sábado, 24 de febrero de 2018

DE LO QUE HAY, NO FALTA NADA


Aunque me falte el tiempo y la distancia y un inmenso océano que, de vez en cuando, me permitiera naufragar en una isla desierta en donde no haya nadie, ni siquiera mi sombra persiguiendo la tuya inalcanzable.

Aunque no quede nada de lo pasado, y mucho menos de lo futuro en este presente que deja bastante que desear: bastante para olvidar y poco que perder.

Aunque momentáneamente siga teniendo bajo control el incontrolable espectro de mi alma que te olfatea y te persigue cual perro sabueso, apasionado por su presa, obstinado por naturaleza, obnubilado por tu imagen.

Aunque sólo sea un silencio prescindible lo que haya quedado de mí a esta altura, que -para qué negarlo- es bien baja e insignificante como para, no sólo hacer mención de ella a razón de este poema, sino como excusa para intentar evadir una responsabilidad que me cabe perfectamente; tan justa como todo aquello que seguiré negando con algunas crueles verdades y esta inefable licencia que me da la escritura de repetir una y otra vez innumerables mentiras.

Aunque nadie haya permanecido a mi lado cuando hube de morir por tu capricho, por ser leal a unas lealtades que valen menos que treinta denarios y mucho menos que el beso de un traidor que entregó su nombre a cambio de una cruz de madera para otro; así como yo entregaré sin chistar mi santo sepulcro a cambio del tuyo, de lo que aun nos junta cada noche en una copa, en una hoja o en la más oscura de las tempestades.

Aunque tengamos más por ganar que por perder; pero, sin embargo, y así y todo, elijamos perder para no ser menos que nadie y ocupar nuestro casillero dentro del tablero de la historia de una humanidad que, hace rato ya, se ha ido al tacho, derechito y sin escalas.

Aunque no hayamos sido nada, no por no habernos hallado ni por no habernos querido, sino más bien por esas cosas de la vida que tienen más que ver con la muerte o con esa imperdonable costumbre de alentar ciertos malos entendidos que no hacen otra cosa más que dejarnos a solas con las ausencias, el tango y las lunas llenas.

Aunque no seamos nunca más que este cementerio de sentimientos enterrados bajo mil palabras, que no valen -ni valdrán jamás- lo que vale la imagen de tu vientre agitado, o el temblor apurado de tus pezones duros, o el mágico contorno de tu espalda encorvada como la de un caballo indomable a punto de ser montado dentro de la empalizada que divide lo efímero e inexplicable de la vida y la última oración de una confesión como esta. Sí, como esta misma que quedará como testimonio de lo que un desconocido podría amarte si tan solo te conociera como yo te conozco.

Sin haberte conocido nunca.

RR


domingo, 18 de febrero de 2018

AL ANDAR, ANDAR


     ¿Podés venir a buscarme? O aunque sea vení sólo a verme, a sentarte en cualquier lado y quedarte en silencio observando cómo voy de un lugar a otro de la casa sin hacer realmente nada, vagando por las habitaciones como si visitara este lugar por primera vez. 
     Podés venir y tomar una silla y algún libro de la biblioteca y leerme algún párrafo en voz baja que suene como música sin que me importe demasiado qué dice. Acercarte a mi oído cuando miro los árboles sin hojas por la ventana y cantarme ese estribillo de Caetano que tanto me gusta, así, bajito... shhh... despacio, mientras la gente camina afuera y no sabe de mis lágrimas cuando no estás, cuando Caetano me canta insinuándome que te llame, pero yo no me animo y me quedo sola mirando a esta misma gente que es otra pero es la misma. 
     Porque, al final, todos son los mismos, menos vos que me cantás bajito, que me leés a Arlt y me acaricias las tardes cuando me pierdo entre esta gente a quien ya no pertenezco porque he decidido acompañarme de tu ausencia. Y entonces preparo el mate y entre cada uno que cebo para mí, se muere uno de frío. Como me muero de frío yo sintiendo que me falta tu calor de noche cuando ya la gente no se ve desde mi ventana y sólo hay luces y soledades resguardadas en esos besos que extraño horrores. 
     No seas malo, golpeame la puerta ahora mismo y aguantate que te maldiga por estar ahí parado sin derecho aunque me muera de ganas de que me abraces tan fuerte que sólo me queden fuerzas para desvestirte y apoyar mi cabeza en tu pecho y dejar que nuestros sexos se insinúen y se rocen  mientras nosotros amagamos a decirnos te quiero gimiendo impunemente sin importar ni las consecuencias, ni los vecinos, ni la realidad de ser tan diferentes. 
     Dale, volteá mi puerta a patadas y descargá tu furia de macho herido. Matame de miedo al verte enojadísimo conmigo por ser una tonta que no entiende nada, que no acepta de ninguna manera que me podés querer eternamente aunque yo ande por ahí desnuda como una Lady Godiva sin caballo, de a pie encaramada en mi orgullo pero completamente perdida, porque vos me matás y me resucitás cada vez que abro uno de esos sobres que caen en mis manos por obra de quién sabe quién. 
     ¡Vamos! Acercate a mi guarida como una serpiente y mordeme letalmente, dejame únicamente ese hilo de consciencia que sólo me alcance para balbucear tu nombre hasta morirme, con el único objeto de que te conviertas en mi antídoto.
     ¿Podés? ¿Sería mucho pedir que, ahora que cae la tarde, mires de reojo al teléfono y te levantes de a poco y hurgues entre papeles buscándo mi número y te desesperes por no encontrarlo y salgas corriendo en mi búsqueda? ¿Vos creés que pido demasiado? Yo sólo quisiera terminar con vos de una puta vez y olvidarte para siempre, borrarte de todos lados, del pasado, del presente y del futuro y de mis ojos y de mi boca y de mi mente y de mi alma y de esta cama espantosamente grande que parece una heladera, y de mis sueños que no paran de soñarte y de…
     Sí, ya sé, perdoname, vos estarás ya con tus cosas, tal vez tu cama no sufra estos fríos y tiemble de amores, tal vez tus cartas hayan cambiado de rumbo hace mucho y yo sólo me haya quedado aferrada a un remitente que ya no existe. Pero si alguna vez pasás por mi lado y sin querer reconocés una guarida, mordeme y matame, leeme algún párrafo, tomate ese mate aunque esté frío, cantame bajito y quedate conmigo un rato a ver esta gente que miro cada día por la ventana buscándo tu corazón que añoro.

RR


miércoles, 7 de febrero de 2018

LA ESQUINA DEL HERRERO


     ¿Por qué hablar siempre de nosotros y no de ellos? 
   Bueno, quizás sea porque nosotros tenemos mucho más que lo que, aparentemente, nos ha quedado a cada uno. Tenemos una antigua niñez recién convertida en adolescencia mirándonos por la espalda, buscándonos a escondidas, despidiéndonos un día sin saber lo que una despedida era en realidad.
     Nosotros tenemos una pila de años atados con los piolines de la vida y de la muerte, una marcha sin querella con los suspiros de los deseos y las frustraciones. Tenemos un cielo perdido en común que a veces vale un hermano y otras un amigo.
     Nosotros tenemos un pueblo entre barro y pampa y unos ombúes en una plaza que guardan algunas canciones que hablan de nosotros sin que ni ellas lo sepan, y sin que nosotros las podamos aguantar de pie; sin que podamos rogarles un indulto al momento de ponernos contra el paredón para fusilarnos a los dos con la misma bala.
     Nosotros tenemos un silencio precario y un olvido mentiroso. El primero es frágil como el mismísimo amor; el segundo es un chanta que va y viene de acuerdo a lo que cada uno le propone. Y a mí, cada tanto y recostado en la vidriera, me vienen estas ganas de proponerle cualquier cosa a través de alguna carta que vos -atrevida o sabiamente- asumirás como propia; mientras yo, como todo mentiroso, niego y negaré avergonzado hasta el final de mis días.
     Nosotros somos apenas una pequeña anécdota perdida en el tiempo, arena que la vida se llevó. Y que para colmo de males, es imposible de ser contada sin que en una noche cualquiera corra imprescindible la sangre de un cristo o el descanso fresco de una cerveza elegida sin chistar a tu gusto.
     Nosotros no nos dijimos ni hola ni adiós, casi que nos desconocemos por completo. Vos me mirás y yo te hablo. Vos te desnudás cada noche y en la oscuridad se pueden oler mis deseos a la distancia, porque bien sabés cuanto me gusta disfrutar de tus contornos y tus márgenes dibujándose en el recuerdo; sin embargo yo, como dice una vieja canción, te toco y te beso pero no te nombro.
     Nosotros sabemos más o menos lo que queremos aunque no tengamos puta idea de cómo demonios conseguirlo. Y como ya no hablamos como solíamos hacerlo, entonces, no podemos contarnos nuestras penurias o nuestras escuetas felicidades. Y mucho menos corroborar ante testigos, o frente a un ilustre jurado, que somos sospechosos de un homicidio culposo, de habernos atropellado mortalmente un día: primero por carta, después por teléfono, y finalmente cuerpo a cuerpo a la vista de una primavera porteña que pronto quedó obsoleta. 
     Nosotros andamos por el sur de aquí para allá, vamos y venimos montados sobre el bandoneón de Troilo del paredón al después, del mar al río, de la rambla al obelisco. Y como aquellos dos adolescentes sin cargos ni culpas aun, nos miramos sin saludar, nos observamos de arriba a abajo, de pies a cabeza, del derecho y del revés. Todo sin decir una palabra, sin que haya un mínimo contacto entre el celestial fondo de tus ojos y el opaco marrón de mi destino. Algo así como querer encontrar el vértice de una esfera o la cura para las ausencias irremediables. 
     Será por eso que hablo siempre con vos de nosotros. Porque por el momento, y si es que la vida no nos sorprende un día, sólo nosotros seguimos siendo nosotros, aunque sea de vez en cuando en tu ventana y ante la mirada atónita de ellos. 
     Y ellos sabrán disculpar.

RR


miércoles, 31 de enero de 2018

PIENSO, LUEGO EXISTE


     Escribo lo que escribo por no decir lo que pienso. Eso que, la mayoría de las veces, no es tampoco mucho más que esto que estoy pensando ahora mientras escribo. Porque, vamos, lo que yo pieno -así como lo que escribo- no le importa a nadie, y para ser uno más entre tantos nadies no hay nada mejor que escribir lo que quizás más de uno escribiría si dejara de una vez por todas de hablar sin pensar.
     Seguramente por eso yo escribo siempre lo mismo, para dejar bien en claro desde el vamos que mis luces son muy pocas y que hasta mis oscuridades son más bien sombras de lo que podrían ser si tuviera algo mejor en qué pensar.
     Y escribir no es ni poco ni mucho, a decir verdad, es bastante menos que eso, casi nada diría yo. Pero de lo que hay, es tal vez lo que mejor me sale cuando llega el momento de asumir que he probado de todo para no pensar acerca de los silencios y las ausencias sin lograr otro resultado más que hacerlo una y otra vez.
     Eso sí, siempre trato de que estos desgraciados pensamientos se me noten lo menos posible cuando escribo. Por ejemplo: si quiero disimular, escribo en plural, incluyo a todos en mi neurosis para así justificarme por lo escrito -o por no hablar ya más con nadie-. Ustedes sabrán disculparme (o no). Y si no logro ni siquiera esa disculpa, al menos tengo la oportunidad de sacarlos a pasear con estúpidas frases del estilo de "todos tenemos nuestros pros y nuestras contras", "todos vamos y venimos", etcétera. Y así, con este tipo de trabalenguas insensatos, haciendo el papel de estúpido (que es el que mejor me sale porque se me nota claramente en la cara) y tal cual hace todo el mundo, paso casi de manera imperceptible por delante de ustedes a quienes, sin otro particular, saludo atentamente; y de todos esos otros a los que, apenas un minuto después de haberlos conocido, hubiese preferido desconocer. Entonces, cuando el aroma a fracaso irremediable se siente en el ambiente, remato con "al fin y al cabo, todos somos iguales". Ergo, la culpa es de todos.
     Pero más allá de lo escrito, está lo callado, lo borrado, lo destruido, lo pospuesto; lo avergonzante y lo insolente de toda esta cuestión. Porque nada de todo lo escrito sería posible sin todo eso. Es más, comienzo a pensar que, en realidad, lo escrito no es lo verdaderamente importante, sino lo otro, Y lo otro no es que no existe, sí existe. Pero sólo existe en esa otra dimensión a la que, cuando la voy de poeta, simulo haber llegado escribiendo, negando como un necio y hasta quedar callado que la única manera de llegar es, casualmente, callando.
     No, no es tan difícil darse cuenta de que mis escritos hacen agua por todos lados, que inmediatamente después de la primera oración los pies se sienten húmedos, y luego el agua llega hasta las partes pudendas, y cuando uno se quiere atajar, los botes sólo alcanzan para los que viajan en primera clase. Clase a la que afortunadamente no pertenezco (algo que se podrá notar con apenas un vistazo). Y si de botes salvavidas hablamos, pues mis palabras no pasan nunca de unos humildes remos que, hay que reconocerlo, no hay nadie tan loco como para empuñar en estos mares helados.
     Sin embargo, hay un último recurso para escribir -o para callar, depende de quien lo...-. No es la lluvia, eso es muy obvio. Y no es que desprecie una buena tormenta capaz de ponerme de culo contra la silla a filosofar acerca de su ciclo interminable, de la correntada de la calle que arrastra hojarascas poéticas y bolsas de basura puestas a consideración del aire (y que nunca faltan en cualquier barrio periférico). Tampoco son las tardes de domingo que no son ninguna novedad. Por eso guardo poca compasión y respeto por los suicidas de domingo por la tarde (¡dale, loco, un último acto de rebeldía, una última proclama revolucionaria: sé valiente y matate un sábado a la noche bailando en una terraza!). Cualquiera se suicida un domingo. ¿Y el alcohol? Bueno, eso ayuda, ¿para qué lo voy a negar? -justo yo...- Pero ojo, porque hay muchos más borrachos que buenos escritores. Por algo será.
     Cualquiera de estos argumentos pueden ser un recurso válido cuando uno debe encontrarse frente a frente con la hoja en blanco, con el silencio y la ausencia. Pero el único recurso, el primero y el último, será siempre el mismo: el amor. Y si escribo del amor, pienso en la muerte. Y si escribo sobre él es para no pensarla a ella, para callarla, para borrarla, para destruirla por la vergüenza que me provoca a veces esto de pararme así, insolente frente a tamaña prédica o frente al desafío de escribir sobre una mujer que no existe, sino en esa otra dimensión adonde han ido y seguirán yendo cada una de mis palabras que se salven del trágico destino de la destrucción y el olvido.
    Pero claro, ¿qué esperaban de mí?, si no soy un escritor, -¡qué esperanza!, diría mi abuela Sofia-. Soy un pobre tipo enamorado de una mujer que existe nada más que como una ausencia, en lo que pienso y en lo que callo. Una mujer a la que creo encontrar de vez en cuando en los márgenes de mis delirios cuando, en medio de una tormenta, en una tarde de domingo, un poco pasado de copas, siento su presencia en las adyacencias de mi locura, o cuando observo a lo lejos unos ojos claros en la memoria, o repasando algunas desventuras estivales. O simplemente cuando lanzo desde mi escondite alguna cañita voladora al cielo buscando iluminar unas oscuridades que, como ya dije antes, no son más que las sombras de todo lo que quizás podría escribir si tuviera algo mejor en lo que pensar. Algo que no fuera ella.

RR


domingo, 28 de enero de 2018

999


     Yo creo que cualquiera puede llegar a convertirse en un recuerdo, en una foto desteñida, en una breve cadencia de acordes con intenciones de deseo carnal. Cualquiera puede dejar su rastro sobre el almohadón de un sillón desvencijado como souvenir de una última visita o en la forma de un cepillo de dientes abandonado adrede a modo de venganza. Uno puede hasta dejar con alevosía comentarios indelebles (e indeseables) en algún libro elegido premeditadamente en una biblioteca ajena, algo así como pegar un chicle debajo de una silla, aplastándolo hasta que se impriman sobre su gomosa superficie las huellas digitales de quien, con un mínimo de esfuerzo, podrán hallarse también estampadas sobre la piel del otro personaje de la historia. Un personaje que, con la mala fortuna de estos casos, quedará como guardián, involuntario quizás, de todas esas marcas en la piel, de los comentarios en el libro y del chicle pegado groseramente debajo de la silla. Por eso digo, no es tan complicado convertirse en un recuerdo. Y no importa si la víctima lo acepta o no. Los recuerdos no piden autorización ni para aparecer ni para quedarse, ya sea a la vista o detrás de las cortinas, o tal vez encerrados en ventanas que fueron condenadas sin éxito a no volver a abrirse jamás.
     No obstante, los recuerdos no sufren su destino memorioso. Ellos pueden pasearse en pijama y pantuflas a cualquier hora del día sin que nadie pueda exigirles cierto decoro o por lo menos algo de consideración ocasional. Por ejemplo: cuando vienen a la casa visitas y el anfitrión debe andar justificándolos, intentando una mentira piadosa, como que están ahí por algún cuento escuchado la última semana en la radio y que los trajo de vuelta. En realidad, ese cuento jamás existió (al menos en la radio). No hay caso, la visita se dará cuenta fácilmente de este triste detalle. Y, claro, los recuerdos, malvados y aprovechadores, se burlarán irremediablemente of this awkward situation. Ellos se mofarán sin remordimiento del pobre infeliz (o la pobre infeliza) que no sabrá qué decir para no quedar como un estúpido, como un cantante de tango detenido en el pasado, vencido y mareado en un corazón. Es que, lamentablemente, ser un recuerdo necesariamente exige cierto grado de crueldad -un alto grado de crueldad, diría yo-. Sin embargo, esto no debe ser mal interpretado. Porque, a decir verdad, no es la del recuerdo la crueldad del cínico. Es más bien la de quien sabe que tiene una misión dolorosa pero indeclinable y que debe cumplirla a rajatabla para, de esa manera, crear un punto de referencia o, llegado el caso, un punto de partida para la fabricación de un olvido sintético -aunque no por eso, menos útil-.
     Es que el olvido, el verdadero olvido, es otra cosa. Ser un olvido no es para cualquiera y no cualquiera logra transformarse definitivamente en un olvido. Quienes hemos alcanzado este estado inocuo, etéreo, cuasi fantasmagórico, lo hemos logrado después de muchísimo trabajo material, intelectual y espiritual; después de haber atravesado todo tipo de accidentes topográficos: bosques y desiertos, valles y montañas, mares y arroyos; y hasta climáticos, sequías y tormentas, quietudes y tempestades. Y así también, quienes hemos finalmente arribado al espacio infinito de los que ya no están en ninguna parte, en ninguna foto, en ninguna historia, no lo hemos hecho sin esfuerzo, sin cierta cuota (alta) de sufrimiento. Es decir, nadie llega a este lugar gratis. Este es un lugar para pocos, y nada tiene que ver este hecho con una cuestión de exclusividad burguesa, sino con las dificultades que el proceso conlleva. Eso sí, siempre es mejor haber venido hasta aquí por propia voluntad que haber sido traído a los empujones o, peor aun, haber sido arrojado como el envoltorio de un caramelo disuelto en la saliva del tiempo. Porque quienes sufren este último proceso de transformación siempre estarán al alcance del despecho y el rencor de otros que los pueden llevar de vuelta hacia la tierra de los recuerdos sólo para vapulearlos y vituperarlos en nombre de unos impulsos a los cuales los recuerdos  no tienen acceso y contra los que no pueden ejercer defensa alguna (lo sé, pobres ellos...).
     En síntesis, el territorio del olvido verdadero es para muy pocos, para los que hemos renunciado para siempre a ser un estímulo desventurado perdido en un cajón entre medio de un montón de cosas inservibles (casi tanto como los recuerdos). Y si me incluyo en este grupo es porque, después de negarme a aceptar el destino de un caramelo regurgitado, decidí yo mismo tomar el camino del olvido. Yo mismo, consciente y en pleno uso de mis facultades, tomé la decisión de venir a ocupar este lugar en el territorio de lo que nunca sucedió, en la memoria borrada de lo que nunca fue.
     Y aquí me ven, ejerciendo esta tarea, que si bien no es sencilla ni cómoda, es mucho más gratificante que permanecer suspendido en un limbo memorial viendo pasar gente desconocida desde una foto apoyada sobre un escritorio en el fondo de una habitación oscura. Porque, ¿para qué negarlo?, ser un recuerdo puede llegar a ser lo más natural del mundo. Sin embargo en mi caso, no podría aguantar cada historia que se inventara a mi alrededor. No podría verme llevado y traído de una fecha a otra, de una casa a otra, de un amor a otro. ¿Quién en su sano juicio puede disfrutar de ser el protagonista del pasado de alguien? ¡Vamos, por favor! Aquí, al menos, no tengo pasado, ni siquiera presente. En este lugar todo lo que soy es futuro, improbable, desconocido... olvidado. Todos los días es un día nuevo para mí, que al terminar se extingue sin dejar nada como prueba de existencia. Cada mate que tomo por la mañana está fuerte y caliente; cada botella que se destapa en esta casa desaparece sin dejar rastro al finalizar su contenido; cada hora de sueño por la noche está habitada por lo que vendrá o por una canción desconocida que no le pertenece a nadie, que no evoca a ninguna mujer ni a ningún lugar; cada hora del día es irrepetible e independiente de la precedente. Así, mi tiempo lo ocupo en ser una posibilidad, sin que lo que haya sido intervenga, pues no existe. Entre otras actividades que planeo permanentemente está entre mis preferidas ver el mar. Porque el mar, como buen amigo del olvido y referente perpetuo de sabiduría, oculta su pasado en el fondo y lo olvida concienzudamente. A veces, cuando me vienen ciertas ganas de jugar con el futuro, me siento a escribir historias de probabilidades. Estas probabilidades pueden ser imposibles o, si es que pretendo desafiarlo verdaderamente, un tanto verosímiles. Lo sé, es un juego tonto. Al fin y al cabo, cada palabra que escribo se la lleva el viento.
     Sólo una precaución debo tener cada vez que juego con el futuro, y es nunca, jamás, escribir una historia que alcance mil palabras. Este no es un detalle nimio. Todo lo contrario, es vital para seguir aquí disfrutando del anonimato astral en el cual mi carta natal se ha perdido para siempre. Y visto y considerando que valoro esta situación más que a nada, y que he luchado mucho por llegar a ser un verdadero olvido, llevo tatuado en la mano derecha el número novecientos noventa y nueve para no caer víctima de mi propio estado, del invaluable olvido que me caracteriza.
     ¿Por qué, preguntarán tal vez ustedes, no debo llegar a escribir nunca jamás una historia de mil palabras? Pues bien, es muy simple. Porque ningún recuerdo es más feroz y desalmado que la imagen detenida en el tiempo de quien uno ha amado. Ningún recuerdo es más demoledor que la imagen irreconocible de un amor vuelto al presente en forma de pasado, con aromas y gustos vencidos e irreconocibles, con el tacto arrugado y seco por los años. Ninguna imagen traerá un pesar mayor que la de aquel amor imposible de ser resucitado en la piel y en el alma. Por eso siempre le presto mi mayor atención a un dispositivo que es como con un viejo contador de ovejas y que tengo sobre la mesa para contar las palabras. Nunca lo pierdo de vista mientras escribo, y lo observo cuidadosamente por encima del número tatuado sobre mi mano derecha. No vaya a ser que, una tarde de domingo como esta,  me deje llevar y accidentalmente cruce ese del límite infausto y ella aparezca de la nada a florearse ante mis ojos haciendo que su imagen vuelva otra vez a valer más que mil palabras. O incluso mucho más. Mucho más que todo esto que he escribo mientras juego con el futuro, intentando por todos los medios permanecer de este lado y seguir siendo quien soy y quien siempre intentaré ser: un olvido obstinado combatiendo recuerdos imborrables.

RR


jueves, 18 de enero de 2018

MUY POCO PARA TANTO


     Seguramente no está bien que lo diga ahora pero creo que debo hacerlo -digo, para que no te hagas grandes ilusiones sobre mí, para que no te crees falsas expectativas y termines desilusionándote una vez más-.
     Lo mío, querida, es muy sencillo y muy humilde. Porque yo te quiero con muy poquito. Te quiero así, de entre casa, en esos ratos en donde el sol cae por la ventana y vuelven a mí unas ganas de abrazarte que no parecen tener fecha de vencimiento; ganas de contarte alguna historia de esas que cada tanto se me ocurren sin necesidad ni urgencia. Te quiero sin tener en verdad demasiadas razones para darte más que algunos latidos que se agregan apurados cuando sin querer tus pechos se traslucen impunemente en mi memoria y vuelvo a experimentar aquella loca ansiedad por verte cuando te perdía de vista.
     Ya vez, no es mucho. Es nada más que quererte con muy poquito, con esos pocos minutos contados uno por uno de cuando pasaste por mi lado y arrastraste a tu paso una parte de mí que jamás volvió.
     Y supongo que está bien que para vos todo esto sea algo así como una locura mía, una enfermedad, una obsesión. Bueno, es que probablemente lo sea, ¿por qué no? Pero eso, al fin de cuentas, no cambia nada. Porque todavía hoy, cuando aparecés alguna noche bailando en mi recuerdo, la ansiedad resurge, los latidos se aceleran y el tiempo parece detenerse en donde ya no hay lugar para estacionar. Lo que pasa es que no todos los amores son historias épicas de héroes medievales, tragedias griegas o un ir y venir entre Montevideo, París y Buenos Aires. Algunos amores -creo que la mayoría- son como este, un poco de esto y un poco de aquello; un poco de sufrir, un poco de amar, un poco de partir y, claro, un poco de andar sin pensamiento. Y aunque duela reconocerlo, algunos amores se nutren inevitablemente del desamparo de la pérdida. Una pérdida que nunca se revela como posible hasta que es demasiado tarde. Por eso algunos amores (este, sin ir más lejos) son puro tango, poemas tardíos, canciones desesperadas, cartas de amor, de locura y de muerte. Algunos amores son como un pedacito de cielo estrellado que se parece bastante a este que asoma ahora en mi ventana. Un espacio en negro al que yo, jugando a las escondidas con tu recuerdo, le pongo tu nombre como a la noche y le trazo de memoria el contorno de tu cara usando las estrellas de una constelación a la que únicamente yo puedo acceder. Armo y desarmo tus rasgos que no son otra cosa más que los rasgos perpetuos que tienen todos los amores imposibles. Y mientras voy y vengo entre los vapores del alcohol, dibujo sobre mis oscuridades el sonido lejano y apagado de tu sonrisa y un beso que abrigue tu ausencia.
     Lo único que a veces me mortifica un poco de esto -que como verás no es tanto- es que quizás vos te hayas quedado esperando una serenata en tu ventana, o un ramo de orquídeas, o un suicidio en tu puerta. Quizás vos pretendías que me inmolara en tu nombre, que saltara al vacío envuelto en una bandera con tus colores o que te persiguiera por las calles por horas, durante días,  reclamando,  pidiendo, rogando… Perdoname, debe ser que ya no me sale eso. Sólo me sale esto que no tiene ni razón ni justicia. Esto de quererte entre los fantasmas que quedaron y las promesas que murieron de pena; esto que viene sin anunciarse cuando cierro los ojos vencidos y algo te trae a mi lado en silencio, ausente y fugitiva, y yo busco atraparte en una oración sin sentido para no perderte  de nuevo, para atesorarte como atesoran los niños perdidos en la adultez las noches de reyes. Y sostengo en una mano un poco avergonzado un puñado de aquellos pocos días, de aquellos tantos besos y de aquellas innumerables sonrisas; imaginando, sin saber bien por qué, las pequeñas flores que aun nacen al costado de los médanos, como invocando al viento este para que sople y te traiga más seguido a pasear aunque sea por un momento por estas playas de la Cruz Sur, para así tener la oportunidad de escribirte unas palabras como estas, simples y austeras; que no buscan conmover a nadie, sino entretener las horas que me queden hasta que ya no sea posible unir estrellas y armar constelaciones y dibujar una sonrisa o darte un beso sin que jamás te enteres. Antes de que, tarde o temprano, el viento terco se niegue a traerte. Y yo finalmente acepte olvidarte.

RR


lunes, 15 de enero de 2018

DETRÁS DE ESCENA


     No es tan difícil darse cuenta, todo el mundo lo nota: siempre parece estar detrás suyo, aunque no lo vea. La busca entre las flores de la plaza y también entre las nubes que asoman detrás del patio de la casa. Pero ella no, ella no nota su presencia. Mejor así. No obstante, él anda por ahí, circundando sus libros, dejando notas a pie de página y algún que otro garabato que la intrigue, que la saque de la historia -o, mejor dicho, que la haga protagonista-.
     Sigilosamente y con un falso disimulo prepara alguna melodía para que suene de la nada, música incidental o una canción que le cante suave al oido las palabras que él no puede decirle. Le gusta cuidarla desde lejos por más que ella no necesite ningún cuidado -ese es justamente uno de sus más preciados tesoros-. Porque ella se mueve bien sola, al menos es lo que declara; va y viene por los diversos decorados haciendo sus monerías, como desinteresada de todo. A veces se enoja repentinamente y él, entonces, tiembla y se angustia. Al rato todo parece haber sido una falsa alarma y otra vez se alegra con su risa.
     Él planea situaciones y eventos que puedan provocarle algún fugaz movimiento indecoroso, o que su mirada se desvíe sin querer hacia donde él está; que sus ojos le apunten esa mira telescópica impregnada en misterio y le disparen una de esas miradas mortales que toda persona de bien espera recibir un día desde un vértice del destino; una ráfaga asesina que lo derribe sin piedad, nada más que para volver a levantarse resurrecto y perseverar con sangre sudor y lágrimas en el intento de desembarcar en las casi desconocidas playas de su vida, que por lo que parece, por el momento sólo le proponen barricadas de resistencia y un combate con el uso indiscriminado de la artillería más pesada.
     Sus ojos, los de ella, lo ignoran, y los propios nunca llegan a rozarla. Pobre... Ha hecho de su vida un montaje continuo de situaciones que logren incluirla por un breve instante. Por ejemplo: a veces ha sido un automovilista que detiene amablemente su marcha en la esquina para que ella cruce la calle, mientras que él la mira embelesado. Otras veces se vistió de vendedor ambulante para ofrecerle una birome en algún colectivo, para escribir orgulloso su nombre en un papel como probando que la birome funciona pero, sobre todo, demostrándole, como quien no quiere la cosa, que lo sabe, que sabe su nombre y puede deletrearlo sin titubear mientras Dios y el diablo juegan al ping pong con su desangrado corazón -ella, afortunadamente, en su distracción nunca nota este detalle-. Incluso, a llegado a colarse como extra en el rodaje de una película con la esperanza de que ella casualmente lo viera una noche cualquiera y leyera en sus labios su nombre pronunciado mucho menos casualmente y en silencio...
      Y ahora esto: escribirle. Escribirle como si realmente le escribiera a amores imposibles. Escribirle poemas y cartas como un Cyrano venido a menos, como si verdaderamente muriera en cada una de ellas, relatando situaciones desesperantes que quizás pudieran significar gritos de angustia de un amante atribulado y fiel. Aunque en verdad, nada de eso es él. Porque él, al final de cuentas, es sólo un hombre de la calle, un tipo común que, como cualquiera alguna vez en su vida, cree haber encontrado una razón para jugársela, para jugarse la vida, para ganarla o para perderla. Así de simple, un pobre tipo que la desea y quiere protagonizar su película, la de ella; que no quiere ser extra en ninguna otra. Entonces, cada día arma decorados y prueba guiones y elige el vestuario más adecuado para cada escena; practica encuadres e imagina la iluminación más adecuada. Finalmente, cuando cree tener todo listo para gritar ¡acción!, vuelve por donde vino y se convierte otra vez en un espectador crédulo e ingenuo. Se sienta en el borde de alguna vereda y la espera, imaginando el momento en que aparezca en alguna de las esquinas.
     Debe ser por eso que siempre lleva caramelos en los bolsillos, por si alguna noche oscura ella finalmente aparece por el pasillo y decide parar preguntando por esa butaca desocupada a su lado y se sienta junto a él esperando por una vez, al menos por una vez, un final feliz. Aunque sea hasta que corran los créditos finales.

FIN

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...