narcisistas, de los amantes clandestinos enamorados de lo imposible. ¿Qué busco? Lo que nadie quiere: convertirme en una sombra y desaparecer de esta tormenta de frases hipócritas y falaces para correr sin que nadie me vea a abrazarme a tu olvido.

     Y si hasta el sol tiene sus puntos oscuros. Si hasta el cielo más celeste en algún momento se cubre de grises y nos permite disimular las lágrimas debajo de las gotas que transpiran las ausencias y las angustias. ¿Qué esperás de mí? Si ni siquiera logro arrodillarme ante Dios para suplicar misericordia, si ya he perdido las ganas de suplicar y solo creo en tomar aquello que la tierra me ofrece, que tus ojos me brindan, que mis propias oscuridades me ocultan. ¿Quién podrá mantener los sueños a flote cuando el mar arrase con la arrogancia y el narcisismo de creerse indispensable? No, indispensables son los locos que nos hacen creer que estamos cuerdos; indispensables son la música y los soles y las oscuridades y los amores que jamás volverán. Aparte de eso, indispensable no hay nada.

     Y qué bueno que seamos solo algunos los que nos hundamos en este naufragio silencioso en la mediocridad, que haya aunque sea unos pocos que puedan nadar entre los restos mal olientes de las desgracias y sobrevivan y alcancen con su talento las costas de alguna isla perdida donde entierren sus tesoros. Qué bueno será cuando un día la marea desentierre los cofres y salgan a la luz aquellas emociones retratadas en una foto o en una pintura, anotadas en papeles o en canciones: las angustias y los fracasos, las soledades y los amores, la distancia que a veces hiere el tiempo y las alegrías inexplicables que nos ilusionan con una muerte sin dolor. Que bueno, amiga, que no te des por vencida ni aún vencida, ni aún en la más pavorosa de las derrotas que nos aguarda paciente, que nos acecha oscura de un lado y, quién sabe tal vez, luminosa del otro. En serio, qué bueno...

     Y así, sobre los silencios y las penas, se ha envuelto una alegría pasajera que se irá mañana o pasado o en un rato nomás, cuando acabe esta canción y tus ojos se cierren una vez más en mi corazón que los guarda junto al recuerdo del aroma de tu cama emplazada en medio de los cien barrios porteños que bailan entre tus dolores y mi lejanía que no es tal, que es solo una parte de esta historia.

     Entonces, vas a tener que esperar; por las lágrimas y por el enojo, por la risa y por el cielo rosa que anuncia los vientos que despejan. Vas a tener que meter los pies en el barro y rescatar el alma que se pudre al calor de la desesperación y el olvido. Sí, vas a dejar todo: los amigos, el trabajo, los maravillosos soles y los tormentosos atardeceres. Vas a dejar tu vida y tu muerte. Vas a dejar tu lengua llena de palabras sin destino y vas a escribir los poemas más tremendos y vas a escuchar las más tremendas armonías. Pero tranquila, va a aparecer. Un día va a dejarte una carta por debajo de la puerta en medio de la noche o va a soltar una palabra en el cielo celeste para que la veas, una palabra que solo vos podrás entender. Una sola.

     A la vez también entiendo (después de mucho tiempo de deambular por el desconcierto) que todo no es todo aunque sea algo, que el resto también importa aunque solo sea el resto, que los dires y diretes del día a día también pesan en la balanza donde todavía sigue pesando el recuerdo de aquella noche en tus sueños. Entiendo también que por más que glorifiquemos los besos y las bocas, las noches y los sexos, las manos y el alma, de vez en cuando hay nubes y ventarrones y tormentas que pueden desatar lluvias desgraciadas de tristeza. 

     Y todo finalmente terminó en silencio, entre el canto de los pájaros que agradecían la tormenta y proclamaban el final del amor. Todo fue jugado sin guardar nada, sin pensar en el futuro ni en las consecuencias de algo que aún ni siquiera existía. Y como toda flor debería marchitarse en la tierra, todos los amores deberían poder encontrarse antes del fin, antes de que el corazón profeta decida morirse dejándonos todos los adioses atragantados en la piel.

RR


jueves, 22 de agosto de 2019

SEGUNDOS ANTES


Que cuando la muerte llegue me dé al menos unos segundos para mirarme al espejo por última vez. Sólo unos pocos segundos, unos granitos más de arena que caigan de regalo para poder mirarme a los ojos y brindar por quienes ya no volveré a ver nunca, para poder dejarles en la puerta del túnel a cada uno lo suyo:

un apretón de mano en silencio a la vida, sin reproches, ni rencores, ni llantos porque, al fin y al cabo, cada uno hizo lo que pudo;

un abrazo a esos amigos póstumos que deberán inventarse algunas historias si pretenden declarar que me conocieron, que saben quién fui, qué cobardías me acobardaron y qué extraños placeres me llevaron a la ruina de encontrarme ahí, al filo del olvido;

una última sonrisa para mis padres que ya deberán haberse ido antes que yo, antes de que hubiese sido posible romperles el corazón violando esa ley natural que dice que los padres deben irse antes que los hijos; porque si existe la vida después de la muerte, no queda mucho más que la muerte cuando los hijos se van antes que los padres;

un cariño imperecedero a los perros y los gatos que circundaron mis tristezas a la hora de las soledades desprevenidas; una última caricia de niño a sus miradas que dijeron todo lo que hizo falta en el momento justo;

y por último, un último párrafo, escrito como este desde las sombras, para los amores que me mantuvieron con vida mientras moría por ellos, que sostuvieron el vilo de la fortuna del encuentro hamacando mis alegrías en el columpio de sus intimidades; intimidades a las que pude acceder alguna vez aunque sea por un rato y que ahora recuerdo como esos días felices que me uno se lleva a cambio de saldar finalmente la deuda con la muerte inexorable.

Y quien sabe, tal vez mi muerte finalmente llegue ahora mismo o en unos segundos, apenas caigan estos últimos granos de arena que, ahora que lo pienso, no recuerdo haber visto antes de comenzar a escribir...

RR


martes, 6 de agosto de 2019

¿SERÁ POSIBLE?


     Usted no sabe de mí porque yo soy quien nunca ha sido y quien probablemente nunca sea. Yo soy ese que permanece hundido en temores, en arrepentimientos de último minuto, en miedos importados de sentimientos ajenos. Por eso usted no sabe de mí. Pero, créame, yo existo.
     Detrás del silencio de quien la añora y le escribe desde una distancia y un tiempo infinitos, estoy yo, abrumado por la soledad que me ha sido impuesta por un hombre que piensa que usted podría sentirse invadida, quizás también abrumada por saber de mi existencia. Pero yo existo. Y aunque sólo exista por usted, es justo y menester que le confiese que si no fuese usted, probablemente sería otra. Pero eso es harina de otro costal. De este costal son mi existencia y la suya, y son todas esas cosas que me gustaría hacerle saber, hacerle llegar, adjuntarle con un abrazo que arme a nuestro alrededor un corral donde liberar mis sueños acorralados, mis decires sometidos, mis cuentas irresueltas.
     Discúlpeme, tal vez esté siendo un tanto atolondrado al expresarme. Es que me ha sorprendido la negligencia de mi carcelero que se ha descuidado e inesperadamente me ha dejado librado a mi suerte -y claro, a la suya-. Por eso debo aprovechar este momento para contarle quien soy.
     Yo soy ese que vive en la oscuridad de este señor que la admira y la desea sin jamás solicitarle un favor o una gracia. Este buen hombre que anda ahora por ahí perdido por las calles, sin animarse a abandonar ese falso desconcierto para ir hasta su domicilio a golpear su puerta esta misma noche. Un hombre armado nada más que con el coraje ficticio que nace de la locura de creer que sólo sería un posible candidato a meterse en su cama por una distracción del destino. No lo juzgue mal, no es un pelele cobarde y deslucido, ni lo hace de mala fe. Es que él sostiene con vano orgullo la bandera del amor como un encuentro mágico y no como un tesoro que debe ser buscado con mapas apócrifos entre señales inexistentes. Es por eso que él nunca se animaría a presentarse intencionalmente un día cualquiera en alguna de esas encrucijadas que usted transita de vez en cuando. Nunca sería capaz de acercarse hasta sus surcos para caminar a su lado con la sola excusa de cobijarse del desconcierto general que provocan los años que pasan, las horas que se suceden y que van dejando recuerdos como hongos plagados en la memoria.
     Sí, así es, yo soy uno de esos hongos. Una mancha de humedad que se ha esparcido hasta los límites del decoro de este tipo que, déjeme que le diga, la quiere. Sí, la quiere. No es que sólo la desea y anhela llevar a buen término ese deseo para satisfacer su ego o los instintos que lo poseen cada vez que piensa en usted. No, él la quiere y suspira su deseo en silencio ocultándolo en su sombra hasta que el sol se pone y, entonces, aúlla su nombre en la oscuridad de la noche desprovisto de cualquier forma humana, para atravesar finalmente el duro proceso de transformación que lo convertirá nuevamente en un tipo común y corriente, sin una sola marca en su piel que permita sospechar del río de lava que corre por sus venas y lo consume cuando una mujer con esos rasgos suyos tan particulares se cruza en su camino.
     Porque su peor castigo consiste en la fantasía de ver en todas el talle de su cintura, el color de sus ojos, el plano que corre desde su frente hasta la punta de su nariz. Él cree percibir en todas las mujeres que caminan a lo lejos, su indiferencia y su despreocupada libertad. Esa libertad que usted expone en sus pasos, que seducen su mundo de probabilidades negadas y que logran, aunque sea por un momento, sacarlo de su escondite y lanzarlo a la conquista inútil de hojas y más hojas que de nada sirven, que sólo lo retrasan y le impiden acudir al remedio infalible del olvido. Un remedio que, por otra parte, terminaría definitivamente conmigo.
     ¿Me entiende ahora? ¿Entiende este apuro que me ha empujado esta vez a mí sobre esta hoja que ha caído no casualmente en sus manos? Porque, así como todo esto no es una casualidad -ya sé que usted no cree en ellas-, no es tampoco el destino, ni es un designio misterioso. Nada de eso. Todo esto no es ni más ni menos que el producto de mi intencionalidad declarada, de la mismísima realidad abriéndose paso entre los guardianes que custodian el muro que aquel pobre hombre jamás atravesará. Y si yo he llegado hasta usted es para que sepa que el tiempo se me acaba, que las muertes se suceden llevándose las horas que parecían interminables y que me mantuvieron escondido entre líneas, en esos espacios donde él esconde su nombre.
     Y usted quizás piense que él es un cobarde, que si verdaderamente la quisiera como dice quererla, no le importaría lanzarse a un naufragio seguro, ni nada le impediría nadar hasta la orilla de su isla desierta para internarse en su valle encantado. Y puede ser que usted tenga razón. Pero eso ya no me corresponde juzgarlo a mí. Porque yo no creo como él en el milagro del amor ni en los encuentros casuales. Ni siquiera creo en este mapa que traigo en mis manos y que yo mismo he dibujado con determinación y pretensiones verdaderas.
     Porque yo, querida, sospecho que usted tampoco es quien dice ser. Dígame, por favor, si es posible esto. ¿Es posible que usted sea también un personaje de una historia como la mía, un títere movido por los hilos de otra persona igual a este hombre de quien le he venido contando? ¿Es posible que, al igual que yo, haya estado usted esperando un momento de distracción para huir de ella? Por favor, déme una respuesta. ¿Es posible que haya soñado usted con el día en que yo llegase como he llegado ahora finalmente hasta su puerta para librarla de unas cadenas que la mantienen cautiva en un silencio que todos creen que es olvido? ¿Será posible que seamos nosotros los verdaderos escritores y ellos sólo los personajes de una historia mal contada?
     Vamos, aprovechemos, volemos al cielo que nos espera afuera de esta jaula hecha de papeles y palabras estériles, huyamos del fastidio de ser ellos y seamos de una vez por todas nosotros, tal vez no tengamos otra oportunidad.
     Tome mi mano, agárrese fuerte. Nos vamos para siempre.

RR


martes, 23 de julio de 2019

CUANDO LLEGUE EL DÍA


Mirá mis manos encalladas, cuarteada la piel, con sus líneas que ya no conducen sino a la muerte. 
Mirá mis uñas astilladas, mis nudillos sangrados. 
Mirá mi cara envejecida, arrugada y mugrienta. 
Mirá mis ojos achinados, ciegos, vacíos. 
Mirá mi pecho hundido y mis brazos entumecidos. 
Mirá mi sexo agotado, mis piernas flacas y mis rodillas trabadas, mis pies heridos y ya sin pasos. 
Mirame, mirame bien. 
Esto es todo lo que le dejo al mundo, esto es todo lo que tengo para alimentar la tierra: un cuerpo listo para pudrirse en el olvido de la gente, para alimentar las plantas y los gusanos, para consumirse en el fuego o para ser descuartizado por la ciencia o por los perros, da igual. 
Mirame y date cuenta de lo que el tiempo le hace a la carne y a los huesos, cómo corroe las esperanzas y los deseos, cómo apacigua las pasiones y las furias. 

Vamos, mirá todo lo que quieras mirar. 
Revolvé mis cajones y mis papeles. 
Arrimate a mi guitarra que siempre tiene algo que decir. 
Buscá entre los libros las notas de un pasado que esperaba un futuro. 
Escuchá mis discos con las rayas de las horas en mis canciones favoritas. 
Releé mis cartas entre líneas. 
Abrí los cuadernos que contienen borradores humedecidos y sin correcciones. 
Subite a mi viejo auto y manejalo a cualquier lugar para recuperar una de las formas que tenía mi felicidad a veces. 

Una vez que hayas hecho todo esto, habrá sido todo, querida. Porque no hay nada más que eso y todo aquello que nos hemos dicho, que nos hemos besado, que nos hemos derramado con las piernas entrelazadas y la mente en blanco.
No hay más nada que todo eso que nos dolió en el alma, que nos rompió el llanto, que nos dibujó una sonrisa y nos parió cada día. 
No hay más nada que lo que vivimos, lo otro fueron sólo planes, suposiciones, sospechas, presunciones, pronósticos, esperanzas, expectativas… Nada. 

Es necesario entender que no seremos nunca, más de lo que fuimos. 
No seremos un espíritu santo ni un mesías crucificado. 
No seremos ni almas en pena ni ángeles milagrosos. 
No seremos héroes ni mártires. 
Y para nosotros, sólo para nosotros, seremos nada más que un amor pretérito imperfecto conjugado de momentos buenos y malos, de triunfos y derrotas. 
Seremos nuestro mundo, combatido, luchado y conquistado en el barro. 
Seremos un reflejo más de un sol terco que vuelve a salir a pesar de la noche y la luna, de vos y de mí, de la vida y de la muerte. 
Así es, seremos todo eso que negamos hasta último momento, hasta el suspiro final. 

Y entonces, cuando todo eso también deje de ser, seremos finalmente el silencio que nace en este mismo instante. 

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...