viernes, 7 de julio de 2017

VERÁS QUE TODO ES MENTIRA


     Ahí viene, seguro que es ella, escondete, haceme caso. 
     Dale, por una vez hacele caso a este otario que en este día, cansado, se puso a ladrar. Por una vez en la vida escuchá mi ladrido, mirame cómo te muevo la cola, cómo te muerdo los dedos para que te detengas, para que no escribas una palabra más; para que cierres los ojos ahora mismo y no te sumerjas otra vez en el fangal endemoniado de su recuerdo y quedes, como si vivieses en un disco rayado, a su merced (tal cual estoy yo siempre a la tuya). Por favor, esta noche no. Que esta noche no sea una vez más un ocaso disfrazado de amanecer, uno de esos inviernos manifiestos que te sueltan hojas muertas en la cabeza que vos, con tu mente atiborrada de tibiezas indelebles, transformás en veranos de fábula y romance.
     Y no pienses que lo hago de egoísta. No pienses que yo no me acuerdo a veces de ella, de aquella nariz que nos guiaba a su frente que era como una muralla inescrutable defendiendo la profundidad de su mente. No creas que me he olvidado completamente de aquella boca centellando maldiciones, amenazando finales inmediatos, convocando a esos fantasmas que todavía hoy (sí, todavía) te circundan. Me circundan. Nos circundan.
     Vamos, ¿para qué vas a meternos otra vez en ese lío, en esos aprietos que estrangulan la garganta y resecan los girasoles y alientan a ese zorzal que está paradito ahí con su guitarra, lo más pancho, cantando como si el tiempo fuera nada más que una metáfora horrorosa? Es que el muy malvao canta como si ayer nunca hubiese existido, como si este presente fuese sólo lo que él nos propone y no lo que verdaderamente es para nosotros: una ausencia inapelable. Como si mañana... Mirá, yo no te puedo mentir a vos: a esta altura del partido no nos queda ni yerba de ayer secándose al sol, lo único que tenemos es mañana. Así es, mañana. 
     Al fin de cuentas, mañana todavía espera en la gatera y, en una de esas, aparece como Leguizamo: solo, viejo y peludo. Y si no, al menos, podemos disfrazarlo con las ropas que queramos. Hasta tenemos la chance de ponerle cara de desentendidos, como aquella cara de naipe que poníamos cuando algún pelandrún nos hablaba de ella en medio de una conversación sobre cualquier cosa dejándonos en la lona sin necesidad de cuenta alguna. En todo caso, vos podés, si no, llenar alguna copa y brindar por una mina cualquiera, por alguna desconocida que hayas visto una sola vez en tu vida en un bar, en una imprenta, o quizás nunca. Nadie tiene por qué enterarse de todo esto. Nadie tiene por qué saber de estos vapores y estas nubes y todo eso que vos y yo sabemos perfectamente que es una lluvia torrencial, un barrial espeso e impenetrable donde, queramos o no queramos, siempre terminamos (terminaremos) empantanados. 
     Nadie debería ni siquiera sospechar que mañana -como todos los días- vas a mirar por la ventanilla del bondi en cada parada para ver si entre toda esa gente que sube a las apuradas está ella. Ella que sube mientras vos te obsequiás una felicitación más bien patética por haber elegido el asiento doble, juzgando -con un absoluto exceso de optimismo- que, en caso de no quedar otro asiento disponible, no tendrá más remedio que sentarse a tu lado. Sin considerar que, entre tantas extrañas preferencias que ella sostenía, seguramente preferirá quedarse agarrada del pasamanos moviéndose como una hermosa bailarina rusa al compás de los baches de la calle. Lo que, como bien sabemos los dos (o más bien los tres), provocará que tu corazón estalle por los aires en mil pedazos refutando por enésima vez esa estúpida frase que dice que el tiempo todo lo cura. Es que tanto vos como yo -y hasta algunos más- sabemos que ni aún la muerte cura todo. Es más, estoy seguro de que si hubiese algún instrumento capaz de medir el dolor en la tierra podríamos comprobar que la tierra late y gime, no sólo por los dolores que nosotros mismos le ocasionamos, sino por nuestros propios dolores. 
     Y es que nuestros dolores, los verdaderos, esos que se van con nosotros a la tierra o al fuego, no son los dolores del dinero o de la herida mortal que quizás provocó nuestra muerte. No, estimado compañero, nuestros dolores, los verdaderos, los buenos dolores, los que se quedan con las cenizas como un sancho fiel, son los dolores del amor y las ausencias, de ese espantoso vacío que deviene del último adiós, del silencio transformado en una sinfonía siniestra que nos arrastra inevitablemente a la desesperación de un tango freído a setenta y ocho revoluciones por minuto que, en un ritual inolvidable, nos marcará su nombre en el alma para siempre. Siempre. 
     Por eso te estoy llamando ahora, para prevenirte, para bajarle el volumen a la guitarra de Barbieri, para sacarle el micrófono a ese morocho insolente que te hizo creer una vez más en vueltas improbables -por no decir, imposibles-. Vamos, vení mejor conmigo, tomemos algo juntos como dos cacatúas con poca pinta, tomemos un papel y un lápiz y escribamos mejor esa poesía con imágenes surrealistas que, en todo caso, es capaz de nombrarla como una estrella o como un mar helado. Quién te dice que un día, esos versos no se conviertan también en canción. 
     Miremos mejor al cielo oscuro y seamos sinceros y honestos con nosotros mismos ¿De qué nos sirve a esta hora de la noche pretender que la vida es algo más que esta farsa, que esta desgracia que intentamos hipócritamente vivir como una fiesta? No, amigo mío, mejor vivamos la vida como lo que verdaderamente es: una mentira piadosa llena de penas y heridas. Una mentira irreverente sostenida por esta falsa esperanza de que un día de estos, sin saber cómo ni cuándo, la muerte borre de un plumazo el ayer ceniciento para así evitarle a la tierra y a nosotros, y en este caso a ella, otro disgusto.

RR


sábado, 24 de junio de 2017

ESTOCOLMO


     Como todo el mundo sabe, Estocolmo es la capital de Suecia. Pero lo que quizás no sea tan conocido es el hecho de que Estocolmo es la ciudad que más ha contribuido en población inmigrante en Argentina.
     De aquellos españoles que invadieron y colonizaron con la espada y la cruz (sobre todo con la espada) lo que ellos bautizaron América, pasando por los primeros irlandeses que impulsaron el desarrollo de la ganadería ovina a mitad del siglo XIX en el norte de la provincia de Buenos Aires, siguiendo con las oleadas migratorias de comienzos del siglo XX provenientes, entre otros,. de Italia, España, Rusia, Polonia, países árabes, etcétera, ninguna de estas colectividades ha tenido el peso cultural que indudablemente tuvieron los estocolmenses, o estocolmeños -o como sea que fuera el gentilicio de estos lamentables personajes-.
     Las pastas, la paella, los knishes, entre otras deliciosas recetas, son sólo pequeños detalles culinarios de aquellos grupos minoritarios que arribaron a estas pampas. Prominentes puteadores, profetas de un mundo extinto, cuenteros de profesión, poseían además, un complejo de superioridad tan exacerbado que terminaría convirtiéndose en una de las características más destacadas de la idiosincrasia argentina. Característica que, sobre todo en el resto de Latinoamérica, a algunos les provoca gracia y a la mayoría, desagrado y resentimiento. No obstante, y para ser un poco indulgente con estos pintorescos inmigrantes, es menester poner de relieve su gracia y su humor (sobre todo negro) que han servido de catarsis para la desdichada población autóctona en muchos de los duros momentos históricos donde los otros, los malos, dominaron la escena nacional.
     Porque los otros, los malos, los estocolmeños (o estocolmenses), fueron más bien inmigrantes funestos y despreciables que, como la peor de las malas hierbas, se reprodujeron y ocuparon todas las hendijas de la duda circundante, tapando casi definitivamente con su perversa sombra cualquier posibilidad de que una idea superadora o un pensamiento profundo brillara aunque sea tímidamente durante un período de tiempo más o menos prolongado.
     Así es como el argentino promedio ha ido desarrollado el gen preponderante de Estocolmo. Este gen pernicioso fue capaz de colarse impunemente bajo la piel criolla dando la característica principal a una gran parte de los habitantes de estas tierras del sur. Si la gente se tomase alguna vez la molestia de retirar la atención por unos minutos del aparato celular mientras camina por las calles, sería posible que se encontrara inmediatamente con personas de origen español, italiano, judío, árabe, etcétera; ciudadanos capaces de demostrar vívidamente hasta qué punto ellos también han sufrido la degradación de sus propios genes originarios en beneficio (o más bien, maleficio) del gen de Estocolmo.
     Están acá y allá, por todos lados. Personas de todos los estratos sociales que vociferan acusaciones que van dirigidas como una ráfaga de ametralladora contra cualquier sector de la población que muestre algún rasgo de dignidad en sus acciones, o incluso en su discurso. Los estocolmenses los miran con desprecio, con resentimiento, con odio. No soportan nada ni siquiera parecido al pensamiento crítico, llegando a considerarlo prácticamente como un acto subversivo. Para ellos cualquier alteración o cuestionamiento que se intente hacer sobre el sentido común -ese espantoso pseudo alegato a favor de nada y en contra de todo- es un desafío imperdonable que debe ser combatido y castigado con todo el peso de la "justicia".
     Según los estocolmeños, el poder establecido -el que gobierna y el que lo sostiene- es el resguardo de la moral y las buenas costumbres. Ellos sienten que quienes regulan y legislan sobre sus vidas son, finalmente, los titulares casi divinos de sus destinos. Nunca discuten, polemizan u objetan sus recomendaciones. Jamás ponen en duda la honestidad de quienes les exigen sacrificios fatales sin estar dispuestos a llevarlos adelante ellos mismos. Aceptan y apoyan cualquier medida propuesta en un supuesto beneficio propio aunque la prueba irrefutable de que sólo beneficiará a ese poder sea puesta ostensiblemente delante de sus ojos. Y si algo saliera mal (como siempre ocurre), se ocuparán concienzudamente de repartir las culpas entre los opositores, los cuestionadores, los intelectuales (estos últimos nombrados con un profundo tono despectivo), los humildes (idem que el caso anterior) y todos aquellos que hayan logrado evitar el contacto con el gen escandinavo o, más loable aun, hayan conseguido extirparlo de su cuerpo.
     Pocas veces en la historia argentina se ha podido comprobar como hoy la extraordinaria influencia de este gen sobre la población. Si bien a lo largo de los poco más de doscientos años de historia nacional (dejemos a los pueblos originarios fuera de este ensayo y en un espacio libre de culpas pues ya han sido castigados mucho más que suficiente) es posible encontrar reiterados casos que muestran a las claras su impresionante dominio, todo hace pensar que estamos transitando, tal vez, uno de los momentos más álgidos de su dominio. ¿Cómo explicar si no que, mientras la mayoría de la población se encuentra visiblemente afectada por las políticas que bajan como un garrote sobre la cabeza de todos, los responsables sigan como si nada exponiendo argumentos falaces y apelando al sacrificio general mientras los estocolmeños los aplauden y los exculpan? ¿Cómo es posible que mientras la tierra se convierte en barro y el agua en una cloaca y el cielo se oscurece amenazante haya quienes sostengan iracundos que sólo así podremos sobreponernos de unos supuestos males heredados? ¿Cómo puede explicarse, si no es por el dominio del gen de Estocolmo, que quienes evidentemente han sido infectados por él sostengan el dedo acusador únicamente hacia aquellos que ya han caído lamentablemente derrotados o sometidos, o hacia los que son inmunes al gen y que tratan por todos los medios de hacerles comprender que quien castiga y golpea y condena a la mayoría a la resignación, al sufrimiento y hasta a la muerte no lo hace por el bien de esta mayoría sino por el suyo propio? ¿Qué otra plaga, más que el gen de Estocolmo, tiene la capacidad diabólica de generar esta increíble adhesión sin cuestionamientos a la autoridad de quienes se aprovechan de una posición de poder para mantener sus privilegios sentenciando al resto a sobrevivir miserablemente? No cabe la menor duda, una vez más: el gen de Estocolmo es el responsable.
     Es probable que nadie supiera al momento del ingreso de aquellos inmigrantes suecos que algo así sucedería, que una gran parte de la población sería infectada por sus genes transformándolos en personas capaces de amar a sus verdugos, capaces de elogiarlos injustificadamente, capaces de sostenerlos intocables en la cima de la montaña mientras la mierda tapa y hunde al resto. No obstante, no se puede ni se debe claudicar en esta lucha, los estocolmenses deben ser combatidos y desenmascarados. Es absolutamente imprescindible declarar, todas las veces que haga falta, que el sentido común no es una idea ni un pensamiento, es un conjunto de prejuicios difundidos maquiavelicamente para beneficio de los poderosos, de los inmorales, de los nefastos y los mafiosos.
     Por eso les pido encarecidamente: protejámonos los unos a los otros de la infección de este espantoso gen. Que esta runfla de facinerosos nunca logren su cometido. Esto es; hacernos creer que lo que nos está enfermando servirá en un futuro cercano para curarnos, y que, finalmente, lo que nos mata es lo único que puede salvarnos.

RR


jueves, 22 de junio de 2017

DE LO PEOR


     Sin embargo, eso tal vez no es lo peor -ojalá lo fuera-. Lo peor es (quizás sea) el olor de aquel aliento suyo por la mañana. Ese inconfundible olor a sueño truncado a mitad de la noche por el ladrido de algún perro en la vereda o por alguna caricia mía entregada fuera de hora; o hasta por la imborrable presencia de la muerte de quien fue, no hace mucho tiempo, ella misma. 
     Sí, lo peor probablemente sea el aroma rebelde de su diente desalineado que rebota contra este nuevo color en la pared que, a pesar de su anaranjada juventud, no logra ni borrar ni tapar su reflejo. Un reflejo, sin bien austero, mucho más que suficiente para tiempos como estos que corren (y que corren cada vez a más y más velocidad). Ese reflejo que brota desde las entrañas de los ladrillos unidos únicamente por tres partes de arena más una cemento; ese maldito reflejo suyo que se despega de la cal del revoque como un fantasma para susurrarme al oído sus viejos caprichos, sus futuros inconcebibles, y este presente que la presenta como si fuese una gran novedad, como si ella necesitara a esta altura cualquier tipo de presentación. ¡Vamos! Qué novedad puede ser para mí el extracto de su dulzura en cuenta gotas, su incontenible avalancha de furia y su completa desaprensión pública por ese miedo a morir de amor que todos los hombres y mujeres de bien tuvimos alguna vez .
     Y aunque ya había dicho yo alguna vez que no moriría de amor sino de cualquier otra cosa, seamos sinceros: ¿quién no quisiera un anuncio en el obituario de algún diario proclamando que los amigos y familiares lloran la partida de quién ha fenecido inevitablemente de amor? ¿Quién, sino ese soldado desconocido, recibiría más merecido y justificado homenaje de las damas del pueblo que lo vió nacer, amar y después partir para al fin andar sin pensamientos, que este Don Juan irremediable? Pero no obstante esto, desafortunadamente, han sido escasos estos irrisorios laureles para lograr, aunque más no sea, cierta falsa tranquilidad devenida de un olvido impostado. 
     ¿Se entiende ahora lo que trato de decir? Probablemente eso, eso mismo, sea lo peor, sólo eso y ninguna otra cosa. Eso que es ni más ni menos que esta pila de cartas y hojas de calendarios amontonadas sobre el piso, que permanecerán ahí tal vez para siempre por no haber tenido yo el valor de recogerlas a tiempo, por no haberme animado un día a mirar de frente a ese informe contable de tiempo que había pasado pensando en cualquier cosa para no escribirle; escribiéndole cualquier cosa para no pensar en ella, en su aliento inmortal, en la fragancia veraniega de aquel día en que ya no la vi nunca más en mi cama pero que, sin derecho a defenderme, fui condenado a sentirla eternamente en cada hoja seca que en mayo caía inapelable del tilo que asombraba mi vereda, para ser tragada, sin derecho a un juicio previo, por la tierra en junio. Y así, desnudar mi soledad por el resto del invierno. Por el resto de mi vida
     No, ahora que lo pienso, eso tampoco debe haber sido lo peor. Porque lo peor, al igual que lo mejor, siempre estará por venir. Y si ella aparece un día con aquel mundo suyo entre sus manos en este oscuro y frío espacio donde ahora yazgo,  será lo mejor de lo peor; un final magnánimo e indiscutible para lo único que quizás me hubiese mantenido vivo. Al menos hasta ayer. 
     Hasta ayer que estaba vivo.

RR




viernes, 17 de marzo de 2017

EL BURGUESITO


     El burguesito se toma muy en serio la vida. Él cree verdaderamente que la vida es para vivirla, que hay para todos y que hay que esforzarse por conseguirlo. Y quienes no logren este objetivo, pues será porque no se han esforzado lo suficiente.
     El burguesito es libre y hace de su libertad una bandera que debe ser honrada y respetada. No hay para él otras banderas de la libertad que no sea la suya ya que la libertad se expresa en términos únicos que, claro está, son los propios.
     El burguesito tiene un lugar en el mundo, le pertenece sólo a él y lo defenderá a costa de quien sea, y vociferará esa defensa con autoridad, esgrimiendo razones de orden ético, moral y hasta divino.
     El burguesito sabe que lo suyo es suyo y de nadie más, que su propiedad es inviolable y que todo es al fin y al cabo de alguien. Aunque prefiere no pensar en que su vida también es de alguien, ese tiempo perecedero que se lo llevan hora tras hora los vientos poderosos soplados desde lugares sin ninguna bandera.
     El burguesito se aflige por los que menos tienen y cede pedacitos de su conciencia para darles un lugar y dormir tranquilo por las noches. Pero apenas se levanta y da sus primeros pasos por la realidad que excede a su aldea, se coloca sus anteojos espejados por dentro para poder ver sus propios ojos, su mirada ilusionada, su cara limpia y fresca y tornasolada por un sol amable que, a la vez que tuesta sus poros y alimenta su fotosíntesis, arrasa con los brotes de los secos y los desahuciados.
     El burguesito se siente permanentemente amenazado por todo aquello que huele diferente, que habla diferente, que siente y piensa del otro lado de la balanza, del plato que siempre pesa menos, de ese lado al que la ceguera de la justicia nunca apunta, sino más bien, vigila día y noche para tranquilidad del burguesito.
     El burguesito desconfía de la ilustración, de los saberes que él opina deben ser recortados, divididos con troqueles y seleccionados uno por uno para que no se contaminen, para que no suceda la tragedia de una cadena causal que pueda explicar lo que él defiende como obra de Dios. Y por eso, persiste inquebrantable en su fe persiguiendo perseverante a quienes promueven una libertad de consciencia a la que, en el fondo, condena como una herejía, como la magia oculta de seres poseídos por un espíritu diabólico y vengativo.
     El burguesito sabe que todo lo que se hace con amor finalmente triunfa y por eso sólo odia a quienes lo reclaman para ellos e intentan reivindicarlo como un sentimiento común, humano, cotidiano y sobre todo (sobre todo) igualitario.
     El burguesito se acuartela y se defiende, se obstina y ataca cualquier competencia, precisamente porque cree en la competencia, en la selección natural de los mejores, en los derechos adquiridos e indiscutibles, en la justicia que lo defiende, en el sistema que lo respalda, en la sabiduría de otros sabios burguesitos que piensan y piensan y piensan todos los días para resolver el problema de la mierda que no para de esgrimir sus marrones verdades en el mar turquesa que rodea sus esperanzas de seguir conservando lo que le pertenece.
     Y así anda el burguesito, un soldado macartista cazador de brujas. Va y viene señalando culpables entre los aplausos y los festejos de sus pares. Camina por su vereda arrojando su mugre a la calle para que otros, dice, tengan la posibilidad de juntarla ganándose así sus vidas con el sudor de sus frentes y aspirando esperanzados a sentarse un día aunque sea en el cordón a mirar un cielo despejado. El burguesito declara vivir y dejar vivir. El burguesito, provee para sus hijos y guarda y acumula para los malos tiempos. El burguesito consume feliz felicidades coloridas envasadas prolijamente, que han sido anunciadas y publicitadas como el camino inequívoco a un mundo exclusivo de sonrisas sin dolores, de paisajes exuberantes llenos de productos típicos y personajes pintorescos semidesnudos que, según él, han sido elegidos por un azar inescrutable o por un destino misericordioso y justo, con el objetivo de servir al bienestar general y el disfrute de todos (o al menos de quienes puedan pagar por ello).
     Lo que el burguesito no sabe es que tal vez, quizás, puede estar equivocado, y que la mierda lo va a terminar tapando, y que el exceso de sol está degenerando su fotosíntesis, y que Dios probablemente no estará de su lado cuando esos pobres diablos que están afuera de sus anteojos espejados se harten un día de estar hartos y salten del plato de la balanza tramposa y derriben el monstruo grande que pisa fuerte, al que el burguesito mismo disfrazó de mujer justiciera, ciega y amable. Y una vez que estos pobres diablos impongan sus razones y enarbolen sus dignidades y sus derechos y defiendan sus amores y sus sueños y sus hijos que nacen iguales que los del burguesito, entonces será tarde para darse cuenta de que todo el tiempo que usó para comprarse seguridades y construirse fortalezas constitucionales para sus privilegios al final sólo vale un agujero en la madre tierra húmeda y hambrienta que, tarde o temprano, y haciendo verdadera justicia, todo lo devora un día.

RR

lunes, 6 de febrero de 2017

A QUIEN CORRESPONDA


     He llegado hasta este punto sin saber cómo y no sé muy bien hacia dónde seguir. ¿Cómo haré para escribirle ahora que la he perdido? ¿Cómo podría volver a encontrarla nuevamente en palabras ahora ausentes, para contarle de unos espacios que antes sólo duraban unos pocos minutos hasta ser ocupados por una coma o un punto seguido con vistas a su imborrable paraíso?
     Repentinamente, y sin previo aviso, me convertí en un par de manos tiesas y mudas. Debería hallar alguna manera para decirle que todos aquellos finales pendientes se me han venido encima en forma de un silencio espectral, incuestionable; que aquel fantasma suyo que recorría mis entreveros con los días y las noches de la semana se ha evaporado, como si se lo hubiese tragado la tierra, como si un día, de tanto venir junto al cántaro, se hubiese roto su hechizo dejando nada más que una sábana blanca ondeando a manera de bandera de armisticio.
     Pero, ¿qué fue lo que sucedió? ¿Es que, entonces y al fin de cuentas, es inútil intentar ser algo más que un final anunciado? ¿Es que es inevitable caer en la desgracia de ser un nombre sin rostro, confundido y avergonzado, dando manotazos de ahogado sobre un teclado destrozado que se declara incompetente a viva voz y se muestra cansado ya de escribir siempre las mismas sinrazones, las mismas desmedidas e ineficaces metáforas para justificar lo injustificable?
     Pues bien, debe ser eso nomás. Debe ser que he perdido finalmente esta guerra y que ella no se irá nunca de mi lado aunque ya se haya ido como se va todo, como se pierden las cenizas de los muertos cuando quienes se propusieron custodiarlas hasta el fin de los tiempos también mueren convirtiéndose ellos mismo en cenizas.
     Sin embargo, y a pesar de todo, no creo que nadie venga a exigirme explicaciones. Y mucho menos ella que nunca estuvo verdaderamente acá, que nunca fue otra cosa más que la protagonista de un paisaje delirante imaginado en medio de la fiebre que se alimenta de unos anhelos más bien infantiles mezclados con los vapores nocturnos del alcohol y las soledades irreparables.
     Sí, ella era, en todo caso, una pequeña urna cenicienta mirándome desde un lugar donde nunca hubo nada, donde el viento y el aire del mar hacían lo suyo sin anunciarlo en ningún lado, eso que alguna vez pareció imposible: convertir en olvido, en herrumbre, lo que el amor se encargó alguna vez de pulir para una pretendida y exagerada eternidad que, en realidad, sólo es capaz de perdurar durante el efímero reinado del beso silencioso. Ese beso delicado y fugaz que nunca, jamás, necesita de un solo verso para sobrevivir; así como tampoco demanda justificaciones o explicaciones, anteriores o postreras.
     Pero quizás no sea menester hablar de olvido porque, a decir verdad, nadie olvida nada -ni siquiera ella probablemente se haya olvidado de mí-. Porque una cosa son los recuerdos y otra muy diferente es el olvido. Y que uno no recuerde no quiere decir que haya olvidado. "El hecho de no recordar muy bien algo -decía Borges- quiere decir que algo ha existido y que ha sido recordado y olvidado". Es que el olvido y la memoria son una misma cosa. Por eso cada vez que uno le apunte al olvido lo hará irremediablemente empuñando la espada sagrada de la memoria. Y así, con las misma carencia de remedio y la misma falta de solvencia, intentará darle de lleno a aquel corazón que alguna vez latió en sus manos. Y todo será en pos de silenciar el espantoso zumbido que dejan algunas ausencias.
     Por eso, es absolutamente imposible escribir nuevamente sobre todo aquello que he olvidado, sin volver dolorosamente sobre su recuerdo. Y cada vez que ella y yo busquemos apartarnos y corrernos y rechazarnos en los nebulosos prados del olvido, dejaremos una y otra vez una huella más sobre el infinito sendero de la memoria. Un sendero interminable que sólo pervive por el recuerdo permanente de lo que queremos olvidar.
     Entonces -y para dar un cierre a semejante cúmulo de insensatez-, es inútil seguir sosteniendo a esta altura de la vida que el tejido de palabras que nos unían en un olvido compartido ha perdido la forma consistente del hoy para ser un pasado cuestionable o un futuro impredecible. No sé ella, pero en mi caso, el olvido no es la tonta búsqueda de un pase mágico capaz de salvarme de su recuerdo, sino de salvarme de mí mismo. El olvido es la prenda con la que intento sin éxito vestir mis días y mis noches, mis sueños y mis desvelos, mis pocas luces y mis inconfesables oscuridades.
     De esta manera, si es que pretendo seguir asomándome de vez en cuando de este lado de la hoja, debo sin falta confesar, ahora mismo y a quien corresponda, el engaño de haberla olvidado. Y así también debo rechazar vehementemente el falso armisticio de su sábana blanca ondeando perversa por encima de su silencio espectral, para seguir dándole combate a su recuerdo desde esta lejana trinchera. El recuerdo del aroma primaveral que desprendían sus senos florecidos por la tarde cuando anunciaban la inquebrantable humedad de su pubis dominante por la noche.
     No, no crean que estoy loco. No he perdido la razón, pues nunca la he tenido ni la he necesitado. Más bien he elegido perder la cordura de la manera más sana posible para evitar morirme sin penas y sin gloria, para reconciliarme definitivamente con lo que nunca será.
     Por más que ella nunca se entere.

RR

martes, 27 de diciembre de 2016

ANILLOS DE COLORES


     Hace ya varios días (muchos, demasiados) que me mira callada, como impaciente. Y yo la miro también cada tanto, observo los movimientos casi imperceptibles de su boca que masculla y susurra, que mastica silencios haciendo pequeños globos de palabras que vuelven a su boca y bajan por su esófago hasta ubicarse en su estómago, en su alma.
      Pero yo, como es claro y evidente, ya no puedo llegar hasta allí. Es que hace meses (muchos, demasiados) que he perdido su rastro. O tal vez mejor sería decir, el rastro de su estómago, de su alma. Porque no alcanza ni sirve para nada preparar comida, armar la mesa, destapar alguna botella de vino si no logro entrar en su boca, si no alcanzo a reventar ese globo antes de que sus palabras se pierdan deslizándose por su garganta y desaparezcan diluyéndose en su saliva que creo recordar como si fuese hoy, como si fuese ayer, como si la besara otra vez, una última vez como la primera vez.
      Y yo sé que ahora anda por acá, pero hago como si no notara su presencia, como si no presintiera su mirada escondida, su globo inflándose sobre sus labios prodigiosos y mascullantes. Ahí está, a mis espaldas, apoyada sobre el marco de la puerta, ejerciendo un poder que yo mismo le he confiado desconfiando de mí mismo. Ella no sabe que ese poder me pertenece a mí, no a ella. Aunque sí es posible afirmar que ella ya se ha dado cuenta de mis carencias y mis cobardías, que son unas cuantas (muchas, demasiadas). No obstante, a mi humilde parecer, debería ser un poco más cuidadosa, porque un exceso de confianza puede ser contraproducente para ambos. Uno nunca sabe por dónde puede saltar la liebre. Es decir, por qué no creer que fuera  posible que en un santiamén, yo, tranquilamente y sin tomar tantas precauciones con respecto a ella, me enamorase de una mujer cualquiera sin globos de palabras en la boca, con más ruidos en el estómago que silencios en el alma. Una mujer de carne y hueso tan diferente a ella que es el hada de un cuento sin moraleja.
      Sin embargo, ella tampoco es tonta y sabe que con ir y venir impunemente por la casa le alcanza para demostrarme lo poco que valen mis amenazas de abandonarla en una hoja, de abandonar esta órbita que lo único que logra es dibujar anillos de colores inexistentes a su alrededor. Y es que tampoco yo soy tonto y sé que estos anillos son pura fantasía, una ilusión óptica creada por el desconsuelo interminable que me provoca la imposibilidad de atravesar su atmósfera, de aterrizar en su suelo, bajo un cielo al que no tengo derecho y por el que estúpidamente aun siento algunas obligaciones (muchas, demasiadas).
      Por eso tuve que dibujarme este cielo esencial aunque invisible a sus ojos, para darle un lugar a su ausencia, para poder ponerla a ella detrás de mis espaldas a espiarme cuando le escribo avergonzado de mi mismo pero feliz por ella. Y supongo que nadie -y mucho menos ella- vendrá nunca a reclamarme por los anillos de colores. He dejado perfectamente aclarado desde un comienzo que nada de todo esto es real, que todo es y seguirá siendo una entelequia egoísta, una ilusión óptica, la mezcla de los vapores del alcohol con alguna brisa nocturna de verano o una llovizna leve de esos domingos grises, anodinos y criminales que se llevan las horas de a una, no dejándonos a algunos hombres vencidos más que la barbarie de la resignación.
      Y ahora, antes de que nos den las doce, voy a terminar de pintar este último anillo. Voy a mirar un instante hacia atrás, hacia donde está ella, y voy a imaginar por enésima vez el chasquido de su globo estallando inesperadamente fuera de su boca, soltando una palabra, un hola o un adiós, da lo mismo. Entonces ahí sí voy a abandonar mi órbita para intentar penetrar en su mundo. Y probablemente me asfixie en el intento, probablemente no resista más que unos pocos segundos bajo el clima abrasador de sus sienes y su atmósfera de quimera. Pero al menos cuando esto suceda, podré finalmente regresar a La Tierra sin reproches ni culpas; podré quizás encontrar la salida de este cielo pasional tan lejano del suyo. Un cielo que, en definitiva, no contiene otra cosa más que anillos de colores y el recuerdo de los años que he perdido girando a su alrededor. Muchos, demasiados.

RR

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EN UN IRRELEVANTE PÁRRAFO INVERNAL


(escrito bajo la penumbra de un solo verano)

     Y es que tal vez decirte hoy que alguna vez te quise sea tan irrelevante como confesarte que aun te quiero; que ni el sinnúmero de inviernos pasados han logrado ocultar la calidez de aquel verano tuyo; que de todas las innecesarias necesidades que me fui creando para ocultarme de tu sombra, esta, la de escribirte, ha sido la más trágica de todas. Porque no he logrado evitar que cada palabra te nombrara vengativa antes de perderse para siempre en falsos significados, y que, como cuando los hijos se despiden de sus padres, me saludaran desde el umbral de tu olvido, que es adonde han ido a parar irremediablemente cada una de ellas. Por eso te pido que no las eches de tu lado a mitad de la noche cuando te golpeen el sueño e intenten meterse en tu cama. Ellas ya no saben volver a mí, ellas no saben lidiar como yo con el reflejo infinito de tu silencio rebotando en cada rincón de tu ausencia inapelable. Ellas no saben bajar la persiana para dejar la casa y la dignidad en penumbras -como acabo de hacer yo- y escribirse ellas mismas como quien se dibuja en una foto vieja junto al amor de su vida, rogando aunque más no sea por el consuelo de los tontos. No les cierres la puerta, no canceles ese puente que las salva de vez en cuando de un penoso suicidio en tu nombre. Vamos, no te cuesta nada darles un espacio para sus oscuridades, para que te digan lo que yo ya no puedo decirte: que entre la irrelevancia de haberte querido y esta inconfesable necesidad de escribirte se esconde mucho más que tu umbral y tu olvido, mucho más que la sinrazón de los inviernos perdidos por un solo verano, mucho más que un remedio para salvarme a mí de mí mismo y a vos de los caprichos imperdonables de mi mente que construye con hojas secas poemas para vos dedicados a falsas mujeres sin nombre. Mientras para mí se acopian en cada hoja, en cada oración y en cada párrafo como este, una imagen de quien nunca fuiste. Aunque hoy seas todo lo que tengo.

RR


Foto: Pablo Silicz

DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...