miércoles, 19 de septiembre de 2018

DE A POCO


De a poco nos fuimos corriendo a un costado, fuimos separando nuestras orillas, cambiando el color de nuestras banderas, los códigos, las contraseñas y los guiños a los que les habíamos confiado inocentemente la tarea de guiarnos por el cielo. Ese mismo cielo que yo terminé copiando para poder dormirme cada noche con una mujer creada a su imagen y semejanza.

De a poco nos fuimos dejando ir con el viento como se van los ínfimos gajos de esos plumerillos que nacen en los bordes de las veredas. Y así, también de a poco, fuimos conduciendo nuestros destinos a estaciones diferentes e inciertas.

De a poco nos volvimos a vestir con las ropas de quienes somos y dejamos de pretender que éramos el uno para el otro; y nos miramos de reojo, con desconfianza, con el orgullo de los imbéciles que no paran hasta perderlo todo. 

De a poco somos lo que somos. Eso mismo, ni más ni menos, lo que somos y nada más, ella, yo. Ella... Yo...

De a poco nos fuimos quedando en silencio, esperando que uno de los dos decidiera tomar el toro por las astas y romper el hielo, que al final se fue haciendo un glaciar protegido por todo el ozono que pudimos aportarle.

De a poco ella me fue obviando y yo dejé de decirle obviedades, de jugar a este inconsecuente juego de palabras que apuntan a blancos imaginarios, sólo como una negación esquizofrénica de la realidad, una especie de autodefensa, de salvoconducto para unos pocos sentimientos huérfanos que me golpeaban de a ratos el pecho reclamando una deuda impagable.

De a poco descolgué su retrato de la pared que rodea mi soledad y lo guardé con otras fotos que me quedaron de cuando era un pibe enamorado de muchachas con aires de mujer, con corazones de niña y con actitudes de adolescente.

De a poco fui dejando para nunca lo que tal vez hubiese sido un siempre o, aunque sea, un pronto, un luego, un ojalá, un quedate, no te vayas: un te quiero.

Pero quizás lo más triste y desolador es que, de a poco, ella se fue ocultando como la luna en el cuarto menguante de mi memoria, mientras yo me fui consolando también de a poco con el consuelo de los tontos, mirando condescendiente hacia este cielo que creé sólo para dejarle señales luminosas en medio de tanta oscuridad. Señales que acaso un día de estos, sin saber cómo, ni cuándo, ni por qué, podrán servirle para volver del olvido... de a poco.

RR


viernes, 14 de septiembre de 2018

LO URGENTE Y LO IMPORTANTE


     Hoy lo voy a decir. Hoy lo tengo que decir porque es importante que lo haga. Se lo debo a ella y me lo debo a mí (y hasta es probable que se lo deba todos los extraños desconocidos que andan por ahí). Ha llegado la hora de admitir que la extraño, que extraño aquellos días cuando nos encontrábamos en estas páginas, bajo este cielo, como dos extraños, con la vida escurriéndose por el puño del tiempo. Mi vida, su tiempo.
     La extraño, no como la extrañaba cuando los hilos de su ausencia se apretaban a mi cuello. No, no de esa manera. La extraño amorosamente, con mi mente clara y mi cuerpo sano y mi espíritu todavía libre. La extraño y desearía que estuviera ahora aquí, apabullándome con aquel inmenso silencio que me gritaba desde lo desconocido de su paradero, desde ese inoportuno umbral donde una vez la imaginé como una pequeña macetita floreciendo bajo un sol inalcanzable para mí.  Así quisiera tenerla ahora, inalcanzable como antes. Como cuando me sentaba a escribirle a cualquier hora del día, dejando todo de lado ante la urgencia que me provocaban unas palabras que ahora parecen haberse ido finalmente con ella. ¿Será que aquello que tanto temía se ha vuelto realidad? Ella no está al alcance de mis manos como lo estaba antes. Ella ha quedado oculta debajo de esta nueva (vieja) realidad apestosa con un olor insoportable a pasado podrido, con gritos de dolor que provienen ya no de la fantasía de algún cuento de terror, sino que son producto de esta nueva (vieja) tragedia que nos abarca y nos sumerge como una neblina espesa dejándonos como paralizados, como perdidos ante la maldad manifiesta.
     Sí, quisiera encontrarla para recuperar aquella ceguera amorosa que me impedía morirme por una pavada, que me tenía detenido en la oscuridad de la fiebre de quererla a pesar de ella y de todo -sobre todo de ella-. No es justo que ya no pueda escribirle, que ya no tenga la opción de rimar mis desgracias a su partida, de justificar mis desvelos a la luz de la nostalgia que la sola pronunciación de su nombre me producía. No es justo que esta tristeza no sea suya, que sea sólo mía y que venga arriada por este vendaval que arremolina todas las tristezas juntas: la de esos otros más tristes y más desesperados que cualquiera de aquellas noches mías, en donde con cierto egoísmo la extrañaba mientras ella, hermosa e impune, desnudaba mi soledad. 
     Y es por eso que hoy la he traído a la fuerza hasta aquí. Para que, aunque sea, me diga una vez más adiós en silencio, para que por favor me omita de cualquier recuerdo y con eso me devuelva al limbo donde, a decir verdad, al menos podía combatir estos dolores que hoy -hoy y ayer y seguramente mañana- se hacen intolerables. Porque ya nos son mis dolores atados al destierro por los aromas eróticos de una mujer que jamás volverá. No, estos dolores son de carne y hueso y andan por la calle con los ojos llorosos y las cabezas gachas, con las miradas perdidas y las almas estrujadas, con las panzas vacías y las miserias llenas. Estos dolores son los grandes dolores sobre los que uno ensaya preguntas filosóficas y respuestas históricas; son los que desatan la furia y la venganza. Estos dolores son los de la injusticia y los desposeídos, de los que muerden con rabia reclamando un derecho que, a esta altura, deberíamos tener todos asegurado: el derecho a morirnos aunque sea un poco mejor de lo que hemos vivido.
     Y hoy, entre tantos dolores que nos son suyos, la extraño. Porque extraño aquello de saberme enamorado de un fantasma y aquella voluntad de vivir persiguiendo una sábana blanca. Y extraño cuando la nombraba en voz alta en cada oración donde debía ocultar su nombre. Extraño verla paseando sus años pasados por la vereda de enfrente y observarla desaparecer en la esquina apurando una cerveza fría para brindar por ella. La extraño por ella, pero sobre todo por mí. Porque, de a poco y sin querer, me he ido quedando sin las palabras dulces que ella juntaba en mi colmena como una abeja obrera. Y hoy sólo salen de mis manos oraciones urgentes, ásperas y amargas, llenas de agobio, de pena y desconsuelo por ver a los miserables de siempre jugando otra vez los juegos del hambre y de la muerte con los bienaventurados que jamás cesarán de luchar por algo más que el Reino de los Cielos.
     Por eso, tal vez esto ya no sea urgente, pero aún es importante: te extraño.

RR


viernes, 7 de septiembre de 2018

SU NECESIDAD DE NECESITARME


     A decir verdad, él tenía razón, ella no le debía nada. Era él el que aun estaba en deuda. Es que en vez de enamorarse de esa insustituible necesidad de que ella lo necesitara, se enamoró como un tonto sólo de ella, de ella sin él. Y una vez consumado ese fatídico hecho, no hubo ya nada que pudiera hacer para remediarlo.
     Seamos honestos: yo podría averiguar en unos minutos la dirección exacta de la casa de ella y enviarlo a golpear su puerta como si él fuese un desconocido. Entonces, ella quizás abriría la puerta y él, sin decir agua va, la tomaría de la mano y la miraría fijamente a los ojos. Luego, ya camino hacia su cuarto, y sujetándola levemente de la cintura, comenzaría a desnudarla con la anuencia y la complicidad de su piel suave. Con gusto y parsimonia comenzaría inmediatamente después a degustar los alrededores de sus pudores mientras las yemas de los dedos de ella intentarían rellenar sus vacíos pendientes, los de él, esos que se fueron formando noche a noche cuando no tuvo otra chance más que arrojar pedazos de su alma a los perros de los demonios, a las sábanas heladas de los fantasmas; y claro, también a esas mujeres a las que nunca se les promete y a las fantasías que nunca se cumplen. Así, más tarde, la antesala de la madrugada los encontraría abrazados a un sueño que mostraría dos mundo irreconciliables. El de él, hecho de futuros imposibles aromados con los perfumes de las intimidades de ella. El de ella... Bueno, esa es la parte difícil de esta historia. Porque esa es la parte que nunca aparece cuando rompo el pequeño sobre lleno de figuritas repetidas, de recuerdos de álbumes vacíos sin premio ni consuelo.
     Para cuando finalmente la mañana se presentara incuestionable, la vida les pisaría los talones y les abriría la persiana para romper un pretendido hechizo, para saldar la deuda de una apuesta perdida de antemano. Y ella, que tiene más práctica con eso del sueño pesado, seguiría paseando por su inconsciente, llenando su álbum una y otra vez con promesas de besos inmediatos, besos que no aceptan reclamos ni piden devoluciones. Él, en cambio, para no arruinar lo poco que le quedaría, aceptaría su destino. Y sin chistar, sin siquiera decir adiós o hasta siempre, juntaría sus ropas y sus penas, sus inútiles poemas aun sin escribir y sus desgraciadas ansiedades y se iría por el mismo lugar que vino. Atravesaría la puerta que da a una calle que nunca más transitaría y se perdería de vista para siempre. Fin de la historia.
     Así son las historias que aquí se cuentan. Sin embargo hoy, sin saber realmente por qué, se me antojó escribir acerca de las necesidades de él y de ella. Probablemente porque comprendí eso que me advertían casi todos sobre la necedad y los evidentes desatinos de mis textos. Al final, luego de una lectura fatigosa y claramente de compromiso, casi todos me decían: "está muy bien, pero te estás olvidando de algo: él siempre se enamora de ella y con eso nunca alcanza". Y tienen razón. Porque afuera, recorriendo otras calles y otros días y otras noches y otras camas, siempre me quedaba todo aquello que ella nunca traía a este juego. Sí, tienen razón. Porque en estas historias él siempre se enamora de ella sin ella; de ella sin su mente pensando en él; de ella sin el deseo de volver a verse, de volver a encontrarse casualmente en una búsqueda inconfesable, en una cacería mutua y perpetua como la del perro que persigue su propia cola. Él se enamora de ella sin sus matutinos despertares, sólo con sus pesados sueños que la dejan fuera del alcance de los de él. Sueños livianos y volátiles como la loca imaginación de sus manos que todavía hoy, cuando me alejo por unos días de su voz, reclaman el contorno y las formas de ella. Así es, él se enamora de ella y de su propia alegría de necesitarla. Y con eso comete el más imperdonable de los pecados. Pues es sabido que cuando uno comienza a necesitar lo que quiere no puede ya renunciar a eso que, inevitablemente, se vuelve impostergable. Por eso, así como así, todo lo demás pasa a ser perecedero y condicional. Y de esa manera, uno va por aquello que necesita sin demoras y lo busca, lo lucha. Y hasta llegado el caso, lo toma sin más.
     ¿Acaso, entonces, sea este un buen momento para cambiar el rumbo de su destino fatal? Es que, al final, el pobre infeliz terminó durmiendo en esta casa. Nunca tuve el coraje de decirle que se fuera, que más allá de los márgenes de estas hojas habría seguramente otras ellas, otros pies y otras piernas caminando otros renglones, amaneciendo a nuevas historias más agraciadas que tal vez lo incluyeran de alguna manera un poco más próspera. Vamos, nunca pude ser tan cínico para proponerle una valentía que ni yo mismo no puedo acusar.
     Entonces, al final el se quedó dando vueltas por los lugares más silenciosos. Y cuando no oye nada de mi parte por algunos días se arrima y me habla bajito y trata de consolar lo que no tiene consuelo (a pesar de esto, yo aprecio su buena intención). Canta alguna canción que me tranquilice; murmura oraciones sueltas que, por obra y ciencia de algo que no comprendo, terminan transformándose en borradores de confesiones acalladas, en inoportunas declaraciones de amor para mujeres que no necesitan ya de mis declaraciones. Él decidió quedarse y yo -lo admito- permití que lo hiciera. Porque, al fin y al cabo, él vive en ese lugar oscuro adonde voy cuando me toca morir de pena o de bronca, de amor o de alegría; cuando el río ya no suena y el tiempo se detiene en la nota infinita de un requiem infernal.
Y cuando finalmente me toca resucitar, él vuelve a su silencio y me saluda como satisfecho de haber cumplido su misión. Desde la penumbra de su rincón silencioso y solitario levanta su mano, baja su mirada y desaparece llevándose con él a su ella y a la mía: a su salvación y a mi condena.
     Así es, a pesar de lo que parece, yo no soy él. Él es otro. Ese otro que participa generosamente en estos divertimentos literarios que me dan un respiro momentáneo y me llevan a caminar otras calles, fantaseando con las promesas de otras mujeres y abriendo paquetes de figuritas que, quién sabe, tal vez un día, cuando menos lo espere, traigan una cara desconocida asomando como el sol del amanecer entre medio de los rasgos nocturnos de ella que han sido calcados en hojas sueltas palabra tras palabra, con trazos teñidos de alcohol y versos trágicos repetidos una y otra vez. Versos cada vez más descoloridos, cada vez menos versos.
     A veces hasta creo que un día voy mirar hacia un costado buscándolo en medio de una noche silenciosa y él ya no va a estar acá, se va a haber ido habiéndome dejado sobre la mesa un sobre que, acaso, abriré ya sin la esperanza de que sea el último. Y ahí quizás esté ella, la que me falta para completar este álbum y terminar con estas historias que no tienen ni introducción ni desenlace, que son puro nudo, nudo en la garganta. Así, guardadita y expectante en su sobre, tal vez asome finalmente y sin aviso previo la figurita difícil: la de ella con su necesidad de necesitarme.

RR


miércoles, 29 de agosto de 2018

HACIA EL FINAL DE LA NOCHE


Hasta pronto, me vuelvo a casa. 

Me voy a refugiar una vez más en una guitarra, en los ruidos conocidos y en los silencios elegidos; en los sabores dulces de cuando era niño y en la sombra de aquellos tilos loberenses. 
Me voy clavando la pluma en la hoja en blanco a perderme en la ceguera de Borges. 
Me voy cruzando los martillos y derribando la pared que me separa de mí mismo, nada más que para encontrarme con ese personaje funesto que he creado a imagen y semejanza de mis desgracias y de las alegrías más injustificadas. 
Me voy a destapar una botella de vino y a esperar que se convierta en vinagre; para brindar a la salud de los que ya no están, de los que se han ido y de los que nunca más volverán. 
Me voy, quizás, porque quiero dejar por un rato estas estúpidas discusiones sobre la paz y la guerra que no hacen más que llevar sangre de un lado a otro. 

Quiero abandonar al abandono y reírme cínicamente de su suerte. 
Quiero desatar a las fieras para que griten sus verdades y masacren las mentiras sostenidas por la fuerza de los poderosos y la complicidad de los traidores. 
Quiero ser el abogado del diablo, el defensor de los pobres y los ausentes, algo así como un suicida dispuesto a vivir para siempre -por la gracia del Señor- en una nota sostenida en los ojos cerrados alumbrados con la imagen de la mujer de mi vida yéndose de mi lado. 

No voy a quedarme a vivir la vida de otros, a rascar la puerta por las migajas de los aristócratas y los penosos burgueses. 
No pienso derramar una sola gota de sudor por un pan amasado para los que buscan mantenernos encerrados en su corral.

Porque no creo en los mercenarios de la culpa y los dueños de la mansión embrujada. 
Ni creo en esta luna, ni en estas estrellas, ni en todas esas cruces. 

Creo en la claridad que da la borrachera, en la pena del desahuciado, en el arrepentimiento del condenado, en la muerte segura e inevitable de todos. 
Creo que cuando ella llegue va a ser demasiado tarde, si Dios quiere. 
Creo en el tiempo que me está matando y en la permanente búsqueda de la salvación en un abrazo milagroso; la redención en dos pechos que me acojan al menos por una noche; en la resurrección algún día en este juego de palabras que me ha atrapado entre cuatro paredes y sus ojos. 
Creo que he perdido algunas batallas, pero la guerra continúa y continuará hasta el fin de mis días. 

Eso sí, me gustaría no recordar ya nada sin olvidarme de nadie.
Me gustaría encontrar un par de zapatos que la traigan de vuelta sólo para decirle que se vaya, que nada ha quedado de lo que había, ni siquiera estos besos muertos de pena. 
Me gustaría terminar esta hoja y no volver a escribir nunca más para así plantar las semillas de nuevas palabras y que se encargue otro. 

Porque yo, yo ya tuve suficiente. Hasta acá han llegado mis ganas y mis fantasías, hasta acá alcanza mi descaro y mi valentía. Hasta acá puedo seguir sosteniendo que he cambiado y que nunca podré olvidarla porque, al fin y al cabo, ya ni siquiera la recuerdo. 

Y eso duele.

RR


viernes, 24 de agosto de 2018

ANTE TODO


Amá siempre. 
Amá, es lo único que podés hacer para no estar muerta antes de morirte; para no ser un número más en alguna triste columna de las nóminas que redactan en las sombras los miserables mercaderes que venden las almas al mejor postor. Por eso, donde sea que vayas, donde sea que te encuentres, amá.
Amá para intentar ser ese nombre tallado en el corazón de un árbol o en la amorosa obsesión de alguien que no logra olvidarte.
Amá sin temores buscando ocupar un espacio en la lista clandestina de los rebeldes que dejan todo para amar, esos locos que sin dudar ni un segundo regalan su aire y apuestan su sueños y entregan sus noches en vela pensando en quien aman.
Entonces, amá. Elegí a alguien, subite a su destino y amá. Desatá tus nudos y soltá tus amarras y lanzate a la deriva para ahogarte a su lado.
Amá hasta el infinito sin dejar nada.
Amá y desmentí todas esas supuestas verdades que se derrumban inmediatamente apenas uno ama.
Amá también al prójimo, al extenuado, al desolado y al desahuciado. Y cuando ya no tengas a quien amar, amá a ese héroe enamorado que ama sin ser amado.
Amá aunque nunca nadie se entere de cuánto has amado hasta ese día en que tu amor decidió irse tras unos pasos perdidos para finalmente transformarse y volver a tu lado en otro cuerpo, con otros ojos y otra piel, y ese sabor a primer beso indispensable para seguir amando. 
Amá íntimamente a quien te amó alguna vez y te seguirá amando allí adonde van los amores perdidos a refugiarse del silencioso frío del desamor, ese mundo dantesco de versos que conducen a los amantes a través del infierno de la ausencia irreparable y el limbo imposible del olvido al anhelado cielo donde habitan nuevos amores.
Entonces, amá.
Amá a pesar del tiempo y la distancia; de las paralelas que nos separan y las perpendiculares que nos cruzan; de las cobardías ocasionales y las precauciones inevitables; de los pedazos rotos y la sangre derramada.
Amá sólo vestida con las efímeras felicidades y hasta con los eternos dolores que apenas se aguantan. Y sin importar lo que hagas no dejes nunca de amar, para que la muerte te encuentre amando.

Porque en la vida, dicen, nunca nada valdrá lo que vale el amor.

RR



viernes, 17 de agosto de 2018

USTED Y YO #6


     No se acongoje, querida -usted bien sabe que me gusta llamarla de esa manera anónima aunque mis intenciones jamás lo sean-, no se apachuche ni se amedrente. No me deje solo en esta noche tal vez más oscura que las anteriores. Porque debería saber que cada una de las que le han sucedido a usted han sido más y más negras (si es que eso fuese posible), más y más ausentes de todo aquello que usted coloreaba con su presencia. Y si no me cree, o acaso supone que exagero, fíjese lo que he demorado en volver a escribirle. Por favor, no me recrimine lo que escribo para quién sabe quien, esas son sólo palabras sueltas, oraciones sin sujeto predicadas desde el insomnio que me provoca aún este temor de no volverla a cruzar en una plaza, en un bar o en una cama.
     Le aclaro que, finalmente, he decidido que usted no figurará en ningún comentario nunca, ni siquiera diré su nombre como una especie de alivio aunque me obligue la muerte o, peor aún, aunque me muera de ganas. Usted será en estás hojas la de siempre, la que se va sin que nadie la llame y vuelve sin necesidad de que la eche ese a quien usted ha decidido dejar al cuidado de todo aquello que yo imagino cuando escribo para usted. Eso sí, tenga en cuenta que cuando yo le escribo, usted queda bajo mi jurisdicción, y que dentro de los límites que demarcan estos márgenes, sus odiosas pataletas y sus caprichosos enojos de antaño no la van a exonerar del cariño que, sólo como introducción, yo le demostraré invariablemente hasta convertirlo en un amor ostensible.
     Vamos, ríase de mí lo que le plazca. Al menos de esa manera volveré a hacer mía aquella sonrisa que portaba inescrupulosamente a mi alrededor, y usted hará suyas mis emociones y las estúpidas justificaciones que deberé esgrimir para nadie buscando justificar el alegre contagio que me provoque su burla. Sin embargo, usted deberá justificar mucho más que eso. Usted, querida (ya ve cómo me pone...) deberá testimoniar cómo fue posible que un don nadie como yo se viera en la responsabilidad de lidiar con su recuerdo sin importar todos los túneles oscuros que se presentaran, ni las luces que asomaran cada tantos semestres. Es que, como creo haberle dicho (escrito) alguna vez, no soy yo quien le escribe. Claro, tampoco es que no lo soy. Es más bien un trabajo conjunto entre quien ha muerto en el intento y quien ha sobrevivido para contarlo. Pues bien, aquí estoy yo, el vivo y el muerto, el que ya no la busca y el que la encuentra en cada rincón de este vaso vacío que, como cada vez que nos encontramos -usted y yo-, me aguarda paciente. 
     Así es, aquí estamos, usted y yo como un hecho histórico sin proceso alguno que pudiera servir como objeto de estudio. Digámoslo sin vueltas: ¿qué archivo podríamos hallar a esta altura para corroborar las fechas y los actores de un par de meses de desencuentros y algunas batallas mediocres y sin armisticio? Porque, por más que al principio aquello pareciese una blietzkrieg amorosa, al final no pasó de una escaramuza entre pobres caudillos venidos a menos y unos ejércitos desmoralizados y vencidos de antemano.
     Pero volviendo a lo que nos ocupa -esa abuela que regula al mundo-, sepa que usted también tendrá que convivir con esta vida y esta muerte, con estos hiatos y esta caterva de imbecilidades que de vez en cuando me someten a su sombra y a su noche. Todo eso que aparenta ser olvido y desmemoria pero que, así, de esa manera tan paradójica, reafirma su existencia. Quiero decir: no espere nunca de mí la confesión del olvido. Porque no me corresponde a mí hacerlo. Porque no me toca a mí arrojar esa primera piedra. Porque nunca delataré a aquel que ha muerto tras sus pasos y resucitado de las tinieblas, debajo de estas letras, para sobrevivir eternamente.¡¿Cómo podría yo hacer semejante cosa?! 
     No, yo nunca diré de usted más que todo lo que la he querido. Porque si alguna vez escribiese como ahora que sí, que la he olvidado, no haría más que confesar, como ahora lo hago, que jamás pude olvidarla.

RR


domingo, 12 de agosto de 2018

NIEBLA DE AGOSTO


     Tal vez sea que después de tanto ya he tenido suficiente; que después de no haber tenido nada, todo me resulta demasiado. O quizás sólo sea que ya no quiero lo poco que el mundo puede ofrecerme. 
     Y entonces me voy, sin irme realmente a ningún lado, sin ni siquiera dar un solo paso. Me voy hacia un lugar inalcanzable para aquellos que se la pasan pidiéndome explicaciones o una declaración jurada de mi estado de ánimo. Me voy hacia donde vagan solitarios los intentos y los fracasos sin tribunas ni laureles. Me voy hacia el cerco que divide mi vida de la vida, que separa sus ojos de los del resto de la manada: sus ojos de loba en celo buscando un macho que se aparee con ella, que la someta y la convoque al sacrificio. 
     Y por eso no habrá a partir de ahora nada más, solo ojos; ojos por doquier, marrones y celestes, verdes y negros, todos con el mismo fondo blanco, todos con la ansiedad de la espera, con la impaciencia que provoca el ritual de una búsqueda falsa. Ya mismo voy a saltar ese corral hacia la palabra que mata, a empaparme de ella, a cortarme las venas con su filo y desenmascarar sus miedos que paralizan las piernas, que cierran la boca oprimiendo las ganas de declarar fuerte y claro que el amor sobrevive a la muerte y que sólo hay muerte en los verbos guardados en los párrafos de los hipócritas, en las súplicas de un amor sin sentido, sin nada a cambio, incondicional e injustificado. 
     No, no hace falta que venga ella a despedirme con su lástima o su orgullosa indiferencia. Porque ya no me interesa corregir la gramática de mis sentimientos, ni me importa destruir los mitos impostados en mis versos. Lo único que busco es amargar estas putas felicidades de plástico y arrojar a una cloaca todos esos amaneceres y crepúsculos capturados en las fotos de los que jamás sintieron la desolación de la noche, del vaso a medio terminar mirando la botella vacía; de la púa recorriendo ese último espacio negro y silencioso antes de levantarse del disco y marcar inapelable el final de la música. Un final anunciado ya sin sus piernas asomando por debajo de las sábanas revueltas proponiéndome una nueva canción que me permitiría tomarla de la cintura y viajar junto a ella adonde solo se viaja de a dos.
     Así es, me voy, solo, sin nadie detrás alzando la mano para saludarme, sin los llantos de mi madre ni ningún tipo de arrepentimiento tardío; dejando de una vez por todas atrás a esos insoportables comentaristas del día después. Me voy con el pecho roto y las manos encallecidas, con la mente llena de porvenires y probabilidades, con la lluvia cayendo impiadosa sobre mi alma que innegablemente se había inundado de excusas. Me voy porque quiero irme, porque nadie me lo pide, porque es absolutamente innecesario e inconveniente. Me voy sin dejar nada atrás ni tener nada por delante. Me voy caminando la cornisa de la locura, abrazado a los fantasmas del destierro y la humillación, olvidándome del orgullo y del amor propio que me ataban a un supuesto éxito que no es más que la soga que ahorca los sueños. Me voy sin nada, sin equipajes ni hojas de repuesto. Nada más me llevo el último beso de febrero de aquella chiquilina feroz y el abrazo del único amigo que me queda. 
     Me voy, me pierdo en esta niebla de agosto que hoy cubre un pasado que ya no añoro y un futuro que ya no espero. Me voy para no volver. 
     Jamás.

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...