martes, 27 de diciembre de 2016

ANILLOS DE COLORES


     Hace ya varios días (muchos, demasiados) que me mira callada, como impaciente. Y yo la miro también cada tanto, observo los movimientos casi imperceptibles de su boca que masculla y susurra, que mastica silencios haciendo pequeños globos de palabras que vuelven a su boca y bajan por su esófago hasta ubicarse en su estómago, en su alma.
      Pero yo, como es claro y evidente, ya no puedo llegar hasta allí. Es que hace meses (muchos, demasiados) que he perdido su rastro. O tal vez mejor sería decir, el rastro de su estómago, de su alma. Porque no alcanza ni sirve para nada preparar comida, armar la mesa, destapar alguna botella de vino si no logro entrar en su boca, si no alcanzo a reventar ese globo antes de que sus palabras se pierdan deslizándose por su garganta y desaparezcan diluyéndose en su saliva que creo recordar como si fuese hoy, como si fuese ayer, como si la besara otra vez, una última vez como la primera vez.
      Y yo sé que ahora anda por acá, pero hago como si no notara su presencia, como si no presintiera su mirada escondida, su globo inflándose sobre sus labios prodigiosos y mascullantes. Ahí está, a mis espaldas, apoyada sobre el marco de la puerta, ejerciendo un poder que yo mismo le he confiado desconfiando de mí mismo. Ella no sabe que ese poder me pertenece a mí, no a ella. Aunque sí es posible afirmar que ella ya se ha dado cuenta de mis carencias y mis cobardías, que son unas cuantas (muchas, demasiadas). No obstante, a mi humilde parecer, debería ser un poco más cuidadosa, porque un exceso de confianza puede ser contraproducente para ambos. Uno nunca sabe por dónde puede saltar la liebre. Es decir, por qué no creer que fuera  posible que en un santiamén, yo, tranquilamente y sin tomar tantas precauciones con respecto a ella, me enamorase de una mujer cualquiera sin globos de palabras en la boca, con más ruidos en el estómago que silencios en el alma. Una mujer de carne y hueso tan diferente a ella que es el hada de un cuento sin moraleja.
      Sin embargo, ella tampoco es tonta y sabe que con ir y venir impunemente por la casa le alcanza para demostrarme lo poco que valen mis amenazas de abandonarla en una hoja, de abandonar esta órbita que lo único que logra es dibujar anillos de colores inexistentes a su alrededor. Y es que tampoco yo soy tonto y sé que estos anillos son pura fantasía, una ilusión óptica creada por el desconsuelo interminable que me provoca la imposibilidad de atravesar su atmósfera, de aterrizar en su suelo, bajo un cielo al que no tengo derecho y por el que estúpidamente aun siento algunas obligaciones (muchas, demasiadas).
      Por eso tuve que dibujarme este cielo esencial aunque invisible a sus ojos, para darle un lugar a su ausencia, para poder ponerla a ella detrás de mis espaldas a espiarme cuando le escribo avergonzado de mi mismo pero feliz por ella. Y supongo que nadie -y mucho menos ella- vendrá nunca a reclamarme por los anillos de colores. He dejado perfectamente aclarado desde un comienzo que nada de todo esto es real, que todo es y seguirá siendo una entelequia egoísta, una ilusión óptica, la mezcla de los vapores del alcohol con alguna brisa nocturna de verano o una llovizna leve de esos domingos grises, anodinos y criminales que se llevan las horas de a una, no dejándonos a algunos hombres vencidos más que la barbarie de la resignación.
      Y ahora, antes de que nos den las doce, voy a terminar de pintar este último anillo. Voy a mirar un instante hacia atrás, hacia donde está ella, y voy a imaginar por enésima vez el chasquido de su globo estallando inesperadamente fuera de su boca, soltando una palabra, un hola o un adiós, da lo mismo. Entonces ahí sí voy a abandonar mi órbita para intentar penetrar en su mundo. Y probablemente me asfixie en el intento, probablemente no resista más que unos pocos segundos bajo el clima abrasador de sus sienes y su atmósfera de quimera. Pero al menos cuando esto suceda, podré finalmente regresar a La Tierra sin reproches ni culpas; podré quizás encontrar la salida de este cielo pasional tan lejano del suyo. Un cielo que, en definitiva, no contiene otra cosa más que anillos de colores y el recuerdo de los años que he perdido girando a su alrededor. Muchos, demasiados.

RR

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EN UN IRRELEVANTE PÁRRAFO INVERNAL


(escrito bajo la penumbra de un solo verano)

     Y es que tal vez decirte hoy que alguna vez te quise sea tan irrelevante como confesarte que aun te quiero; que ni el sinnúmero de inviernos pasados han logrado ocultar la calidez de aquel verano tuyo; que de todas las innecesarias necesidades que me fui creando para ocultarme de tu sombra, esta, la de escribirte, ha sido la más trágica de todas. Porque no he logrado evitar que cada palabra te nombrara vengativa antes de perderse para siempre en falsos significados, y que, como cuando los hijos se despiden de sus padres, me saludaran desde el umbral de tu olvido, que es adonde han ido a parar irremediablemente cada una de ellas. Por eso te pido que no las eches de tu lado a mitad de la noche cuando te golpeen el sueño e intenten meterse en tu cama. Ellas ya no saben volver a mí, ellas no saben lidiar como yo con el reflejo infinito de tu silencio rebotando en cada rincón de tu ausencia inapelable. Ellas no saben bajar la persiana para dejar la casa y la dignidad en penumbras -como acabo de hacer yo- y escribirse ellas mismas como quien se dibuja en una foto vieja junto al amor de su vida, rogando aunque más no sea por el consuelo de los tontos. No les cierres la puerta, no canceles ese puente que las salva de vez en cuando de un penoso suicidio en tu nombre. Vamos, no te cuesta nada darles un espacio para sus oscuridades, para que te digan lo que yo ya no puedo decirte: que entre la irrelevancia de haberte querido y esta inconfesable necesidad de escribirte se esconde mucho más que tu umbral y tu olvido, mucho más que la sinrazón de los inviernos perdidos por un solo verano, mucho más que un remedio para salvarme a mí de mí mismo y a vos de los caprichos imperdonables de mi mente que construye con hojas secas poemas para vos dedicados a falsas mujeres sin nombre. Mientras para mí se acopian en cada hoja, en cada oración y en cada párrafo como este, una imagen de quien nunca fuiste. Aunque hoy seas todo lo que tengo.

RR


Foto: Pablo Silicz

miércoles, 23 de noviembre de 2016

EL ALTILLO BLANCO


a Daniela R.

     Todos tenemos recuerdos que no sabemos muy bien por qué o para qué están ahí. Sin embargo, ahí están.
      La primera vez que él escuchó la palabra amor -al menos la primera vez que lo recuerda- fue en un altillo blanco con luces rojas y ambar, con adornos en las paredes y un aire florecido completamente desconocido aun para él: el aire de la adolescencia. La habitación era la de Daniela. Para esa época, él ya había experimentado los síntomas del amor aunque sin saber que existía una palabra para caracterizar todas esas sensaciones, ese torbellino de temblores en las manos y ansiedades desmedidas y sudores injustificables.
      Fue Daniela, la muchacha que lograba arrancarle una sonrisa al viejo Pepe (algo que creo que era una virtud casi exclusiva de ella), quien le contó por primera vez acerca del amor. Y fue en ese altillo blanco.
      Daniela le habló aquella noche sobre el amor con la seriedad de quien tiene la responsabilidad de abrir ante su interlocutor una puerta que dejará entrar algo muy importante, algo que nunca más podrá ser desestimado. Le habló del amor de la misma manera que él, años más tarde, intentaría apasionadamente escribir para una mujer lejana (en tiempo, espacio y velocidad al cuadrado). Y aunque él supiera que ya no estaba a tiempo de ser para esta mujer lo que Daniela había sido para él, creyó justo confesarle que era a ella, a la misteriosa mujer, a quien imaginaba inevitablemente cuando recordaba la noche en que Daniela le contó eso del amor y que él, apenas un gurrumín de cabello enrulado y unos pocos años, escuchó atentamente desde la otra cama de ese lugar mágico, sin imaginar siquiera que eso se convertiría en una verdad absoluta: que cuando es amor, nada es igual.
      Y así fue. Porque como no era igual para Daniela cuando le hablaba sobre el amor bajo la tenue luz de su altillo blanco, no lo fue para él cuando cruzó con los ojos enceguecidos esa puerta que daba a su propio altillo para intentar escribirle a esta mujer lejana sobre su propio amor. Cuando entre gallos y medianoches se arrojaba a sus brazos en el único lugar donde podía encontrarla: en las hojas ajadas de un cuaderno espiralado. A decir verdad, él le escribía, sin darse cuenta, sobre todo aquello que había escuchado de la boca de Daniela. Le contaba que nada era igual cuando escribía para ella. Porque cuando era para ella, aparecía una vez más aquel torbellino de sensaciones, de temblores en las manos y ansiedades desmedidas y sudores injustificables. Sólo cuando era ella la que se sentaba a su lado a descomponer la noche en oraciones, y él volaba por un cielo infinito, yendo y viniendo entre sustantivos atados a tiempos de verbos inverosímiles y adornados con adjetivos incalificables y excesivos nada más que para intentar poner en palabras aquello que Daniela le había contado sin tanta parafernalia: que nada era igual para él cuando era ella.
      Entonces, él trataba por todos los medios de unir su sujeto a los predicados de ella y la perseguía entre los versos que le salían a duras penas como si fuera un ser poseído por una magia indescifrable, observándola desde una orilla imaginaria, siguiéndola presurosamente entre líneas hasta que creía alcanzarla. Y cuando esto sucedía, la desvestía impunemente mientras las palabras iban y venían de un lugar a otro de la habitación en penumbras donde el amor cobraba la forma de una primavera tan parecida a la de la habitación de Daniela. Todo esto duraba apenas unas horas, hasta que el gemido lejano de aquellos placeres de cuando habían compartido entre idas y venidas, entre dimes y diretes, una cama, desaparecía por las hendijas de la persiana que daba a la calle, a una realidad irrefutable que se componía de todo aquello que nunca más serían.
      Aquella noche, Daniela tuvo razón cuando le habló del amor. Y si bien él nunca pudo terminar de comprender los por qué de todo aquello que le había sido revelado, había comprendido lo más importante.
      Tal vez sea por eso que cada vez que lo abraza el cálido sopor del recuerdo de esta mujer, sabe que, si se siente así, es por ella. Y para él, escribirle de su amor a ella es escribirle a todas, incluso a aquellas otras mujeres que tal vez un día aparezcan a merodear su altillo, mujeres que probablemente nunca sabrán de la existencia de aquel otro lugar mágico, brillante como la primavera.
      Esta mujer y él ya no son nada de todo aquello que, al fin de cuentas, no supieron ser; sólo son eso que nunca se sabe bien qué es, eso que quizás puede ser contado en una borrachera de última hora como un amor lejano, imposible, casi olvidado, que aparece cada tanto como una sugerencia, como una evocación, como el deseo de volar libremente sobre el margen de un horizonte inalcanzable. Sin embargo, y a pesar de todo, él todavía sigue escribiéndole a ella de aquel amor que le fue revelado una noche hace mucho y que en un momento cobró la forma de su cuerpo de mujer lejana cubierta de piel tierna, suave y arrebatada. Todavía hoy le escribe a esta mujer y la viste como puede con las ropas que rescata de la memoria para intentar desvestirla con palabras y así poder quedarse a su lado en el altillo indefinidamente.
      Y es que, aunque ella no lo sepa nunca, todo empezó ahí, en aquel altillo que fue convirtiéndose en el suyo. Un espacio fuera del tiempo y de la realidad donde la voz de Daniela habla desde quién sabe donde de la magia del amor como si todavía fuese un niño incrédulo; donde la puerta permanece abierta esperando por la primavera de una mujer lejana. Y si bien de vez en cuando siente el frío invernal de la desolación, del olvido y el abandono que persiguen tarde o temprano a todos los amantes, siempre logra refugiarse en el tibio recuerdo de ella. Porque, sea como sea, nada es igual cuando es amor.

RR

viernes, 30 de septiembre de 2016

LA VERDADERA HISTORIA DE ENRIQUE OCTAVO


     Al comienzo funcionaba un poco en secreto. Si bien había rumores sobre su existencia y se arriesgaban posibles locaciones, nadie podía aseverar con precisión y certeza dónde, cómo y tantas otras cuestiones. Pero finalmente el boca a boca hizo su trabajo y no me quedó más que asumir que ya no sería viable esa especie de clandestinidad que disfrutaba, tanto yo como mis clientes.
      Según algunos soy un farsante y un oportunista. Para otros soy su salvación. Pero yo nada más soy un escritor ignoto. Mi nombre es Enrique Octavo. Sí, ya sé, el mismo nombre que el Rey de Inglaterra y Señor de Irlanda. Pero, como podrá observarse, mi apellido es literal y no cronológico numérico.
      Pero volviendo al tema, lo que yo ofrezco no son soluciones mágicas ni pociones para el amor (pues como ya ha sido cantado, no las hay). Nunca fue mi intención ofrecer nada, pero desde aquella primera vez en que alguien me solicitó alguna razón sobre mis acciones en medio de una breve conversación y se la dí, comenzaron a lloverme pedidos de argumentos, de justificaciones, de testimonios y móviles que pudieran ser argüidos en favor de una persona. No me interesa hacer de esto un negocio o lucrar con la potencial desgracia ajena, por eso todavía hoy, en medio de la apremiante situación económica que me afecta -a pesar de estar transitando ya sobre la publicitada segunda mitad del año-, sigo manteniéndome en esa tesitura.
      Tal vez haya quienes piensen que contribuyo al engaño, que promuevo la falsedad. No creo que sea así. Según yo lo veo, no hago más que tratar de ayudar a quienes quizás no han sido gratificados con el don de la palabra o que, puestos a prueba por coyunturas verdaderamente adversas, no logran traducir sus sentimientos en algo legible o verbal. Por lo tanto, sin pedir nada a cambio, yo convido simples oraciones artesanales para la cartera de la dama o el bolsillo del caballero. Diminutas respuestas poéticas de ocasión ante imponderables preguntas existenciales que pudiesen confundir al interlocutor.

      Cada día, luego de la jornada laboral, me dedico concienzudamente a recolectar argumentos que pudieran ser utilizados en favor de alguna situación en particular. Siempre en favor, nunca en contra. No es mi idea encontrar pajas en ojos ajenos, sino todo lo contrario. De un sinnúmero de excusas estúpidas y chamuyos patéticos que escucho permanentemente, indago sin compromisos acerca del origen de los dolores verdaderos y las angustias intolerables para ofrecer a quien lo pudiese necesitar una especie de placebo verbal capaz de expresar, dentro de las limitadas posibilidades semánticas que agencio, los avatares de ciertas decisiones.
      Quienes se acercan hasta mis escritos lo hacen casi siempre en medio de la desesperación, obnubilados por acontecimientos que los torturan. Ellos necesitan nada más que una razón, un motivo que puedan declarar sin tartamudear. Eso es lo que trato de ofrecerles, sólo eso; y de ninguna manera un diagnóstico psicológico.
      Y no es que yo sea capaz de dar grandes y elocuentes explicaciones para todos sus dilemas. Son ellos los que deciden cuál es la razón, de todas las que puedo ofrecerles, la que mejor les sirve a su cometido. Cada uno debe ser responsable de esa elección, a mí sólo me cabe la autoría. Ya lo he dicho: no ofrezco milagros, ofrezco palabras. Tampoco intento ser veraz, eso lo dejo para los científicos. Lo que hago es más bien juntar los pequeños retazos desvencijados de una historia y unirlos como si fuese una de esas mantas que cosen las abuelas con pedazos de telas en desuso. Así, quien se acerca, me cuenta su entuerto como puede y yo le muestro una carpeta con breves oraciones de donde esa persona va recolectando tentativas causas, razones, circunstancias y hasta justificaciones como para animarse a resolver el enigma del amor. Eso sí, de ninguna manera yo trato de convencerlos de que ese enigma es irresoluble. Pues, si así lo hiciera, obtendría un resultado completamente contrario al buscado. Es que cuanto más tratara yo de convencer a esa persona de que eso que está intentando descifrar es indescifrable, más sumergido en la oscuridad quedaría seguramente esa persona.
       Y yo lamento tener que admitir que no hay ninguna manera lógica posible de desmentir al amor. No la hay. No hay posibilidad alguna de quitar de la mente esa mancha que propaga su onda expansiva como una bomba nuclear, arrasando todo a su paso, poniendo a quien recibe esa explosión en la más penosa vulnerabilidad. Entonces, habrá quien reclame indignado por lo que yo ofrezco y me apunte con el dedo acusador de quienes tienen todo claro y resuelto. Y en mi defensa yo sólo puedo argumentar que no todas las claridades y todas la resoluciones se obtienen desde el saber, que algunas cosas llevan tiempo, el tiempo del corazón, que no es el mismo tiempo que el del cuerpo. Algunos pasados deben ser protegidos del olvido para procurarles un final menos espantoso que el de la muerte. Algunas emociones deben ser observadas mientras desaparecen plácidamente, mientras se evaporan en compañía de los días aquellos cuando éramos el lugar más seguro para su resguardo. Y todo eso no puede en muchos casos ser descripto y evaluado con la lógica de la ciencia, con estadísticas matemáticas que quieran demostrar con números si los años entregados a cambio de un amor valieron la pena o no. Créanme, eso no sirve para nada.

      Eso es todo. No hay en este reducto que habito, escondido de las grandes luces, un catálogo de soluciones mágicas. No soy yo quien vaya a declarar si es mejor abandonar que seguir, si hay aunque más no sea una mínima chance de que el candor de unos ojos lejanos vuelvan alguna vez a posarse como una primavera sobre los de quien ha quedado varado en el frío invernal del recuerdo imborrable. Yo no lo sé. ¿Cómo podría saberlo? Yo nada más he hallado en un puñado de palabras sin pretensiones literarias, y que uso para escribir un libro inexistente, mi propio remedio para calmar algunos dolores; he encontrado en las innumerables estúpidas razones que tantas veces busqué, o me inventé, una colina desde donde poder saludar y despedir a quienes ya hace mucho tiempo se fueron. Mucho menos tiempo, claro está, que el que me llevará a mí olvidarlos, acostumbrarme a la idea de la ausencia permanente, aceptar que hay soles que no volverán a salir y que, a pesar de eso, seguirá amaneciendo.
      Por eso ya no custodio mi anonimato como solía hacerlo liberando palomas mensajeras. Ya no oculto ni mi paradero, ni la dirección de mi casa, de quienes la merodean tratando de encontrarme. Ya no intento más desenredar los ovillos misteriosos del amor y el olvido, de la memoria y el engaño, de la vida y de la muerte. Ya no recorro tampoco las calles buscando aquello que ya no existe, que se ha ido para siempre y jamás volverá: ya no la espero a ella, a Ana Bolena, porque es imposible e inútil intentar volver a ser aquel que fui a su lado. No, ya no pretendo ser más que quien soy hoy porque este hoy es acaso lo único que tengo.
      Mi nombre es Enrique Octavo, y soy el autor de un libro que nunca terminará de escribirse.

RR

martes, 27 de septiembre de 2016

UN SILENCIO COMO EL SUYO


(Espacio para una dedicatoria obvia e innecesaria)

     Más de un año después de su última palabra volví a escuchar su silencio en el teléfono. Y fue como la primera vez, como si ese silencio hubiese estado siempre ahí, durmiendo la plácida siesta del gato sobre una ventana bañada de sol.
      Y volví a escuchar la ausencia de sus gemidos, el hueco oprobioso de su voz dulce y gastada, la caída sensual de sus ojos claros sobre el espacio infinito que se abre entre su mirada y sus pies descalzos donde alguna vez arrimé los míos.
      Volví a sentir el escalofriante recorrido de mis dedos sobre el vacío que dejaron sus pechos y más arriba sus labios y más abajo su vientre cayendo desnudo entre sus piernas para adentrarse en su cuerpo hasta llegar al húmedo fangal de su alma, donde ella almacena sus dolores más preciados. Dolores tan silenciosos como los que brotaban ahora, casi imperceptibles entre sus palabras acalladas.
      Y me quedé yo también en silencio, no supe que hacer. Me quedé en silencio y la escuché enmudecer sus emociones, que estaban ahí, dominadas, tan expectantes ellas de mi silencio como yo del suyo.

     Nuestra comunicación fue siempre silenciosa y amable, una conversación de signos sin necesidad de palabras. Una charla amigable de gestos que inevitablemente me terminaban conduciendo al lado de su cama, a recitarle algún poema inventado sobre la marcha -poemas que de ninguna otra manera me hubiese animado a recitar-. Porque a decir verdad, fueron todos poemas inexistentes, mentiras piadosas construidas sobre sus más secretos pensamientos que murmuraban deseos inconfesables, sin darse cuenta de que yo podía escucharlos y me ponía inmediatamente a disposición de ellos. De que era capaz de bendecir todos esos pecados y lanzarme de su mano al infierno con tal de que no se perdieran para siempre, de que no quedaran tachados a las apuradas de su currículum de mujer sensata. Me parecía que eso sería una verdadera injusticia para un mundo tan gris como este, tan lleno de vacíos como el nuestro. Un mundo celeste como sus ojos opacados por tantas muertes irremediables.
     Por eso mi idea fue siempre apelar a sus más bajos instintos, a esos que lograran contagiarle súbitamente y sin previo aviso un ardor impostergable que la impulsara a soltar amarras y lanzarse a la conquista del placer, del suyo y del mío. Y sí, ¿para qué ocultarlo ahora? Yo quería su placer, su reflejo invertido a través de la lente revelándose descubierto sobre mis ojos, apoyándose sin temores sobre mis ganas de abandonar un pasado pueblerino en las afueras de aquel presente porteño y fugaz. Quería su espejo que era donde creía yo que ella guardaba sus secretos más lujuriosos y sus latidos más acelerados. Yo quería todo eso que ella ordenaba meticulosamente en los cajones de su ropa interior junto a un silencio pornográfico y procaz.

     Sin embargo, a mi me gusta escucharla cuando no está, cuando deja el tubo descolgado -sin querer o a propósito, quién sabe- y yo puedo quedarme en silencio escuchando todo eso que nunca dice, todas esas sentencias que enarbola orgullosa y defiende vehementemente sin necesidad alguna. Ella calla y dice todo. Ella habla y no dice nada. Ella se queda a mi lado cada vez que se va lo más lejos que puede. Y cada vez que nos encontramos es por algún error del destino que nos pone frente a frente. Como allá lejos y hace tiempo, cuando éramos apenas unos niños con aires adolescentes. O como cuando fuimos grandes y nos quisimos como chicos. O como cuando el teléfono no suena y yo sé perfectamente que si no lo hace es por ella no me llama, porque no quiere hablar, porque quiere que yo escuche su silencio, que la oiga mientras llora y se lamenta, mientras llueve y hace frío, mientras nos vuelven las primaveras y aquellos poemas mentirosos regresan como golondrinas a su tierra empapada de deseos inconfesables.

     Por eso estamos donde estamos. Por eso ella camina desentendida por esta hoja y yo la dejo y la miro y la sigo con la mirada. Más no la persigo, no la capturo, ni le hablo, ni la nombro, ni le digo "quedate, no te vayas" con una dedicatoria, a esta altura obvia e innecesaria. No sería capaz de semejante bajeza, ni de darle el golpe bajo de la sorpresa mandándole un mensaje anónimo, una llamada cortada justo a tiempo antes de que atienda y vea mi número y se dé cuenta de que la llamé para convocarla una vez más a iniciar una danza de apareamiento que acabaría definitivamente con este silencio humano y majestuoso en el que hemos decidido vivir. Porque si yo dejara de escribir ahora por ella, ella me diría algo, cualquier cosa. Apelaría a su lengua en vez de a sus ojos claros, haría vibrar el aire y provocaría torbellinos de imposibilidades, un requiem de descabelladas probabilidades para el desencuentro. En cambio así, ella está ahí y yo estoy acá. Y ella sabe que estoy siempre a su lado donde sea que esté. Entonces, tal vez sea mejor así. Porque lo cierto es que a lo único que puedo aspirar en este juego es a un silencio como el suyo. Una sucesión interminable de pasos silenciosos sobre los peldaños de una escalera caracol sin principio ni fin por la que podemos subir o bajar, ir o venir, alejarnos en otoño o acercarnos en primavera.

RR


Foto: Nano Alegre

martes, 20 de septiembre de 2016

ANTICIPO DE PRIMAVERA


     Decime que aunque sea sirvió para olvidarnos. Decime que todo esto no fue en vano, que la botella nunca llegó a tu orilla y se hundió para siempre en el fondo oscuro del mar. Por favor, decime que habrá una mirada extrañada, un sentimiento de pavoroso desconcierto al vernos otra vez las caras. Que vos no me vas reconocer a mí y yo no te voy a reconocer a vos. Que ese odioso aroma a tu cuerpo se habrá evaporado de mis fosas nasales que, sin que nadie pueda explicarlo -o al menos justificarlo-, se conectan impunes directamente a mi corazón.
      Decime que cuando me pare a tu lado vas sentir que quien está ahí no soy yo, es otro. Otro que no conocés o que se cayó definitivamente de tu memoria hace quién sabe cuánto; que fue arrastrado por la corriente benefactora y piadosa del tiempo que es la misma que arrastra las hojas del otoño para darle paso, a través del frío helado del invierno, a la generosa primavera. Sí, a esta misma primavera que se anticipó de nuevo para hacer florecer el mismo tilo de siempre, ese que todos se cansaron ya de leer en cada uno de mis cuentos como una metáfora de tu ausencia, como el monumento natural que conmemora aquellos pocos días de verano que han quedado arrumbados en un calendario vencido.
      Decime que ya no te voy a poder encontrar cuando te mire a los ojos y te vea y te busque escudriñando debajo de tus párpados y por encima de tus retinas, removiendo esa opacidad que dejan las horas pasadas, indagando en tus pupilas esperando hallar aquel brillo tan particular que es el mismo que me despierta cada tanto a mitad de la noche y no me permite pegar un ojo.
      Decime que no vas a estar en esos ojos, que sólo voy a ver las órbitas vacías de una calavera, una como cualquier otra, una como la de otras mujeres que conocí y a quienes nunca pude mirar fijamente a los ojos por temor a encontrarte fugazmente en los de ellas. Ellas que siempre me recriminaban porque hacíamos el amor a oscuras, y cuando todo terminaba yo cerraba los ojos o agachaba la cabeza como evitando caer en ese espacio de suspiros compartidos. Yo no podía decirles que hacía todo eso para no verte, no podía bajar así, directamente desde una colina florecida de gemidos y placeres, a un valle de confesiones íntimas completamente fuera de lugar. Eso hubiese sido muy cruel y desconsiderado. Porque, aunque vos no me creas, yo estaba casi seguro de que te vería en los ojos de ellas, que serían tus brazos los que se apoderarían de mi espalda, que serían tus pezones los que sobresaldrían de sus pechos.
      Por eso te pido que me digas que no te voy a ver más ahí o en cualquier otro lado. Que no me voy a morir del susto otra vez como la semana pasada al descubrirme caminando por la vereda de aquel edificio que alguna vez guardó tu hogar, sin saber cómo cuerno había llegado hasta allí. ¿Cómo diablos pudo ocurrirme eso? Si yo nunca había caminado hacia ese lado, si nunca volví a pisar esa vereda, si nunca más quise mirar el portero trazando las directrices que unieran el siete con la letra E, para luego levantar la cabeza contando piso a piso hasta llegar al tuyo, saliendo sigilosamente del ascensor, abriendo lentamente tu puerta para poder meterme imaginariamente en tu cama, chocando mis manos heladas contra tus muslos tibios que dormirían al amparo de unas soledades que nada más me pertenecen a mí. Porque debo decirte, ya que estamos, y a manera de confesión, que ellas son la moneda con la que fui comprando palabras sueltas que los demás ya no querían o no necesitaban. Como sí las necesitaba yo aunque no supiera bien para qué.
      Así, para llegar hasta acá, decidí un día empeñar todas mis soledades y todos mis anhelos, todos mis silencios y todos mis tapujos. Y creo que tal vez cometí un error, porque ahora no tengo nada, sólo cajones y cajas y frascos y carpetas y estantes llenos de palabras, nada más. Entonces, cuando aparece ese brillo que te conté antes y que me deja dando vueltas en la cama sin poder acallar mis demonios y tu fantasma, me levanto y revuelvo como quien busca un analgésico para una migraña obstinada que se niega a ir. Busco entre todas y selecciono algunas que valgan por lo menos la mitad de lo que pagué por ellas, (que, aunque tampoco haya sido tanto, alcanzó como para dejarme en bancarrota).
      Y hoy, mientras descomponía un poco a tientas algunas frases célebres formadas por unas palabras que compré no hace mucho, encontré estas que, como verás, no son muy diferentes de las anteriores. Sin embargo, esta vez me propuse cambiar y juntarlas a la fuerza para obtener un texto que sólo pueda ser comprendido por vos. Por eso esta vez, estas palabras irán a parar directamente a tus manos sin intermediarios; no habrá entre ellas y yo ningún tipo de acuerdo sobre deberes, obligaciones o derechos; no saldrán de sus intersecciones ni metáforas, ni eufemismos. Ellas aterrizarán en unos instantes sobre tu terraza, bajarán cuidadosamente la escalera y buscarán tus puntos cardinales hasta encontrar tu buzón. Y ahí se quedarán obedientes y orgullosas esperando a ver si algo sucede en tu mirada; si es que encontrás en ellas algún rasgo olvidado de mi persona o de mi locura. Y si por unos de esos designios misteriosos del destino eso sucede, no me quedará más remedio que renunciar definitivamente a ellas sin que vuelva a escribir una más. Lo que también significará que vos ya no puedas regresar libremente a tu escondite desconocido y yo no consiga recuperar mi soledad y mi silencio jamás. Tendré que evitar nombrarte con otros nombres y dejar de perseguir aquel destino del cínico que andaba por ahí feliz de la vida, tapando el sol con las manos, apostando a todos los números y a todos los colores para que fuera el azar el que determinara mis preferencias.
      Esta será la única manera, querida, de que vos y yo nos salvemos de este resultado con estas cartas. Porque si es que estás ahí cuando estas palabras te encuentren, y ellas te reconocen a vos, y vos te reconocés en ellas, no me hará falta una serpiente que me empuje a morder tu manzana, que necesite apelar vilmente al engaño con el cuento de que si no sos vos, no será otra; de que no habrá otro mundo por fuera de tus piernas. Un mundo como el tuyo de carne y hueso y sangre y sudor y lágrimas al que, llegado un hipotético día D, uno debe estar dispuesto a desembarcar o morir en el intento. Un mundo mejor que este paraíso engañoso y ficticio que escribo diariamente para nadie; habitado por mujeres que quiero pero que no amo, que beso pero no las sufro, que me acuesto con ellas y choco mis manos contra sus muslos mientras escribo sus nombres libremente sin arriesgar ni una sola de aquellas soledades entregadas por un par de adjetivos cursis sólo para esconderme de vos; sin exponer al escarnio ni uno solo de todos los silencios con los que te rodeo en esta casa, a estas horas y con este insomnio insoportable, mientras revuelvo enloquecido este último frasquito, buscando la última palabra que ahuyente definitivamente tu fantasma. Esa palabra que espero no encontrar cuando te vea y te mire a los ojos y baje por tu nariz -a la que extraño horrores- hasta llegar a tu boca que como una serpiente perversa no para ahora de decirme despacito al oído "escribime, escribime". Cuando yo todo lo que necesito es esa palabra, esa que salga de tu boca verdadera para dejar de una vez por todas de escribirte.

RR



Ilustración: Cludia Tula

martes, 6 de septiembre de 2016

LAURA


A aquella Laura y a todas las otras lauras que conocí.

     Hola, soy Laura. O al menos así he preferido que me llames. Te conozco y me conocés aunque no puedas ahora reconocer exactamente quién soy. O quizás sí. Quizás logres por un momento mirarme directamente a los ojos desde la distancia y darte cuenta, sin tener que bajar la mirada ni declarar ciertos arrepentimientos que ya no vienen al caso, que son un poco más de toda esa fantasía que nos circunda.
     Yo soy Laura y me gusta mi nombre. Podría haber elegido otro pero me gustó este. Probablemente eso tenga algo que ver con vos mucho más que conmigo. ¿Te acordás de Laura? Seguramente sí. Bueno, ahora yo soy Laura, pero no sólo aquella Laura. No, yo soy ella y todas las lauras que vinieron después. Todas esas a las que vos apelás para armarme a mí como si yo fuese un rompecabezas y vos un niño jugando en el piso de una casa vieja tratando de encontrar las piezas de algo que parece roto pero que no lo está, que sólo está desarmado. Porque las piezas están ahí: algunas mezcladas, otras dadas vuelta y otras escondidas detrás de las pelusas inevitables del tiempo. Pero están. Yo soy la prueba de ello.
     Sí, soy Laura y me alegra saber que vos sos quien sos, que sos vos quien me busca e intenta hacer coincidir las formas de mis bordes con los tuyos. Por lo visto no hay mucha gente interesada en estas actividades. Aparentemente, no es prioritario encontrar los trazos que dibujan ciertas formas, ciertas curvas que puedan definir una sonrisa verdadera o cambiar el recorrido de las manos por el contorno de la cintura hasta un ocaso inevitable. Sin embargo, vos y yo nos seguimos encontrado, tal vez milagrosamente, en esa casa, en ese piso, en este juego.
     Y quiero que sepas que ser Laura es mejor que no serlo. Porque si yo no fuera Laura tal vez no sería nadie o sólo un mal recuerdo, un paso mal dado. Aquello que algunos se pasan la vida mostrando como el peor error de sus vidas sin que eso les permita remediar nada. Y yo sé que no soy un error tuyo. Yo soy, en cambio, un montón de aciertos, un cúmulo de desvelos que te han servido para buscarme una y otra vez. No te sientas mal por eso, porque si alguna vez no me encontraste no es porque no me hayas buscado. Yo te he visto. Te he visto caminando detrás de mis ausencias, de mis innumerables escondites, argumentando tus deseos como quien trata por todos los medios de resolver un enigma, un pase mágico, un truco imposible de ser descubierto. 
     ¿Te acordás de cuando nos conocimos? Éramos apenas unos mocosos. Ni te imaginabas que existía algo que un día podría llamarse Laura (o llevar cualquier otro nombre). No tenías idea de que podría existir el desvelo y la angustia de no saber de mí; que la nada misma se pudiera revelar ante una ausencia, ante la espantosa sensación de tener que renunciar a unos ojos color miel. Éramos dos chiquilines de guardapolvo blanco corriendo por un patio, jugando a un juego que era uno entre tantos y que con los años olvidaríamos. Pero vos nunca te olvidaste de mí, de Laura. 
     Más tarde, volvimos a encontrarnos ya más grandes, en varias ocasiones y con intenciones mucho menos infantiles aunque siempre inocentes. Esa inocencia de creer que yo era única, que era Laura, cuando en realidad, como ya te dije, era y soy mucho más que ese nombre. Ya en la primera ocasión en que nos reencontramos supe que sin dudas nos toparíamos de nuevo en el futuro, que no importaba qué hiciera yo para que cambiaras de parecer, para que el cinismo se apoderara de eso que parecía estar al resguardo de cualquier inclemencia. Debe ser que el amor es pura inclemencia, una tormenta de dos inconscientes arrebatados que no tendrán jamás la más mínima chance de abrir un paraguas antes de tiempo, antes de que les llueva en la cara un diluvio universal.
     Pero volviendo a lo que me ocupa, no quería dejar pasar la oportunidad de decirte que sigo siendo Laura, que sigo merodeando tus profundas oscuridades y que siempre estaré a tu disposición cuando alguna claridad ocasional asome sin razones aparentes. Porque yo seguiré a tu lado para hacerme cargo de quien he sido y para recordarte quién soy: que sigo siendo Laura, que nunca me he ido con ellas, que a pesar de todo me he quedado con vos a juntar los restos de la última cena, a recoger las sábanas usadas y preparar la cama para un próximo encuentro entre nosotros. No, no creas que te he dejado sólo, que no he entendido tus palabras, que no he apreciado tus intenciones, que no he respetado tus silencios, que no he aceptado ciertas distancias ocasionales. 
     Porque, nos guste o no, vos y yo somos esto que somos y que seguiremos siendo hasta el final: vos, un escritor coyuntural que ahora mismo sentado en una silla busca las palabras justas para volver a preguntar por mí, y al mismo tiempo reflexiona sobre la utilidad de seguir haciéndolo, de continuar imaginando miradas de potenciales lauras para mantenerse con vida; tratando de dar entre todas ellas con la de aquellos ojos color miel vestidos de guardapolvo blanco, que si bien cambiaron de color en varias ocasiones, conservaron todos en cada una de esas ocasiones, la fórmula secreta del desvelo inevitable en medio de un vacío irremediable que hoy aparece a cualquier hora en forma de hoja en blanco, para impedir una y otra vez que mi existencia sea puesta en duda. Y yo... Bueno, ¿qué te puedo decir? Yo soy Laura.

RR


Ilustración: Claudia Tula

DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...