jueves, 9 de julio de 2015

BOTAMANGA, EL RESTAURADOR DEL FÚTBOL


     ¿Por qué jugaba Botamanga? ¿Qué era lo que le importaba a la hora de desplegar sus alas de hada de la Tierra del Fraseo Futbolístico: el juego o el resultado?
     Durante años hemos sido expuestos a la dialéctica confusa que han propuesto menottistas y bilardistas. El fin o el medio. La belleza o la eficacia. Dulce o salado. Pues bien, un día, después de un breve hiato en mis investigaciones sobre mi ídolo, decidí volver a la carga para intentar hallar la respuesta a estos interrogantes que, como el resto de la misteriosa leyenda de este ser tan voluminoso como genial, quizás logren aceitar los gastados engranajes del mediocre periodismo deportivo actual.
     Ya he contado en otras oportunidades que Botamanga Varela no se ajustaba a descripciones precedentes. Con sólo un pequeño destello de su luminaria derecha era capaz de eclipsar las sombras fantasmales que desplegaban los mediocres y toscos rivales que groseramente se oponían a su arte.
     Alguna vez, su hermana Mechi me había comentado que existía un personaje oculto en la mágica historia de este Quijote del balón. Así es, existía una mujer que había conocido a Varela como pocos y que, según contaba el chusmerío opróbico, todavía moraba en los alrededores. Me propuse sin más encontrar a esta mujer.
     En cuestiones femeninas, Botamaga había sido siempre muy discreto y selectivo. Nunca nadie le conoció un amor, aunque era de dominio público que todas amaban a Botamanga. Todas soñaban con deslizarse eróticamente sobre su sudor prominente luego de un jueves de gloria futbolística desmintiendo las leyes de la física con el efecto imposible de los esféricos acariciados por su pie derecho, y acobardando a los cirujanos más renombrados que huían despavoridos al ver la ingesta monumental post partido de Varela.
     No fue fácil encontrar a esta mujer desconocida. Después de mucho revolver entre documentos y potes pegoteados de dulce de leche, que formaba el cuantioso archivo que poseía de mi ídolo, logré dar con una pista. En la periferia, apartada del ruido de la ciudad, fluía la vida de una muchacha pequeña de mirada fulminante y costumbres esquivas que me abrió las puertas de su casa una tarde de domingo gris. Inmediatamente al verla pude confirmar dos cosas: una, era ella a quien buscaba pues respondía ciento por ciento a la descripción que me había hecho Mechi de aquella mujer secreta; dos, me había enamorado perdidamente de ella en ese mismo instante.
     Renata Verdi abrió la bóveda de su alma recordando a su viejo amigo y trayendo de los anaqueles de la memoria los más inverosímiles recuerdos que, una vez más, hacían flamear la bandera de la esperanza de salvar a la humanidad de su destino aciago. Falsos profetas que no podrían sostener un día más sus engaños luego de que el santo grial de este Mesías del fútbol fuese rescatado del mito para ser colocado como corresponde a la vista de todos, desde jóvenes marcadores de punta con anhelos de volantes ofensivos, hasta inescrupulosos leñadores centrales con las más deplorables intenciones contra la única religión que habitarán los verdaderos apóstoles de este juego sin igual: la religión monoteísta de Botamanga Varela.
     Y pido permiso a partir de este momento, porque no sería justo contar esta historia esgrimiendo una falsa objetividad, no sólo con respecto a Botamanga que, como bien saben todos, soy incapaz de sostener pues sus amistosos dones han logrado reconciliarme con la vida, darle un sentido que antes no tenía al contar su historia, la historia interminable de la lucha entre el bien y el mal; sino con respecto a mi interlocutora, Renata Verdi, de quien tampoco puedo declararme libre y soberano ya que durante aquella entrevista nunca logré ser inmune a sus encantos y caí vencido cual soldado rosista en Caseros sin lograr revertir jamás el poder de su embrujo que aun hoy me persigue por los campos inhóspitos de la derrota amorosa.
     Pero, sin embargo, nada de lo que esta ninfa homérica me contaba podía sorprenderme del todo, pues yo estaba bien seguro de los poderes sobrenaturales de Botamanga y conocía perfectamente cada detalle de sus movimientos estratégicos dentro del campo de juego, cada efecto alucinante que podía tomar el giro orbital de la pelota luego de abandonar el empeine de su pie derecho, cada condimento que podrían adornar los kilos de lechón que era capaz de engullir el Gran Varela mientras otros claramente más esbeltos que él rescataban la pelota clavada en el tinglado del complejo deportivo luego de alguno de sus delicados tiros libres.
     Pobre de mí, que mientras escuchaba a Renata, no conseguía sacarle los ojos de encima ni un momento. Mi alma volaba embelezada en vuelo triunfal junto a mi mente de águila guerrera que tantas veces la había interrogado ferozmente acerca del tiempo restante para que decidiera finalmente entregarse rendida a los vulgares placeres de las mujeres fáciles y así dejar de perseguir inútilmente sueños imposibles. Rápidamente pude descubrir que Renata, aparte de tener un aprecio inocultable por Botamanga, también había caído presa alguna vez de sus encantos. Ella intentó disimular este hecho pero yo, que soy un buen observador (sobre todo de las mujeres que huyen inexorablemente de mi presencia), descubrí este dato irrefutable. Hablamos durante toda la tarde repartiéndonos mates y miradas y, como sucede siempre con los ratos amables, mi tiempo a su lado se extinguió mucho antes de lo que yo hubiese deseado. Porque lo que yo deseaba era quedarme a vivir en sus horas por siempre. Imagínense, poder despertar cada mañana al lado de la mujer que tantas veces había soñado como una causa justa para abrazarme a la muerte; y que fuera ella, justo ella, Renata Verdi, la persona que más sabía de Botamanga Varela en este mundo, la testigo de sus pormenores y sus secretos, la fiel guardiana de los testimonios más inolvidables, de las imágenes veladas a la opinión pública por tantos años, de las recetas de antiácidos y los resultados deplorables de cada estudio médico que se había realizado nuestro yogui de la trascendencia futbolística cada viernes por la mañana después del coma que inevitablemente seguía a la ingesta post futbolística de los jueves por la noche.
     Una vez más, Botamanga marcaba mi vida contundentemente. Ya no era sólo mi ídolo, la cruz del sur que me guiaba por los esteros desolados de mis noches solitarias, sino que se había convertido sin saberlo en la Celestina que me expuso descarnadamente al crudo relámpago del amor inconfesable, a la dolorosa monotonía de la borrachera de ansiedades que me dejaron hecho un pelele sufriente añorando a Renata Verdi, tirado entre papeles y documentos valiosísimos que se iban tiñendo con la tinta enloquecida de poemas de amor y canciones desesperadas. Y en esas noches de tormentos que desgarraban mi alma nada lograba consolarme, ni la guitarra en el ropero, ni la lámpara en el cuarto, ni aquel espejo que lloraba su ausencia. No, la única cosa que pudo rescatarme del precipicio infinito de aquel fracaso amoroso fue mi destino de biógrafo de este ser intergaláctico, de este barrilete cósmico. Gracias a eso, Renata Verdi arderá en mi corazón por siempre mientras yo atraviese el Universo buscando el planeta del que vino Botamanga Varela.
     Sí, nada logrará detenerme en la persecución de mi obra ineludible. Me he propuesto resolver las ecuaciones que hagan falta para despejar cualquier equis maliciosa que pudiese empañar el recuerdo de Botamanga. Y aunque deje jirones de mi vida en el camino, yo levantaré su nombre y lo llevaré como bandera hasta la victoria.
     Entonces, ¿qué era lo que nuestro corsario invencible disfrutaba más: la belleza, esa armoniosa sincronía entre sus deseos y la trayectoria ecuménica del balón por él tocado, o el marcador final que ponía un sello definitivo a las especulaciones de quienes necesitaban ordenar el ranking de los mejores? ¿Qué causa, qué razones, qué circunstancias alentaban a Varela a empujar cuesta abajo por la autopista al infierno su Dodge 1500 cada jueves por la noche para acercarse humildemente a la guarida de los feroces vampiros de las defensas contrarias que anhelaban beber de su sangre una vez depuesta la esperanza que desplegaba su juego mediante un golpe totalitario y vil a sus delicados tobillos? Pues bien, después de mucho investigar entre viejas fotos y aquellos nuevos datos que me había provisto mi amada inmortal, mi Venus inalcanzable, mi destino inolvidable para todas mis ansiedades futuras, pude llegar a una conclusión: lo que animaba a Botamanga cada jueves a mover su vara mágica, asombrando a todos aquellos que buscaban ser rescatados de sus tristes destinos de sapos para ser convertidos en príncipes de un reino gobernado con hidalguía por su derecha inefable, no era elevar del fango de la lucha miserable un juego ya pervertido por el dinero y la corrupción moral, ni tampoco la necesidad de figurar en las estadísticas frías que dicen desabridamente que los magros resultados que obtenía cada noche el equipo de Botamanga eran una muestra clara de que ganar es todo.
     No, señoras y señores, nada de eso importaba cuando le llegaba la hora de abandonar todo, de dejar los placeres sexuales que le eran dispensados por sus innumerables admiradoras (y se comenta, aunque no he podido comprobarlo certeramente, de algún/a admirador/a de rasgos más bien masculinos); de retrasar el arreglo de esa perversa gotera que hacía estragos en el fino tapizado de su verde Dodge 1500; de recaudar el dinero necesario para abonar el servicio de televisión por cable que generosamente dividía entre las seis manzanas circundantes a su casa en las afueras de la provincia. Nada de eso podía poner palos en la rueda de la maquinaria biológica que comenzaba a funcionar apenas asomado el sol de cada jueves que le avisaba cual gallo despertador que era ese el día del ágape nocturno y que jamás nada lo detendría en la consecución de superar su record anterior de deglutir en menos de una hora cinco choripanes, veintitres chinchulines, un vacío, dos costillares y cuatro flanes adornados con generosas cucharadas de dulce de leche. Y si para lograr aquello debía poner en juego su prestigio, el honor de su nombre y el estado calamitoso de su sistema vascular para acrecentar su leyenda al ritmo que acrecentaba su talle, pues lo haría. 
     Porque así como algunos hemos sido elegidos por un azar inescrutable para alzar mediocremente la pluma en la penosa tarea de ocultarnos de nuestros amores y así intentar sobrevivir a los embates de la memoria cruel, otros han sido elegidos por los dioses de un Olimpo más lejano y glorioso que el de Bahía Blanca para ahuyentar los demonios que meten su cola tratando de hacernos caer definitivamente en el aljibe de la pena. Por eso es mi deber continuar a pesar de todo, cueste lo que cueste, con esta tarea de despejar cualquier neblina que pretenda ocultar el brillo incomparable de Botamanga Varela, mi ídolo.

RR


martes, 7 de julio de 2015

LA TIERRA DE LOS HOMBRES FELICES


     Vení, pasá por acá, dejame guiarte por la Tierra de los Hombres felices, de los que han dejado el corazón en otras manos para beneplácito de los poetas y como consuelo de los malditos. 
      En esta tierra habitan los que han llegado luego de perdurar por siempre en corazones ajenos y distantes para todos sus suspiros y todas sus palabras; para sus falsos logros que jamás le importarán a nadie. Estos seres son personas acaso sombrías pero, sin embargo, sociables una vez que uno logra establecer una relación con ellos -aunque siempre será una relación distante, una comunicación por lenguaje de señas-. Y sus señas siempre saldrán de los agujeros y los silencios que interrumpen sus memorias, que destrozan cualquier intento de hacerlos recordar. Porque ellos ya no quieren recordar, ellos quieren ser felices. Es por eso que han decidido venir a vivir acá la vida de los muertos, la felicidad sin motivos. La sonrisa del payaso dibujada por encima de la tristeza eterna.
      En la Tierra de los Hombres felices no se escuchan murmullos, nadie habla en voz baja. Quien tiene algo para decir, lo dice y ya. Y quienes quieren escuchar lo hacen, y si no se marchan, se retiran en silencio sin dar opiniones superfluas e innecesarias, sin apresurarse a refutar la intachable sabiduría de una boca que sabe callar.
      En la Tierra de los Hombres felices el amor es el más santo de los pecados y todos quieren ir hacia ese infierno que los devore y los torture. Todos quieren encontrar el celo que los arrastre como animales salvajes sin que importe caer en las garras del olvido. Al fin y al cabo, el amor y el olvido son la misma cosa, las dos caras de una misma moneda. No existe en esta tierra ninguna chance de olvidar un amor si no es con otro; como no existe un amor que no vaya a morir en el olvido un día.
      Sin embargo, son hombres felices, seres conscientes del dolor de estar muriendo de por vida. Porque en la Tierra de los Hombres felices, los hombres mueren de verdad y no necesitan lápidas ni epitafios que los recuerde, pues la memoria de sus muertos nunca muere y eso los hace aun más felices. Porque los Hombres felices saben que sin la muerte no podrían ser felices, andarían como sonámbulos sin descanso, no podrían sostener de ninguna manera la feliz tragedia de buscar a la mujer de sus vidas, a los hombres de sus sueños. Saben que buscar la salvación de la muerte es la madre de la violencia, y ellos prefieren morir en el sudor manso que recorre la espalda cuando unos pechos anhelados en la intimidad se descubren y tocan la piel del adversario en un partido que, si no se tiene el coraje de animarse a perderlo, no sirve de nada jugarlo.
      Y los Hombres felices lo saben. Saben que morirán un día después de reír y llorar, después de brindar por el último destello de luz que saldrá del recuerdo del que viven huyendo. Saben que si no fuera por la muerte jamás podrían haberse curado de las soledades de la vida.
      Por eso es que los Hombres felices somos felices. Porque sabemos que la felicidad no se consigue ni se pierde, no se compra ni se vende. La felicidad se persigue detrás del aroma y la tibieza de una tarde de verano, a la sombra o al solano, abrazados a unas piernas o en la compañía de una canción desesperada que, como sabemos bien, está hecha para nosotros, para los hombres felices que confesamos mentiras porque nuestras verdades son inconfesables. Sí, los Hombres felices somos capaces hasta de animarnos a escribir descaradamente y sin vergüenza desde el pasado para los futuros de mujeres atadas a las melodías de violines desolados. Mujeres que evocan en los dolores de sus cuerpos arrepentimientos inservibles y añoran una felicidad que, aunque no lo admitan, está ahí, al alcance de la mano, a unos pasos de distancia, justo antes del final de este cuento que pienso dejar acá, en la puerta de entrada a la Tierra de los Hombres felices.

RR


Foto: Andrea Alegre

jueves, 2 de julio de 2015

LOS DÍAS POR VENIR


     Los días por venir no vendrán. Eso te lo puedo asegurar yo que ya ni siquiera existo en este texto que ha perdido la gracia como yo he perdido las ganas de escribirlo. Esos días no son nada, consisten únicamente en un perverso entretenimiento entre la imaginación y un corazón desolado. Los días por venir son hijos del morbo del fracaso del presente, de la persistencia del pasado, de la lucha infatigable de algunos amores por volverse eternos. Una lucha sin ganadores.
      ¿O vos qué creés que estamos haciendo ahora los dos acá? ¿Qué otra cosa estamos haciendo sino siendo eternos, espiándonos a escondidas, ojeándonos las cartas para ver si nos podemos anotar algún poroto? Y si no te canto vale cuatro es por ya te lo canté mil veces e hice de cuenta que no te veía cuando vos caminabas para otro lado a jugar al ajedrez o a la rayuela, arremolinando caballeros alborotados y deseosos de arrojar la piedra cerca de tus cielos.
     Y ya que a mí me toca repartir las cartas, mientras lo hago me pongo a revolver entre la maleza buscando esas palabras que ya nadie usa ni quiere. Persisto en el intento vano de hallar algunas que se parezcan a esas casualidades que se asemejan al olvido. Construyo débilmente pequeños hiatos dentro de las horas que ya no están más por acá, que se han ido irremediablemente hacia la muerte y que no son plausibles de reclamos.
     Así es, nada de lo que estoy escribiendo existe ya, nada será posible de repensar o de corregir -tampoco de devolver-. Ni hablemos de arrepentirse, porque no sirve para nada. Porque si sirviera para algo ya lo habría hecho, ya habría armado otra vez un pequeño bolso para ir a esa plaza a rescatarte de la tortura de estos párrafos sin nombre pero con un destino preciso que vos bien sabés cuál es. Porque ellos te merodean acechantes y desconsiderados a cualquier hora. Sí, es ese destino, ese mismo que estás pensando, ese que te persigue de a ratos y te llena de dudas y se apoya en tu hombro y te recorre por la espalda como un sudor helado que te retuerce la columna vertebral como a un trapo de piso empapado, y se cuela entre tus piernas hasta dejarte sudando sueños como una adolescente esperando su primer amor. Sí, ese mismo, el de los días por venir.
     Pero supongo que ya no es posible porque, como te conté, ya no están esos días, se han ido hace exactamente un rato. El rato que me llevó llegar desde el pasado nuevamente hasta acá, hasta esta última oración por la que tus ojos caminan lentos hacia la puerta de salida. Desde donde en silencio y sin remedio mirarán para otro lado y me dirán una vez más jaque mate.

RR


jueves, 25 de junio de 2015

MÁGICO MUNDO DE COLORES


     ¿Sabrá ella que sin mí no es nada? ¿Entenderá algún día -cuando todo haya finalmente terminado- que yo era imprescindible para ella mucho más que lo importante que era ella para mí? Porque, seguramente, ella está ahora sentada en su silla repasando las pruebas que aun no me animo a destruir y que me ponen inmediatamente en evidencia ante el mundo, dejándome en una situación casi vergonzosa y dándole vida a un personaje, por suerte, ya fenecido y enterrado (aunque no olvidado, eso nunca).
     Yo sé que ella está ahí, escondiéndose del miedo a que nadie la quiera, revolviendo entre hojas y más hojas cargadas de palabras desteñidas y miserables que apelan al revisionismo de los sentimientos, algo -como todo el mundo sabe- imposible de ser llevado a cabo. Lo que no sé es por qué aun no he juntado el coraje de arrojar un fósforo sobre esos documentos que prueban irrefutablemente mi absoluta falta de jerarquía, ya no como aficionado a la escritura, sino como persona civilizada. Y no digo como ser humano porque todos sabemos lo difícil que es definir precisamente qué es ser humano. Tal vez su problema y el mío sean, al fin y al cabo, el mismo: ser humanos, no conformarnos con la realidad, con la cadena eslabonada entre causas y consecuencias que nos trajeron hasta este lugar y que deberían haber sido aceptadas y rubricadas sin quejas ni peros.
     Y, entonces, andamos por la vida creyendo en historias, si no falsas, al menos improbables. Nos creemos merecedores del protagonismo de las canciones que cantan los trovadores, funestos criminales que propagan ideas desestabilizadoras de la moral y las buenas costumbres, que nos hacen creer en amores predestinados a encontrarse y reconocerse a pesar de la inmensidad del mundo y el caos perfectamente organizado para evitar estos encuentros (algún día habrá quien emprenda una cruzada justiciera contra estos rufianes).
     Y así como nos apropiamos de las canciones, nos metemos de polizones colados en las historias que relatan otros criminales de la talla de aquellos que ya nombré y que, a través de acontecimientos completamente inverosímiles protagonizados por personajes inventados, arman cuentos fantasiosos en donde se proclama sin prurito alguno que enamorarse sin remedio es algo que le puede suceder a cualquiera, haciendo innecesaria ninguna otra razón para que esto suceda más que el deseo de sucumbir cobardemente ante la atracción desmedida y esa falaz creencia en miradas que se encuentran y se entrelazan en una danza tribal que empuja a los cuerpos a la más absoluta desesperación por desvestirse y juntarse y acoplarse como si no hubiese un mañana. Estos subversivos del orden lógico intelectual son los responsables de crear en los márgenes de nuestra sociedad peligrosas cuevas y sucios reductos clandestinos en donde quienes los siguen intentan desestabilizar un orden que se sabe incuestionable y sagrado.
     Por todo esto debe ser que ella y yo somos lo que somos: dos pecadores culpables de querer transgredir los límites del decoro creyéndonos capaces de querernos en silencio, sin dar nombres, sin pactar normas, sin pedir permiso. Y cada uno lo hace a su manera: ella desde esa silla que ahora le sirve de escondite para leer esto y hacerse la distraída, la que no me ve, la que no tiene por qué hacerse cargo ni de algo que ella no creó, ni de esta otra manera. La mía, la que practico desde acá, desde esta otra silla que apunta a una calle mojada, a un cielo gris, a ese breve espacio en donde ella no está. La hoja en blanco que debe ser coloreada con los colores que no son otros que los de ella, colores imposibles con pretensiones de destino irrenunciable, colores que no son puestos a consideración de ningún crítico, que brillan de acuerdo a la velocidad y a la apertura de mis días y que no buscan ninguna otra cosa más que acariciar un mundo que ella no sabe que, en realidad, no existe. Un mundo que nada más aparece como un arco iris de vez en cuando, cuando se me antoja, cuando llueve o cuando necesito creer que el mundo es otra cosa, un lugar mágico y amable, y no esta cloaca de seres sin alma mirando indiferentes los dolores propios y los ajenos, inventando fechas celebratorias de virtudes que no poseen, desestimando la locura de los amores incurables y las pequeñas alegrías que burbujean en la saliva que recorre el beso de dos personas que se quieren como si no hubiera un mañana.
     Un beso como el que dejaré entre líneas para ella al cerrar este nuevo testimonio autoincriminatorio para sus días venideros. Días que en realidad tampoco existen, que sólo son el producto de mis acostumbrados desvaríos y de una necesidad imprescindible de que ella sepa lo importante que es para mí.

RR


Foto: Guillermina Raggio

viernes, 12 de junio de 2015

LOS LIBROS PERDIDOS DE WILLIAM SHAKESPEARE


a Anita

     No es cierto. Todo ha sido una gran confusión malintencionada, un desencuentro entre los protagonistas, sus hechos y las consecuencias de estos, provocado por la acción vil de un ser malvado que será juzgado finalmente por la historia. Pero también, quienes pretendan seguir manteniendo la mentira a partir de este momento, serán puestos a disposición del castigo ejemplificador de la verdad sin atenuantes, del escarnio público que merecen los saboteadores de la memoria. Todo lo que estoy a punto de relatar sucedió en realidad y no existe documento o leyenda que pueda desmentirlo sin apelar al engaño y a la trapisonda discursiva.
     Yo soy William Shakespeare. Soy yo quien ha sostenido la calavera y ha escalado el balcón en donde se reúnen quienes jamás han leído una palabra mía. He sido yo quien ha vivido errante entre Venecia y Dinamarca. He sido yo quien ha amado hasta la locura del suicidio empuñando la pluma como un arma para combatir una ausencia. Es en mí donde residen los paisajes de las escenografías que le dan vida a las obras de un falsario plagiador. Con el sonido de mi voz se han compuesto las canciones que resuenan en los teatros y en las óperas, en las calles y en las tabernas.
     Sí, yo soy el poeta. Y aunque jamás haya publicado una sola palabra, he vivido todo lo que se ha escrito en mi nombre. He sido víctima de un canalla que ha desvalijado mi propia vida para usufructuar de ella miserablemente y sin escrúpulos. Es por eso que he decidido en este último momento, antes de despedirme finalmente de este mundo y transcurrir hacia el otro, escribir esta carta para quienes creen haberme conocido sin estar al tanto del engaño al que fueron sometidos.
     Julieta no existe. Pero sí ha existido ella, la de los ojos profundos que me han conducido amorosamente por los caminos que he recorrido hasta este inevitable final. Porque quien encuentra el amor, encuentra el sendero de los valientes, el único capaz de llevarlo al goce del placer verdadero que sobrevivirá en la memoria a la tristeza y a la distancia que impone primero el olvido y más tarde la muerte. ¿Qué otro sentido tendría si no este tránsito fugaz por el tiempo de los vivos, saltando cada año de estación en estación, alimentando la fe en una eternidad insostenible? ¿De qué servirían la música y la poesía si no existiesen los aromas del recuerdo de los amores que las inspiran?
     Cuando la conocí entendí por qué siguen brotando sonrisas de nuestras bocas en esta vida tan llena de infortunios y desgracias, de tantas espinas y tanta sangre derramada. Comprendí el destino fatal del corazón y sus latidos que mantienen con vida al cuerpo aun cuando ha sido ostensiblemente derrotado. Entendí el por qué de la muerte.
     A lo largo de mi vida he llevado un diario de viaje por las tierras lejanas de una mujer que ya no está. Y en él he trazado un mapa con sus horas y las mías que quedará como prueba irrefutable de la verdad que esgrimo para todos los que hasta aquí han vivido engañados por un tránsfuga que ha hecho de mi propia vida el argumento sobre el que giran su pobres construcciones literarias que, a decir verdad, nunca lograron igualar nuestras vivencias, nuestros aciertos y nuestros errores, nuestro encuentro y nuestro adiós. Y quien lea este diario hallará las pruebas contundentes que testimonian la verdad, que pueden aseverar que soy yo quien vive en los textos apócrifos de ese crápula de cuello en puntillas. Pues he sido yo quien ha sufrido, quien ha amado, quien ha partido y quien, finalmente, ha podido andar sin pensamientos para arrojarse sin temores al infinito espacio de la imaginación. He sido yo quien, desde ahí, se dedicó a dibujar con el recuerdo las formas de sus caderas y el suave contorno de sus pechos en los párrafos de unos libros perdidos. Y para ello, decidí retirarme en silencio a las fronteras más oscuras y húmedas para refugiarme de los tontos arrogantes y de los orgullosos ignorantes, de los malhechores del dinero y de los nefastos criminales mesiánicos que persiguen a los ingenuos con su recompensa del otro mundo. Sí, he sido yo quien decidió esconderse en las más íntimas tinieblas que pueden acosar a un hombre e iluminarlas con las palabras que brillaban con el fulgor de su recuerdo.
     Y estas palabras verán la luz algún día después de que la mía se haya apagado. Mientras tanto, quedarán sepultadas hasta que el destino las revele. Para que sea la fuerza de un amor como el que muere hoy conmigo la que logre desenterrarlas del sobre que las contiene y que será la única tumba que llevará mi nombre. Y junto a mi nombre aparecerá el de ella. Y junto a mis huesos se habrá podrido la carne de su recuerdo. Y junto a esta carta estarán enterrados mis libros.

RR



martes, 9 de junio de 2015

FUERA DEL CAJÓN DE LOS MISTERIOSOS AVATARES


     Contiguo a los desordenados anaqueles de la locura, dentro del oscuro armario de las profecías, se encuentra el cajón de los misteriosos avatares. Un pequeño depósito de circunstancias posibles e imposibles. Se dice que no existe destino que no pueda ser configurado desde este breve espacio en donde nadie logra sostener indemnes sus decisiones. Como en una combinación binaria, se reparten en dos carpetas guardadas en este rectángulo desvencijado de madera y clavos viejos, despreocupadamente y sin custodia alguna, un sí y un no que, hay quienes aseguran, son capaces de responder todas las preguntas posibles del Universo. Sin embargo, no hay por ninguna parte un estante o un mísero sobre que guarde un tal vez o un quizás, ya que ninguna de estas expresiones podrá responder nunca pregunta alguna. Es más, estas expresiones vagas e inexactas son producto de una combinación de sí y no capaz de perdurar suficientemente en el tiempo, hasta la insatisfacción de cualquier respuesta ajena a la simple afirmación o negación. Porque cuanto más se combinen estas dos únicas respuestas, más cerca se está de la duda, de chances y posibilidades que terminan distanciándose a la vez de su origen y de su destino, transformándose en un espacio infinito y, como tal, inabarcable.
      Siempre habrá alguien insatisfecho con una de estas dos respuestas y emitirá un nuevo interrogante que plantará la semilla de la vacilación, de donde nace no sólo el conocimiento de lo real y lo científico, sino también de lo esotérico y lo religioso, de lo fantástico y lo poético. Aparecerá seguramente en algún momento un amante o un peregrino que no podrá enfrentar el camino recto de la verdad dura y sincera y buscará atravesar los terrenos pantanosos y laberínticos de la incertidumbre: no ha habido jamás un enamorado capaz de conformarse con un sí o un no, capaz de hallar sosiego para su corazón en esas respuestas, pues sabe que su sentimiento pende del hilo invisible de la duda, que es sostenido desde los extremos del desconcierto de no saber el verdadero por qué de su amor.
     Hay quienes custodian dictatorialmente este cajón sin dueño, personajes infaustos que dicen saber la combinación exacta entre sí y no para llegar a cualquier conclusión definitiva sobre cualquier tema. Astrólogos y brujos que creen llegar a resolver los misterios que se esconden en el alma de aquellos pobres extraviados que han perdido la capacidad de cometer un error. Psicólogos y choferes de taxis que analizan los laberintos mentales de los que no se animan a enfrentar el resultado de sus propios cálculos futuros atándolos a un pasado incestuoso. Jueces y sacerdotes que poseen una tabla mágica y ejemplar que tiene grabados entre sobornos plagados de borrones y cuentas nuevas las consecuencias celestiales de todos los aciertos y las condenas infernales de cualquier desvío imperdonable.
   Pero existe también otra dimensión, la de los perdidos irremediablemente, la de aquellos que hemos fracasado en encontrar la combinación justa para nuestras dudas y que estamos sentenciados al triste y gris desamparo de perseguir sueños demenciales. Carentes de cualquier posibilidad de redención, creemos ver señales esperanzadoras en donde un no rotundo y definitivo se levanta ante nuestras narices cerrándonos el paso a la publicitada autopista de la felicidad. Somos soldados parias sin guerra sosteniendo la bandera amarillenta de la necedad y la insistencia injustificada, parados en la frontera de gente que ya ni siquiera nos recuerda. Andamos por los derredores de aquellos amores definitivamente archivados con un no en mayúsculas seguido de un silencio contundente, sólo para hacernos pasar por valientes Romeos pero sin llegar nunca a ser más que héroes de perogrullo, rebeldes sin causa, poetas del ocio. Hemos elegido el exilio infeliz fuera de ese cajón pernicioso a cambio de ojear en esos anaqueles de la locura, haciéndonos pasar por seres sofisticados y cultos que, más temprano que tarde, serán desmentidos por cualquier estúpido. Somos unos cuantos los que arañamos la locura en esta zona gris, más de los que muchos creen. Incluso hay algunos que van y vienen, que no son capaces de reconocerse a sí mismos en este lugar sin la ayuda de un oráculo que les dé la terrible noticia.
    Así es, amigos. Sí, no, ¿qué más da..? ¿Quién quiere tener todas las respuestas? ¿Quién las necesita? Quién pudiera navegar para siempre el universo de la duda de la mano de los amores que finalmente un día nos dirán adiós; sin conocer el territorio amargo del olvido; sin sentirse acechado y perseguido por el sabueso de la muerte.
    Pero, como sucede con todos los pantanos inhóspitos, hay también pequeños oasis en donde uno puede sentarse a descansar la memoria inclaudicable, escribir cartas premonitorias para destinos inciertos, poemas amorosos para los recién llegados del abandono y la desesperanza. De vez en cuando hasta es posible encontrar en estos sitios algunos afortunados que se reconocen en una mirada y logran llevar adelante una sonrisa sin ejercer el fastidioso compromiso de la compasión. Una sonrisa justificada sólo por la locura de imaginar que tal vez eso sea el amor. O no. O quizás el amor sólo sea el deseo y la atracción que a ciertas horas de la noche puede transformarse en una promesa que no necesita de nadie que la cumpla, que es eterna e infinita como la duda.

RR



Foto: Pablo Silicz

jueves, 4 de junio de 2015

TIEMPO CUMPLIDO


     Por eso me sorprende este final, porque siempre fui un tipo que cultivó la amistad de vecindario y esos amores barriales que nunca prosperan; los cuentos de autores chismosos y las ideologías debatidas en los bares que fracasan inmediatamente ante cualquier intento de certificación probatoria. Yo era un muchacho de las callecitas del sur que lindan el mar y los vientos, que nunca dudó en saludar a las señoras al pasar por la peluquería con un beso en la mejilla, excusándose inmediatamente al darse cuenta de que en ese momento les dejaba el ardor de la barba de una semana y, quizás, les colaba subcutáneamente algunos recuerdos avergonzados por sus años.
     Siempre fui un tipo de cabotaje, de esa universidad de la calle que, debo reconocerlo, nunca enseña nada, sólo la estupidez de creerse el más vivo de la cuadra. Y desde ese trampolín sin tabla ensayaba a veces un salto ornamental hacia el universo de las pasiones arremetiendo empedernido contra algunas teorías: la del amor para toda la vida y, también, la del macho dominante que defiende una imprescriptible necesidad de una válvula de escape para el matrimonio, aunque jamás ponga en duda tamaña institución.
     Para los pocos conocidos que desafortunadamente tropezaban conmigo era necesario casi siempre emitir un juicio, no había lugar para los temerosos y los pusilánimes, para los grises y las sombras. O era una cosa o era la otra. Daban una opinión llegando a defenderla con su propia sangre, apelando a cualquier malabar discursivo y, en algunos casos, hasta la traición misma de sus propias declaraciones inmediatamente anteriores, que eran desmentidas con total impunidad como si nunca hubiesen sido hechas. Sin embargo, en ningún momento me convertí en un barrabrava de la coherencia ideológica. ¿Coherencia? ¿Qué coherencia se puede pretender de una vida que nos mata lentamente mientras disimulamos el terror que esto nos produce buscando una felicidad que nadie sabe de qué diablos se trata? ¿Qué coherencia podía defender yo si, al fin y al cabo, mis verdades cambiaban según el día, según la orientación del viento o la humedad relativa ambiente; según creyera o no (infundadamente) en eso que una noche me llevaba del corazón y las orejas hasta el patio trasero de sus deseos para regresarme al día siguiente a las patadas recriminándome por no saber distinguir entre el amor y “el amor”? El amor… ¿Qué sabía yo lo que era el amor?
     Tal vez yo no era más que un idiota arrogante que ni siquiera sabía que no sabía nada. La arrogancia no se manifiesta únicamente como pedantería del conocimiento. Quien se cree definitivamente divorciado de cualquier idea peca de la arrogancia del ignorante que encuentra justificación para cualquier ofensa -espero no haber llegado a ese punto tampoco-. Yo ignoraba lo que era el amor, qué lo diferenciaba de un simple cariño, o de una obsesión, o de una pasión capaz de sublevar las hormonas con la fuerza de una revolución luchando por tomar el poder para instaurar la dictadura del hedonismo. Para mí no tenía ninguna importancia ese debate, porque cuando se trataba de enfrentarme a la pulsión incontenible que me empujaba al ring de la esperanza, terminaba en la lona contando pajaritos. No había discusión posible ni importaba si eso que me golpeaba la cabeza como un pájaro carpintero noche a noche venía del pasado o del futuro; no importaba si de día era posible conjugar su presente; no importaba si venía desde las tardes del olvido y del anhelo; si era una bocanada infernal o un viento austral que helaba la sangre. Lo único que yo podía hacer era subirme al bondi de mi destino y convertirme en un suicida digno, en una persona capaz de sonreír mientras era devorado por un monstruo de siete cabezas, articulando todo tipo de metáforas y frases cursis creyendo descubrir el mundo en ese instante para unos ojos ciegos. Ahí andaba yo tras su rastro como uno de esos héroes innecesarios de historias sin moraleja. Un cuentero sin astucia que ahora transita estos mismos renglones ya sin tiempo para saltar de este barco hundido.
     Y mientras el agua me fue tapando no hubo nada que pudiera convencerme de que había encontrado el sentido de una vida plagada de desatinos y  carencias. Sólo queda una cosa que me parece diferente en este ahora tan parecido al antes y al después, tan fugaz y superfluo para la ciencia como para la metafísica: en mi mano derecha todavía sostengo algo que no llego a distinguir del todo, parece un bollo de papel con signos de otro tiempo que hace fuerza sobre mis dedos incapaces ya de sostenerlo, como si quisiera huir desesperadamente de mi dominio. No sé siquiera si se trata de algo material, más bien pareciera como si estuviese agarrándome débilmente al aire, como si quisiera aferrarme a un sueño (espero que no sea una más de esas estúpidas ocurrencias mías buscando una excusa para escribirle por última vez a alguna de esas mujeres que nunca esperaron otra cosa de mí que mi perpetua lejanía).
     Claro, ahora que leo lo escrito hasta acá me doy cuenta. Esto que está en mi mano no es otra cosa que un último pedazo de la locura que consumió mis horas hasta hoy, hasta este último momento en donde ya ni eso queda, ni los delirios ni las esperanzas que de a poco se fueron transformado en sinónimos. Ya no quedan verdades por ser desmentidas ni mentiras que declarar a mi favor. Ya no queda nada: ni el barrio costero ni las señoras de la peluquería; ya no quedan vergüenzas ni pudores; ya no queda ni una sola huella mía en aquellos patios recónditos iluminados tímidamente por una pasión inexplicable. Ya no quedan más noches en mi ventana para seguir descifrando sueños, desatando los lazos que unen la vida, el amor y la muerte. Porque ya se ha pasado mi tiempo. Porque, al fin y al cabo, es inútil intentar separarlos.

RR



Foto: Flor del Irupé

DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...