viernes, 25 de marzo de 2016

MEMORIA PARA UN SILENCIO


     Ya se sabe, la muerte deja huecos, deja espacios vacíos, deja fotografías de gente que ya no está, gente vestida con ropas de otros tiempos que seguramente fueron regaladas después de haber abierto los roperos y los baúles ceremoniosamente y con los ojos brotados de lágrimas. Así es, la muerte deja preguntas sin respuestas y respuestas sin destinatario; deja conflictos sin resolver y planes sin concretar; deja interrogantes sin develar y presunciones que jamás podrán ser cotejadas fehacientemente. Pero la muerte deja algo mucho más duradero, y quizás por eso, más trágico: la muerte deja silencio.

     El 30 de septiembre de 1976 estaba un niño probablemente dando vueltas alegremente por los pasillos o por las habitaciones o por el patio de la casa de Alberdi 67 situada en un pueblito del sudeste bonaerense. Una casa enorme donde ese niño pasaba buena parte de sus horas bajo techo. Esa casa era la fortaleza que albergaba algunos de los tesoros más preciados de esa infancia y, también, era el lugar que guardaba un silencio desconocido, un silencio que discurría por debajo de la música que permanentemente inundaba aquellos ambientes, un silencio que no era ese de la siesta, cuando había que jugar haciendo el menor ruido posible, aliviando los pasos al caminar por los techos de las casas contiguas mirando a ese Colegio Nacional extrañamente vacío; sacando algunos higos del árbol vecino cuando el verano sumaba el sopor al silencio.
     En esa casa había una fotografía en blanco y negro de un muchacho de barba que miraba hacia un costado. Nunca, mientras ese niño jugaba en aquella casa, se preguntó quién era él y por qué el silencio parecía mantenerlo apartado de sus risas y de sus juegos; los años se encargaron de responder finalmente esa pregunta. El muchacho de barba negra aguardaba ahí, bajo el vidrio de una cómoda, sin palabras atadas a su recuerdo. Él habitaba un silencio que volaba como un insecto venenoso alrededor de la inocencia de los prematuros años de ese niño y lo llenaba de curiosidad. La misma curiosidad que le provocaba una chapa de médico en la puerta con el nombre de alguien a quien no recordaba haber visto nunca en esa casa aunque tuviera su mismo apellido.
     Por esas cosas que tiene la vida, sus días en aquel paraíso de juegos y tesoros se redujeron sólo a los de verano. Luego de la finalización de las clases, viajaba en la primera fila de asientos del ómnibus Pampa hasta ese pueblo donde se levantaba aquella casa a la que no podía dejar de sentir como suya. Un pueblito desconocido para casi todos, pero en donde, como sucede en este tipo de pueblos pequeños, su nombre significaba algo más. Había en ese lugar mágico una historia que lo incluía, y ahí lo esperaban cada diciembre los techos, la higuera, la música... y ese silencio.
     Nunca nadie durante aquellos años le habló a ese niño del muchacho retratado en la fotografía bajo del vidrio de la cómoda. No obstante, había escuchado alguna vez al pasar un nombre que, justamente, coincidía con ese que estaba en la chapa de la puerta. A partir de ese momento, sin que nunca pudiese dar una explicación lógica y convincente, empezó a sentir cierta simpatía por aquel muchacho, un interés que iba -y de hecho fue- más allá de lo que uno esperaría por un desconocido.
     Como suele ocurrirnos a muchos, los años nos van alejando de aquellas cosas que en otros momentos creímos no sólo importantes, sino hasta indispensables. Así le pasó al joven que alguna vez fue aquel niño. Comenzó a frecuentar esa casa mucho más esporádicamente. Ahora vivía en una ciudad y tenía otras actividades, otros ámbitos sociales y hasta otros intereses. Lo único que no tenía era otro silencio. Ese silencio seguía siendo el mismo de siempre, el de su amigo de barba negra. Algo había en aquel rostro en blanco y negro que lo mantenía presente constantemente, algo que no podría yo explicar ahora sin entrar en un terreno metafísico -el cual prefiero mantener fuera de este relato-.
     Ya de más grande supo qué parentesco lo unía al personaje de la fotografía y qué había pasado con él. Sin embargo, el silencio permanecía tal vez más cerrado que nunca. Y cuanto más cerrado era ese silencio, más cerca se sentía de él, más se abrazaba a su destino, más creía que era su deber transformarlo en algo, en palabras que pudieran haber salido de su boca sellada bajo un vidrio sin posibilidad de sonreír, de mostrar sus dientes blancos, de dar a conocer su historia que era mucho más que la de una ausencia silenciosa. Una historia seguramente dolorosa, y quizás por eso omitida, que esperaba ser convertida en memoria del presente. Así las cosas, algunas circunstancias personales lo fueron llevando en dirección a su vida, a la del muchacho y a las de otras personas que lo habían conocido, que se habían sentado con él a una mesa, que habían escuchado algunas palabras de su boca, y que, al igual que él, buscaban restituir su voz. Escuchó sobre sus días y leyó sus palabras de su puño y letra. Y hasta supo de su muerte. Con cada nuevo detalle, su rostro y su cuerpo entero salían de ese mundo bidimensional y se iban llenando de sangre caliente y de piel oscura, de pelo rizado y mirada misteriosa, de ideas y de anhelos que, no importa cuán duro sea el golpe, parecen siempre sobrevivir.

     Hoy ese pasado finalmente es presente. Esa fotografía ha salido de abajo de aquel vidrio y sonríe gustosa en la vida de quien es ya un hombre. Y aquella chapa de la puerta de la casa tiene ahora un lugar en su biblioteca y vibra con la música que ahora le toca esparcir por los ambientes a él, después de haberse colado en sus huesos durante tantas horas acompañado de aquel silencio. Hoy aquel niño tiene una amistad entrañable con el muchacho de barba negra y parece haber encontrado una parte de lo que fue y de lo que es. Una parte que probablemente el muchacho de la foto nunca hubiese imaginado. De a poco ese niño sobreviviente se ha ido haciendo cargo de aquel silencio, buscando entre idas y vueltas un sonido para darle una voz. Y ese silencio ya no le provoca en este hombre lo que le provocaba al niño, ya no tiene aquella curiosidad mezclada con temor a lo desconocido, ya no siente la necesidad de corresponderlo con otro silencio respetuoso y trágico. Ya no.
     Desde hace unos años, el niño y el hombre han decidido satisfacer juntos aquella necesidad postergada de recomponer una de las fichas más importantes del rompecabezas de una infancia de pueblo. Agregar a la mesa una silla que había sido retirada dejando un espacio vacío y silencioso. Los dos saben que quienes quedan son quienes deben tomar la posta de los silencios guardados, son quienes les deben el sonido de sus voces perdidas, son quienes tienen que darles un lugar en sus mesas, una copa en sus brindis, un abrazo en sus alegrías. Ese niño hoy adulto ya no necesita regresar a aquella casa, ya no le hace falta sentir aquel viento tibio atravesando la galería que corría de una punta a la otra. Porque nunca más pudo separarse de aquel silencio que se cortaba sólo de vez en cuando con el sonido de unos pasos con suela de goma chirriando contra el piso, dirigiéndose todos los días hacia un tocadisco para adornar los rincones de una infancia con increíbles melodías. Inolvidables acordes que, junto al silencio del muchacho de barba, supieron entretejerse en sus genes para ser quien hoy es.

     Sí, mi nombre es el de aquel niño, sobrino de Jorge Orlando Repetur, secuestrado en la ciudad de La Plata, Argentina, por fuerzas del terrorismo de estado, el 30 de septiembre de 1976, junto a su mujer Gabriela Carriquiriborde, embarazada de seis meses; vistos con vida por última vez en febrero de 1977 en el centro clandestino de detención “Pozo de Banfield”.
     Sus silencios todavía viven en la identidad secuestrada y oculta de su hijo o hija a quien yo y otros buscamos y esperamos abrazar un día. Sus palabras viven y vivirán en la memoria de todos los que perseguimos verdad y justicia.

     Por ellos, por nosotros, por todos: NUNCA MÁS.

RR


martes, 22 de marzo de 2016

¿POR QUÉ?


       Porque las hojas secas tienen ese berretín de creerse todavía bellas mientras se arrojan desde las ramas de unos árboles que se desnudan sin pudor para beneplácito de los poetas. Y estoy seguro de que son ellas las que se arrojan, son ellas las que saltan solas al vacío de un final irremediable, al fondo de la tierra hambrienta, aun con los resabios del verano en la memoria.

      Porque ya se nota por las noches el rocío que arría el aire en la oscuridad para depositarlo sobre los techos de las habitaciones donde duermen y se cobijan hombres y mujeres, justos y traidores. Y las hojas saben más de la cuenta. Saben que también entre ellos el amor ocupa de vez en cuando sus horas perdidas, sus sueños rotos de postergaciones inoportunas o simples cobardías. Las hojas saben en carne propia que nada se pierde, que todo se transforma, que de su descomposición se compondrán las flores y los cardos. Y las hojas conocen el origen de esos pasos sigilosos que se escuchan por las noches en los porches de las casas vecinas. Son los pasos de los amantes buscando un buzón, el de ella, el de él. Por eso las hojas acompañan por las calles y las veredas los pies de los penitentes arrepentidos buscando perdones, los de los que declaran voluntariamente su locura, los de los que han apostado sus horas al único número existente para ellos en el paño.

      Porque de esta nueva oblicuidad del sol nacen otra vez esperanzas absurdas, y se escriben profecías, y se cantan melodías de arrabales lejanos, de adioses hace tiempo y besos bienvenidos. Y con esta nueva luz que atraviesa el prisma de unos ojos sin tiempo, quienes ya no buscan, encuentran; quienes ya no ven, creen; quienes no lograban levantarse, finalmente andan.

      Porque entre el frío de aquel invierno precedente a nuestra primavera y este nuevo otoño que comienza, hubo entre nosotros un verano porteño que terminó siendo un oblivion cruel pero necesario, un saludo desabrido, gris y opaco, como una especie de antonimia de tus ojos de cielo despejado, claros y brillantes, que despidieron desde el filo del deseo a un advenedizo, a un corsario sin corso, a un fugitivo que finalmente terminó ocupando ilegalmente tu silencio con palabras sueltas, con frases sin gracia y, sobre todas las cosas, sin aquella humedad tan tuya y tan necesaria para que brotaran dichosas bajo el cálido refugio de tu ropa interior.

      Porque también de mi lado de esta hoja que ha caído premeditadamente en tus manos ha llegado el tiempo de acatar los fines y desechar los medios, de acabar con aquella estúpida euforia primaveral que logró que una cacatúa como yo se creyera con la pinta de Carlos Gardel; que una María como vos fuera la más mía, la lejana, la que en este limbo incongruente que ahora armo y desarmo cada noche sobre los márgenes de tu recuerdo, aguardara de un lado de mi cama. Y es que de ese lado de la cama y en este lado de la hoja aun se huelen de a ratos tus dolores, aun se siente a veces el sabor de tu voz ronca, aun se escucha de vez en cuando ese sonido perturbador que proviene de los amores que se han ido. Ese sonido escalofriante que se parece tanto al silencio de los muertos.

RR


Foto: Pablo Silicz

miércoles, 2 de marzo de 2016

MI SOSTENIDO (fa)


     Sostuve, y aun sostengo, que sólo de estos hilos invisibles se sostiene mi noche columpiando hasta el amanecer, yendo y viniendo por tus aires, apareciendo y desapareciendo de tu ventana cerrada que así mantiene mis peripecias amorosas a salvo del mundo de los vivos.
      Y también sostengo incólume mi defensa de estas estrellas que intento colgar en tu espacio. Un espacio sin sostén ni justificaciones desde donde pende sobre mi pellejo un punto final, un martillo listo para ser lanzado sobre los dedos de mis manos que un día escribirán finalmente para vos un adiós sangrante a pedido de quien ya no desea sangrar más.
      Pero así como sostengo con estúpido orgullo lo insostenible, me avergüenzo de vez en cuando de mi cobardía. No de esa que no me ha permitido enviarte ni una sola palabra, sino de aquella que te abre impunemente cada día la puerta de un paraíso perdido, de un reino abandonado, fosilizado, petrificado; un altar donde aun sigo sacrificando víctimas en tu nombre. Víctimas que se parecen bastante a quien ya no quisiera ser y que aparecen replicadas en el espejo cada vez que me animo y me arrimo a su reflejo para que desmienta que he muerto.
      Lo sé, aquella tarde debí haber tratado de sostener mis palabras para dejar de alimentar el fuego; debí haber detenido aquel viento, amainado el desaforo y la fantasía que brotó como un geiser cuando desnudaste en un sólo movimiento tu pálida piel y tu furiosa mirada. Quién sabe, tal vez hoy tendría algo tuyo para exhibir entre mis tesoros perdidos; algo más que no fuera sólo este manojo de cenizas junto a un retrato 
de tus ojos humeando indiferencia copiado a último momento.
     Sin embargo, y a pesar de tantos pesares sin verdadero sustento, aun sostengo esta necedad de aferrarme a un falso amanecer que, a decir verdad, es puro ocaso; nada más que para evitar la búsqueda de ridículas excusas que quizás pudieran redimirme y hacer de lo inevitable la razón de mi derrota.
      Entonces, y sin necesidad de pretextos ni coartadas, me hundo cada noche en una sopa de letras, salto al medio de esta arena movediza para mantener en vilo el resultado final de un insignificante puñado de significados. Levanto mi lanza contra la tropilla de recuerdos y la mantengo a raya desde una empalizada en el medio de esta Pampa húmeda y desierta; en ese territorio de malones y flechas que te mantienen a vos cautiva esperando a que yo abandone de una vez por todas el vicio de escribirte y huya hacia la frontera a vivir una vida de hombre de a pie, sin tus crines y tus manchas y sin el galope de tu lengua insultando a tu amor por haberme enamorado; sin el gusto doloroso de tus pezones apuntando a un olvido que siempre me ha jugado en contra. Y, fundamentalmente, sin el sonido del hilo de tu respiración a punto de cortarse sosteniendo este destino horroroso de ser un paria en tu memoria.

RR



miércoles, 17 de febrero de 2016

DERECHOS RESERVADOS


      Y al final, ella tiene razón: soy un tonto.
      Porque de tanto pretender que la quería, me perdí en este juego de realidades inventadas, de tormentas sobre techos de chapa a la hora de la siesta, de subrepticios apagones de un olvido criminal que me ponía permanentemente contra las cuerdas sin poder levantar los brazos para defenderme. Me perdí y ahora ya no sé cómo volver -si es que eso es posible, yo creo que ya no-. Entonces, no me queda más que permanecer al borde de este abismo adonde vine a creer insolentemente en la posibilidad de ser merecedor del destino heroico de los que aman, montado como un polizón al coraje de unos personajes sin sustento real para atravesar los bosques infernales de la locura y cumplir con aquello que nunca debe prometerse, con aquello que debe callarse si es que no se ha guardado uno, aunque sea secretamente, un poco de cordura detrás de la amenazas literarias de ir a buscarla a cualquier precio. Pues bien, este es el precio.
      No le mentí a ella, me mentí a mí mismo. Porque, a decir verdad, nunca me animé a buscarla. Porque evidentemente no creí, como sí creen los verdaderos héroes, en mi propia determinación mucho más que en la inevitabilidad de un destino misterioso. No fui capaz de cumplir por ella ni una sola de todas las palabras que escribí a su amparo, a cualquier hora, en cualquier rincón oscuro donde me mordía sin piedad su recuerdo. No fui ninguno de esos valientes y abnegados quijotes, ni siquiera un villano despreciable con la digna crueldad de creerse el único e irrevocable merecedor del aroma de su celo.
      Nada de eso. Sólo fui un escritor más del montón de escritores que caminaban esta tierra, detenido, pensando en nuevas combinaciones para ahuyentar los significados verdaderos, porque -creía yo acobardado- si les permitía revelarse, me llevarían indefectiblemente al peor de los infiernos. Vamos, fui un pobre idiota soñando con volar gratuitamente por el cielo de unos ojos pintados con un último pedacito de un lápiz celeste encontrado de casualidad a la vera de los años y los dolores, de los silencios que dejan los pájaros que emigran buscando nuevas playas y nuevos soles.
      No, no es culpa de ella, es culpa mía. Porque no la esperé, ni la seguí, ni la quise hasta el último de esos días que relataba para otros, que creaba con los destellos del subconsciente acechado por los sueños al comenzar la noche (igual que acecha la memoria a los arrepentidos sin perdón que no llegan a merecer ni esa pizca de misericordia capaz de provocarles una lágrima). Lo admito, fui un deslucido farsante. Nunca acepté el desafío de ser protagonista y escribir sin eufemismos su remitente y pedirle un beso y rogarle por mi vida o, aunque más no sea, insinuarle en su mejilla un poema en su nombre. Decidí que lo mejor era negar sus horas y su cuerpo todavía latiendo tibio en mis brazos; negar todo desde las penumbras que se crea en la vaguedad de los significados poéticos, desde el ocaso definitivo de una luz que yo mismo sentencié a la eterna oscuridad. Me fui por ahí cantando y bailando una felicidad hecha a la medida de mis escasas posibilidades, componiendo un bricolage con recortes de fotos adulteradas para intentar corregir mis propios errores. Pedacitos de fantasías narcisistas pegados con plasticola mezclada con alcohol; oraciones rescatadas del fondo de botellas que no sirven más que para salvar por un rato a los más desdichados seres de este mundo: los enamorados de su propia condición de enamorados.
      Eso es todo, ya es tarde. Porque llegué hasta el ridículo punto de abrazarme a otra mujer que aguardaba en mi cama con sus formas y sus modos y que intencionalmente escribí para cubrir aquel pasado contaminado de su cálida desnudez. Una buena mujer a la que, sin proponérmelo, terminé confesándole como nunca lo hice con ella mis miedos y mis pecados, quizás tratando así de saldar una deuda pretérita y vencida. Una mujer que, a pesar del insomnio inexpugnable que aun me aqueja cada noche en hojas como esta, no ha conseguido ocupar el espacio infinito en donde brilla una especie de estrella agonizante que, al parecer, jamás terminará de apagarse. Una mujer a la que, a pesar de todo, no he podido asirme amorosamente nunca.
      Ni siquiera ahora, en esta última chance que me queda de huir de aquí para salvarme de vivir por siempre en este lugar ficticio donde habito prisionero de mis propias debilidades. Es que ya no soy el escritor de esta obra y me he convertido en un personaje más. Soy el hombre perdido en sus propios derechos de autor que, como tal, puede declarar sin compromisos su amor a cualquier mujer que le plazca, pero que, sin embargo, es incapaz de confesar el más trágico de sus dolores, el más irremediable de sus defectos: estar perdidamente enamorado de un fantasma creado de su puño y letra.

RR

viernes, 5 de febrero de 2016

PALABRAS SILENCIOSAS


     Tal vez ella pertenecía a ese lugar, no a este. No a este breve espacio desierto donde sólo crecen palabras rebeldes al amparo de viejas canciones, donde cada noche se brinda con la muerte por la vida. Y probablemente cada vez que se la nombre por estos lares será para falsear un olvido prematuro que no es otra cosa que el último reflejo de su mirada apagándose en el recuerdo infinito del ocaso, una subdivisión perpetua de la memoria que siempre logra hacerle un lugarcito al sonido de su voz, a la ternura de su sueño, a la curvatura del contorno de su espalda desnuda que ha quedado estampada como una pintura rupestre en la oscura caverna donde se guardan inexplicablemente los dolores presentes nacidos de las esperanzas vanas del pasado.
      Entonces, ella está quizás donde quiere y en este momento haya que abrazarla a la distancia y seguir bailando en su ausencia, dedicándole esa última pieza que suena bajito cuando ya no va quedando nadie y los acordes se vuelven pequeños y suaves. Mientras las palabras miran silenciosas desde la ventana un poco borrachas, un poco tristes, pero con una leve sonrisa que no es otra cosa que una falsa cicatriz para lo que no tiene cura. Ella debe estar ahí, en su lugar secreto, abierto nada más que para los osados valientes que se animen a cruzar el bosque encantado que ella misma ha sabido plantar tratando de evitar visitas no deseadas y para perder tanto a los oportunistas de deseo como a los verdaderos enamorados de su otoño.
      Y si es una pena, ¿quién lo sabe? ¿Quién puede aseverar que las cosas, tal como son, no deben ser? ¿Quién podría ser capaz de juzgarla y condenarla por ser una ninfa, por haberse transformado sin su consentimiento en un personaje de leyenda en tiempos en donde todo debe ser real, duradero sólo hasta el final de la noche cuando el sol vuelve a salir y la gente parece huir del amor? ¿Qué culpa tiene ella de que su recuerdo sea utilizado con estos fines egoístas para combatir sombras y demonios, para despejar las lágrimas buscando su estrella en el cielo, para seguir mirando hacia adelante con cierto coraje u arrojo o inconsciencia, mientras los vivos se mueren a nuestras espaldas y los muertos nos esperan al frente?
      No, no seré yo quien le apunte con un dedo acusador y le reclame nada, quien haga de su imagen el retrato de mis desgracias o la excusa de mis cobardías; quien la haga responsable por no jugarse el pellejo por un fantasma, por algo que nadie sabe a ciencia cierta si verdaderamente existe. No, de ninguna manera. Yo seguiré haciendo lo que he hecho hasta ahora: así, escapándole a la noche, seguiré queriéndola con palabras silenciosas.

RR


 Foto: Sabrina Chachi Cerello

sábado, 30 de enero de 2016

PECES


     Hasta ese momento el tiempo era nada más que tiempo, segundos, minutos y horas de días con nombres pero sin apellido. Pero cuando nos despedimos aquella tarde de primavera, rompí el protocolo y la besé. La besé intencionalmente y con alevosía y con eso le confesé que la quería, que ya no podría dejarla ir como lo hacía antes. Y le escribí en las fronteras doloridas de sus labios que a partir de ese momento, apenas ella cruzara la puerta de mis fantasías, yo tendría que apelar a las más desleales artimañas para aplacar mi ansiedad de correr detrás de ella con la vehemencia de los imbéciles, disculpándome con los amores pasados por no tener más que un beso para declarar a su favor. 
      Cuando la besé, después de haberme alimentado de su cuerpo durante toda la noche, comprendí que ya no podría escaparme de ella: que de su boca haría brotar como peces palabras impunes para intentar nadar de vuelta hasta su orilla; que su vida sería mi vida y que ya no saldría con vida de la suya; que por más que lo intentara, ya no habría lugar en mi pluma para medias tintas, ni números ganadores para llenar otros cartones; que preferiría renunciar ciegamente a las dudas de los timoratos y a las seguridades de los apocalípticos con tal de abrazarme a su presente desconocido.
      Eso fue todo lo que hizo falta, besarla. Porque cuando la besé y la vi alejarse, sólo pude quedarme detenido en su tiempo viendo mi alma yéndose con ella. Para siempre.

RR


miércoles, 20 de enero de 2016

DESENLACE OMITIDO DE LA EPOPEYA DE UN HIDALGO CABALLERO


     Extrañamente, el relato de la epopeya finaliza inesperadamente. Sin embargo, algo más sucedió aquel día, algo que fue omitido deliberadamente por alguna razón desconocida o, quizás, peligrosa. El hombre se levantó sonriente de su silla frente al auditorio y dijo:

     -Buenas tardes. Me habían pedido que escribiera un pequeño texto de cierre para este seminario que está tocando su fin en el día de hoy. Cuando fui convocado por algunos de los más ilustres miembros de esta clase, por un lado me sentí inmensamente honrado y halagado, y por otro, sufrí una especie de pánico escénico pues no tenía la más mínima idea de lo que podría aportar a quienes asistieran a él. ¿Qué podría saber yo tan certeramente como para proponerlo como axioma, como lema, como guía a seguir? Pues bien: nada.
      No se sabe nada nunca, amigos míos, ni siquiera cuando se está completamente seguro de que no se sabe nada. Menos aun, cuando se cree que sí se sabe, cuando de un clavo en la pared cuelga un diploma escrito con una letra muy bonita que acredita que uno ha adquirido algunos conocimientos específicos sobre alguna materia particular, que ha cursado ciertos estudios que lo autorizan a llevar adelante ciertas prácticas válidas para un conjunto de personas que, por esos tácitos acuerdos sociales, han decidido creer en uno.
      Pues bien, ni yo, ni ellos, ni ustedes, sabemos nada. Y la prueba contundente de esta afirmación (que también debería ser puesta en duda) es que estemos perdiendo nuestro tiempo aquí, sentados en este salón, ustedes silenciosos y expectantes, y yo, impaciente por largarme de aquí.
      Porque yo no debería estar aquí y ustedes tampoco. Yo no debería estar hablando de estrategias amorosas, de estilos literarios, de consuelos inútiles. Yo no debería detenerlos frente a mí contándoles que la búsqueda de conclusiones o enseñanzas en algunas experiencias es una pérdida de tiempo, de un tiempo valioso que jamás volverá. Si ustedes tuvieran las agallas que yo no he tenido se levantarían inmediatamente de sus asientos y huirían despavoridos de este lugar, tomarían ese camino difícil y complicado que es el del único saber posible, aquel que nos permite admitir que lo único que de veras sirve es saber quién es ella, quién es él.
      Entonces, amigos, váyanse ahora, no pierdan un minuto más de sus vidas en este juego de cartas escondidas. Váyanse, salgan a la calle, recojan una flor de un jardín vecino y liberen todas sus angustias, exorcicen todas sus tristezas, tráguense todas esas lágrimas de pobres de ustedes y conviértanlas en una canción cantada a viva voz, en un poema nuevo que despierte a Becquer o a Byron. No se detengan en estilos o en normas. No hagan caso de esos charlatanes de academias que carecen del valor necesario para asumir su total ignorancia acerca del dolor verdadero, el de las almas vacías, el de los corazones rotos, el de las mentes desarmadas de tanto pensar en quien ya no espera, en quien ya ha esperado suficiente o en quien nunca esperará más nada.
      Vamos, esa es la batalla que estamos peleando en esta vida, esa es la medalla invisible que ganaremos, los honores que mereceremos, el epitafio que escribiremos. No hace falta pensar y analizar causas y consecuencias. La única causa es ella, es él. La única consecuencia es la muerte. Entre esa causa y esa consecuencia estamos todos, ustedes y yo y todas las infinitas posibilidades. Alguna vez deberemos aceptar aquello de que nadie sale vivo de la vida. Como tampoco nadie sale vivo del amor. Y jamás el amor será vencido por el olvido.
      Entonces, amigos y amigas, demos por finalizado este encuentro de ignorantes ahora mismo. Terminemos de una vez por todas con esta farsa discursiva, con esta charlatanería filosófica que se nos lleva de a uno los suspiros que nacen de la fantasía. Dejemos de buscar los hilos y aceptemos nuestro destino de marionetas del amor. Evitemos la tentación de revisar el fondo de la galera, el tabique que divide la magia del truco. Aceptemos que de nada sirve perseguir la inmortalidad, que lo que debemos es perseguir la muerte, que los molinos de viento son la vida, que la vida sólo dura un instante y que en este instante hay alguien que está perdiendo la vida desgraciadamente sin haber sentido nunca unas aspas a punto de cortarle el cuello, sin llegar a comprobar que, al fin y al cabo, si así sucediera, habría valido la pena. Aunque más no sea por terminar sus días habiendo dejado algo más que una bolsa de huesos que ya nadie recordará al día siguiente. Entonces, ¡váyanse! Mañana no existe. Pero aun existe la flor en ese jardín, aun existe un alma vacía, un corazón roto y los molinos de viento.
      Me pidieron que escribiera algo para ustedes sobre el amor y el olvido. No lo voy a hacer. Háganlo ustedes mismos. Si no son capaces de hacerlo, es porque no se han acercado lo suficiente a esas aspas.

     Pero la verdad es que este hombre sencillo y casi desconocido, sin ninguna seña particular que pudiera hacer sospechar en él un carácter extraordinario o un destino heroico, volvió a su casa y tomó una decisión postergada por años. Decidió partir así como estaba, ignorante e ignorado.  Todavía con el pulso acelerado, ensilló su viejo auto, acomodó su peto y su espaldar y se fue tras las huellas de los pasos de una mujer. Una mujer de esas que perturban la mente, que riegan los jardines del alma, que alimentan los deseos del sexo y del espíritu. Se fue siguiendo el sendero perfumado con el olor de aquel cuerpo tibio que había aromado alguna vez sus noches. Se fue solo, sin Sancho y sin lanza. Solo, con las horas vencidas hechas de vigilas y sueños en su nombre, junto a las restantes que aun permanecían cargadas de acertijos y dudas y que, de tanto analizar posibilidades y contingencias, lo habían arrastrado hasta la tierra fantasmal de los recuerdos de quien ya no era ni sería nunca.
      Así, este hidalgo caballero con todo por ganar y nada que perder, llegó finalmente hasta la colina oculta del olvido, adonde ella había edificado el molino que trituraba sus horas y sus esperanzas de olvidar aquello que nunca se olvida. Y una vez ahí, con el coraje y la falta de cordura necesaria para estos casos, se guardó por un momento de las dudas y se aprestó a la más desafiante de las batallas: a conquistar nuevamente su corazón o, al menos, dejar la vida entre el filo de sus aspas.

     Al parecer, y aunque jamás fue publicado, este habría sido el desenlace escrito originalmente. Vaya uno a saber por qué fue omitido -aunque tengo algunas sospechas sobre este punto que dejaré para otra ocasión-. Nadie supo qué sucedió finalmente con él, si es que logró su cometido amoroso o sucumbió en el intento. Supongo que no es eso lo que nos debería preocupar luego de conocer este final silenciado. En mi caso, me queda la sensación de que es posible que, en definitiva, y sea lo que sea que haya sucedido, el hidalgo caballero cumplió su misión. Pues nunca más volvió.

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...