martes, 10 de marzo de 2020
LUCHA, MUJER
Lucha, mujer.
Lucha y vuela y sonríe.
Lucha y nunca abandones tu lucha.
Lucha siempre junto a las otras que como vos luchan.
Lucha contra todo y contra todos.
Lucha con tu fusil y tus manos.
Lucha y que no quede ninguno.
Lucha contra el macho, el bastón y la sotana.
Lucha contra el explorador y sus leyes y su injusticia.
Lucha contra los oscurantistas y los misóginos y todos sus fiscales.
Lucha.
Una y otra vez lucha.
Y cuando la lucha acabe sigue luchando.
Lucha hasta que no haya ni universidad ni templo con la osadía de desconocer tu lucha o que amenace la lucha, la tuya y la de todos los otros justos que luchan y mueren luchando.
Lucha la lucha que nos vuelve y nos redime
La eterna lucha contra los traidores y los asesinos.
Lucha, mujer.
Ese tu deber y tu derecho.
Luchar.
RR
jueves, 27 de febrero de 2020
UNA REVISIÓN MÁS PARA EL OSCURO ARCHIVO DE LAS DESILUSIONES
-Para todos aquellos que han decidido defenderse de los recuerdos simulando el olvido.-
Posiblemente esta sea esta la última vez que sepa de ella, que piense “jamás volverá”. Sí, es probable que ya no me siente a esperar que no aparezca nunca, deseando falsamente no haberla conocido.
Por ejemplo: saldré a la calle como hace todo el mundo y me la cruzaré mil veces, y hasta es probable que la reconozca entre todas las mujeres y me acuerde de su mirada furiosa, y frente a sus ojos asienta con la cabeza que ya no somos lo que hubiésemos podido ser. Y entonces ahí mismo, como cualquier tipo desconocido, siga mi camino.
Porque antes de conocerla yo tenía un camino -aunque ni ella ni yo lo supiéramos-. Y contrariamente a lo que uno pudiera pensar, aquel camino era este mismo. Este que transito ahora mientras le paso por un costado rozándole el brazo, acariciándole el pelo sin ninguna intención, como si fuéramos los dos parte de un ómnibus yendo en una misma dirección pero cada uno atento a su parada y a los ojos de otro destino. Un destino que si bien antes pudo haber parecido nuestro, nunca fue más que el suyo y el mío, como si fuesen las dos veredas de una misma calle.
No, ya no es posible buscarla. Ya no. Ya no queda resto de soga para seguir tirando. Ya no hay en este mundo un mundo como aquel que yo, en medio de la corriente torrentosa del fracaso amoroso, ridículamente denominé “nuestro mundo”. Ha llegado el momento de asumir que ella es una mujer más entre todas, una mujer más en la escueta lista de aquellas a las que podría aspirar en secreto sin arriesgar un centímetro de mis penas. No obstante, ella permanece ahí, al alcance de mi mano, una musa masturbatoria para cuando la marea del amor se retira y me deja exhibiendo mis caracoles y mis almejas y toda la basura que me arroja la gente creyendo que soy un depósito de lágrimas. Pobre de ellos. Pero, sobre todo, afortunada ella.
Afortunada ella que ya no deberá asistir indocumentada y sin previo aviso a estas kermeses donde no hay nada que ganar, excepto un osito de peluche o algún papel arrugado y mugriento lleno de frases gradilocuentes y cursis que nunca podrán hacer más que lo que han hecho penosamente hasta ahora, esto es, inyectarle en alguna de sus venas un antídoto contra esta locura que alguna vez fue haberme creído su amante.
Y digo afortunada ella porque ella ha podido llevar adelante esa hazaña de retirarse a tiempo, de saltar desde la proa y evitar así hundirse en un naufragio anunciado. Y, más aun, se ha encargado una y otra vez de declarar silenciosa y a los gritos (esos silencios que son puro grito, puro puño alzado esgrimiendo la promesa de la peor de las venganzas) que más vale sola que mal acompañada, que ciertas compañías -como en este caso la mía- no sirven para nada, sólo para ocupar incómodamente ciertos rincones que han nacido para estar desocupados, para ser sólo los tristes y recónditos vértices adonde arrojar las constantes decepciones. Así de afortunada es su fortuna. En cambio la mía…
Bueno, en mi caso, yo lo que tengo es un archivo de desilusiones ordenadas alfabéticamente. Un lugar oscuro y desolado en donde guardo los avisos de retorno de todas esas cartas que nunca llegaron a destino, que se perdieron en la nebulosa de la indiferencia. Y por ahí anda ella, caminando alegremente por los pasillos como una especie de bibliotecaria que se encarga de sacarles el polvo a estas desilusiones. Cada tanto se sienta en su escritorio a corregir los errores ortográficos y los horrorosos desatinos de mis confesiones que permanecen afortunadamente escondidas en estos textos, aunque siempre preparadas por cualquier caso. Ante la más mínima intención, ante el más íntimo e inconfesable y maldito deseo de lanzarme a otra cruzada amorosa imposible, ella aparece con algún tomo olvidado y me pone inmediatamente en mí lugar.
Y mi lugar es este. Este mismo donde concurro diariamente para apartarme de su sombra, para dejarla en paz con su fortuna, con sus pasos de comedia y con su osada desfachatez a prueba de balas. Y al hacerlo no hago más que asumir que, aunque no debería, a veces me causa cierta ternura su soledad remendada con besos pasajeros y, de la misma estúpida manera, me creo en el deber de consolar su posible tristeza. Entonces, finjo que no estoy acá, que estoy ahí, junto a ella, y que me quedaré a su lado para siempre e iré tras sus pasos por cada uno de estos agregados que escribo periódicamente sólo para que ella no sienta que la he olvidado, que todavía la quiero para acostarme a su lado cuando a ella se le antoja, aunque eso me provoque una muerte súbita e irremediable. Simulo que vengo hasta este lugar cada día a dejarle algo escrito sobre la mesa, algunos garabatos incongruentes, algunas confesiones falsas que tal vez le sirvan para aferrarse a esa distancia que a ella le permite salvaguardar su fortuna y a mí seguir escribiéndole aunque más no sea textos que, a decir verdad, no son otra cosa que innecesarias revisiones de escritos pasados que corrijo y amplío sin ninguna razón verdadera, probablemente sólo para atraer su atención, para verla ir y venir entre los anaqueles buscando el lugar que ella considere correspondiente para cada uno de estos deseos marchitos convertidos en párrafos sin una historia que los agrupe, sin un mínimo argumento que los justifique.
Entonces, y como para ir concluyendo, será mejor dejar esto inconcluso para de esa manera tener mañana una excusa para volver. Dejar una frase por la mitad como para que al encontrarla me dé un pie desde donde comenzar de nuevo. Aunque, ahora que lo pienso, quizás podría cambiar por una vez el desenlace y aportarle una cuota de misterio a esta revisión. Podría esta vez simular que me olvidé de ella y dejar algo que la provoque, que la enoje un poco. Quizás un espacio en blanco que la deje por un rato con la sensación de que me he ido para siempre, de que en un momento, sin que ella lo notase, pasé por su lado, rocé su brazo, acaricié su pelo y me bajé de este ómnibus sin avisar, rompiendo todas las reglas, sin tocar el timbre y con el coche en movimiento. Podría simular que esta manía de escribir nada más que para verla ir y venir ordenando las palabras, terminará definitivamente al final de este último párrafo. Es decir, podría simular que estoy en un lugar mucho más cercano para ella. Tan cercano que no haría falta ya que le siguiera escribiendo frases repetidas para cuando la asolaran las soledades. Tan cercano que, si ella quisiese, me tendría al alcance de su mano. Porque, a decir verdad, nunca me he alejado demasiado, ni de su sombra ni de ella, sólo he simulado esa lejanía. Seamos honestos por una vez, ¿para qué seguir simulando? Si la verdad es que nadie puede irse del todo y para siempre de aquellos lugares en donde ha amado alguna vez.
RR
viernes, 14 de febrero de 2020
A PENAS
y a ella...
Son apenas las nueve y el vaso de vino agoniza a un lado. Son apenas las nueve y la lluvia va y viene dejándome en evidencia, todos saben cómo me pongo cuando llueve -aunque ella seguramente no-.
Son apenas las nueve y a las penas me remito. Porque sí, porque son apenas las nueve, apenas unas horas desde que nos tiraron el último muerto, otro más después de aquellos otros tantos.
Son apenas las nueve y me acurruco como un niño en mi refugio de alcohol y palabras pensando en que a esta hora una muchacha de ojos claros no sabe -ni siquiera supone- que apenas la conozco y ya le estoy escribiendo. Es que a penas nos movemos algunos y a penas se mueven los hilos de quienes no tenemos otro escondite más que las palabras (y las penas).
Sí, apenas son las nueve y pico y no hago más que pensar en ella, en los colores de su foto que apenas se distinguen en el recuerdo y que apenas puedo dibujar con los restos de su voz pequeña. Pequeña apenas.
Ya son casi las nueve y veinte y apenas tengo una o dos cosas más para decirle que de ninguna manera diré ahora, en estas condiciones, bajo estas circunstancias, sin otra razón para hacerlo que esta pena. Si puede que me perdone y si no, otra vez será.
Claro, ella no tiene por qué saber todavía que a mí, cuando se me viene la lluvia encima de la noche, apenas si puedo contenerme de llamarla, de invitarla a compartir las penas o las solicitudes mutuas. Apenas si puedo embocarle a estas endemoniadas teclas que son mi pincel y mi paleta. Unas teclas que hoy samaritanamente simulan una falsa comprensión hacia mi persona como lo han hecho otras veces (y que agradezco). Sin embargo, yo sé que casi no toleran ya que siempre hayan más penas que glorias.
Es que a penas le escribo y apenas me sale. Y si hoy no fuera por ella, apenas si me hubiese alcanzado para llegar a casi las nueve y media sin llamarla. Sí, apenas las nueve y media. Apenas unas horas después de haber vuelto de ver el mar, donde uno no hace otra cosa más que hablar con ella, con ella y con las penas; sin que ninguna -ni ella ni las penas- lo sepan nunca; sin que siquiera puedan imaginar que mientras unos miserables siembran muerte en los cauces de la vida, otros -en este caso yo- apenas si podemos encauzar unas apenadas palabras para que, de alguna manera, lleguen a ella.
RR
martes, 4 de febrero de 2020
A MODO DE RESPUESTA A UNA FLOR
Que la muerte no te encuentre sola, amiga mía.Pero, sobre todo, que la muerte no te olvide. Que no se olvide de tus negativos y de tus colores. Que no te deje sin haberte revelado ante todo eso que te rebela, que te ofusca, que te desnuda y te conmueve.
Pero que tampoco te convoque en mi umbral cuando ya sea tarde, cuando ya me haya ido, cuando mi cuarto haya sido desterrado de mi última hora.
Que no sea la muerte nuestro tema, que sea la vida misma y tu vulva que aún puedo decir que sabe más a lo que saben mis antecedentes que a lo que creen saber los que no saben nada.
Porque por si no te has dado cuenta todavía, no alcanza este prontuario para confirmar que ni vos ni yo, ni tú ni él, ni nosotros ni ellos somos poco menos que unos versos dentro de un poema universal a punto de ser devorado por el tiempo. Entonces, que no sea la muerte...
O tal vez sí, mejor que sea ella. Ella y nadie más.
RR
domingo, 12 de enero de 2020
LABERINTO
(Advertencia: quien decida arriesgarse a emprender la lectura laberíntica de este texto, deberá hacerlo a sabiendas de que, en él, perderá para siempre un tiempo irrecuperable.)
Hago lo que hago porque no hay en realidad ninguna razón para hacerlo. Porque hacer lo que hay que hacer, lo hace cualquiera. Y hacer lo que se debe hay también algunos que lo hacen. Pero hacer por hacer, eso lo hacen muy pocos. Y así nos va... Mirá vos qué contrariedad: me pasé la vida intentando hacer todo lo que me pedían… Bah, no todo, tampoco es cuestión de colgarse laureles que uno no merece. Digamos que trataba de complacer dentro de mis posibilidades a quien podía.
Y en esto, siempre estaba en consideración si lo que estaba haciendo era lo debido o no, si quería hacerlo o no, si podía o no. Pero nunca me planteaba lo más importante de todo: ¿había razones para hacer lo que iba a hacer? Y casi siempre las había, buenas o malas, convenientes o inconvenientes, justas o injustas. No importaba cuáles, siempre había alguna razón para adjudicarle a aquello que hacía. Incluso hubo hasta razones falsas, mentiras inventadas y esgrimidas a las apuradas para callar la verdad (que nunca pasa de ser una sola).
Y así, siempre terminaba haciendo. Con razones ostensibles o si no, aparentes. Razones que, llegado el caso, simularían una cadena de causas y consecuencias perfectamente eslabonadas que, si no dejarían contento a todo el mundo, al menos dejarían contento a una parte. Pero a veces sucedía que, en esa parte, no me encontraba ni yo ni quien debía ser el favorecido o el perjudicado por mi acción. Es decir: a quienes debía importarle lo que hacía, no podían disfrutar o lamentar lo hecho.
Pero un día, sin saber cómo ni cuándo, todo terminó y los hechos dejaron de obedecer a las razones que, como verás, han dejado de ser un hecho. Y el hecho, querida mía, ahora lo ocupa todo. Ese hecho al que nunca servirá de nada juzgar por las intenciones pretéritas sino por el hecho mismo (hasta me animaría a decir que ni siquiera se lo podrá juzgar por sus consecuencias). El hecho, sí, el hecho.
El hecho será siempre la madre de todos los arrepentimientos (siempre posteriores, siempre inservibles); el viento que sopla las horas por esos cielos angustiantes pintados con decisiones tomadas con los ojos obnubilados por alguna pasión, por alguna felicidad tan momentánea y pasajera como la tristeza.
Pues bien, ya no me interesa hacer nada con ese cielo. Ha llegado el tiempo de los hechos y estos son los míos. Estos que ves acá ahora formando palabras que hacen lo que ellas pretenden hacer cada vez que se habla de vos y de tus hechos ausentados con aviso. Porque tu ausencia es tu hecho íntimo al que todos mis hechos le declaran con palabras su amor incondicional. Y ese no hacer tan tuyo, tan incuestionable, es el más claro de todos los hechos, como el silencio es el más imprescindible de todos los sonidos, la nota inicial que desata todas las sinfonías y la que clausura todas las expectativas. Tu silencio es el hecho al que me aferro sin necesidad de razones.
Y habrá quien dirá que la he perdido, que he perdido la razón, que ya no sé lo que hago. Pero no. Sé perfectamente lo que estoy haciendo y por eso ya no busco en las razones ajenas una razón propia para hacer esto que no es ni más ni menos que lo único que soy capaz de hacer. Y cuando deje de hacer esto, pasaré a hacer lo que se hacen siempre los poetas vencidos después de haber hecho algo. Haré silencio y emprenderé el camino solitario de la pena y la alegría unidas por las mismas lágrimas, servidas con la dignidad de quien ha hecho sin haber necesitado razones para hacer (eso sería un hecho descalificador para el poeta que pretende hacer mucho más de lo que se ha hecho hasta ese momento).
Y cuando ya no haga esto que estoy haciendo será porque habré hecho todo lo posible y, entonces, me dedicaré a hacer el resto mientras transito el oscuro camino de las imposibilidades. Me sentaré acá mismo junto a las penumbras de mis soledades y haré que las palabras digan otras cosas, las protegeré de los hechos que puedan provocarles iras injustificadas o, lo que sería aun peor, deseos de intrometerse miserablemente en los hechos ajenos. Haré caso omiso a las habladurías y a los astrólogos del saber hacer. Porque ni ellas ni yo indagamos oráculos para hacer lo que hacemos, ni jamás nos entregamos inocentemente a la pereza mental de los dichos populares acerca de qué es lo que debe hacer cada uno en diferentes circunstancias.
No, de ninguna manera me prestaría a ese juego de tontos para intentar que tus hechos aceptaran hacer algo con los míos. Ni siquiera tentaría a la suerte tratando de acertarle al centro de tus necesidades para alardear de habilidades que me proveyeran de unos méritos innecesarios que, de ninguna manera, harían de mí más de lo que soy. No me hace falta eso, pues yo no soy más que un hecho entre tantos, entre todos los que se han llevado a cabo y los que han quedado truncos; entre los que están sucediendo ahora mismo sin que nadie pueda evitarlo; entre aquellos que sucederán mañana cuando la vida renazca de la muerte del ocaso de hoy. Soy un hecho que vive de los tuyos. Soy un hecho con aroma a destierro, un hecho sin nombre. Un hecho con sabor a olvido. Un hecho con vista al mar y al espacio infinito que separa mis hechos de cualquier razón que pueda ser un día tallada en mi epitafio.
Entonces, y para que te quedes tranquila, no pierdas tu tiempo tratando de encontrarle una razón a todo esto que he hecho por hacer. Esto que quizás acaricie tu espalda una noche de estas cuando el brillo de tu desnudez se apague en los brazos de otro que habrá hecho lo que yo no habré podido hacer a tiempo; cuando del rumor de la calle brote una melodía compuesta como un hecho irrefutable en nombre de quien finalmente habrá hecho silencio. No busques razones, querida, donde no las hay ni las habrá nunca. No hay justicia posible cuando los hechos han dejado de ser planes de futuro para ser pasado irrenunciable, hechos muertos y enterrados que no admiten reclamo alguno. Porque ya no hay nada en mí, amor mío, que no sea este hecho último y fatal.
Un hecho que irá a buscarte y buscará morderte como muerde este hastío hastiado de las estúpidas justificaciones de los estúpidos y de los cobardes que se acobardan ante sus propios hechos, negándose -tal vez sabiamente- a hacer lo que estos injustificables hechos míos, escondidos ahora en la oscuridad de tu memoria, han intentado hacer inútilmente sin importarles que vos fueras sólo una ilusión en este trágico laberinto donde me he perdido buscando sin encontrar las razones que pudieran justificar el hecho de quererte como te quiero. Un laberinto de palabras secas de donde sólo se puede salir diciendo adiós.
RR
martes, 8 de octubre de 2019
UN TARDÍO PÁRRAFO INVERNAL (devenido en augurio de primavera)
En un rinconcito, al costado de la ventana, hay una maceta, una macetita, una pequeña vasija marrón devenida en bóveda, en amparo, en refugio, en umbral. Debajo de ese umbral de esperanzas durmientes, se refugian los sueños de un personaje solitario, un poco introvertido, un tanto reservado. Él ha reservado los mejores días para sus peores momentos, para los malos augurios, para los resultados desfavorables, para esas tormentas que vienen para quedarse. Y se ha quedado ahí, al costado de su maceta, bajo la sombra del umbral, día tras día, lluvia tras lluvia. Y cuando llueve él siente que la vida se prepara para brotar algo de la tierra, para zanjar las distancias, para cancelar las deudas, para encontrar lo perdido. Pero él no es un hombre perdido, es más bien un militante de su propia dignidad, un luchador incansable de causas perdidas, un poeta del dolor que sigue al abandono del amor. Y si el amor lo encuentra un día nuevamente no será muy lejos de su maceta, sino al amparo de esos días que se fueron juntando en las hojas que cayeron en otoño y se pudrieron durante el invierno, cuando una lluvia denodada inundó el espacio vacío que se había llenado de silencio. Permanecer en silencio es uno de sus pasatiempos preferidos y se divierte tratando de cifrar las notas de unas melodías compuestas a medida que las piensa. Y cuando las piensa, piensa en ella, en ella y en su maceta devenida en bóveda de sus palabras que nunca escaparon más allá de su umbral, ni en los mejores días, ni en los malos momentos. Esos momentos cuando no lograba encontrar lo perdido entre las palabras. Porque esas mismas palabras saben que le corresponden a ella y a sus ojos marrones que riegan los tímidos adjetivos y los solitarios verbos. Unos verbos que él ubica pacientemente hundiendo una cucharita en la tierra donde se pudren esas hojas que caen cuando afuera truena y llueve y arrecia el viento y él no tiene más refugio que unas esperanzas durmientes y unos augurios que, si fuera por él, preferiría no tenerlos. Pero los tiene y tiene los ojos marrones de ella que llueven sobre su pequeña vasija devenida en custodia de sus mejores días, de sus peores momentos, de la distancia que lo abruma cuando sale de debajo del umbral y todo le resulta desconocido e imposible, como si se hubiese perdido en las palabras por buscarla a ella que ha devenido en la tierra fértil que todavía lo anima a sembrar hojas otoñales para que se pudran silenciosamente durante el invierno. Sin embargo, el invierno pasó y sin darse cuenta brotó la primavera mientras él estaba ahí, custodiando su maceta, su macetita, su umbral, su refugio devenido en vasija de palabras que le pertenecen pero que no le corresponden, porque le corresponden a esos ojos marrones que le llueven a veces y lo atormentan de a ratos y le soplan graciosamente las hojas y lo inundan de un silencio que ahora se pierde en una melodía esperanzada con mejores augurios para estos nuevos tiempos que vienen. Tal vez porque los que vienen sean tiempos de lluvias remanentes de tormentas pasadas que, al fin y al cabo, son los mejores momentos para escribir. Para escribir cartas para ella, claro, y para sus ojos marrones devenidos en causa perdida.
RR
domingo, 6 de octubre de 2019
SUBJUNTIVO
¿Adónde van los que no van a ninguna parte? ¿Adónde quedan los sueños ya soñados, los deseos ya cumplidos, los amores olvidados? ¿Dónde están los besos que me diste y que yo juré guardar para siempre? ¿Quién fue el desgraciado que un día nos dijo "siempre" y después tuvimos que aprender a vivir con todos estos "nunca" dándole cuerda a un reloj detenido, con un sinnúmero de contratiempos e imposibilidades que llueven a mares los domingos por la tarde cuando sólo quedan dando vueltas por ahí los suicidas y los sobrevivientes?
Nos han engañado, querida. Nos han mentido una y otra vez. Mirá afuera, llueve a mares y no hay nadie que nos diga dónde cuernos estamos ahora, qué tan lejos está tu recuerdo de mi memoria, qué tan cerca está tu olvido de esta vida mía que se muere incuestionable. Afuera sólo llueve y estos pobres "siempre" se me empapan al igual que todos esos "nunca" que me dejás un verano tras otro en la memoria.
Pero no te confundas, no es esto tristeza y mucho menos un reproche de amante despechado. Esto no es más que lo poco que va quedando para vivir hasta que ya no quede más nada. Y una vez que eso suceda, no habrá ya nada que nos traiga de vuelta, nos habremos ido. Y ahí sí, ahí será para siempre. Para siempre siempre. Por primera vez aparecerá el único siempre verdadero, el de la muerte, el del hasta nunca, el que se lleva las mil palabras junto a esa única imagen que alguna vez pudo salvarlas.
Qué idiota que he sido. Al menos dejame que te confiese eso. Horas y más horas escribiendo sobre tu ausencia cuando yo mismo me estaba convertido en una. Y así, como sin querer, cada palabra escrita fue un pedazo de sombra que se añadió a mi presente. Y ahora ya no soy más que una sombra, ya no queda de mí más que este presente imperfecto, sombrío y permanente que ocupa todos mis tiempos y que habla de todas las personas que he sido tratando de encontrarte: yo, tu, él; un nosotros inexistente, un vosotros desconocido... y allá ellos. Eso sí, al menos no habrá pasado del cual arrepentirse -y mucho menos enorgullecerse-. Y si hablamos de futuro... Bueno, eso pura metafísica, tema para los oráculos y las pitonisas, para el tarot y el horóscopo. Para las sombras como yo, querida, el futuro es apenas una triste entelequia de quien intentó tontamente huir del olvido. Pobre idiota... Nadie escapará jamás del olvido. Nadie podrá nunca ocupar un siempre permanente y real.
Sin embargo, y a pesar de la lluvia y del olvido eterno, a veces parece como si quedara una esperanza, una maldita esperanza, una resolana escondida detrás del cielo plomizo esperando su momento. ¿Será que la memoria luchará eternamente contra su propia extinción? No sé la tuya pero la mía es obstinada y rebelde cuando se trata de vos, cuando ya no hay margen de error ni "por dioses" en un bolsillo que quizás me permitieran al menos una borrachera sin esa resaca trágica que, en realidad, no viene de los vapores del alcohol, sino de los aromas de tu cuerpo que aún permanecen atados a mi olfato. Un viento huracanado con olores y sabores perfumados que me llevan directamente y sin escalas desde tu vulva a tu olvido, dejándome en la lona sin siquiera chance de tirar la toalla.
Ya está, la lluvia ha cesado. Más tarde saldrá el sol o se vendrá la noche. Como sea, esto ha sido todo por hoy y todo se ha convertido en un ayer inapelable. ¿Mañana? Mañana no existe en ninguna parte. Como yo.
Hasta siempre. Hasta nunca.
RR
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