jueves, 8 de marzo de 2018

ELLAS


     La mujer que vive en estas páginas no es una sola, es más bien el legado de varias. Como así también habrán sido varios los autores de lo que cada una de ellas pudiera haber leído alguna vez empujada, probablemente, por la natural curiosidad del gato que vigila los restos de su presa una vez que esta yace moribunda en el suelo.
     No, no ha habido una única mujer, un solo nombre, un cuerpo único trazado con las mismas curvas, un solo par de ojos del mismo color y con la profundidad de una sola mirada. No he podido nunca mantenerme fiel a una sola ausencia, ni he logrado sostener la constancia persiguiendo un único olvido. Debe ser que, como le sucede a un tal Manuel en una obra que disfruto mucho, me gustan todas ellas. Y en el fondo creo que ellas lo saben. A pesar de que no les interese en lo más mínimo, lo saben.
     Y cada una tiene lo suyo, como cada quien, como cada cual. Pero hay un rasgo que las junta a todas a la hora de las palabras vanas que aquí se arrojan desmesuradamente: ninguna ha necesitado jamás para ser, nada de lo que yo les he escrito. Ellas son ellas no gracias mí, sino a pesar de mí. En cambio, yo no soy yo, sino gracias a ellas.
     No han sido ellas las que me han pedido -ni siquiera insinuado- que ocupara un solo segundo de mi vida en escribirles. Ellas, sin importar lo que yo alegue, nunca se han escondido de mí, ni jamás se han asomado tímidamente sobre los márgenes que delimitan, como horizontes, mis fracasos permanentes de sus claros amaneceres y sus seductores ocasos. Más bien, han permanecido fieles a sí mismas, a sus deseos y a sus intereses; a sus espacios y a sus estrellas. Ellas van y vienen en sus propios mundos saludando a los más afortunados y evitando a los que, como en mi caso, nos cruzamos en sus caminos con una torpeza proverbial y unas ínfulas de poetas trágicos que nos dejan inmediatamente fuera de juego. Eso sí, yo seré lo que seré, pero cuando el punto final cae definitivo e inapelable sobre la última oración, yo junto mis palabras, mis intenciones y mis escasas posibilidades y me vuelvo silbando bajito hacia donde mis oscuridades y mis fantasmas me aguardan pacientes. Y si bien lo hago para salvar mi pellejo, también lo hago para no contaminar sus recuerdos con ese asqueroso fastidio de otros que reclaman derechos y exigen cuidados desde la vereda de enfrente. Esos otros que hoy mascullarán su veneno y mirarán con desprecio a las mujeres que salgan orgullosas a ser ellas sin necesidad de nosotros. 
     Pero cuidado, porque estos energúmenos sin remedio andarán merodeando por ahí; los machos y los taitas, los patriotas de la misoginia y el maltrato, los defensores del sentido común y los usurpadores de las libertades individuales. Todos ellos han sido y aun son los perros guardianes de una esclavitud todavía muy en boga. Son ellos (y algunas ellas también, admitámoslo) quienes se adjudican y promueven y practican la licencia de derechos sobre lo que no tienen ninguno. Son ellos los caraduras atrevidos que quieren ordenarlas a ellas en el lugar que, dicen, les corresponde en la cadena de mando que ellos mismos encabezan. Son ellos los que pretenden legislar sus derechos y sus obligaciones. Son ellos los que quieren decidir lo que ellas pueden hacer de sus cuerpos, de sus mentes, de sus vidas.
     Sin embargo, ellas volverán a darles un lección, a darnos una lección a todos. Ellas, todas y ni una menos: las hijas respetuosas, las novias recatadas, las esposas fieles, las madres abnegadas e incansables, las secretarias de los grandes ejecutivos, las amantes de los reyes, las musas de los poetas, las víctimas de los femicidas van a estar en la calle desobedeciendo las órdenes, corrigiendo la Historia, mostrándonos el camino hacia un mundo un poco mejor que este fangal en el que vivimos. Un mundo donde ser mujer sólo sea cuestión de lo que cada mujer quiera ser; de lo que desee para ella misma y para las otras como ella, para sus cuerpos, para sus mentes, para sus vidas. Y mientras ellas anden por la calle ocupando de prepo el espacio que les corresponde y que les ha sido negado sistemáticamente, yo me pondré a un lado respetando su lucha y atendiendo sus reclamos sin agregar ni un sólo comentario, asintiendo, apoyando y acompañando con un respetuoso silencio sus fines y sus medios, sus estrategias y sus objetivos, sus miedos y sus lágrimas. 
     Por eso hoy las dejaré en paz a ellas, a las mujeres de mis horas perdidas, a las que constantemente invito insolente a participar de esas noches sin luna que tanto acontecen en mi ventana. Para que no sientan ni la más mínima brisa que pudiera distraer sus tormentas. Porque hoy puede ser un gran día para aprender algo de una vez por todas, cuando truenen sus escarmientos y me obliguen a dejar de lado por un momento este penoso papel de poeta de cinco pesos que las escribe y las borra y las necesita mucho más de lo que ellas me necesitan a mí.

RR


viernes, 2 de marzo de 2018

YA PRONTO SERÁS


     Sí, debo confesar que al separarme de él me sentí libre. Libre de sus dolores y sus miserias, de sus angustias y de sus porvenires. Me fui tras ella tratando de negar su cobardía, me arrojé a una persecución que en su momento él creyó inútil pero que yo considero inevitable. 
     Lo dejé solo, lo sé. Lo abandoné como a un perro enfermo y nunca más lo volví a ver. En cambio a ella la observé hasta el último día de su vida -que, claro, fue el último también de la mía-. Me abracé a su destino como sólo lo hacen esos enamorados que dejan la leche en el fuego y se van detrás de los aromas frescos de los despertares. Me arrojé como un polizonte en su bote y navegué junto a ella todos sus mares y todos sus ríos y hasta sus humildes arroyos, esos que nadie considera a la hora de escribir versos pero que sobre sus márgenes abrigan sombras de sauces llorones que descuelgan sus ramas sobre el agua sucia que cubre el barro y atraviesa puentes pequeños en los campos de los pueblos perdidos. 
     Un día supe que murió, solo en una habitación que daba al sur, ese punto cardinal que inevitablemente atrae a los que huyen, a los que ya no pueden más y buscan un refugio para ellos y sus brújulas que parecen no querer cambiar jamás su norte. Y claro, su norte apuntaba siempre a ella. A ella y a mí que me había colgado de sus faldas, que esperaba en un costado de su existencia para arrimarme sigilosamente a su cuello fino y delicado a oler su aroma de mujer, de amor imposible; una especie de justicia tardía que quizás le llegara un día a él en su escondite, en su guarida secreta adornada de canciones en su nombre, teñida de versos que la añoraban y la esperaban con la esperanza invencible y cruel del poeta.
     Sin embargo, y para hacer verdadera justicia, yo no tenía otra opción más que montarme a su risa y a sus ojos de chocolate, a su alegría infantil y a su orgasmo de puta en celo, a su recuerdo atrapado en todas esas fotos que él guardaba debajo de la cama en una pequeña cajita de cartón que atesoraba y cuidaba como cuidan las hembras de sus cachorros. Quizás ese haya sido el error fatal. Porque él fue guardando sus días y sus noches en esa caja y olvidándose lentamente de mí que nunca había faltado a ninguna de sus citas con el desconsuelo o con alguna injustificable alegría; que nunca me corrí de su lado, ni siquiera en esas noches sin luna que invitaban al suicidio. Ahí estaba yo, fabricándome una silueta y sirviéndole una copa para pasar el rato mientras ella lo saludaba desde la tierra arrasada del olvido manifiesto. Ahí estaba yo, sin un reproche ni ninguna de esas frases inútiles que pronuncian los que no entienden que a veces el silencio lo dice todo. Ahí estaba yo...
     Y desde ahí escribí esta carta para quienes un día quisieran enterarse de esta historia, la de él y ella. Y tal vez yo no sea más que una sombra, más que una ilusión de la luz, pero en mí hicieron trinchera sus deseos y sus ganas, y la extinta valentía de quien prefirió las palabras a la carne, las rimas a los besos, la oscuridad al deseo insoportable de la piel. Sí, yo fui su sombra y creí tontamente que podía salvarlo de la derrota. Pero no pude, lo siento, no pude. Y su derrota fue inevitablemente la mía, y su muerte me dejó solo errando por las noches de ella que ya tiene otros brazos y otra sombra para entibiar su cama y los rincones de sus tardes grises. ¿Acaso debí haberme quedado con él aceptando como un fiel compañero su destino perdido en vez de lanzarme a una tarea imposible? No lo sé. Ojalá alguien pudiera decirle que lo lamento, que permaneceré aquí. Pues tarde o temprano, ella también se volverá finalmente una sombra.

RR


sábado, 24 de febrero de 2018

DE LO QUE HAY, NO FALTA NADA


Aunque me falte el tiempo y la distancia y un inmenso océano que, de vez en cuando, me permitiera naufragar en una isla desierta en donde no haya nadie, ni siquiera mi sombra persiguiendo la tuya inalcanzable.

Aunque no quede nada de lo pasado, y mucho menos de lo futuro en este presente que deja bastante que desear: bastante para olvidar y poco que perder.

Aunque momentáneamente siga teniendo bajo control el incontrolable espectro de mi alma que te olfatea y te persigue cual perro sabueso, apasionado por su presa, obstinado por naturaleza, obnubilado por tu imagen.

Aunque sólo sea un silencio prescindible lo que haya quedado de mí a esta altura, que -para qué negarlo- es bien baja e insignificante como para, no sólo hacer mención de ella a razón de este poema, sino como excusa para intentar evadir una responsabilidad que me cabe perfectamente; tan justa como todo aquello que seguiré negando con algunas crueles verdades y esta inefable licencia que me da la escritura de repetir una y otra vez innumerables mentiras.

Aunque nadie haya permanecido a mi lado cuando hube de morir por tu capricho, por ser leal a unas lealtades que valen menos que treinta denarios y mucho menos que el beso de un traidor que entregó su nombre a cambio de una cruz de madera para otro; así como yo entregaré sin chistar mi santo sepulcro a cambio del tuyo, de lo que aun nos junta cada noche en una copa, en una hoja o en la más oscura de las tempestades.

Aunque tengamos más por ganar que por perder; pero, sin embargo, y así y todo, elijamos perder para no ser menos que nadie y ocupar nuestro casillero dentro del tablero de la historia de una humanidad que, hace rato ya, se ha ido al tacho, derechito y sin escalas.

Aunque no hayamos sido nada, no por no habernos hallado ni por no habernos querido, sino más bien por esas cosas de la vida que tienen más que ver con la muerte o con esa imperdonable costumbre de alentar ciertos malos entendidos que no hacen otra cosa más que dejarnos a solas con las ausencias, el tango y las lunas llenas.

Aunque no seamos nunca más que este cementerio de sentimientos enterrados bajo mil palabras, que no valen -ni valdrán jamás- lo que vale la imagen de tu vientre agitado, o el temblor apurado de tus pezones duros, o el mágico contorno de tu espalda encorvada como la de un caballo indomable a punto de ser montado dentro de la empalizada que divide lo efímero e inexplicable de la vida y la última oración de una confesión como esta. Sí, como esta misma que quedará como testimonio de lo que un desconocido podría amarte si tan solo te conociera como yo te conozco.

Sin haberte conocido nunca.

RR


domingo, 18 de febrero de 2018

AL ANDAR, ANDAR


     ¿Podés venir a buscarme? O aunque sea vení sólo a verme, a sentarte en cualquier lado y quedarte en silencio observando cómo voy de un lugar a otro de la casa sin hacer realmente nada, vagando por las habitaciones como si visitara este lugar por primera vez. 
     Podés venir y tomar una silla y algún libro de la biblioteca y leerme algún párrafo en voz baja que suene como música sin que me importe demasiado qué dice. Acercarte a mi oído cuando miro los árboles sin hojas por la ventana y cantarme ese estribillo de Caetano que tanto me gusta, así, bajito... shhh... despacio, mientras la gente camina afuera y no sabe de mis lágrimas cuando no estás, cuando Caetano me canta insinuándome que te llame, pero yo no me animo y me quedo sola mirando a esta misma gente que es otra pero es la misma. 
     Porque, al final, todos son los mismos, menos vos que me cantás bajito, que me leés a Arlt y me acaricias las tardes cuando me pierdo entre esta gente a quien ya no pertenezco porque he decidido acompañarme de tu ausencia. Y entonces preparo el mate y entre cada uno que cebo para mí, se muere uno de frío. Como me muero de frío yo sintiendo que me falta tu calor de noche cuando ya la gente no se ve desde mi ventana y sólo hay luces y soledades resguardadas en esos besos que extraño horrores. 
     No seas malo, golpeame la puerta ahora mismo y aguantate que te maldiga por estar ahí parado sin derecho aunque me muera de ganas de que me abraces tan fuerte que sólo me queden fuerzas para desvestirte y apoyar mi cabeza en tu pecho y dejar que nuestros sexos se insinúen y se rocen  mientras nosotros amagamos a decirnos te quiero gimiendo impunemente sin importar ni las consecuencias, ni los vecinos, ni la realidad de ser tan diferentes. 
     Dale, volteá mi puerta a patadas y descargá tu furia de macho herido. Matame de miedo al verte enojadísimo conmigo por ser una tonta que no entiende nada, que no acepta de ninguna manera que me podés querer eternamente aunque yo ande por ahí desnuda como una Lady Godiva sin caballo, de a pie encaramada en mi orgullo pero completamente perdida, porque vos me matás y me resucitás cada vez que abro uno de esos sobres que caen en mis manos por obra de quién sabe quién. 
     ¡Vamos! Acercate a mi guarida como una serpiente y mordeme letalmente, dejame únicamente ese hilo de consciencia que sólo me alcance para balbucear tu nombre hasta morirme, con el único objeto de que te conviertas en mi antídoto.
     ¿Podés? ¿Sería mucho pedir que, ahora que cae la tarde, mires de reojo al teléfono y te levantes de a poco y hurgues entre papeles buscándo mi número y te desesperes por no encontrarlo y salgas corriendo en mi búsqueda? ¿Vos creés que pido demasiado? Yo sólo quisiera terminar con vos de una puta vez y olvidarte para siempre, borrarte de todos lados, del pasado, del presente y del futuro y de mis ojos y de mi boca y de mi mente y de mi alma y de esta cama espantosamente grande que parece una heladera, y de mis sueños que no paran de soñarte y de…
     Sí, ya sé, perdoname, vos estarás ya con tus cosas, tal vez tu cama no sufra estos fríos y tiemble de amores, tal vez tus cartas hayan cambiado de rumbo hace mucho y yo sólo me haya quedado aferrada a un remitente que ya no existe. Pero si alguna vez pasás por mi lado y sin querer reconocés una guarida, mordeme y matame, leeme algún párrafo, tomate ese mate aunque esté frío, cantame bajito y quedate conmigo un rato a ver esta gente que miro cada día por la ventana buscándo tu corazón que añoro.

RR


miércoles, 7 de febrero de 2018

LA ESQUINA DEL HERRERO


     ¿Por qué hablar siempre de nosotros y no de ellos? 
   Bueno, quizás sea porque nosotros tenemos mucho más que lo que, aparentemente, nos ha quedado a cada uno. Tenemos una antigua niñez recién convertida en adolescencia mirándonos por la espalda, buscándonos a escondidas, despidiéndonos un día sin saber lo que una despedida era en realidad.
     Nosotros tenemos una pila de años atados con los piolines de la vida y de la muerte, una marcha sin querella con los suspiros de los deseos y las frustraciones. Tenemos un cielo perdido en común que a veces vale un hermano y otras un amigo.
     Nosotros tenemos un pueblo entre barro y pampa y unos ombúes en una plaza que guardan algunas canciones que hablan de nosotros sin que ni ellas lo sepan, y sin que nosotros las podamos aguantar de pie; sin que podamos rogarles un indulto al momento de ponernos contra el paredón para fusilarnos a los dos con la misma bala.
     Nosotros tenemos un silencio precario y un olvido mentiroso. El primero es frágil como el mismísimo amor; el segundo es un chanta que va y viene de acuerdo a lo que cada uno le propone. Y a mí, cada tanto y recostado en la vidriera, me vienen estas ganas de proponerle cualquier cosa a través de alguna carta que vos -atrevida o sabiamente- asumirás como propia; mientras yo, como todo mentiroso, niego y negaré avergonzado hasta el final de mis días.
     Nosotros somos apenas una pequeña anécdota perdida en el tiempo, arena que la vida se llevó. Y que para colmo de males, es imposible de ser contada sin que en una noche cualquiera corra imprescindible la sangre de un cristo o el descanso fresco de una cerveza elegida sin chistar a tu gusto.
     Nosotros no nos dijimos ni hola ni adiós, casi que nos desconocemos por completo. Vos me mirás y yo te hablo. Vos te desnudás cada noche y en la oscuridad se pueden oler mis deseos a la distancia, porque bien sabés cuanto me gusta disfrutar de tus contornos y tus márgenes dibujándose en el recuerdo; sin embargo yo, como dice una vieja canción, te toco y te beso pero no te nombro.
     Nosotros sabemos más o menos lo que queremos aunque no tengamos puta idea de cómo demonios conseguirlo. Y como ya no hablamos como solíamos hacerlo, entonces, no podemos contarnos nuestras penurias o nuestras escuetas felicidades. Y mucho menos corroborar ante testigos, o frente a un ilustre jurado, que somos sospechosos de un homicidio culposo, de habernos atropellado mortalmente un día: primero por carta, después por teléfono, y finalmente cuerpo a cuerpo a la vista de una primavera porteña que pronto quedó obsoleta. 
     Nosotros andamos por el sur de aquí para allá, vamos y venimos montados sobre el bandoneón de Troilo del paredón al después, del mar al río, de la rambla al obelisco. Y como aquellos dos adolescentes sin cargos ni culpas aun, nos miramos sin saludar, nos observamos de arriba a abajo, de pies a cabeza, del derecho y del revés. Todo sin decir una palabra, sin que haya un mínimo contacto entre el celestial fondo de tus ojos y el opaco marrón de mi destino. Algo así como querer encontrar el vértice de una esfera o la cura para las ausencias irremediables. 
     Será por eso que hablo siempre con vos de nosotros. Porque por el momento, y si es que la vida no nos sorprende un día, sólo nosotros seguimos siendo nosotros, aunque sea de vez en cuando en tu ventana y ante la mirada atónita de ellos. 
     Y ellos sabrán disculpar.

RR


miércoles, 31 de enero de 2018

PIENSO, LUEGO EXISTE


     Escribo lo que escribo por no decir lo que pienso. Eso que, la mayoría de las veces, no es tampoco mucho más que esto que estoy pensando ahora mientras escribo. Porque, vamos, lo que yo pieno -así como lo que escribo- no le importa a nadie, y para ser uno más entre tantos nadies no hay nada mejor que escribir lo que quizás más de uno escribiría si dejara de una vez por todas de hablar sin pensar.
     Seguramente por eso yo escribo siempre lo mismo, para dejar bien en claro desde el vamos que mis luces son muy pocas y que hasta mis oscuridades son más bien sombras de lo que podrían ser si tuviera algo mejor en qué pensar.
     Y escribir no es ni poco ni mucho, a decir verdad, es bastante menos que eso, casi nada diría yo. Pero de lo que hay, es tal vez lo que mejor me sale cuando llega el momento de asumir que he probado de todo para no pensar acerca de los silencios y las ausencias sin lograr otro resultado más que hacerlo una y otra vez.
     Eso sí, siempre trato de que estos desgraciados pensamientos se me noten lo menos posible cuando escribo. Por ejemplo: si quiero disimular, escribo en plural, incluyo a todos en mi neurosis para así justificarme por lo escrito -o por no hablar ya más con nadie-. Ustedes sabrán disculparme (o no). Y si no logro ni siquiera esa disculpa, al menos tengo la oportunidad de sacarlos a pasear con estúpidas frases del estilo de "todos tenemos nuestros pros y nuestras contras", "todos vamos y venimos", etcétera. Y así, con este tipo de trabalenguas insensatos, haciendo el papel de estúpido (que es el que mejor me sale porque se me nota claramente en la cara) y tal cual hace todo el mundo, paso casi de manera imperceptible por delante de ustedes a quienes, sin otro particular, saludo atentamente; y de todos esos otros a los que, apenas un minuto después de haberlos conocido, hubiese preferido desconocer. Entonces, cuando el aroma a fracaso irremediable se siente en el ambiente, remato con "al fin y al cabo, todos somos iguales". Ergo, la culpa es de todos.
     Pero más allá de lo escrito, está lo callado, lo borrado, lo destruido, lo pospuesto; lo avergonzante y lo insolente de toda esta cuestión. Porque nada de todo lo escrito sería posible sin todo eso. Es más, comienzo a pensar que, en realidad, lo escrito no es lo verdaderamente importante, sino lo otro, Y lo otro no es que no existe, sí existe. Pero sólo existe en esa otra dimensión a la que, cuando la voy de poeta, simulo haber llegado escribiendo, negando como un necio y hasta quedar callado que la única manera de llegar es, casualmente, callando.
     No, no es tan difícil darse cuenta de que mis escritos hacen agua por todos lados, que inmediatamente después de la primera oración los pies se sienten húmedos, y luego el agua llega hasta las partes pudendas, y cuando uno se quiere atajar, los botes sólo alcanzan para los que viajan en primera clase. Clase a la que afortunadamente no pertenezco (algo que se podrá notar con apenas un vistazo). Y si de botes salvavidas hablamos, pues mis palabras no pasan nunca de unos humildes remos que, hay que reconocerlo, no hay nadie tan loco como para empuñar en estos mares helados.
     Sin embargo, hay un último recurso para escribir -o para callar, depende de quien lo...-. No es la lluvia, eso es muy obvio. Y no es que desprecie una buena tormenta capaz de ponerme de culo contra la silla a filosofar acerca de su ciclo interminable, de la correntada de la calle que arrastra hojarascas poéticas y bolsas de basura puestas a consideración del aire (y que nunca faltan en cualquier barrio periférico). Tampoco son las tardes de domingo que no son ninguna novedad. Por eso guardo poca compasión y respeto por los suicidas de domingo por la tarde (¡dale, loco, un último acto de rebeldía, una última proclama revolucionaria: sé valiente y matate un sábado a la noche bailando en una terraza!). Cualquiera se suicida un domingo. ¿Y el alcohol? Bueno, eso ayuda, ¿para qué lo voy a negar? -justo yo...- Pero ojo, porque hay muchos más borrachos que buenos escritores. Por algo será.
     Cualquiera de estos argumentos pueden ser un recurso válido cuando uno debe encontrarse frente a frente con la hoja en blanco, con el silencio y la ausencia. Pero el único recurso, el primero y el último, será siempre el mismo: el amor. Y si escribo del amor, pienso en la muerte. Y si escribo sobre él es para no pensarla a ella, para callarla, para borrarla, para destruirla por la vergüenza que me provoca a veces esto de pararme así, insolente frente a tamaña prédica o frente al desafío de escribir sobre una mujer que no existe, sino en esa otra dimensión adonde han ido y seguirán yendo cada una de mis palabras que se salven del trágico destino de la destrucción y el olvido.
    Pero claro, ¿qué esperaban de mí?, si no soy un escritor, -¡qué esperanza!, diría mi abuela Sofia-. Soy un pobre tipo enamorado de una mujer que existe nada más que como una ausencia, en lo que pienso y en lo que callo. Una mujer a la que creo encontrar de vez en cuando en los márgenes de mis delirios cuando, en medio de una tormenta, en una tarde de domingo, un poco pasado de copas, siento su presencia en las adyacencias de mi locura, o cuando observo a lo lejos unos ojos claros en la memoria, o repasando algunas desventuras estivales. O simplemente cuando lanzo desde mi escondite alguna cañita voladora al cielo buscando iluminar unas oscuridades que, como ya dije antes, no son más que las sombras de todo lo que quizás podría escribir si tuviera algo mejor en lo que pensar. Algo que no fuera ella.

RR


domingo, 28 de enero de 2018

999


     Yo creo que cualquiera puede llegar a convertirse en un recuerdo, en una foto desteñida, en una breve cadencia de acordes con intenciones de deseo carnal. Cualquiera puede dejar su rastro sobre el almohadón de un sillón desvencijado como souvenir de una última visita o en la forma de un cepillo de dientes abandonado adrede a modo de venganza. Uno puede hasta dejar con alevosía comentarios indelebles (e indeseables) en algún libro elegido premeditadamente en una biblioteca ajena, algo así como pegar un chicle debajo de una silla, aplastándolo hasta que se impriman sobre su gomosa superficie las huellas digitales de quien, con un mínimo de esfuerzo, podrán hallarse también estampadas sobre la piel del otro personaje de la historia. Un personaje que, con la mala fortuna de estos casos, quedará como guardián, involuntario quizás, de todas esas marcas en la piel, de los comentarios en el libro y del chicle pegado groseramente debajo de la silla. Por eso digo, no es tan complicado convertirse en un recuerdo. Y no importa si la víctima lo acepta o no. Los recuerdos no piden autorización ni para aparecer ni para quedarse, ya sea a la vista o detrás de las cortinas, o tal vez encerrados en ventanas que fueron condenadas sin éxito a no volver a abrirse jamás.
     No obstante, los recuerdos no sufren su destino memorioso. Ellos pueden pasearse en pijama y pantuflas a cualquier hora del día sin que nadie pueda exigirles cierto decoro o por lo menos algo de consideración ocasional. Por ejemplo: cuando vienen a la casa visitas y el anfitrión debe andar justificándolos, intentando una mentira piadosa, como que están ahí por algún cuento escuchado la última semana en la radio y que los trajo de vuelta. En realidad, ese cuento jamás existió (al menos en la radio). No hay caso, la visita se dará cuenta fácilmente de este triste detalle. Y, claro, los recuerdos, malvados y aprovechadores, se burlarán irremediablemente of this awkward situation. Ellos se mofarán sin remordimiento del pobre infeliz (o la pobre infeliza) que no sabrá qué decir para no quedar como un estúpido, como un cantante de tango detenido en el pasado, vencido y mareado en un corazón. Es que, lamentablemente, ser un recuerdo necesariamente exige cierto grado de crueldad -un alto grado de crueldad, diría yo-. Sin embargo, esto no debe ser mal interpretado. Porque, a decir verdad, no es la del recuerdo la crueldad del cínico. Es más bien la de quien sabe que tiene una misión dolorosa pero indeclinable y que debe cumplirla a rajatabla para, de esa manera, crear un punto de referencia o, llegado el caso, un punto de partida para la fabricación de un olvido sintético -aunque no por eso, menos útil-.
     Es que el olvido, el verdadero olvido, es otra cosa. Ser un olvido no es para cualquiera y no cualquiera logra transformarse definitivamente en un olvido. Quienes hemos alcanzado este estado inocuo, etéreo, cuasi fantasmagórico, lo hemos logrado después de muchísimo trabajo material, intelectual y espiritual; después de haber atravesado todo tipo de accidentes topográficos: bosques y desiertos, valles y montañas, mares y arroyos; y hasta climáticos, sequías y tormentas, quietudes y tempestades. Y así también, quienes hemos finalmente arribado al espacio infinito de los que ya no están en ninguna parte, en ninguna foto, en ninguna historia, no lo hemos hecho sin esfuerzo, sin cierta cuota (alta) de sufrimiento. Es decir, nadie llega a este lugar gratis. Este es un lugar para pocos, y nada tiene que ver este hecho con una cuestión de exclusividad burguesa, sino con las dificultades que el proceso conlleva. Eso sí, siempre es mejor haber venido hasta aquí por propia voluntad que haber sido traído a los empujones o, peor aun, haber sido arrojado como el envoltorio de un caramelo disuelto en la saliva del tiempo. Porque quienes sufren este último proceso de transformación siempre estarán al alcance del despecho y el rencor de otros que los pueden llevar de vuelta hacia la tierra de los recuerdos sólo para vapulearlos y vituperarlos en nombre de unos impulsos a los cuales los recuerdos  no tienen acceso y contra los que no pueden ejercer defensa alguna (lo sé, pobres ellos...).
     En síntesis, el territorio del olvido verdadero es para muy pocos, para los que hemos renunciado para siempre a ser un estímulo desventurado perdido en un cajón entre medio de un montón de cosas inservibles (casi tanto como los recuerdos). Y si me incluyo en este grupo es porque, después de negarme a aceptar el destino de un caramelo regurgitado, decidí yo mismo tomar el camino del olvido. Yo mismo, consciente y en pleno uso de mis facultades, tomé la decisión de venir a ocupar este lugar en el territorio de lo que nunca sucedió, en la memoria borrada de lo que nunca fue.
     Y aquí me ven, ejerciendo esta tarea, que si bien no es sencilla ni cómoda, es mucho más gratificante que permanecer suspendido en un limbo memorial viendo pasar gente desconocida desde una foto apoyada sobre un escritorio en el fondo de una habitación oscura. Porque, ¿para qué negarlo?, ser un recuerdo puede llegar a ser lo más natural del mundo. Sin embargo en mi caso, no podría aguantar cada historia que se inventara a mi alrededor. No podría verme llevado y traído de una fecha a otra, de una casa a otra, de un amor a otro. ¿Quién en su sano juicio puede disfrutar de ser el protagonista del pasado de alguien? ¡Vamos, por favor! Aquí, al menos, no tengo pasado, ni siquiera presente. En este lugar todo lo que soy es futuro, improbable, desconocido... olvidado. Todos los días es un día nuevo para mí, que al terminar se extingue sin dejar nada como prueba de existencia. Cada mate que tomo por la mañana está fuerte y caliente; cada botella que se destapa en esta casa desaparece sin dejar rastro al finalizar su contenido; cada hora de sueño por la noche está habitada por lo que vendrá o por una canción desconocida que no le pertenece a nadie, que no evoca a ninguna mujer ni a ningún lugar; cada hora del día es irrepetible e independiente de la precedente. Así, mi tiempo lo ocupo en ser una posibilidad, sin que lo que haya sido intervenga, pues no existe. Entre otras actividades que planeo permanentemente está entre mis preferidas ver el mar. Porque el mar, como buen amigo del olvido y referente perpetuo de sabiduría, oculta su pasado en el fondo y lo olvida concienzudamente. A veces, cuando me vienen ciertas ganas de jugar con el futuro, me siento a escribir historias de probabilidades. Estas probabilidades pueden ser imposibles o, si es que pretendo desafiarlo verdaderamente, un tanto verosímiles. Lo sé, es un juego tonto. Al fin y al cabo, cada palabra que escribo se la lleva el viento.
     Sólo una precaución debo tener cada vez que juego con el futuro, y es nunca, jamás, escribir una historia que alcance mil palabras. Este no es un detalle nimio. Todo lo contrario, es vital para seguir aquí disfrutando del anonimato astral en el cual mi carta natal se ha perdido para siempre. Y visto y considerando que valoro esta situación más que a nada, y que he luchado mucho por llegar a ser un verdadero olvido, llevo tatuado en la mano derecha el número novecientos noventa y nueve para no caer víctima de mi propio estado, del invaluable olvido que me caracteriza.
     ¿Por qué, preguntarán tal vez ustedes, no debo llegar a escribir nunca jamás una historia de mil palabras? Pues bien, es muy simple. Porque ningún recuerdo es más feroz y desalmado que la imagen detenida en el tiempo de quien uno ha amado. Ningún recuerdo es más demoledor que la imagen irreconocible de un amor vuelto al presente en forma de pasado, con aromas y gustos vencidos e irreconocibles, con el tacto arrugado y seco por los años. Ninguna imagen traerá un pesar mayor que la de aquel amor imposible de ser resucitado en la piel y en el alma. Por eso siempre le presto mi mayor atención a un dispositivo que es como con un viejo contador de ovejas y que tengo sobre la mesa para contar las palabras. Nunca lo pierdo de vista mientras escribo, y lo observo cuidadosamente por encima del número tatuado sobre mi mano derecha. No vaya a ser que, una tarde de domingo como esta,  me deje llevar y accidentalmente cruce ese del límite infausto y ella aparezca de la nada a florearse ante mis ojos haciendo que su imagen vuelva otra vez a valer más que mil palabras. O incluso mucho más. Mucho más que todo esto que he escribo mientras juego con el futuro, intentando por todos los medios permanecer de este lado y seguir siendo quien soy y quien siempre intentaré ser: un olvido obstinado combatiendo recuerdos imborrables.

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...