martes, 6 de agosto de 2019

¿SERÁ POSIBLE?


     Usted no sabe de mí porque yo soy quien nunca ha sido y quien probablemente nunca sea. Yo soy ese que permanece hundido en temores, en arrepentimientos de último minuto, en miedos importados de sentimientos ajenos. Por eso usted no sabe de mí. Pero, créame, yo existo.
     Detrás del silencio de quien la añora y le escribe desde una distancia y un tiempo infinitos, estoy yo, abrumado por la soledad que me ha sido impuesta por un hombre que piensa que usted podría sentirse invadida, quizás también abrumada por saber de mi existencia. Pero yo existo. Y aunque sólo exista por usted, es justo y menester que le confiese que si no fuese usted, probablemente sería otra. Pero eso es harina de otro costal. De este costal son mi existencia y la suya, y son todas esas cosas que me gustaría hacerle saber, hacerle llegar, adjuntarle con un abrazo que arme a nuestro alrededor un corral donde liberar mis sueños acorralados, mis decires sometidos, mis cuentas irresueltas.
     Discúlpeme, tal vez esté siendo un tanto atolondrado al expresarme. Es que me ha sorprendido la negligencia de mi carcelero que se ha descuidado e inesperadamente me ha dejado librado a mi suerte -y claro, a la suya-. Por eso debo aprovechar este momento para contarle quien soy.
     Yo soy ese que vive en la oscuridad de este señor que la admira y la desea sin jamás solicitarle un favor o una gracia. Este buen hombre que anda ahora por ahí perdido por las calles, sin animarse a abandonar ese falso desconcierto para ir hasta su domicilio a golpear su puerta esta misma noche. Un hombre armado nada más que con el coraje ficticio que nace de la locura de creer que sólo sería un posible candidato a meterse en su cama por una distracción del destino. No lo juzgue mal, no es un pelele cobarde y deslucido, ni lo hace de mala fe. Es que él sostiene con vano orgullo la bandera del amor como un encuentro mágico y no como un tesoro que debe ser buscado con mapas apócrifos entre señales inexistentes. Es por eso que él nunca se animaría a presentarse intencionalmente un día cualquiera en alguna de esas encrucijadas que usted transita de vez en cuando. Nunca sería capaz de acercarse hasta sus surcos para caminar a su lado con la sola excusa de cobijarse del desconcierto general que provocan los años que pasan, las horas que se suceden y que van dejando recuerdos como hongos plagados en la memoria.
     Sí, así es, yo soy uno de esos hongos. Una mancha de humedad que se ha esparcido hasta los límites del decoro de este tipo que, déjeme que le diga, la quiere. Sí, la quiere. No es que sólo la desea y anhela llevar a buen término ese deseo para satisfacer su ego o los instintos que lo poseen cada vez que piensa en usted. No, él la quiere y suspira su deseo en silencio ocultándolo en su sombra hasta que el sol se pone y, entonces, aúlla su nombre en la oscuridad de la noche desprovisto de cualquier forma humana, para atravesar finalmente el duro proceso de transformación que lo convertirá nuevamente en un tipo común y corriente, sin una sola marca en su piel que permita sospechar del río de lava que corre por sus venas y lo consume cuando una mujer con esos rasgos suyos tan particulares se cruza en su camino.
     Porque su peor castigo consiste en la fantasía de ver en todas el talle de su cintura, el color de sus ojos, el plano que corre desde su frente hasta la punta de su nariz. Él cree percibir en todas las mujeres que caminan a lo lejos, su indiferencia y su despreocupada libertad. Esa libertad que usted expone en sus pasos, que seducen su mundo de probabilidades negadas y que logran, aunque sea por un momento, sacarlo de su escondite y lanzarlo a la conquista inútil de hojas y más hojas que de nada sirven, que sólo lo retrasan y le impiden acudir al remedio infalible del olvido. Un remedio que, por otra parte, terminaría definitivamente conmigo.
     ¿Me entiende ahora? ¿Entiende este apuro que me ha empujado esta vez a mí sobre esta hoja que ha caído no casualmente en sus manos? Porque, así como todo esto no es una casualidad -ya sé que usted no cree en ellas-, no es tampoco el destino, ni es un designio misterioso. Nada de eso. Todo esto no es ni más ni menos que el producto de mi intencionalidad declarada, de la mismísima realidad abriéndose paso entre los guardianes que custodian el muro que aquel pobre hombre jamás atravesará. Y si yo he llegado hasta usted es para que sepa que el tiempo se me acaba, que las muertes se suceden llevándose las horas que parecían interminables y que me mantuvieron escondido entre líneas, en esos espacios donde él esconde su nombre.
     Y usted quizás piense que él es un cobarde, que si verdaderamente la quisiera como dice quererla, no le importaría lanzarse a un naufragio seguro, ni nada le impediría nadar hasta la orilla de su isla desierta para internarse en su valle encantado. Y puede ser que usted tenga razón. Pero eso ya no me corresponde juzgarlo a mí. Porque yo no creo como él en el milagro del amor ni en los encuentros casuales. Ni siquiera creo en este mapa que traigo en mis manos y que yo mismo he dibujado con determinación y pretensiones verdaderas.
     Porque yo, querida, sospecho que usted tampoco es quien dice ser. Dígame, por favor, si es posible esto. ¿Es posible que usted sea también un personaje de una historia como la mía, un títere movido por los hilos de otra persona igual a este hombre de quien le he venido contando? ¿Es posible que, al igual que yo, haya estado usted esperando un momento de distracción para huir de ella? Por favor, déme una respuesta. ¿Es posible que haya soñado usted con el día en que yo llegase como he llegado ahora finalmente hasta su puerta para librarla de unas cadenas que la mantienen cautiva en un silencio que todos creen que es olvido? ¿Será posible que seamos nosotros los verdaderos escritores y ellos sólo los personajes de una historia mal contada?
     Vamos, aprovechemos, volemos al cielo que nos espera afuera de esta jaula hecha de papeles y palabras estériles, huyamos del fastidio de ser ellos y seamos de una vez por todas nosotros, tal vez no tengamos otra oportunidad.
     Tome mi mano, agárrese fuerte. Nos vamos para siempre.

RR


martes, 23 de julio de 2019

CUANDO LLEGUE EL DÍA


Mirá mis manos encalladas, cuarteada la piel, con sus líneas que ya no conducen sino a la muerte. 
Mirá mis uñas astilladas, mis nudillos sangrados. 
Mirá mi cara envejecida, arrugada y mugrienta. 
Mirá mis ojos achinados, ciegos, vacíos. 
Mirá mi pecho hundido y mis brazos entumecidos. 
Mirá mi sexo agotado, mis piernas flacas y mis rodillas trabadas, mis pies heridos y ya sin pasos. 
Mirame, mirame bien. 
Esto es todo lo que le dejo al mundo, esto es todo lo que tengo para alimentar la tierra: un cuerpo listo para pudrirse en el olvido de la gente, para alimentar las plantas y los gusanos, para consumirse en el fuego o para ser descuartizado por la ciencia o por los perros, da igual. 
Mirame y date cuenta de lo que el tiempo le hace a la carne y a los huesos, cómo corroe las esperanzas y los deseos, cómo apacigua las pasiones y las furias. 

Vamos, mirá todo lo que quieras mirar. 
Revolvé mis cajones y mis papeles. 
Arrimate a mi guitarra que siempre tiene algo que decir. 
Buscá entre los libros las notas de un pasado que esperaba un futuro. 
Escuchá mis discos con las rayas de las horas en mis canciones favoritas. 
Releé mis cartas entre líneas. 
Abrí los cuadernos que contienen borradores humedecidos y sin correcciones. 
Subite a mi viejo auto y manejalo a cualquier lugar para recuperar una de las formas que tenía mi felicidad a veces. 

Una vez que hayas hecho todo esto, habrá sido todo, querida. Porque no hay nada más que eso y todo aquello que nos hemos dicho, que nos hemos besado, que nos hemos derramado con las piernas entrelazadas y la mente en blanco.
No hay más nada que todo eso que nos dolió en el alma, que nos rompió el llanto, que nos dibujó una sonrisa y nos parió cada día. 
No hay más nada que lo que vivimos, lo otro fueron sólo planes, suposiciones, sospechas, presunciones, pronósticos, esperanzas, expectativas… Nada. 

Es necesario entender que no seremos nunca, más de lo que fuimos. 
No seremos un espíritu santo ni un mesías crucificado. 
No seremos ni almas en pena ni ángeles milagrosos. 
No seremos héroes ni mártires. 
Y para nosotros, sólo para nosotros, seremos nada más que un amor pretérito imperfecto conjugado de momentos buenos y malos, de triunfos y derrotas. 
Seremos nuestro mundo, combatido, luchado y conquistado en el barro. 
Seremos un reflejo más de un sol terco que vuelve a salir a pesar de la noche y la luna, de vos y de mí, de la vida y de la muerte. 
Así es, seremos todo eso que negamos hasta último momento, hasta el suspiro final. 

Y entonces, cuando todo eso también deje de ser, seremos finalmente el silencio que nace en este mismo instante. 

RR


martes, 16 de julio de 2019

ENTRE GALLOS Y MEDIANOCHE


     Adiós, me estoy yendo de este mundo. Así, de a poco, diciéndole hasta siempre a los amigos entrañables, dándole la mano a aquellos que intentaron sostenerme y a los que me empujaron disimuladamente. Así, contando estos últimos minutos que pasan y las últimas palabras que escribo para los besos denodados que guardo en un viejo frasco de mermelada y que dejaré a la salida en una alacena al cuidado de las sombras de los tiempos infinitos que pertenece a los amores verdaderos. Así, sin titubeos ni dudas ni nombres falsos, sin ir a la pesca con treinta y tres, sin intentar ocultarme por esta vez en las andanzas de un hombre valiente. Así, celebrando la dicha de haber vaciado el alma en los destinos inalcanzables de las mujeres que he visto partir de mi lado con rumbo a la lejanía, sosteniendo para ellas en mi lengua adioses innecesarios, guardando en renglones infinitos los adjetivos que salieron orgullosos hacia sus ojos y sus pechos que cobijaron mis noches de angustia, cada trazo de esta tinta enloquecida que nunca alcanzó para explicar lo que ni yo mismo podía entender. Y ya no busco entendimiento, no más, ni mío, ni vuestro, ni de nadie. Porque, al final, solo queda ir siempre recogiendo lo que hay en el camino, lo que sea, piedras o flores, lágrimas o risas. 
     Y llegaré a la muerte como llegan todos, entre gallos y medianoche, después de beber el último sorbo de vida. Moriré de frente a esa nada inexplicable. Llegaré a esos páramos y quizás alguien me reciba con un gesto de bienvenida, porque, al fin y al cabo, la muerte no discrimina y recibe a todos: ricos y pobres, felices y desgraciados, creyentes y ateos; incluso a tipos como yo que se han pasado la vida muriéndose de ganas, restringiendo los lugares de paso para no cruzar las miradas de los amores que se han alejado implacablemente, soportando el peso de la ausencia (la peor de las cruces, el peor de los destinos). Y en ese momento, seguramente la recordaré a ella como las recuerdo a todas y caeré en la trampa de creer que la quise más de la cuenta cuando, en realidad, solo se puede querer así, sin factores ni resultados, sin estadísticas ni análisis de riesgo. La habré querido como pude y ella habrá evitado sabiamente perecer en ese juego mortal que es el amor cuando se acaba, cuando el corazón se para en seco irrefutablemente y debemos recurrir al rencor y a la excusa, a anotarnos del lado de las víctimas de un fracaso que no es de nadie más que nuestro y, entonces, emprender un viaje hacia el silencio igual a este. 
     Así es, yo me senté a quererla en silencio, a luchar inútilmente cada minuto de cada hora de cada día contra la memoria venenosa que se fagocita el presente llevándonos a vivir entre los besos amortajados y fantasmales que nos persiguen por donde sea que tratamos de huir. Y fui un tonto al tratar de huir de ella, de perderla en las copas de vino, de abandonarla en los poemas a otras mujeres inexistentes. Fui un tonto al tratar de esconderme en los laberintos de palabras que armaba para olvidarla. Inútiles fueron las despedidas y los reclamos piadosos; inútiles fueron las vueltas que dí por los cajones y los armarios de otras mujeres buscando empaparme de un aroma que no fuera aquel suyo tan mío. Inútil fue todo. Porque cuanto más intentaba olvidarla más cerca la tenía, cuanto más buscaba perderla, más la encontraba, sonriente y hermosa como la había dejado. 
     Pero ahora ya está, es tiempo de abandonar los baúles pesados e inservibles del pasado y marchar hacia el único futuro común a todos. Si es que eso es posible, si no es que, en realidad, estamos siempre girando en círculo y nunca nos vamos a ninguna parte; si no es que siempre estamos viniendo hacia este último suspiro eterno que algunos llaman muerte y que se parece tanto a ese rayo que ilumina todas las oscuridades desgraciadas cuando unos ojos, como los de ella, rompen eléctricos las nubes grises de las soledades más tormentosas y despejan los días venideros transformándolos en celestiales. Tal vez, quién sabe. Para mí ya no importa, porque finalmente, un día como hoy, todo se acaba.

RR


martes, 18 de junio de 2019

LA NUBE


     En serio, conozco personas que jamás salen a la calle sin un paraguas en un día de lluvia. Ellos parecen reconocerse entre sí, se amuchan bajo los aleros y los balcones, como si intentaran resguardar sus paraguas del ocaso de la lluvia, de esas gotas que caen renuentes y premeditadas, que rebotan sobre el nylon y saltan sobre esos otros transeúntes que los miran como invocando piedad antes su carencia de resguardo, ante el desamparo de verse ahí, sin paraguas, sin alero, sin balcón que les evite empaparse mientras caminan hacia la parada del bondi o hacia un bar a encontrar consuelo después de que ese amor para toda la vida se revelara como lo que verdaderamente era: una promesa, una apuesta perdida de antemano, una exageración inconsulta y desproporcionada. Vamos, como lo que el amor es en realidad.
     A mí, en cambio, no me preocupan los paraguas, ni los aleros, ni los balcones. Porque yo salgo siempre con tu nube a cuestas. Donde sea que vaya tu nube va conmigo. Y sí, vos sabés bien que cuando hablo de tu nube enseguida se me da por escribir sobre tus gotas y tus gemidos y tus truenos y los rayos indómitos de tus ojos. Sobre tu apocalipsis de media tarde que me derriba y me manda derechito a la cama o a colgarme de una soga de versos que sólo riman con tu nombre, con cualquier sílaba que contenga alguna de las tuyas, con cualquier acento que caiga como una maza sobre tu recuerdo de amasijos hechos de cuerdas y tendones, y que me pone en ridículo ante todo el barrio que me escucha una vez más suplicarle un silencio imposible a mi guitarra. Porque eso es tu nube: una tormenta implacable e impiadosa que nunca va a oír mis súplicas, que va a hacer oídos sordos ante este interminable temporal que se agita sobre mi costa y mis aguas internacionales, sobre ese ínfimo espacio que ocupó tu vida en la mía pero que, sin embargo, fue capaz de fundar una república independiente y soberana de mis deseos. 
     Sí, tu nube, tu lluvia: mi tormento. Tu dictadura proletaria que ha conquistado mi poder y ha hecho suyos mis medios de producción condenándome a escribir siempre en tu nombre. En tu nombre y en el de tu nube que me llueve desaforada, que me somete a la dialéctica de una historia que no tiene fin, que nace y muere y vuelve a nacer y vuelve a morir y vuelve a nacer...
     Hay gente que no puede enfrentar la lluvia sin un paraguas. También existe gente que atraviesa cada tormenta bajo una lluvia torrencial resignándose a caminar fuera del alcance de los aleros y los balcones. Están también -¿por qué no colocarlos en esta nómina?- quienes caminan felices al amparo de un abrazo, contando cada gota como si fuese una bendición, como si cada una de ellas diera testimonio de vida, como si cada chapoteo de sus pies en los extensos charcos que se forman en las bocacalles fuese un alegato a favor del amor. Un amor por el que -es necesario aclarar- ellos mismos deciden saltar al vacío, sin necesidad de ninguna otra razón más que el agua que cae y los moja y los empapa y los empuja hacia la casa de alguno de ellos (otra vez ellos) a secarse los cuerpos para volverlos a humedecer sobre una cama con la boca y los ojos y las ganas de mantenerse para siempre así, húmedos, expectantes, alertas, tormentosos, fugaces.
     Ya vez lo que puede hacer tu nube perdida entre todas estas que ahora ocupan un cielo que parece que se va a caer sobre mí. Por eso nunca trato de escapar de ella, porque sé que es inútil e inconducente. Porque si hubiese podido huir de ella, lo hubiese hecho hace ya mucho tiempo atrás, cuando todavía sostenía la bandera del olvido posible como un cruzado; cuando murmuraba tu nombre mientras observaba la lluvia caer pensando "siempre que llovió, paró". Cuando todavía creía que, en alguna parte, existía un paraguas, un alero o un balcón capaces de protegerme de esta tormenta, de tus gotas amorosas cayendo, constantes y mortales, sobre mi mente atormentada.

RR


jueves, 13 de junio de 2019

STILL


maybe is time to you to know
because you must know how difficult still is to write about you
and you must know how even more difficult is not to write about you
write this kind of things that could never been even close to your space

and you also should know how much I miss you
how much I miss that space
that beautiful space that surround you while I miss you
while I'm here, out of any space
writing about you

you
who I still miss everytime that I write about anything
for you or for the other ones that I named after you
I remember one day I decided not to name you anymore
I started to call you just Darling
but it was unuseful 
and I finally lost my own memories fighting you
I couldn`t never lose you
I just lost my self

and now
with no memories in my pockets
I still remember you
your name
just yours
always yours
your space..

but don`t worry
I`m far, far away from you
I`m in a far away blues
in a far away crossroad`
where the lonely ones comes to find the devil
and die later with eyes closed
a poem
and a broken bleeding heart

and here is where I'll stay forever
or maybe not
who knows
maybe I`m just a poor guy who lost his mind
or maybe is just that I still in love with you
still
maybe
who knows...

RR


martes, 11 de junio de 2019

MI ROMANCE CON PATRICIA (Un amor entre infortunios y desgracias)


     De todos los amores que he tenido (y que tampoco han sido tantos), hay uno que siempre recuerdo particularmente y del cual nunca he hablado. Mi romance con Patricia fue un romance de infortunios y desgracias. Y no es que ella me haya producido infortunios o desgracias, es sólo que parecía que nos encontrábamos únicamente en ocasiones de ese tipo. A veces era en algún hospital por causa de un accidente -propio o de alguien conocido-. Otras veces podía ser en alguna reunión de amigos en donde, por alguna razón misteriosa, siempre se desataba algún conflicto que llevaba al caos y al total desentendimiento entre todos los asistentes; menos entre nosotros. 
     Nosotros parecíamos llevarnos mejor que nunca cuando el desorden y la confusión copaban la atmósfera que nos rodeaba. Parecía como si cada uno buscara refugio en el otro para resguardarse de los acontecimientos. Pero el lugar donde el amor nos poseía irresistiblemente era en los velorios; ahí sí ardíamos de pasión y terminábamos escapándonos apenas se renovaba el llanto de alguno de los familiares del finado que arrastraba irremediablemente a casi toda la concurrencia. Nunca sentimos ningún remordimiento por abandonar al muerto y a sus deudos. De todas maneras, a ninguno parecía importarle demasiado nuestra presencia (sobre todo al primero). Para nosotros, no era algo que pudiésemos negociar, cuando llegaba el momento, estábamos en las manos de cupido y sus inoportunas flechas. Tampoco nos planteábamos las razones y los por qué de nuestra relación. Una relación que se movía al ritmo de las páginas de policiales y obituarios. Había algo en nosotros que nos ponía en alerta apenas se desataba alguna pequeña o gran catástrofe y nos hacía correr al encuentro; era como una especie de alarma de bomberos que cuando sonaba, nos lanzaba por un tubo directo a esa mirada que incendiaba todo cuanto estaba a nuestro alrededor.

*

     Nos habíamos conocido sin querer. Los dos éramos profesos practicantes del silencio. Asistíamos a reuniones de amigos en común y opinábamos sobre todo con las mismas displicentes miradas. Ese tipo de complicidades de quienes se buscan en el aire para motivar la gracia de algo que, estando solos, no la tendría. Pues bien, nosotros compartíamos esos invisibles resquicios de ignorancia que rara vez dejaban aquellos sabios participantes que hacían gala de su enorme capacidad de abarcar todos los temas. 
     Patricia tenía por costumbre ocultar sus ojos bajo el flequillo de su pelo enrulado y observar mi cabeza que se zambullía al fondo del vaso con la intención de ahogar la obligación de sentenciar una respuesta que, si hubiese sido pronunciada, sólo me hubiera depositado en una batalla naval perdida de antemano. Entonces, mientras yo flotaba como un corcho (como alguna vez expresó Jaques Cousteau cuando le preguntaron acerca de la desgraciada muerte de su hijo Philippe) en esas atmósferas de conferencias de sabiondos y doctores honoris causa en prejuicios, Patricia se acercaba a mí disimuladamente. Tan disimuladamente que ni siquiera nos dábamos cuenta de que ya no estábamos ahí, que estábamos caminando calle abajo acercándonos a los bordes de un compromiso como militantes de la esperanza.
     Una noche, en una de esas reuniones, todo terminó con llantos femeninos, trompadas masculinas y puteadas generales que nunca supimos hasta dónde finalmente llegaron. Afortunadamente, nosotros desaparecimos de la contienda entre dos ejércitos que lucharon hasta el final a capa y espada por conquistar la cima de la estupidez y plantar su orgullosa bandera. Nos escurrimos de aquel lugar sin decir nada. Durante dos o tres cuadras caminamos en silencio mirando las baldosas, elucubrando tontas teorías acerca de las diferentes disposiciones de los trazos y las divisiones que separaban los límites entre las casas del barrio. No podíamos aceptar el hecho de que nadie hubiese escrito hasta ahora un ensayo acerca de lo que a nosotros nos resultaba tan evidente. Esto es, que los propietarios de las casas buscan dejar bien en claro dónde empieza y dónde termina su propiedad apelando a diferenciar claramente su vereda de la del vecino, una especie de división política primaria que deriva de -o quizás da comienzo a- otras de mayor difusión, como aquellas que tantas veces debimos calcar de los manuales de la escuela para aprender los límites de los territorios nacionales, de las zonas climáticas y hasta de las desventuras de los pueblos originarios. 
     Caminando de la mano, justo antes de llegar a la frontera del adiós, nos topamos con un amontonamiento de gente desconocida que nos atraía como un campo magnético. Nos miramos y nos zambullimos así como estábamos en ese oasis de desdicha ajena, con los dedos de las manos entrelazados como si caminásemos hacia el altar. No nos dijimos ni una palabra. Entramos, hicimos algunos ademanes con la cabeza, ella para un lado y yo para el otro, expresamos nuestras condolencias a quienes suponíamos por el caudal de llanto que eran los familiares del agasajado, y nos dirigimos hacia un rincón alejado, un tanto oscuro por la sombra que proporcionaban las flores ordenadas muy prolijamente y con gran sentido estético capaz de conjugar armoniosamente la belleza de la naturaleza y el dolor de la irremediable pérdida.
     Apenas sentimos el aroma de las flores mezclado en ese frío espacio con el del formol, sentimos el reverdecer de nuestra primavera, la marcha nupcial que unía los latidos de nuestros corazones llenos de gozo y esperanza. Patricia se abrazó a mi cuello y comenzó a besarme mientras yo hundía una mano en su pelo y la otra se colaba por debajo de su camisa blanca buscando el tibio tesoro de sus pechos. Algún desprevenido que buscaba el camino hacia el baño nos observó durante unos segundos y, creyendo que estábamos poseídos por la angustia, se abrazó a nosotros balbuceando algunas palabras que no llegamos a comprender. Cuando nos soltó y se alejó, decidimos que era tiempo de marcharnos. Como hacíamos casi siempre, caminamos por un costado ocultando la sonrisa que se nos había grabado en la boca, como queriendo imitar una mueca de pesar que, si bien podría decirse que era una estrategia de defensa de nuestra amorosa situación, en el fondo, también expresaba cierta compasión hacia el helado y duro destino de ese cuerpo recostado sobre gasas blancas descomponiéndose a la vista de todos.

*

     Patricia era una mujer hermosa. Y no hablo de esa belleza de moda promocionada y defendida desde los centros de poder capitalista que nada tiene que ver con lo que la belleza inspira, es decir, el amor. Pues bien, Patricia era la representante absoluta de la belleza que inspira amor. Amor en forma de poesía y música; amor como estandarte de quien persigue su destino; amor como un sueño que debe (sí, debe) ser soñado. Por eso yo soñaba con Patricia. La veía en las puertas de las clínicas o cuando una ambulancia pasaba raudamente por la calle agitando sus luces y su sirena. La veía también en las esquinas donde, cual ring de boxeo, se podían observar a los contendientes del último asalto de una lucha descarnada por la prioridad de paso sangrando cada uno en un rincón mientras los restos de la moto y el automóvil emitían sus últimos suspiros de vida, y la gente se arremolinaba en los alrededores a declarar a la policía los detalles de aquel encuentro inesperado y violento que había regado una vez más la calle de restos de plásticos y vidrios mientras que a mí me había dejado soñando con Patricia, con los rasgos inolvidables de su rostro, con el contorno de sus márgenes dibujados en mis manos, con la cadencia de sus pasos sincronizados con los míos. 
     Sí, Patricia me inspiraba amor y yo sé que era un amor correspondido. Porque cuando no nos encontrábamos por algún tiempo ocurría fortuitamente algo en nuestro círculo social o geográfico que nos juntaba, que de alguna manera unía nuestros planes para ese día, convocándonos misteriosamente en algún lugar en donde seguramente, tarde o temprano, cierta fatalidad nos haría levantar la cabeza de nuestras trincheras de silencio para observarnos, para desnudarnos de unos uniformes que no eran verdaderamente los nuestros. Porque nosotros pertenecíamos al ejército de los que se encuentran sin buscarse, y que son capaces de corroborar que el quid de la cuestión no es la casualidad, ni la cercanía, ni el destino. No, el quid de la cuestión para nosotros era mucho más simple y concreto: el amor y el deseo. Nada más. Nada menos. 

*

     Sin embargo, algo aun más trágico que lo que nos juntaba sucedió un día. Una tarde de marzo, calurosa y húmeda, nos propusimos dejar de depender de los malos entendidos o las disputas ajenas o el último suspiro en el ciclo de la vida de algún mortal. Decidimos proponer nosotros la fecha y la hora y el lugar. Nos prometimos fidelidad para no depender más de los designios misteriosos. Le soltamos la mano a esa profecía que nos reunía al amparo de las sombras y nos tomamos de las nuestras abandonando aquella práctica de buscarnos en las reuniones de amigos y familiares, en los hospitales y, sobre todo, en las funerarias. 
     Alquilamos un pequeño departamento en las afueras de la ciudad que sirviera para juntar nuestros despertares sin necesidad de recurrir a la búsqueda detectivesca por las calles en donde alguna nube negra se posara sobre las cabezas de los desafortunados transeúntes para oscurecerles el día. Así quedaríamos cubiertos de los imponderables y los contratiempos. Así entonces, nos veríamos de día y de noche, nos toparíamos en la cocina y en el baño, nos rozaríamos la piel en la cama, queriendo y sin querer. Comenzamos a comer juntos, a bañarnos juntos, a leer juntos. 
     Y así, juntos, nos fuimos separando.

*
     Nunca volví a encontrarme con Patricia. A veces, sin darme siquiera cuenta, me encuentro buscándola desde el fondo de bares como este. Observo por sus ventanas tratando de identificar su mirada entre la de la gente que pasa mientras la sirena de alguna ambulancia suena a lo lejos y me provoca esta absurda sensación de extrañarla. Extrañarla, sí. Extrañarla a ella que era pura belleza, que se colaba por esas grietas rebeldes que siempre dejan algunas seguridades. Y cada vez que en la pantalla de un televisor como el que cuelga de la pared enfrente mío, aparece un titular exagerado en rojo, promocionando la última calamidad de la naturaleza, o celebrando el talento de los que con el diario del lunes son capaces de profetizar hechos irreversibles, yo me pierdo en mis propias diatribas y me quedo inmóvil, imaginando a Patricia que aparece desde atrás del cronista buscándome con sus ojos angustiados por esta misma soledad que ahora desearía compartir con ella. No lo puedo evitar: la extraño tanto... Como cuando me entero del fallecimiento de algún pariente desconocido o algún terrible accidente ferroviario en otra ciudad y la imagino dando vueltas por el andén armando una telaraña con su mirada para intentar capturar otra vez al destino.
     Es que sin Patricia siento que me he quedado desgraciadamente solo, que sin ella los velorios son la muerte; que el choque entre un auto y una moto es sólo otro cruce peligroso advertido y desestimado que deja un reguero de plásticos y vidrios y hasta algún amputado quejándose sobre el pavimento. Sin Patricia discuto sobre cualquier cosa y con cualquier necio hasta cansarme. Voy a esas reuniones de amigos desconocidos a dar como un imbécil razones sobre por qué no me parece efectivo jugar con un doble cinco; o desarrollo toda una hipótesis sin pies ni cabeza sobre cuál es el sujeto histórico de esta democracia arreglada de antemano. Me enredo solo en argumentos de poca monta, nada más que para buscar algún conflicto que enfrente a todos los participantes de la tertulia, que enfurezca tanto a alguno como para que se lance sobre mí y se arme una de esas bataholas tan oportunas que nos dejaban cara a cara a Patricia y a mí. Cara a cara con el amor.
     Y ya no sé que hacer para encontrarla. He ido a todas las salas de guardia de todos los hospitales. He paseado por los pasillos de unas clínicas privadas muy coquetas en donde, mientras unos deudos riegan con sus lágrimas el fino porcelanato del piso, otros firman recibos por el costo que deberán pagar por haber intentado hacer zafar de la parca al pobre abuelo de noventa y pico de años que ya estaba harto de vivir (y, sobre todo, harto de los deudos y sus deudas).
     He esperado en las oficinas de ciertos abogados encargados de crear conflictos donde no los hay, de meter púa y complicar las cosas para que nada se resuelva (excepto, claro, su propio futuro económico). Y mirando desde lejos los empujones entre los herederos de alguna fortuna venida a menos he soñado con verla aparecer a Patricia justo antes de que uno de los protagonistas más enfurecido tomara un pedazo de caño galvanizado de tres cuartos para romperle la cabeza al hermano en plena vereda.

*

     Pero Patricia no apareció nunca. Es extraño. ¿Será que ella misma fue víctima de algún infortunio, de alguna desgracia que puso a otros a mirarse hasta atraerse como dos imanes entre la multitud angustiada? Ojalá que esto no sea así. Ojalá que no sea ella esta mujer que acaba de ser arrollada en la calle por un camión descontrolado que ha terminado contra la pared de este bar que todavía tiembla haciendo que se desprenda la mampostería y se caiga el cielorraso sobre las mesas y la gente; que las copas también caigan de sus estanterías llenando el piso de vidrio para que las pobres personas que están intentando huir a los gritos se resbalen y se corten algunos las piernas y otros las manos y uno hasta la yugular, (pobre tipo...). Ojalá que tampoco sea Patricia esa otra mujer que grita desesperada desde abajo de los cajones de cerveza que traía el camión y que han caído como una avalancha sobre su cuerpo y el de otros que ya no gritan, que se arrastran como pueden entre la cerveza derramada y las botellas hechas pedazos que van dejando jirones de sus ropas en el camino sin que nadie levante sus nombres porque todo se ha convertido en un caos televisado, titulado en rojo, desentramado por los comentarios del presentador que no tiene la más puta idea de lo que está pasando acá. Que no podría nunca saber que el camión se estroló de tal manera que el tanque de combustible se prendió fuego contagiando las llamas a la cabina desde donde el chofer carbonizado larga un espantoso olor a carne quemada mientras el pobre tipo de la yugular cortada ya no se mueve y la mujer que quedó debajo de los cajones de cerveza tampoco y los rescatistas y los bomberos y las ambulancias van y vienen y todos gritan y putean al gobierno y yo, refugiado debajo de la mesa, no sé si lograré terminar de escribir este cuento que esperaba me sirviera para llevar adelante con cierta dignidad la ausencia de Patricia a la que extraño ahora más que nunca. 

*

     Patricia, mi amor... Que si no fuera por el humo y el polvo que me tapa la visión, podría asegurar que me está mirando detrás de esa ventana destrozada de lo que queda de este bar ensangrentado y en llamas. Porque, la verdad es que se parece bastante a Patricia. Tiene sus mismos ojos, sus mismas mejillas, su mismo flequillo de pelo enrulado cayéndole por la frente; y hasta sus mismas manos haciendo aquel ademán cómplice que marcaba la dirección hacia donde debíamos escapar cuando éramos algo así como felices. Tal vez si pudiera traspasar los escombros y los cuerpos que quedaron apilados sobre el umbral de la puerta cuando el poste de alta tensión cayó dando latigazos con sus respectivos cables de trescientos ochenta voltios sobre los que intentaban huir despavorido, tal vez así podría yo confirmar que esta mujer de la que acabo de enamorarme perdidamente otra vez es ella, es Patricia. 
     Quizás si ella sigue acercándose hacia mí como lo está haciendo ahora yo pueda hacer el intento de tomar su mano y abrazarme a su cintura dejando correr mis dedos por debajo de su blusa blanca hasta la tibia curvatura de sus pechos. Si ella es Patricia, acaso todo finalmente vuelva a cobrar sentido y yo ya no necesite venir a este bar (que seguramente será demolido cuando puedan contener la inundación que se está produciendo por la rotura del caño maestro de la zona) a hacerme pasar por un escritor anónimo, a escribir como consuelo la historia de este amor indestructible entre Patricia y yo que ha podido sobrevivir a la calamidad de la distancia y a la desdicha del olvido. 
     Ahora, mejor guardo estos papeles manchados de hollín, vino, cerveza y sangre, dejo la propina y me acerco a ella. Seguramente, si es Patricia, encontraremos la manera de retirarnos sin tener que dar ninguna explicación, ni a la policía que ha comenzado a recoger los cadáveres en bolsas negras, ni a los periodistas que calculan como expertos las pérdidas materiales mientras especulan la condena que le cabe a los responsables políticos que, evidentemente, no cumplen con su deber de controlar el estado de los vehículos, de los edificios, de los postes del alumbrado, de las cañerías de agua y hasta de los conductores de camiones con cerveza.
     Pido disculpas por este final abrupto. Debo dejar este cuento acá y retirarme caminando por encima de los escombros para ir al encuentro de esa mujer que, Dios quiera, sea Patricia. 
     Algo me dice que ya no me hará falta volver a este bar.

RR


miércoles, 5 de junio de 2019

ENTRE EL CIELO Y EL INFIERNO


     El problema es que me creí esta tontera de escribirle como si a ella le importara. Y me creí un amante por el solo hecho de quererla. Y sostuve (y aun sostengo) que la quise y que no me importaba si ella me quería. Y me comió el verso del Dante buscando a Beatriz (y alguna vez hasta tuve un Virgilio que me acompañó). Y me hablé a mí mismo una y mil veces porque así me podía dar la razón y evitar esta contradicción de hoy de todavía quererla con obstinación, casi con bronca, rebelado ante las voces que aun tratan de meterme en el corral y calmar mis ansiedades con cosas que no laten, que no gimen, que no me miran y me rechazan como ella y sus ojos y sus pasos que caminan siempre para el lado contrario al de los míos.
     Pero no logro aceptar eso de no deber quererla. No deber quererla... ¡¿Qué carajo es eso?! ¿Cómo que no debo quererla? ¿Cómo es eso de que porque ella se escondió en la indiferencia yo tengo que entender y querer a otra? ¡No señor! Yo tengo querer a quien quiero y esa es ella, aunque me pese, aunque me duela, aunque ya esté afónico de decírselo en silencio; aunque la quiera sin quererlo. 
     Y en esto no hay posibilidad de estar equivocado; porque no se quiere a la mujer equivocada, eso no existe. Si la quiero es porque es la mujer correcta, mi mayor acierto, aunque se me pase la vida entre cartas y versos trágicos, aunque le suelte la mano y me vaya finalmente un día a vivir al cuerpo de una mujer que me quiera y acepte que yo también la quiera a ella. Sin embargo, eso no le dará ningún derecho a nadie de someterme al juicio de la moral burguesa que le pone instrucciones y normas al amor. Si la quiero equivocado, entonces será así, equivocado, enterrado hasta el pescuezo en mi error, lleno de pasos en falso y noches solitarias escribiendo en un rincón de una casa vacía. Si es así, pues será así. 
     Pero equivocado no estoy. Porque no se equivocan mis ganas de abrazarla en la mañana ni se equivoca mi instinto por la noche cuando mis deseos sólo apuntan a su sexo que se florea alrededor de mi líbido que posee todavía sus rasgos, su santo y su seña. Tampoco se equivocan estas palabras que sólo brotan en su nombre y a su paso, en la luz que produce sus sombras y en su recuerdo que las salva y las protege. 
     Tal vez me haya equivocado cuando acepté su juego de ir y venir, de tirar y aflojar, de decir no pero sí, de decir sí pero no. Quizás me equivoqué cuando quise tener razón a pesar de que la tenía sin que hiciese falta tenerla. Estoy seguro de que me equivoqué cuando traté de entender todo sin que hubiese nada que entender. Pero no me equivoqué cuando dejé de preguntarme si ella tenía lo que hacía falta para que yo la quisiera. No me equivoque cuando dejé todo de lado y la fui a buscar, a decirle: "¿sabés qué?, te quiero". Y se lo dije así, simple, sin planteos, sin planes, sin chaleco salvavidas, sin nada que me acreditara, con errores y aciertos, con esa vergüenza de niño enamorado, con esos nervios del soldado que es lanzado al desembarco en una playa minada con la muerte que lo sobrevuela y lo burla y lo somete a veces y otras lo levanta y lo empuja a seguir, a buscar lo que fue a buscar, a plantar la bandera y abrazarse al mástil y esperar el tiro final que lo mate y lo deje ahí tirado, mutilado y desangrado, aturdido y confundido. 
     Por eso, ya en el final de esta historia, y llegado el momento de la moraleja,  no hay ni para mí, y mucho menos para ella, ni infierno ni paraíso, no hay aciertos ni errores, sólo están los hechos que nos condenan o nos absuelven. Y que yo no sea en este limbo de cada noche el hombre correcto no significa que ella sea la mujer equivocada.

RR




DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...