martes, 27 de agosto de 2019

RETAZOS SECOS DE UNA HISTORIA DE AMOR IMPOSIBLE


     ¿Yo? Yo no soy nadie, mi querida. Yo soy pasto seco, aljibe vacío, verso perdido. Yo soy un ignorante y un ignorado, una nube sin cielo, el espeso lugar para las interpretaciones ajenas. Yo, amiga mía, no soy más que lo que se ve, un espacio sin nombre al final de la lista de los redimidos. Yo soy un imperdonable, un ave de rapiña, un predador depredado. Soy una especie extinta que jamás debió haber existido; un sombrero en la cabeza equivocada, un amante echado de la cama, un paria en el corazón de la mujer de la vida de otro. Yo, ya que preguntás, ni siquiera he sufrido la desgracia de haber nacido para, aunque sea, morir contento batiendo al enemigo.

     Pero mejor así, mejor el desengaño anticipado a las expectativas, mejor la completa conciencia de la imposibilidad de encontrar un oasis en el desierto o una forma humana en mis huesos. Mejor disfrutar de una muerte segura que atarse a falsas expectativas de vida, a amores imposibles que solo son el inútil intento de perdurar en un corazón cerrado por demolición. Mejor prescindir de lo imprescindible, dejarse tragar por la tierra y soltar las palabras camino al infierno y que la historia la cuente otro. No, no ha valido la pena ni nunca la valdrá. La pena nunca valdrá la pena. Mejor aceptar que lo peor todavía ni siquiera llegó. Mejor creer que puedo maniobrar entre mis propias palabras sin sentido antes que atarme a la desgracia de someterme a las ajenas. Mejor así.

     Sin embargo, es una pena darle el gusto a los chismosos, darle una importancia que no tienen, una supuesta sabiduría que no poseen. Es una verdadera pena restringir las palabras para remediar el escaso tino de quienes se ven imposibilitados de acertarle al centro de sus propias cuestiones y disparan opiniones impunemente. Una pena, diría yo, no aprovechar en este mismo momento la impermeabilidad de los sentimientos para dejarse llevar y caminar contentos bajo la lluvia sin temor a empaparse, a rescatar caracoles del asfalto y devolverlos al pasto. Una pena, che, una pena... De todas maneras, gracias.

     Pero, ¿por qué miedo? No, miedo no. Porque nunca busqué ser ni siquiera un recuerdo: ni una ausencia en la vida solitaria de nadie, ni la presencia incómoda en una foto ajena. Jamás me comprometí a saldar las deudas que va dejando el tiempo, ni a llenar los agujeros que dejan los corazones cuando estallan en mil pedazos. Solo intenté satisfacer mi egoísmo y mis vanidades sin invitar a nadie a montarse en esta locura de querer ser yo quien escriba en documentos apócrifos un pasado mentiroso de alguien que, a decir verdad, nunca existió. 

      Así que no me malinterpretes, no existe valentía alguna en todo esto. Lo único que hago es escaparme hacia la cobardía de los pusilánimes, de los vencedores tramposos que se cuelgan medallas de lata compradas en un bazar y se venden al mejor postor. Porque no puedo cargar ni siquiera con el peso de la derrota, porque el mundo condena a los vencidos despojándolos de toda virtud para enlistarlos en las filas de la vergüenza. Entonces, no queda otra opción que ser este impostor que arroja la piedra y esconde la mano, que abre la boca y maldice los amores y alaba los desengaños. Y jura con gloria morir.

     Esta es la búsqueda del silencio, de las voces acalladas por la muerte, del adiós al amor que ya no volverá, de la mirada del niño aquel que fui y que no pudo acompañarme. Es la búsqueda de los próceres desterrados, de los autores anónimos exiliados voluntariamente en los diarios íntimos de los narcisistas, de los amantes clandestinos enamorados de lo imposible. ¿Qué busco? Lo que nadie quiere: convertirme en una sombra y desaparecer de esta tormenta de frases hipócritas y falaces para correr sin que nadie me vea a abrazarme a tu olvido.

     Y si hasta el sol tiene sus puntos oscuros. Si hasta el cielo más celeste en algún momento se cubre de grises y nos permite disimular las lágrimas debajo de las gotas que transpiran las ausencias y las angustias. ¿Qué esperás de mí? Si ni siquiera logro arrodillarme ante Dios para suplicar misericordia, si ya he perdido las ganas de suplicar y solo creo en tomar aquello que la tierra me ofrece, que tus ojos me brindan, que mis propias oscuridades me ocultan. ¿Quién podrá mantener los sueños a flote cuando el mar arrase con la arrogancia y el narcisismo de creerse indispensable? No, indispensables son los locos que nos hacen creer que estamos cuerdos; indispensables son la música y los soles y las oscuridades y los amores que jamás volverán. Aparte de eso, indispensable no hay nada.

     Y qué bueno que seamos solo algunos los que nos hundamos en este naufragio silencioso en la mediocridad, que haya aunque sea unos pocos que puedan nadar entre los restos mal olientes de las desgracias y sobrevivan y alcancen con su talento las costas de alguna isla perdida donde entierren sus tesoros. Qué bueno será cuando un día la marea desentierre los cofres y salgan a la luz aquellas emociones retratadas en una foto o en una pintura, anotadas en papeles o en canciones: las angustias y los fracasos, las soledades y los amores, la distancia que a veces hiere el tiempo y las alegrías inexplicables que nos ilusionan con una muerte sin dolor. Que bueno, amiga, que no te des por vencida ni aún vencida, ni aún en la más pavorosa de las derrotas que nos aguarda paciente, que nos acecha oscura de un lado y, quién sabe tal vez, luminosa del otro. En serio, qué bueno...

     Y así, sobre los silencios y las penas, se ha envuelto una alegría pasajera que se irá mañana o pasado o en un rato nomás, cuando acabe esta canción y tus ojos se cierren una vez más en mi corazón que los guarda junto al recuerdo del aroma de tu cama emplazada en medio de los cien barrios porteños que bailan entre tus dolores y mi lejanía que no es tal, que es solo una parte de esta historia.

     Entonces, vas a tener que esperar; por las lágrimas y por el enojo, por la risa y por el cielo rosa que anuncia los vientos que despejan. Vas a tener que meter los pies en el barro y rescatar el alma que se pudre al calor de la desesperación y el olvido. Sí, vas a dejar todo: los amigos, el trabajo, los maravillosos soles y los tormentosos atardeceres. Vas a dejar tu vida y tu muerte. Vas a dejar tu lengua llena de palabras sin destino y vas a escribir los poemas más tremendos y vas a escuchar las más tremendas armonías. Pero tranquila, va a aparecer. Un día va a dejarte una carta por debajo de la puerta en medio de la noche o va a soltar una palabra en el cielo celeste para que la veas, una palabra que solo vos podrás entender. Una sola.

     A la vez también entiendo (después de mucho tiempo de deambular por el desconcierto) que todo no es todo aunque sea algo, que el resto también importa aunque solo sea el resto, que los dires y diretes del día a día también pesan en la balanza donde todavía sigue pesando el recuerdo de aquella noche en tus sueños. Entiendo también que por más que glorifiquemos los besos y las bocas, las noches y los sexos, las manos y el alma, de vez en cuando hay nubes y ventarrones y tormentas que pueden desatar lluvias desgraciadas de tristeza. 

     Y todo finalmente terminó en silencio, entre el canto de los pájaros que agradecían la tormenta y proclamaban el final del amor. Todo fue jugado sin guardar nada, sin pensar en el futuro ni en las consecuencias de algo que aún ni siquiera existía. Y como toda flor debería marchitarse en la tierra, todos los amores deberían poder encontrarse antes del fin, antes de que el corazón profeta decida morirse dejándonos todos los adioses atragantados en la piel.

RR


jueves, 22 de agosto de 2019

SEGUNDOS ANTES


Que cuando la muerte llegue me dé al menos unos segundos para mirarme al espejo por última vez. Sólo unos pocos segundos, unos granitos más de arena que caigan de regalo para poder mirarme a los ojos y brindar por quienes ya no volveré a ver nunca, para poder dejarles en la puerta del túnel a cada uno lo suyo:

un apretón de mano en silencio a la vida, sin reproches, ni rencores, ni llantos porque, al fin y al cabo, cada uno hizo lo que pudo;

un abrazo a esos amigos póstumos que deberán inventarse algunas historias si pretenden declarar que me conocieron, que saben quién fui, qué cobardías me acobardaron y qué extraños placeres me llevaron a la ruina de encontrarme ahí, al filo del olvido;

una última sonrisa para mis padres que ya deberán haberse ido antes que yo, antes de que hubiese sido posible romperles el corazón violando esa ley natural que dice que los padres deben irse antes que los hijos; porque si existe la vida después de la muerte, no queda mucho más que la muerte cuando los hijos se van antes que los padres;

un cariño imperecedero a los perros y los gatos que circundaron mis tristezas a la hora de las soledades desprevenidas; una última caricia de niño a sus miradas que dijeron todo lo que hizo falta en el momento justo;

y por último, un último párrafo, escrito como este desde las sombras, para los amores que me mantuvieron con vida mientras moría por ellos, que sostuvieron el vilo de la fortuna del encuentro hamacando mis alegrías en el columpio de sus intimidades; intimidades a las que pude acceder alguna vez aunque sea por un rato y que ahora recuerdo como esos días felices que me uno se lleva a cambio de saldar finalmente la deuda con la muerte inexorable.

Y quien sabe, tal vez mi muerte finalmente llegue ahora mismo o en unos segundos, apenas caigan estos últimos granos de arena que, ahora que lo pienso, no recuerdo haber visto antes de comenzar a escribir...

RR


martes, 6 de agosto de 2019

¿SERÁ POSIBLE?


     Usted no sabe de mí porque yo soy quien nunca ha sido y quien probablemente nunca sea. Yo soy ese que permanece hundido en temores, en arrepentimientos de último minuto, en miedos importados de sentimientos ajenos. Por eso usted no sabe de mí. Pero, créame, yo existo.
     Detrás del silencio de quien la añora y le escribe desde una distancia y un tiempo infinitos, estoy yo, abrumado por la soledad que me ha sido impuesta por un hombre que piensa que usted podría sentirse invadida, quizás también abrumada por saber de mi existencia. Pero yo existo. Y aunque sólo exista por usted, es justo y menester que le confiese que si no fuese usted, probablemente sería otra. Pero eso es harina de otro costal. De este costal son mi existencia y la suya, y son todas esas cosas que me gustaría hacerle saber, hacerle llegar, adjuntarle con un abrazo que arme a nuestro alrededor un corral donde liberar mis sueños acorralados, mis decires sometidos, mis cuentas irresueltas.
     Discúlpeme, tal vez esté siendo un tanto atolondrado al expresarme. Es que me ha sorprendido la negligencia de mi carcelero que se ha descuidado e inesperadamente me ha dejado librado a mi suerte -y claro, a la suya-. Por eso debo aprovechar este momento para contarle quien soy.
     Yo soy ese que vive en la oscuridad de este señor que la admira y la desea sin jamás solicitarle un favor o una gracia. Este buen hombre que anda ahora por ahí perdido por las calles, sin animarse a abandonar ese falso desconcierto para ir hasta su domicilio a golpear su puerta esta misma noche. Un hombre armado nada más que con el coraje ficticio que nace de la locura de creer que sólo sería un posible candidato a meterse en su cama por una distracción del destino. No lo juzgue mal, no es un pelele cobarde y deslucido, ni lo hace de mala fe. Es que él sostiene con vano orgullo la bandera del amor como un encuentro mágico y no como un tesoro que debe ser buscado con mapas apócrifos entre señales inexistentes. Es por eso que él nunca se animaría a presentarse intencionalmente un día cualquiera en alguna de esas encrucijadas que usted transita de vez en cuando. Nunca sería capaz de acercarse hasta sus surcos para caminar a su lado con la sola excusa de cobijarse del desconcierto general que provocan los años que pasan, las horas que se suceden y que van dejando recuerdos como hongos plagados en la memoria.
     Sí, así es, yo soy uno de esos hongos. Una mancha de humedad que se ha esparcido hasta los límites del decoro de este tipo que, déjeme que le diga, la quiere. Sí, la quiere. No es que sólo la desea y anhela llevar a buen término ese deseo para satisfacer su ego o los instintos que lo poseen cada vez que piensa en usted. No, él la quiere y suspira su deseo en silencio ocultándolo en su sombra hasta que el sol se pone y, entonces, aúlla su nombre en la oscuridad de la noche desprovisto de cualquier forma humana, para atravesar finalmente el duro proceso de transformación que lo convertirá nuevamente en un tipo común y corriente, sin una sola marca en su piel que permita sospechar del río de lava que corre por sus venas y lo consume cuando una mujer con esos rasgos suyos tan particulares se cruza en su camino.
     Porque su peor castigo consiste en la fantasía de ver en todas el talle de su cintura, el color de sus ojos, el plano que corre desde su frente hasta la punta de su nariz. Él cree percibir en todas las mujeres que caminan a lo lejos, su indiferencia y su despreocupada libertad. Esa libertad que usted expone en sus pasos, que seducen su mundo de probabilidades negadas y que logran, aunque sea por un momento, sacarlo de su escondite y lanzarlo a la conquista inútil de hojas y más hojas que de nada sirven, que sólo lo retrasan y le impiden acudir al remedio infalible del olvido. Un remedio que, por otra parte, terminaría definitivamente conmigo.
     ¿Me entiende ahora? ¿Entiende este apuro que me ha empujado esta vez a mí sobre esta hoja que ha caído no casualmente en sus manos? Porque, así como todo esto no es una casualidad -ya sé que usted no cree en ellas-, no es tampoco el destino, ni es un designio misterioso. Nada de eso. Todo esto no es ni más ni menos que el producto de mi intencionalidad declarada, de la mismísima realidad abriéndose paso entre los guardianes que custodian el muro que aquel pobre hombre jamás atravesará. Y si yo he llegado hasta usted es para que sepa que el tiempo se me acaba, que las muertes se suceden llevándose las horas que parecían interminables y que me mantuvieron escondido entre líneas, en esos espacios donde él esconde su nombre.
     Y usted quizás piense que él es un cobarde, que si verdaderamente la quisiera como dice quererla, no le importaría lanzarse a un naufragio seguro, ni nada le impediría nadar hasta la orilla de su isla desierta para internarse en su valle encantado. Y puede ser que usted tenga razón. Pero eso ya no me corresponde juzgarlo a mí. Porque yo no creo como él en el milagro del amor ni en los encuentros casuales. Ni siquiera creo en este mapa que traigo en mis manos y que yo mismo he dibujado con determinación y pretensiones verdaderas.
     Porque yo, querida, sospecho que usted tampoco es quien dice ser. Dígame, por favor, si es posible esto. ¿Es posible que usted sea también un personaje de una historia como la mía, un títere movido por los hilos de otra persona igual a este hombre de quien le he venido contando? ¿Es posible que, al igual que yo, haya estado usted esperando un momento de distracción para huir de ella? Por favor, déme una respuesta. ¿Es posible que haya soñado usted con el día en que yo llegase como he llegado ahora finalmente hasta su puerta para librarla de unas cadenas que la mantienen cautiva en un silencio que todos creen que es olvido? ¿Será posible que seamos nosotros los verdaderos escritores y ellos sólo los personajes de una historia mal contada?
     Vamos, aprovechemos, volemos al cielo que nos espera afuera de esta jaula hecha de papeles y palabras estériles, huyamos del fastidio de ser ellos y seamos de una vez por todas nosotros, tal vez no tengamos otra oportunidad.
     Tome mi mano, agárrese fuerte. Nos vamos para siempre.

RR


martes, 23 de julio de 2019

CUANDO LLEGUE EL DÍA


Mirá mis manos encalladas, cuarteada la piel, con sus líneas que ya no conducen sino a la muerte. 
Mirá mis uñas astilladas, mis nudillos sangrados. 
Mirá mi cara envejecida, arrugada y mugrienta. 
Mirá mis ojos achinados, ciegos, vacíos. 
Mirá mi pecho hundido y mis brazos entumecidos. 
Mirá mi sexo agotado, mis piernas flacas y mis rodillas trabadas, mis pies heridos y ya sin pasos. 
Mirame, mirame bien. 
Esto es todo lo que le dejo al mundo, esto es todo lo que tengo para alimentar la tierra: un cuerpo listo para pudrirse en el olvido de la gente, para alimentar las plantas y los gusanos, para consumirse en el fuego o para ser descuartizado por la ciencia o por los perros, da igual. 
Mirame y date cuenta de lo que el tiempo le hace a la carne y a los huesos, cómo corroe las esperanzas y los deseos, cómo apacigua las pasiones y las furias. 

Vamos, mirá todo lo que quieras mirar. 
Revolvé mis cajones y mis papeles. 
Arrimate a mi guitarra que siempre tiene algo que decir. 
Buscá entre los libros las notas de un pasado que esperaba un futuro. 
Escuchá mis discos con las rayas de las horas en mis canciones favoritas. 
Releé mis cartas entre líneas. 
Abrí los cuadernos que contienen borradores humedecidos y sin correcciones. 
Subite a mi viejo auto y manejalo a cualquier lugar para recuperar una de las formas que tenía mi felicidad a veces. 

Una vez que hayas hecho todo esto, habrá sido todo, querida. Porque no hay nada más que eso y todo aquello que nos hemos dicho, que nos hemos besado, que nos hemos derramado con las piernas entrelazadas y la mente en blanco.
No hay más nada que todo eso que nos dolió en el alma, que nos rompió el llanto, que nos dibujó una sonrisa y nos parió cada día. 
No hay más nada que lo que vivimos, lo otro fueron sólo planes, suposiciones, sospechas, presunciones, pronósticos, esperanzas, expectativas… Nada. 

Es necesario entender que no seremos nunca, más de lo que fuimos. 
No seremos un espíritu santo ni un mesías crucificado. 
No seremos ni almas en pena ni ángeles milagrosos. 
No seremos héroes ni mártires. 
Y para nosotros, sólo para nosotros, seremos nada más que un amor pretérito imperfecto conjugado de momentos buenos y malos, de triunfos y derrotas. 
Seremos nuestro mundo, combatido, luchado y conquistado en el barro. 
Seremos un reflejo más de un sol terco que vuelve a salir a pesar de la noche y la luna, de vos y de mí, de la vida y de la muerte. 
Así es, seremos todo eso que negamos hasta último momento, hasta el suspiro final. 

Y entonces, cuando todo eso también deje de ser, seremos finalmente el silencio que nace en este mismo instante. 

RR


martes, 16 de julio de 2019

ENTRE GALLOS Y MEDIANOCHE


     Adiós, me estoy yendo de este mundo. Así, de a poco, diciéndole hasta siempre a los amigos entrañables, dándole la mano a aquellos que intentaron sostenerme y a los que me empujaron disimuladamente. Así, contando estos últimos minutos que pasan y las últimas palabras que escribo para los besos denodados que guardo en un viejo frasco de mermelada y que dejaré a la salida en una alacena al cuidado de las sombras de los tiempos infinitos que pertenece a los amores verdaderos. Así, sin titubeos ni dudas ni nombres falsos, sin ir a la pesca con treinta y tres, sin intentar ocultarme por esta vez en las andanzas de un hombre valiente. Así, celebrando la dicha de haber vaciado el alma en los destinos inalcanzables de las mujeres que he visto partir de mi lado con rumbo a la lejanía, sosteniendo para ellas en mi lengua adioses innecesarios, guardando en renglones infinitos los adjetivos que salieron orgullosos hacia sus ojos y sus pechos que cobijaron mis noches de angustia, cada trazo de esta tinta enloquecida que nunca alcanzó para explicar lo que ni yo mismo podía entender. Y ya no busco entendimiento, no más, ni mío, ni vuestro, ni de nadie. Porque, al final, solo queda ir siempre recogiendo lo que hay en el camino, lo que sea, piedras o flores, lágrimas o risas. 
     Y llegaré a la muerte como llegan todos, entre gallos y medianoche, después de beber el último sorbo de vida. Moriré de frente a esa nada inexplicable. Llegaré a esos páramos y quizás alguien me reciba con un gesto de bienvenida, porque, al fin y al cabo, la muerte no discrimina y recibe a todos: ricos y pobres, felices y desgraciados, creyentes y ateos; incluso a tipos como yo que se han pasado la vida muriéndose de ganas, restringiendo los lugares de paso para no cruzar las miradas de los amores que se han alejado implacablemente, soportando el peso de la ausencia (la peor de las cruces, el peor de los destinos). Y en ese momento, seguramente la recordaré a ella como las recuerdo a todas y caeré en la trampa de creer que la quise más de la cuenta cuando, en realidad, solo se puede querer así, sin factores ni resultados, sin estadísticas ni análisis de riesgo. La habré querido como pude y ella habrá evitado sabiamente perecer en ese juego mortal que es el amor cuando se acaba, cuando el corazón se para en seco irrefutablemente y debemos recurrir al rencor y a la excusa, a anotarnos del lado de las víctimas de un fracaso que no es de nadie más que nuestro y, entonces, emprender un viaje hacia el silencio igual a este. 
     Así es, yo me senté a quererla en silencio, a luchar inútilmente cada minuto de cada hora de cada día contra la memoria venenosa que se fagocita el presente llevándonos a vivir entre los besos amortajados y fantasmales que nos persiguen por donde sea que tratamos de huir. Y fui un tonto al tratar de huir de ella, de perderla en las copas de vino, de abandonarla en los poemas a otras mujeres inexistentes. Fui un tonto al tratar de esconderme en los laberintos de palabras que armaba para olvidarla. Inútiles fueron las despedidas y los reclamos piadosos; inútiles fueron las vueltas que dí por los cajones y los armarios de otras mujeres buscando empaparme de un aroma que no fuera aquel suyo tan mío. Inútil fue todo. Porque cuanto más intentaba olvidarla más cerca la tenía, cuanto más buscaba perderla, más la encontraba, sonriente y hermosa como la había dejado. 
     Pero ahora ya está, es tiempo de abandonar los baúles pesados e inservibles del pasado y marchar hacia el único futuro común a todos. Si es que eso es posible, si no es que, en realidad, estamos siempre girando en círculo y nunca nos vamos a ninguna parte; si no es que siempre estamos viniendo hacia este último suspiro eterno que algunos llaman muerte y que se parece tanto a ese rayo que ilumina todas las oscuridades desgraciadas cuando unos ojos, como los de ella, rompen eléctricos las nubes grises de las soledades más tormentosas y despejan los días venideros transformándolos en celestiales. Tal vez, quién sabe. Para mí ya no importa, porque finalmente, un día como hoy, todo se acaba.

RR


martes, 18 de junio de 2019

LA NUBE


     En serio, conozco personas que jamás salen a la calle sin un paraguas en un día de lluvia. Ellos parecen reconocerse entre sí, se amuchan bajo los aleros y los balcones, como si intentaran resguardar sus paraguas del ocaso de la lluvia, de esas gotas que caen renuentes y premeditadas, que rebotan sobre el nylon y saltan sobre esos otros transeúntes que los miran como invocando piedad antes su carencia de resguardo, ante el desamparo de verse ahí, sin paraguas, sin alero, sin balcón que les evite empaparse mientras caminan hacia la parada del bondi o hacia un bar a encontrar consuelo después de que ese amor para toda la vida se revelara como lo que verdaderamente era: una promesa, una apuesta perdida de antemano, una exageración inconsulta y desproporcionada. Vamos, como lo que el amor es en realidad.
     A mí, en cambio, no me preocupan los paraguas, ni los aleros, ni los balcones. Porque yo salgo siempre con tu nube a cuestas. Donde sea que vaya tu nube va conmigo. Y sí, vos sabés bien que cuando hablo de tu nube enseguida se me da por escribir sobre tus gotas y tus gemidos y tus truenos y los rayos indómitos de tus ojos. Sobre tu apocalipsis de media tarde que me derriba y me manda derechito a la cama o a colgarme de una soga de versos que sólo riman con tu nombre, con cualquier sílaba que contenga alguna de las tuyas, con cualquier acento que caiga como una maza sobre tu recuerdo de amasijos hechos de cuerdas y tendones, y que me pone en ridículo ante todo el barrio que me escucha una vez más suplicarle un silencio imposible a mi guitarra. Porque eso es tu nube: una tormenta implacable e impiadosa que nunca va a oír mis súplicas, que va a hacer oídos sordos ante este interminable temporal que se agita sobre mi costa y mis aguas internacionales, sobre ese ínfimo espacio que ocupó tu vida en la mía pero que, sin embargo, fue capaz de fundar una república independiente y soberana de mis deseos. 
     Sí, tu nube, tu lluvia: mi tormento. Tu dictadura proletaria que ha conquistado mi poder y ha hecho suyos mis medios de producción condenándome a escribir siempre en tu nombre. En tu nombre y en el de tu nube que me llueve desaforada, que me somete a la dialéctica de una historia que no tiene fin, que nace y muere y vuelve a nacer y vuelve a morir y vuelve a nacer...
     Hay gente que no puede enfrentar la lluvia sin un paraguas. También existe gente que atraviesa cada tormenta bajo una lluvia torrencial resignándose a caminar fuera del alcance de los aleros y los balcones. Están también -¿por qué no colocarlos en esta nómina?- quienes caminan felices al amparo de un abrazo, contando cada gota como si fuese una bendición, como si cada una de ellas diera testimonio de vida, como si cada chapoteo de sus pies en los extensos charcos que se forman en las bocacalles fuese un alegato a favor del amor. Un amor por el que -es necesario aclarar- ellos mismos deciden saltar al vacío, sin necesidad de ninguna otra razón más que el agua que cae y los moja y los empapa y los empuja hacia la casa de alguno de ellos (otra vez ellos) a secarse los cuerpos para volverlos a humedecer sobre una cama con la boca y los ojos y las ganas de mantenerse para siempre así, húmedos, expectantes, alertas, tormentosos, fugaces.
     Ya vez lo que puede hacer tu nube perdida entre todas estas que ahora ocupan un cielo que parece que se va a caer sobre mí. Por eso nunca trato de escapar de ella, porque sé que es inútil e inconducente. Porque si hubiese podido huir de ella, lo hubiese hecho hace ya mucho tiempo atrás, cuando todavía sostenía la bandera del olvido posible como un cruzado; cuando murmuraba tu nombre mientras observaba la lluvia caer pensando "siempre que llovió, paró". Cuando todavía creía que, en alguna parte, existía un paraguas, un alero o un balcón capaces de protegerme de esta tormenta, de tus gotas amorosas cayendo, constantes y mortales, sobre mi mente atormentada.

RR


jueves, 13 de junio de 2019

STILL


maybe is time to you to know
because you must know how difficult still is to write about you
and you must know how even more difficult is not to write about you
write this kind of things that could never been even close to your space

and you also should know how much I miss you
how much I miss that space
that beautiful space that surround you while I miss you
while I'm here, out of any space
writing about you

you
who I still miss everytime that I write about anything
for you or for the other ones that I named after you
I remember one day I decided not to name you anymore
I started to call you just Darling
but it was unuseful 
and I finally lost my own memories fighting you
I couldn`t never lose you
I just lost my self

and now
with no memories in my pockets
I still remember you
your name
just yours
always yours
your space..

but don`t worry
I`m far, far away from you
I`m in a far away blues
in a far away crossroad`
where the lonely ones comes to find the devil
and die later with eyes closed
a poem
and a broken bleeding heart

and here is where I'll stay forever
or maybe not
who knows
maybe I`m just a poor guy who lost his mind
or maybe is just that I still in love with you
still
maybe
who knows...

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...