sábado, 30 de enero de 2016

PECES


     Hasta ese momento el tiempo era nada más que tiempo, segundos, minutos y horas de días con nombres pero sin apellido. Pero cuando nos despedimos aquella tarde de primavera, rompí el protocolo y la besé. La besé intencionalmente y con alevosía y con eso le confesé que la quería, que ya no podría dejarla ir como lo hacía antes. Y le escribí en las fronteras doloridas de sus labios que a partir de ese momento, apenas ella cruzara la puerta de mis fantasías, yo tendría que apelar a las más desleales artimañas para aplacar mi ansiedad de correr detrás de ella con la vehemencia de los imbéciles, disculpándome con los amores pasados por no tener más que un beso para declarar a su favor. 
      Cuando la besé, después de haberme alimentado de su cuerpo durante toda la noche, comprendí que ya no podría escaparme de ella: que de su boca haría brotar como peces palabras impunes para intentar nadar de vuelta hasta su orilla; que su vida sería mi vida y que ya no saldría con vida de la suya; que por más que lo intentara, ya no habría lugar en mi pluma para medias tintas, ni números ganadores para llenar otros cartones; que preferiría renunciar ciegamente a las dudas de los timoratos y a las seguridades de los apocalípticos con tal de abrazarme a su presente desconocido.
      Eso fue todo lo que hizo falta, besarla. Porque cuando la besé y la vi alejarse, sólo pude quedarme detenido en su tiempo viendo mi alma yéndose con ella. Para siempre.

RR


miércoles, 20 de enero de 2016

DESENLACE OMITIDO DE LA EPOPEYA DE UN HIDALGO CABALLERO


     Extrañamente, el relato de la epopeya finaliza inesperadamente. Sin embargo, algo más sucedió aquel día, algo que fue omitido deliberadamente por alguna razón desconocida o, quizás, peligrosa. El hombre se levantó sonriente de su silla frente al auditorio y dijo:

     -Buenas tardes. Me habían pedido que escribiera un pequeño texto de cierre para este seminario que está tocando su fin en el día de hoy. Cuando fui convocado por algunos de los más ilustres miembros de esta clase, por un lado me sentí inmensamente honrado y halagado, y por otro, sufrí una especie de pánico escénico pues no tenía la más mínima idea de lo que podría aportar a quienes asistieran a él. ¿Qué podría saber yo tan certeramente como para proponerlo como axioma, como lema, como guía a seguir? Pues bien: nada.
      No se sabe nada nunca, amigos míos, ni siquiera cuando se está completamente seguro de que no se sabe nada. Menos aun, cuando se cree que sí se sabe, cuando de un clavo en la pared cuelga un diploma escrito con una letra muy bonita que acredita que uno ha adquirido algunos conocimientos específicos sobre alguna materia particular, que ha cursado ciertos estudios que lo autorizan a llevar adelante ciertas prácticas válidas para un conjunto de personas que, por esos tácitos acuerdos sociales, han decidido creer en uno.
      Pues bien, ni yo, ni ellos, ni ustedes, sabemos nada. Y la prueba contundente de esta afirmación (que también debería ser puesta en duda) es que estemos perdiendo nuestro tiempo aquí, sentados en este salón, ustedes silenciosos y expectantes, y yo, impaciente por largarme de aquí.
      Porque yo no debería estar aquí y ustedes tampoco. Yo no debería estar hablando de estrategias amorosas, de estilos literarios, de consuelos inútiles. Yo no debería detenerlos frente a mí contándoles que la búsqueda de conclusiones o enseñanzas en algunas experiencias es una pérdida de tiempo, de un tiempo valioso que jamás volverá. Si ustedes tuvieran las agallas que yo no he tenido se levantarían inmediatamente de sus asientos y huirían despavoridos de este lugar, tomarían ese camino difícil y complicado que es el del único saber posible, aquel que nos permite admitir que lo único que de veras sirve es saber quién es ella, quién es él.
      Entonces, amigos, váyanse ahora, no pierdan un minuto más de sus vidas en este juego de cartas escondidas. Váyanse, salgan a la calle, recojan una flor de un jardín vecino y liberen todas sus angustias, exorcicen todas sus tristezas, tráguense todas esas lágrimas de pobres de ustedes y conviértanlas en una canción cantada a viva voz, en un poema nuevo que despierte a Becquer o a Byron. No se detengan en estilos o en normas. No hagan caso de esos charlatanes de academias que carecen del valor necesario para asumir su total ignorancia acerca del dolor verdadero, el de las almas vacías, el de los corazones rotos, el de las mentes desarmadas de tanto pensar en quien ya no espera, en quien ya ha esperado suficiente o en quien nunca esperará más nada.
      Vamos, esa es la batalla que estamos peleando en esta vida, esa es la medalla invisible que ganaremos, los honores que mereceremos, el epitafio que escribiremos. No hace falta pensar y analizar causas y consecuencias. La única causa es ella, es él. La única consecuencia es la muerte. Entre esa causa y esa consecuencia estamos todos, ustedes y yo y todas las infinitas posibilidades. Alguna vez deberemos aceptar aquello de que nadie sale vivo de la vida. Como tampoco nadie sale vivo del amor. Y jamás el amor será vencido por el olvido.
      Entonces, amigos y amigas, demos por finalizado este encuentro de ignorantes ahora mismo. Terminemos de una vez por todas con esta farsa discursiva, con esta charlatanería filosófica que se nos lleva de a uno los suspiros que nacen de la fantasía. Dejemos de buscar los hilos y aceptemos nuestro destino de marionetas del amor. Evitemos la tentación de revisar el fondo de la galera, el tabique que divide la magia del truco. Aceptemos que de nada sirve perseguir la inmortalidad, que lo que debemos es perseguir la muerte, que los molinos de viento son la vida, que la vida sólo dura un instante y que en este instante hay alguien que está perdiendo la vida desgraciadamente sin haber sentido nunca unas aspas a punto de cortarle el cuello, sin llegar a comprobar que, al fin y al cabo, si así sucediera, habría valido la pena. Aunque más no sea por terminar sus días habiendo dejado algo más que una bolsa de huesos que ya nadie recordará al día siguiente. Entonces, ¡váyanse! Mañana no existe. Pero aun existe la flor en ese jardín, aun existe un alma vacía, un corazón roto y los molinos de viento.
      Me pidieron que escribiera algo para ustedes sobre el amor y el olvido. No lo voy a hacer. Háganlo ustedes mismos. Si no son capaces de hacerlo, es porque no se han acercado lo suficiente a esas aspas.

     Pero la verdad es que este hombre sencillo y casi desconocido, sin ninguna seña particular que pudiera hacer sospechar en él un carácter extraordinario o un destino heroico, volvió a su casa y tomó una decisión postergada por años. Decidió partir así como estaba, ignorante e ignorado.  Todavía con el pulso acelerado, ensilló su viejo auto, acomodó su peto y su espaldar y se fue tras las huellas de los pasos de una mujer. Una mujer de esas que perturban la mente, que riegan los jardines del alma, que alimentan los deseos del sexo y del espíritu. Se fue siguiendo el sendero perfumado con el olor de aquel cuerpo tibio que había aromado alguna vez sus noches. Se fue solo, sin Sancho y sin lanza. Solo, con las horas vencidas hechas de vigilas y sueños en su nombre, junto a las restantes que aun permanecían cargadas de acertijos y dudas y que, de tanto analizar posibilidades y contingencias, lo habían arrastrado hasta la tierra fantasmal de los recuerdos de quien ya no era ni sería nunca.
      Así, este hidalgo caballero con todo por ganar y nada que perder, llegó finalmente hasta la colina oculta del olvido, adonde ella había edificado el molino que trituraba sus horas y sus esperanzas de olvidar aquello que nunca se olvida. Y una vez ahí, con el coraje y la falta de cordura necesaria para estos casos, se guardó por un momento de las dudas y se aprestó a la más desafiante de las batallas: a conquistar nuevamente su corazón o, al menos, dejar la vida entre el filo de sus aspas.

     Al parecer, y aunque jamás fue publicado, este habría sido el desenlace escrito originalmente. Vaya uno a saber por qué fue omitido -aunque tengo algunas sospechas sobre este punto que dejaré para otra ocasión-. Nadie supo qué sucedió finalmente con él, si es que logró su cometido amoroso o sucumbió en el intento. Supongo que no es eso lo que nos debería preocupar luego de conocer este final silenciado. En mi caso, me queda la sensación de que es posible que, en definitiva, y sea lo que sea que haya sucedido, el hidalgo caballero cumplió su misión. Pues nunca más volvió.

RR


miércoles, 13 de enero de 2016

HUMILDE ALEGATO PERSONAL EN FAVOR DE LAS POLILLAS


     Entre las fábulas menos conocidas está aquella que cuenta sobre la existencia de dos grupos supuestamente antagónicos pero que, al indagar un poco en la historia, es posible corroborar que en realidad no son para nada antagónicos, sino complementarios.
     Se trata de las mariposas y las polillas. A las primeras se les ha adjudicado la presuntuosa virtud de alborotar vientres y por ende, corazones y almas -es sabido que estos dos órganos amorosos residen físicamente en el estómago-. En cambio, a las segundas, les ha sido otorgado el penoso papel del olvido, de la ropa raída que ya no logra abrigar a los desvalidos amantes, de los cielos grises que se ciernen penosos y desconsiderados sobre ellos que han pasado a ocupar el fúnebre panteón de los abandonados.
     Pues bien, hoy, y ante la nula insistencia de esas personas que prefieren ampararse en el desconocimiento para ocultar cualquier pesadumbre o para emprender vueltas inútiles sobre pasados pisados, he decidido desmentir los falaces argumentos de esta siniestra fábula, buscando bajar el copete de esas aladas y coloridas criaturas que se arrogan dones indispensables para el amor y, a la vez, proponer el merecido desagravio para sus descoloridas contrapartes a quienes inmerecidamente se las condena a un papel denigrante que ya verán, es absolutamente infundado e injusto.
     Todos hemos escuchado alguna vez a alguien que cree estar enamorado declarar "siento mariposas en el estomago". ¿Por qué mariposas? ¿Por qué no pajaritos o abejas o moscas o... polillas? ¿Qué propiedad exclusiva acarrean sobre sus cuerpecillos las mariposas que las hace tan distinguibles a la hora de sentir eso que se siente -sobre este punto no hay posibilidad de desmentida- en la zona de abdominal? Y lo más importante: ¿por qué ese pulular de aleteos que parecieran querer despertar las fibras internas de nuestro desconcierto tiene tanto valor a la hora de evaluar el comienzo de una relación amorosa? Todas estas preguntas (sobre todo la última) me llevan a realizar quizás la definitiva y fundamental, el quid de toda esta cuestión: ¿cuál de los dos extremos de la relación amorosa termina siendo el preponderante, el que al fin y al cabo salva al amante: el batir de las alas de las mariposas que anuncian el comienzo de un nuevo mundo, de una nueva historia llena de incertidumbres e intrigas, plagada de posibilidades de inmensas alegrías y crueles dolores; o acaso la llegada de un olvido sanador de los peores males que se abaten sobre el amante desterrado de su objeto de amor que cree que finalmente va a fenecer en la tierra infernal del desconsuelo y la pena, en ese hueco imposible de llenar que se abre ante su mirada perdida en la estela de quien se ha ido y ya no volverá nunca? Analicemos pues estas circunstancias.
     En algún momento de nuestras vidas, tarde o temprano, de día o de noche, el amor aparece personificado ante nuestros impávidos ojos. Hombres y mujeres de todas las edades, de todas las condiciones, están expuestos y expuestas a un azar mágico al que sólo es posible otorgarle una pretendida lógica una vez que todo ha terminado. 
     Cabellos agitados por el viento polinizando sueños; rayos coloreados por ojos de todos los tintes del arco iris; sonidos sincopados de palabras que brotan como un manantial poético de bocas que jamás supieron tan dulces; aromas de celos ocultos danzando alocadamente bajo las ropas interiores, que exigen descubrir los atributos de quienes ya no logran controlar la sangre y el sudor y el calor agobiante que anuncia un verano inolvidable.
     Así aparece el amor y con él entran en los cuerpos desprevenidos las mariposas. Vuelan por los interiores de los cuerpos vociferando promesas irrealizables, proponiendo hazañas y actos heroicos innecesarios. Van y vienen llenando todos los espacios sin dejar ni un mínimo resquicio por donde pueda colarse el sentido común o la prudencia. Ellas exigen la obediencia incondicional de los amantes invadidos. Así, estos personajes indefensos arremeten contra cualquier precaución desembarazándose de previos temores y afrentosas cobardías que pudieran haberse manifestado alguna vez ante hechos mucho menos desafiantes. Sí, las mariposas los gobiernan totalitariamente, sin chance para que pueda ser emitido un sólo sonido discordante en una suerte de rapsodia que ellas mismas dirigen. 
     Y ahí andan, ensartados por una flecha, el pretendiente y el pretendido: loca ella, loco él, locos los dos. Tomados de las manos, abrazados de la cintura, alumbrando oscuros pasajes, escribiendo rimas y versos, indignando soledades, escandalizando viejas. Nada es imposible para estos pasajeros estelares subidos a una bandada de mariposas multicolores que maravillan a algunos y envenenan de envidia a otros.
     Sin embargo un día, los amantes se encuentran caminando por alguna calle cualquiera, que tiene un nombre que es el mismo para todos, que ya no es un pasaje secreto únicamente trazado para sus pies que parecían seguir un destino exclusivo e inequívoco. Repentinamente, ese día figura en un calendario que los ubica temporalmente junto a otras personas que caminan la misma calle, que sueñan y viven y aman y esperan y mueren al igual que ellos. Al igual que todos. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Qué cambio tan drástico pero a la vez tan sutil se ha producido en sus vidas? Pues bien, he aquí lo que ha sucedido: las mariposas han volado con otros rumbos. 
     Entonces, ya no existe a sus alrededores aquel círculo impenetrable que los mantenía indemnes a los sufrimientos y a las desgracias y que los juntaba en un traje espacial único e indestructible. Ya no están guiados por unos impulsos irrefrenables, por razones irreprochables. Ahora les corresponde a ellos llevar adelante el desafío del amor. Ahora son ellos los pilotos responsables de aquella nave espacial que ya no es tal, que es ahora una bicicleta a la que es necesario impulsar con fuerza y habilidad para mantenerla en el camino, evitando tropezar con los obstáculos que aparecen por doquier, con la frustración y los contratiempos, con la rutina y las imposibilidades, con los temores y las cobardías omitidas.
     Y si bien la ausencia de las mariposas no necesariamente debe conducir a los amantes al fracaso de su relación, queda pronto en evidencia que la magia vencida debe ser suplida por un gran despliegue de inteligencia, paciencia e indulgencia. Así es, sólo con esta conjunción -cacofónicamente agobiante y ridícula- podrán nuestros protagonistas sobrevivir al final del acto divino del enamoramiento para darle paso a lo que algunos llaman relación amorosa, otros noviazgo y algunos más desafortunados, matrimonio.
     De esta manera, queda claro que las mariposas ocupan un tiempo y un espacio muy breve en el desarrollo amoroso, que su influencia, si bien enorme e irrefutable, sólo se mantiene durante los albores de la pasión. Más tarde o más temprano, ellas vuelan sin siquiera despedirse, sin dar una advertencia y sin dejar nada ni nadie en su reemplazo. 
     En cambio con las polillas la historia es completamente diferente. Cuando ellas aparecen, lo hacen a pedido de un interesado, de alguien que ruega al cielo misericordia, que es capaz de entregar su alma al diablo para que ellas borren de sus noches el espantoso espectro del amor perdido, de las pasiones agotadas, de los besos ausentes. Cuando las polillas son requeridas en la vida (casi muerte, se podría afirmar) del amante desahuciado no es para sumarse a ninguna fiesta, por el contrario, es para abrir placares y cajones de ropas en desuso, de cartas de amor huérfanas de significado, de perfumes agrios que duelen en las fosas nasales y de ahí viajan al estómago a ocupar un vacío imposible de ser llenado. 
     Estas opacas criaturas son quienes deberán llevar adelante la más penosa de todas las tareas, pero que es, sin embargo, la más imprescindible. Deberán ser ellas quienes remuevan con su apetito samaritano las manchas que deja el amor cuando se acaba, la sangre que urge sobre el papel para escribir los versos más tristes cada noche, los vapores del alcohol saliendo de la boca de quien ha desfallecido en un sillón pensando en lo que no se debería pensar nunca más, haciendo unas cuentas sin resultado, analizando hechos, razones y circunstancias fortuitas fuera del alcance de todos, hasta de Dios.
     Cuando el amor se acaba son las polillas quienes recuperarán la tierra, quienes pacientemente se irán deshaciendo de los incómodos obstáculos para el olvido, esos recuerdos perversos, crueles, mortales. Y todo este trabajo no requiere de un día ni de dos; no es posible llevarlo a cabo en dos meses o en tres; puede que incluso no se logre el éxito ni en tres años ni en cuatro. Se comenta que existen casos en que esta triste situación no ha sido resuelta nunca.
     Por lo tanto, ¿a quienes debemos adjudicarle el don del milagro? ¿A quienes deberíamos confiar nuestro corazón y nuestra alma (nuestro estómago)? ¿Con quienes deberíamos sentirnos agradecidos al final de nuestros días cuando nos toque estar frente a frente en la entrada de un túnel de luz ante los ojos de un amor que ya no será posible? ¿Serán acaso las mariposas y sus breves aleteos de ansiedades, o las polillas y su heroica inclinación por la vida después del amor? 
     He aquí el dilema, queridos amigos y amigas. He aquí algo para pensar esta tarde o esta noche cuando a algunos de ustedes les toque quizás abrazarse al frenesí irrefrenable de los latidos acelerados en pos de un enigma llamado amor. O, llegado el caso, cuando otros se ciñan con todas sus fuerzas a la nostalgia, soñando con recuperar lo irrecuperable, con acertar en el blanco inexistente de un corazón que ya no los contiene, bebiéndose las horas con la angustia propia de los ocasos solitarios, de la tinta urgente del amor perdido.
     Y hasta aquí llega mi deber de rescatar del oprobio a las polillas para tratar de ubicarlas justicieramente en el mismo peldaño que las mariposas. Pero antes de finalizar, me gustaría aclarar que no ha sido mi intención alzar las banderas de unas en contra de las otras. No he buscado denostar el noble cometido de las mariposas, su función indispensable en esa especie de ecosistema amoroso en donde cada quien es cada cual, en donde es necesaria la alegre esperanza inicial, aunque no sea del todo real, aunque sus argumentos carezcan de pruebas firmes que la sostenga. Como así tampoco es posible sembrar nuevos amores sobre una tierra arrasada por la sequedad y la amargura que deja la ausencia de quien se ha ido a abonar otros terrenos. Hace falta que alguien se encargue junto con el tiempo de poner cada cosa en su lugar, de llevar adelante la feroz labor de selección de lo necesario separándolo de lo prescindible para renacer finalmente de las cenizas cual Ave Fénix.
     Así las cosas, festejemos entonces la existencia de las mariposas sin olvidarnos que, en la mayoría de los casos, ha sido gracias a la larga y penosa lucha de las polillas que somos capaces de disfrutar de los colores de aquellas, de la locura de entregar nuestro corazón y nuestra alma con el estómago limpio de viejas penas, de dolorosas angustias que habrán sido devoradas por estas criaturas que nunca han exigido nada y que nos han acompañado misericordiosas al borde de la muerte para brindar por ese adiós definitivo que parecía que nunca llegaría. Pero que llegó.

RR


Foto: Pablo Silicz

jueves, 7 de enero de 2016

USTED Y YO (#4)


     Usted bien sabe que cuando escribo, lo hago para usted. Y eso tal vez pueda no significar demasiado para nadie. Sin embargo, permítame que intente describirle lo que significa para mí.
      Significa que si usted me deja, yo la busco. Que si decide llorar en mi hombro yo maldeciré al mundo a escondidas por no encontrarle un consuelo.
      Significa que si nuestra mutua compañía nos sirve de consuelo, nos sirve para todo, porque al fin y al cabo no se necesita nada más que eso para vivir lo que dejan a veces las desgracias de la vida misma.
      Significa que entre usted y yo habrán a menudo manantiales y charcos, oasis y sequedades, altas y bajas con sus respectivas lunas y sus obedientes mareas que suben y bajan en un columpio infernal al que sólo los valientes se le animan. En ese caso, agárrese fuerte de mí, querida, y mire sonriendo al cielo.
      Significa que aunque puede que no nos separemos de ahora en adelante, un día nos separará la muerte y habrá que lidiar con eso. Y quien se quede deberá aprender a vivir la ausencia definitiva del otro con esa fingida alegría petrificada de recuerdos y ese falso alivio de creer en eso en lo que uno sólo cree hasta ese momento en que la muerte se abraza a nuestro último suspiro.
      Y tal vez por eso, significa que habrá siempre entre usted y yo un antes y un después, un por siempre y un nunca jamás. Y que habitarán permanentemente en nosotros un hola y un adiós atados a unos puntos suspensivos que, llegado el caso, retrasarán penosamente el milagro de la aceptación y el olvido.
      Significa que, sin importar cómo ni cuánto, la quiero. Y así, en los espacios que separan cada una de mis palabras, guardo secretamente sus humedales y uno con ellos los significados ocultos, esos que sólo crecen entre ellas y sus ojos, entre sus razones y mis motivos, entre nuestras vencidas soledades y aquellos temblores que supimos compartir bajo unas sábanas.
      Significa que, a pesar de todo, sigo teniendo más preguntas que respuestas, y que de todas estas últimas, ninguna me sirve para las primeras. Pero a pesar de eso, si usted me lo permite, seguiré con esta sana costumbre de componer para usted justificaciones fraudulentas para hechos que no han sucedido ni sucederán nunca pero que, al menos, amenizarán nuestras intrigas.
      Significa que cuando de a ratos nos quedemos solos, el día se irá apagando con la noche y la noche se extinguirá por la mañana sin que nada haya sucedido realmente. Habiéndonos quedado con nuestras cartas sin jugar y nuestra suerte sin echar y un calendario de días postreros para hacer lo que nos venga la gana apenas arrojemos a los tiburones nuestros estúpidos orgullos.
      Y por si usted no se ha dado cuenta aun, todo esto significa también que si quizás usted decide irse un día y no regresar nunca, eso me pondrá en la incómoda situación de tener que arrojarme al pozo más profundo de mi alma inundada de su ausencia a convivir en un otoño perpetuo con las hojas caídas de sus más ansiados anhelos, hasta que llegue el temporal que las sople y las amontone entre mis más rotundos fracasos, hasta encontrar ese lugar fantasmal donde estaba yo antes de que usted llegara. Y cuando esto suceda, es probable que me pierda en la niebla y que jamás regrese.
      Entonces, ya no hará falta escribirle. Pues sin usted, querida mía, nada de lo que escriba tendrá para mí significado.

RR


 Foto: Pablo Silicz

viernes, 4 de diciembre de 2015

HASTA QUE NOS VOLVAMOS A ENCONTRAR


    ¿Qué nos habrá hecho la vida que nos volvemos a encontrar acá? Y digo la vida por no decir la muerte, por no apelar al golpe bajo de comunicarte amablemente que, hagamos lo que hagamos, será lo único que tendremos para acreditar; al igual que nuestros aciertos y nuestros errores, nuestros injustificados argumentos y toda esa caterva de imbecilidades que hemos llevado a cabo mientras huíamos del otro. Vos de mí que no estuve a la altura de las circunstancias, y yo de vos que te perdí en quién sabe qué esquina del pasado a pesar de haber intentado chiflarte mientras caminabas por la vereda volviendo a tu casa o, tal vez, yendo a buscar consuelo en lo de un amigo que te abrazaría tomando aquello por lo que yo hubiese dado la vida, aquello que ya no tengo: tiempo.
    Nos hemos quedado sin tiempo y nada más nos quedan estos últimos renglones para decirnos adiós, para expresar cierta congoja, cierto desagrado por haber sido tan tontos y no darnos cuenta de que ahí estábamos los dos, agazapados esperando un ataque mortal que nunca llegó y que llega ahora, cuando se nos ha hecho tarde para mirarnos a los ojos o para bajar la mirada -al fin y al cabo, hubiese sido lo mismo-.
   ¿Qué diablos hemos hecho, querida, con nuestras esperanzas y, principalmente, con nuestros deseos, con esas ganas de tomarnos del cuello y enfrentarnos con los labios ansiosos y los perdones sangrantes? ¿Qué hemos hecho, querida, con todo aquello que decidimos nunca prometernos para dejar que la vida nos tomara de rehenes de algo de lo que nosotros no debimos desentendernos pues éramos plenamente responsables, completamente culpables?
    Y mientras vos estás ahí leyendo lo que debería haberte dicho cara a cara, cuerpo a cuerpo, yo estoy perdido en algún lugar del universo haciendo planes para olvidarte, para morirme sin esta puta sensación de ser una prescindencia, una hoja seca caída de un árbol sin dueño. Yo no debería estar acá y vos no deberías estar ahí. No, vos deberías estar acá y yo debería estar volviendo a las apuradas para evitar que te fueras, para salvar esta historia de este final atroz que me toca escribir a mí cuando ya no tengo nada que escribir acerca de lo que vos ya no tenés nada que decir. Sólo este adiós que me duele como quizás te duela a vos la noche que sé que nos ha estado esperando, pero que al final se ha ido.
    Pero no me importa, yo me voy también. Yo también me retiro hacia el único lugar donde la muerte no es lo peor que me podría pasar. Me voy definitivamente hacia el olvido de tu vientre agitado, de tus pechos trémulos, de tu abrazo sanador y tu ausencia que ha enfermado mis obsesiones convirtiéndolas en simples anécdotas, en pequeñas afecciones de un hombre perdido para siempre. Al menos, hasta que nos volvamos a encontrar.

RR


Foto: Pablo Silicz

miércoles, 11 de noviembre de 2015

OTRA NOCHE, OTRA MAÑANA Y OTRO MOÑO


     La mañana no se presta como la noche. A decir verdad, la noche nunca se presta tampoco, la noche se regala, se entrega, se sacrifica a cambio de nada o de todo, de la vida o de la muerte, depende dónde uno esté parado esa noche o, en el mejor de los casos, dónde uno esté acostado.
     Y si le presto cada mañana mía es porque no me encuentro en condiciones de regalarle la noche -aunque lo haga cada noche, aunque cada una de mis noches quede ahí envuelta con un moño precioso, que de a poco me ha ido saliendo como esos que hacía mi madre para cuando me tocaba llevarle el regalo al del cumpleaños-. Tal vez sea por eso que me llevo bien conmigo durante la mañana -no tanto durante la noche-. Y tal vez por eso también me levanto a cualquier hora, incluso a estas horas en donde la mañana sólo tiene de mañana el nombre, porque en realidad todavía es noche (su noche) y está propiamente en su envoltorio y con su moño esperando a que ella la recoja. Entonces me levanto y voy hasta la puerta disimulando mi desnudez, caminando entre las sombras de la noche que nada tienen que ver con las sombras de la mañana, que son pura sombra y nada más. Durante la noche, en cambio, las sombras pueden ser canciones o mujeres desnudas volviendo de quién sabe dónde a florearse impávidas con pretensiones eróticas... Pero no nos vayamos para cualquier lado. Estábamos en que salía hasta la puerta bajo las sombras de la noche que ya dije lo que pueden ser. De ahí voy hasta la reja y miro por entre los barrotes y examino cada intersticio buscando una carta suya de aceptación de mi noche regalada a puro trago, a puro moño. Como nunca encuentro nada, me vuelvo y me miro de reojo en ese espejo de sombra interior que dejé abandonado en el sueño que traía de la cama, como buscando una mínima razón capaz de justificar tanta locura.Y a veces, si me dan ganas, agarro la guitarra o abro el primer libro que encuentro. Si no, lo de siempre: acepto el desafío, asumo mi responsabilidad y le escribo algo así:
                           "Querida (dos puntos):  tu noche ha quedado sobre la mesa. Te esperé hasta donde pude, pero como vi que te retrasabas decidí aprovechar este sueño inesperado para dormir. Al fin y al cabo, también me sirve dormir cuando finalmente llega el momento de asumir la mañana, cuando ya no puedo hacerme el distraído ni seguir postergando pensar en dónde cuerno acomodar esta otra noche que inevitablemente se me va a juntar con las demás. De todas maneras, ahí sobre la mesa me quedaron los restos pacíficos y muertos de un cuento que había empezado a escribir, hasta que descubrí que no era ni pacífico ni estaba muerto y lo dejé sin que me importasen las migas de tu recuerdo que quedaron en el piso (no fuera que terminara escribiendo una profecía o algo por el estilo). Yo voy a estar arriba, durmiendo, o algo así. Despertame, por favor, cuando llegues. Y si, por una de esas cosas de la vida no llegases a tiempo, no te preocupes, seguramente me despertaré por la mañana a terminar el cuento, ya sin posibilidades proféticas aunque seguramente con más gusto a vos que vos misma. No te olvides de cerrar con llave. Tuyo."

     Es que por más que sea de mañana y que se preste más que la noche, a mí ya no me queda otra que desenvolver el papel estampado, el moño -y toda la mar en coche- con este olor inapelable a ella que viene de la reja, que es una profecía auto cumplida, un acorde repetido que, a esta altura, ya suena hasta cansador. Y cuando digo a esta altura quizás debería, aunque más no sea por decoro, simular un mínimo de honestidad y valentía y admitir que mi altura es puro subsuelo, pura noche regalada, puro sacrificio. Un silencioso sacrificio que llevo adelante cada noche y que consiste únicamente en no vestirme para atravesar corriendo la reja con una carta escrita a las apuradas; o para llevársela hasta su casa que, para colmo, no sé ni siquiera dónde queda exactamente; que es un lugar incógnito y desconocido que me han dicho que está situado en algún lado cerca de otro lado que ya no es ni mi lado ni el suyo, que es un lado oscuro de la luna, de las sombras, de las incontables noches sin dormir, sin pegar un maldito ojo esperando que salga el sol y me preste una mañana en blanco para que, al final, termine siendo siempre de ella. De ella y de ese aroma inconfundible de su perfume de tilo florecido, de pubis inolvidable cubierto como un regalo con ropa interior lisa o estampada ajustada a su cintura con un moñito ahí, debajo de su ombligo pequeño y adusto, rodeado de su vientre terso que agita estos incontenibles deseos de encender un humilde fuegito de ramas y hojas secas para quemar todas estas malditas cartas inservibles antes de subir hacia sus costillas a contrarlas una por una hasta toparme con la curva donde nacen las sombras íntimas de sus pechos obsequiosos y desenvueltos, trepando con uñas y dientes para llegar a la cima a dejarle innumerables besos en forma de versos deslucidos sobre sus pezones que son como dos faros cuando me pierdo durante la noche...
     Hasta recuperar la cordura, la cordura de la mañana. Una cordura de papel mache que me permite seguir mi camino mientras voy buscando los rasgos de su cara que se van desvaneciendo sin querer en este olvido que parecía que nunca iba a llegar y que ahora me está golpeando la puerta, me está sacudiendo la reja, me está inundando el alma. Y la pierdo de vista y apenas logro reconocer su boca de pura risa, de diente rebelde; y su nariz arrugada y sus ojitos apuntando estrategicamente hacia mí que me he perdido otra vez en su noche con un moño en la mano. Nada más que por ella.
     Sin embargo, y a pesar de todo esto y de que ya no le quedan muchas sombras que la apañen, la mañana todavía se presta para escribirle algo. Sí, cualquier cosa que sirva para llegar a la noche -a la mía-. Para cuando llegue el  momento de caminar medio en cueros bajo la luz de la luna hasta la reja a recoger una vez más un silencio y un acorde infausto y repetido. Al menos hasta que sea capaz de admitir que lo que en verdad ha sucedido es que, como ocurre con todo, nos hemos ido dejando de a poco en el pasado; nos hemos abandonado mutuamente sin necesidad de frases grandilocuentes, ni de ridículas promesas. Así de simple. Como me fue abandonando a mí esa ridícula esperanza de vivir para contarlo. Y como, supongo, me abandonará un día esta estúpida pretensión de inmortalidad que fue creciendo al amparo de su sombra. Y que en algunas noches como esta se parece al amor.

RR


martes, 3 de noviembre de 2015

PARÁBOLA DEL HOMBRE VALIENTE


     Aprovechando que el tiempo pasaba y ella no volvía, se propuso dilapidar su vida, apostar todo a la última baraja que había quedado dada vuelta sobre la mesa. Y consintió en no volver a mirar atrás nunca más, en otorgarse un presente novedoso, una licencia sin goce de penas.
     Fue extraño verlo en esos tiempos, su saludo era cordial y su mirada conforme. No había una sombra capaz de aplacar su brillo que parecía un reflejo veraniego constante. Parecía como si hubiese encontrado la fórmula mágica para ser feliz. ¿Quién, por otra parte, se hubiese atrevido a discutir uno solo de sus argumentos? No, no había manera de cuestionar sus ideas pasadas ya que también habían vencido junto con ese tiempo que decidió dejar atrás. Entonces, el pasado: pisado.
      Tampoco nadie le escuchó formular plan alguno o ejercitar cálculos de probabilidades sobre acontecimientos inciertos. Entre otras cosas, llamaba la atención que, a pesar de que no usaba reloj, jamás preguntaba la hora. De igual manera ocurría con los días. Recuerdo que visité su casa una vez y me extrañó no ver en ningún lado un calendario o algo que pudiera indicar la fecha o el día de la semana: algún pequeño imán en la heladera; alguno de esos triángulos plásticos que regalan en los comercios para fin de año, nada. Sus días eran todos un día, sin nombre y sin connotaciones por su ubicación con respecto a sus actividades o las de los demás. Él hacía lo que quería cuando quería. Aprovechaba la luz del día para caminar de cara al mar y soltaba sus sueños por la noche. Y cuando digo que los soltaba no me refiero a soltarlos para observarlos, para plantearse imposibilidades u obstáculos que le sirvieran como excusas para no llevarlos a cabo. No, él literalmente los soltaba, los lanzaba al espacio en una cascada de luces en donde desaparecían dejando las cuentas en cero una vez más para recomenzar todo nuevamente, libre de condicionamientos.
      Sin embargo, como suele suceder casi siempre en estos casos, hubo una falla, un descuido, un error de cálculo. Todo aquello que había sido ignorado apareció un día -como es costumbre- bajo la forma de una mujer. Y esa mujer le demostró que, a pesar de la ausencia de los números y las agujas, las horas pasaban igual; que sin importar que no nombrara los días, estos se sucedían de a uno inexorablemente. Y así, al desestimar el pasado y la memoria y los recuerdos, creyendo que todos habían sido arrojados al océano del olvido, pecó de ingenuo y perdió de vista algo fundamental: la luna atrae la marea y siempre devuelve lo que le arrojan.
     Finalmente, en uno de esos días de novedades perpetuas, naufragó sobre su orilla una botella con un aroma nuevo que cabalgaba al lomo de un viento conocido. Casi todos conocemos ese viento y sabemos de esos aromas. Algunos incluso estamos al tanto de sus consecuencias y por eso renunciamos al olvido. Pues comprendemos que existe una continuidad inevitable, un espiral infinito, un surco en un disco sobre el que sólo es posible avanzar siguiéndolo, pues de otra manera, estaríamos en el mismo lugar eternamente cantando los mismos versos aburridos e incompletos.
      Y entonces volvió sin poder resistirse a los días de la semana, a esperar la hora en la que ella aparecía ante su mirada enamorada. No tuvo manera de seguir orbitando el mismo círculo y fue arrastrado por lo que él consideraba una nueva mujer. Sin embargo, eso no era exactamente así. Nunca quise decirle  la verdad, revelarle que ella no era una nueva mujer. Porque, a decir verdad, ella era la misma de siempre, la que se repetiría en la constancia de las horas y de los días, la que probablemente cambiara el color de la piel, del cabello y de los ojos pero que nunca podría cambiar las palabras que la nombraban en la oscuridad, el pulso acelerado que antecedía su llegada, las fantasías que vulneraban cualquier intento de mantener la falacia de una libertad carente de mérito, la libertad de los hombres cobardes.
     Porque ella era ella y a la vez era todas. Y con ella se rompía ese anhelo injustificado de libertad. Esa libertad solitaria e inútil que tarde o temprano termina perdiéndose en la amnesia del mundo para ser devorada livianamente por la muerte irremediable. La misma muerte irremediable que, con mucho más esfuerzo, hace lo imposible por tragarse esa otra clase de libertad, la del hombre valiente, la de quien decidió ser esclavo de los calendarios y de los relojes que marcan el día y la hora en que ella se fue para siempre de su vida.

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...