viernes, 17 de junio de 2016

UN NUEVO PLAN PARA CONQUISTAR EL MUNDO


    A no confundirse, lo que parece que fuera, no es. Es decir, acá nada es como parece ser. Ni siquiera es como era. Acá todo es como será, como ella quizás un día quiera que sea, como ella lo prefiera o lo decida o, hasta incluso, lo solicite. Porque si por cualquier razón ella un día me lo pide, todo será tal cual lo pida. Al fin y al cabo, a mí me da lo mismo de una manera o de otra: tomarla de la mano disimuladamente o abrazarla de la cintura cuando la oscuridad me dé una señal; acurrucarme en un costado de su cama cuando el viento anuncia que la noche se pondrá un poco fresca para que exista una separación intolerable de diez centímetros entre su piel de gallina y mi pluma, entre el ocaso de sus piernas y mis ganas de hacerla amanecer en mi horizonte.
     Sin embargo y a decir verdad, llegado el momento, confesárselo no será para mí tan diferente a lo que es ahora. Probablemente lo haga en medio de una simple charla sobre bueyes perdidos, con palabras camufladas entre frases grandilocuentes sobre aquellos problemas verdaderamente serios de este mundo -y que nada tienen que ver con esa penosa situación que me tendrá derritiéndome ahí mismo frente a ella como un cubito de hielo al sol-, mientras ella bebe su café y esconde las cartas y cuenta sus porotos que son (y naturalmente serán) siempre más que los míos.
     Pero hay algo que ella debería saber desde ahora: cuando llegue el momento, será su decisión. Y una vez que la haya tomado no podrá hacer más nada con respecto a mí. Porque a partir de ese instante ya no hablará con aquel tipo enamorado que se fue convirtiendo rápidamente en agua debajo de su sol radiante asomando en cada uno de los movimientos de sus labios. Aquel pobre infeliz que durante la noche la miraba sin escuchar una palabra de lo que decía sobre cosas que no podía entender. Y no sé si es que no entendía o no quería entender. Eso no viene al caso tampoco. Lo que importa es que aquel que no pudo ser ya no es. Entonces, desde el momento en que ella apriete el gatillo deberá vérselas conmigo.
     Es necesario reconocer y advertirle que ya nada podrá volver a ser lo que era, porque, como dije antes, acá nada es verdaderamente lo que es, todo es lo que será: sus párpados batiendo las alas de sus ojos que mirarán quién sabe qué cosa; su nariz guardando en su interior aquellos aromas que podrían obstaculizar un día su olvido; su cuello pequeño albergando los latidos de su yugular, que será una tentación indisimulable para un vampiro como yo capaz de haberla esperado eternamente.
     Y prosiguiendo con este asunto que tanto le concierne, no habrá para mí más que sus pechos y su respiración y su vientre y ese insoportable deseo de saltar a sus interiores por el delta torrentoso que confluye en esa laguna mansa y secreta que siempre consideré un espacio no apto para cobardes, para tipos que no sean capaces de aceptar -como he aceptado yo a esta altura- arruinar su propia vida en pos de ser eso que no es pero que quizás un día sea. Eso que probablemente sólo pueda ser si es que, por uno de esos designios del destino, una tarde de domingo ella comprende que, a veces para que algo sea, no hace falta más que creer en que todo puede ser. Cuando la hora fatal de la tarde llegue y ella caiga en la cuenta de que hay quienes para enamorarse no necesitan mucho más que una noche y un pedacito de vereda para arrojarse voluntariamente a una perdición claramente señalizada, a un barranco oscuro y profundo que, si fuese por los consejos y las recomendaciones de algunos, debería ser evitado para poder continuar una vida en donde la oscuridad fuera nada más que una ausencia ocasional de energía eléctrica y en donde las veredas no sean más que un simple trazado de baldosas donde uno analiza la vida mientras camina hacia ningún lado, pensando en todo lo que se puede dejar de hacer con tal de no hacer nada.
     Pues bien, allá ellos. Algunos no aceptamos ese retiro voluntario, no nos hace falta renunciar al pasado, ni siquiera exigimos ser hoy, nos alcanza con ser alguna vez y dedicarnos mientras tanto a escribir los pormenores de supuestos fracasos para mantenernos con vida hasta ese día. Relatar horrorosos sufrimientos por una pena de muerte auto impuesta, por la decisión de luchar contra molinos de viento persiguiendo por siempre la victoria. A veces pienso en qué hubiera sido de mí si  hubiese seguido aquellas señales, si hubiese acatado sus órdenes. Algo es seguro, esto que no es y que sólo será, sería sólo un depósito de palabras sin significado, unos insípidos sonidos arrumbados entre tantas otras cosas inútiles que hay bajo este lar. Palabras sin otro aspecto más que el que les podría dar la vibración del aire; sin esos ecos de su nombre tiritándome en la boca; con acentos sin carácter y adjetivos grises sin el reflejo de su aura; lastimosos verbos inmóviles esperando sin fe tiempos mejores.
     Sí, seguramente todo sería de otra manera si no hubiese sido como fue. Si quien apareció aquella noche por debajo del pantalón negro y la campera marrón no hubiese sido ella arriando con el sonido de su voz una dignidad irresistible, contando un cuento que, apenas la vi, decidí creerlo ciegamente como hacen esos que creen en Dios sin haberlo visto nunca, sin haber sido bendecidos aunque más no sea con una mísera señal inverosímil. Vamos, como hacen los amantes rendidos que deciden perder la cabeza por algo más que un noble potrillo.
     Por lo tanto, ha llegado el momento de confesar de una vez por todas la verdad: en estos páramos oscuros ni ella es, ni yo soy, ni esto es. Nada de lo que se muestra en estas hojas es una realidad. Nada. Ninguno de los protagonistas presentes entre estos deslucidos márgenes carentes de estilo es otra cosa más que una ausencia injustificada y desleal vestida con las ropas de otro que tal vez un día sea. Y así también, lo que de su boca pueda salir son sólo pequeños trozos de esperanzas amargadas justo al final de cada carta en función de una moraleja desconocida con ínfulas de misterio. La realidad es que de este lado del tiempo no hay nada de todo eso que se ha venido contando -y mucho menos de todo aquello que se ha declarado callar-: ni promesas de amor eterno, ni la muerte antes del olvido, ni unos versos desesperados deshojando margaritas. No, en estos arrabales no hay tangos ni boleros; no hay mesas desocupadas para los fantasmas y a los borrachos de pasiones exageradas se los echa sin miramientos. De ninguna manera en estos pasillos, que no conducen a ninguna habitación oculta, se practican disculpas, ni se esgrimen excusas ni razones de ningún tipo; no se llevan adelante confesiones fuera de tiempo ni se aceptan arrepentimientos hipócritas. Acá el presente es desechado y las cosas son únicamente como serán cuando ella quiera que sean, cuando caminando por una vereda cualquiera su hombro se apreste tibio debajo de mi brazo; cuando en su cama o en la mía se encuentren y se reconozcan su ocaso y mi horizonte; cuando su mano se estreche temblorosa con la del único personaje verdadero. La de un hombre aparentemente perdido que aceptó gustoso el desafío de ya no ser para dedicarse a escribir cada noche sobre un viejo mapa un nuevo plan para intentar conquistar algún día el mundo. Su mundo.

RR


martes, 7 de junio de 2016

UNO IGUAL A TODOS


     ¿Que soy igual a todos? Pues claro, ¿cómo no lo iba a ser? Si al fin y al cabo tengo, por sobre todas las cosas, las mismas deficiencias y los mismos complejos; las mismas miserias y los mismos vicios. Y ese espantoso temor a la muerte desconocida. Claro que soy igual a todos.
      ¿Quién puede andar por ahí esgrimiendo una falsa distinción, un pergamino apócrifo que pudiera certificar una línea dinástica de saberes y virtudes sólo asequibles a su persona? No, yo soy uno entre tantos actores secundarios de este reparto que camina una escenografía de cartón pintado; un polizón más en un barco que se hundirá irremediablemente en el océano infinito de los comunes, de los cuatro de copas que de a ratos se creen capaces de cantar truco si aparece otro que guiña el ojo.
      Ya me viera yo teniendo que arrastrar conmigo la condena de sobresalir en la extensa fila de los seres ordinarios, de tener mi nombre expuesto en una marquesina de luces vanidosas. ¿Para qué? ¿Con qué objetivo? Ser mejor o peor no me va a traer de vuelta al niño que fui, a los días de la vida sin conciencia de la muerte, a los amores que prometieron uno a uno ser para toda la vida. Y así como no puedo acreditar ningún galardón que me permita sobresalir por encima del resto como un personaje sin igual, de la misma manera no puedo ni siquiera adjudicarme unos rasgos de maldad suficientes que lograran conseguir para mí un lugar propio y exclusivo entre los peores, una celda aislada con la foto desteñida de su espalda diciéndome adiós. Carezco hasta de esa arrogancia capaz de ofender al mundo de tal manera como para ser puesto, justa o injustamente, en la picota de los peores traidores.
      No, nada hay en mí que valga la pena ser puesto a consideración de los tribunales públicos de opinión, de los jueces morales de la humanidad que caminan impunemente las ciudades y el campo. Me arrastro en mis propias babas como un simple caracol. Usufructo de mis insignificantes desgracias y mis piadosas alegrías. Voy y vengo del silencio a mis asuntos y saludo amablemente a quien sin quererlo advierte mi momentánea presencia. No voy por la Tierra explicando mis pareceres pues hasta yo desconfío de ellos, hasta a mí me han desconcertado más de una vez mis propias contradicciones dejándome en ridículo ante unas seguridades de mazapán que pueden ser muy coloridas pero que, al final, ni yo me las trago.
      Entonces, ¿cuál es el punto en tratar de no ser igual a todos? ¿Qué recompensa me esperaría ante el logro de semejante hazaña? ¿El amor, la salud, el dinero..? Dejemos mejor las cosas como están. Permitaseme, por favor, permanecer oculto en el mismo barro donde inevitablemente quedarán desfiguradas las huellas de todos: genios reconocidos e ignorantes eminentes, capitalistas del éxito y artesanos del fracaso; de amores como el mío y olvidos como el de ella.
      Quién sabe, quizás alguno de estos días, justo antes de que sea el último, un rayo parta su cielo despejado desde algún lugar misterioso e ilumine por una milésima de segundo para ella esto que yo de vez en cuando escribo para nadie desde esta planicie de hipótesis incomprobables que termina junto a un mar de dudas. Esto que no es otra cosa más que una verdad a medias incapaz de desmentir que sí, que soy igual a todos. Pero que, sin embargo, no logra ocultar nunca que, en mi película, ella no es igual a ninguna.

RR


Foto: Florencia Merlo

jueves, 26 de mayo de 2016

ESPIRAL


     Ahí va, llevando sus pies en punta, agitando orgullosa todo eso que yo cargo como un cristo por las mismas veredas. Y la veo pasar como en un espiral, como si fuésemos a destiempo por el negro surco de un disco. Mientras yo ya casi termino mi coda ella recién empieza la primer estrofa. ¿Y qué puedo hacer yo cuando ya no me queda estribillo por cantar? ¿Qué puedo hacer si ella me saluda atentamente desde el borde de su camino levantando su mirada, inflando sus pechos nada más que para crear ilusorios amaneceres para pobres náufragos; desatando tornados y huracanes como esos de los que algunos huyen y por los que yo, en cambio, quisiera ser devorado? Nada, sólo puedo estirar mi mano, vociferar promesas, escribir panfletos amorosos como este que, en todo caso, iré dejando atrás mientras la púa me empuja hacia un final inevitable.
      Es que cuando llega el final del día, cuando los acordes vuelven a sus tónicas y los corchos se amontonan a los pies de las estrellas, ella y yo no somos más que un círculo oscuro girando en el silencio que nosotros mismos hemos construido. Sin embargo, no logro sentir remordimiento por esto de ser un autor de cartas sin destino, de alegatos para un jurado ausente. Como así tampoco puedo abjurar de ella. De ella y de la fritura de su vieja melodía aun sonando fantasmal en este cuarto mientras otros amores se encuentran y se desencuentran allá afuera; y los dichos se abrazan a sus susodichos y los ojos de todos los colores se acomodan entre los deseos de quienes -como yo un día- nunca pensaron que unos ojos celestes serían capaces de ocultar a otros marrones que sufrieron un ocaso temprano, que se retiraron a cuarteles de invierno seguidos por primaveras y veranos y otoños y los años que han debido transcurrir y seguirán transcurriendo hasta que llegue esa última vuelta fatal. Ese instante final antes de que el brazo se levante y se escuche nada más que el estruendo de una ausencia definitiva que, si es tan definitiva como algunos dicen, no será nunca tan estruendosa como aquella que no lo es. Como la de ella que se asoma allá por esos montes mágicos en donde se escuchan los ecos de una canción que para mí ya debería haber terminado pero que, sin saber por qué, se me ha grabado en las manos que le escriben y en la lengua que le habla y en la sangre que atormenta mis venas cuando pienso en ella. Allá en su surco, allá en donde las primeras notas de la guitarra dicen que este será otra vez un solo de esos que van y vienen, que tocan lo que debería estar vedado y que en mi caso es lo que ella guarda para otros que tienen la fortuna de empaparse en los esteros de su vulva, esos márgenes que alguna ves creí mi paraíso y que hoy son el desierto donde camino mi éxodo pensando en ella, asumiendo como propios sus pecados, brindando, muriendo y resucitando en su nombre cada veinticuatro de marzo, perdiendo mi tiempo buscando combinaciones de palabras imposibles, sumando novenas innecesarias a una canción a la que ni siquiera me animo a ponerle su verdadero nombre. Y todo para poder seguir. Y todo para no volver.
      Y hablando de volver, debo confesar que acabo de colocar una vez más la púa sobre la tersa piel de su recuerdo para escribir esto que sabe a blues, o cualquiera de esas músicas que sé que me esperan siempre cuando anochece sobre mí otra tarde de esas de búsqueda por las calles donde ella camina sin verme, donde yo camino sin tocarla, donde existen millones de melodías iguales a esta que nos junta como si quisiera que bailásemos bajo un cielo gris a punto de llover, así como finalmente lloverá sobre personas con el mismo destino trágico. Personas sin rumbo detenidas en medio de la pista; hombres y mujeres que no se ven ni aun cuando se tienen enfrente, ni aun cuando lo que se oye no es otra cosa que la arritmia sincopada de los afortunados. Esos otros que sí logran, con más locura que valentía, vencer sus cobardías y saltar los surcos para encontrarse antes del final del disco. En cambio aquellos otros seguirán mirando como ciegos un ocaso ineludible, cada uno desde su triste compás en una ajada melodía pretérita que arrastra a treinta tres vueltas por minuto a quienes, como ella y quien suscribe, ya no serán capaces de encontrarse jamás.

RR


jueves, 19 de mayo de 2016

EL REFUGIO


     A la vera de este frío de mayo me he acercado en medio de la noche como un perro solitario al refugio abandonado en donde hasta no hace mucho encontraba promesas y gestos con los que armar brebajes para el desamor, pociones encantadoras para hacer de tu vida un pedazo de la mía. Me he asomado y he podido corroborar -sin demasiada sorpresa, debo confesarlo- que finalmente ha sido ocupado por la oscuridad de una ceguera irremediable, por las telarañas de un silencio imposible ya de ser conjugado. Si tan sólo tuviera aunque sea alguna razón para darte, alguna explicación que sirviera para hacerte saber que no ha sido mi intención que esto suceda, sino todo lo contrario.
      Pero no tengo ninguna, ni siquiera una mueca de indulgencia ha sobrevivido en mi cara. Me he quedado sin pecados que confesar, sin bajas que lamentar, sin penas que sobrellevar. Vamos, me he quedado sin tinta en el tintero. Ya no soy capaz de reunir entre todos aquellos puntos finales que por las dudas guardaba en los bolsillos, tres iguales como para armar unos puntos suspensivos -aunque sea ficticios- dignos de aquel amor que como un pretendiente enamorado solía confesarte una y otra vez. De día, durante esos breves amaneceres de ilusiones sin fundamento; o de tarde, a esas horas en que los eternos ocasos del desengaño hunden a algunos hombres en una silla a tomar el dictado de sus más funestos demonios; hombres avezados en la práctica del fracaso; hombres sin temor al ridículo, incapaces de salvarse de ellos mismos negando el espantoso destino de ser esclavos voluntarios de una ausencia. Y así, como esos hombres acorralados por los espectros del pasado, yo me acostumbré a dejar siempre a pie de página un espacio vacío donde escribir algún día tu nombre oculto en lo más profundo de este refugio.
      Y ahora me pregunto: ¿cómo justificar todo esto? ¿Cómo hacer de un zapallo una carroza cuando ya se han pasado las doce y no hay princesa ni zapato capaz de calzar en las huellas perdidas de lo que no fue ni nunca será? Sin embargo, te ruego que no me culpes, no he sido yo quien te ha apartado de mi camino, quien ha dejado de mirar hacia tu sendero sinuoso de idas y venidas, de subidas y bajadas por esos años tuyos que han pasado a pura indiferencia de los míos (al fin y al cabo, no más que unos pocos años que se han perdido como pobres estúpidos detrás de tu horizonte inalcanzable). No, no he sido yo quien se ha ido. Porque no es posible irse de donde nunca se ha estado. Y eso probablemente sea lo de menos. Lo de más es todo aquello que estuvo de más, todo aquello que fue escrito después de hora, cuando la película ya había terminado y nada quedaba para hacer más que recordar detalles tontos o errores de continuidad. ¿Quién en su sano juicio se queda sentado en la butaca tratando de recordar las señales que mostraban a todas luces y sin demasiados misterios un final anunciado?
      Pues bien, esto que es pura nada, ha sido todo. Ya no será posible tratar de establecer puntos de encuentro o trazar directrices de futuras reuniones inesperadas en hojas como esta. Ya no hay una mesa para nosotros en algún bar abandonado en los suburbios, ni una botella de vino esperando a la sombra de las oportunidades. Nada de eso existe y, para ser honesto, nada de eso existió nunca. No hemos podido ser ni aun aquello que buscamos por todos los medios desmentir.
      No habremos de hallar nunca entre nosotros un hilo rojo, una tangente rozando nuestros círculos, un camino de hojas secas guiando nuestras soledades. No habrá para nosotros, siquiera, un destino de soledades, de amargos desencuentros, de estrellas buscándose en una noche de verano al filo del mar. No, nada de eso. Por eso esto no llega a ser ni una triste carta de despedida, pues eso sería asumir que alguna vez hubo un encuentro, una coincidencia o, al menos, una casualidad posible de ser adjetivada aunque sea disimuladamente entre un quizás y un quién sabe.
      No, querida, ya no hay en este refugio ni un adiós ni un hasta siempre. No hay nada por lo que dar las gracias o alguna deuda para ser saldada un día. Sólo quedan entre sus paredes derruidas el débil garabato de un eco casi imperceptible y el murmullo remanente de insectos y hojarascas batiéndose en el fondo junto a una maldición que, justo antes de alejarme de esta vieja guarida, arrojé de mi puño y letra con el orgullo herido de quien quiere evitar a cualquier precio toda clase de compasión ante un vacío inexplicable.
      Entonces, y siguiendo el ritual de todos los fracasos, es tiempo de que cada uno guarde para sí sus imperdonables rencores y sus astucias tardías para que se pudran dignamente en las profundidades del olvido. Y así como así, como si nada, como si todo, como en esos finales que a nadie sorprenden, vos abandonarás para siempre estos falsos recuerdos míos de escritor de coyunturas mientras yo, sin oponer resistencia alguna, me dejaré arrastrar por un viento milagroso hacia la tierra de los amores perdidos. Allí adonde van los que han sufrido, después amado, después partido. Esos seres oscuros y anónimos con insensatas pretensiones de poetas.

RR


Foto: Soledad Alarcón

viernes, 29 de abril de 2016

A VOS


     A vos que quizás estás ahora sentada en el suelo observando un cuadro mudo sobre una pared desnuda; o tal vez desnuda mirando como avanza la noche sobre tu ventana que va dejando las estrellas a merced de las luces amarillas de la calle.
     A vos que creés con una fe ciega en un futuro reivindicativo, con la absoluta convicción de que en algún lugar de su inexistencia guarda algo capaz de justificar este presente y ese pasado que, como dos secuaces, intentan desmentirlo y refutar tus inquebrantables esperanzas.
     A vos que sabés que, si quisieras, podrías hacer que esperasen todo el día en la puerta quienes andan merodeando tu superficie, más nunca tus profundidades que son tuyas y de nadie más, por más que de vez en cuando abras tus sábanas para alguno de ellos con la condición excluyente de que resigne sus pretensiones amorosas antes del primer beso.
     A vos que soltás sonrisas a algunos y carcajadas a otros pero que nunca serías capaz de liberar una lágrima por los que aúllan a las puertas de tus secretos, bajo el dintel que hace de entrada a tus temores, a tus horrores, a tus pasiones.
     A vos que sin despeinarte cambiás de peinado y de maquillaje, de falda y de blusa, de hastío y de frustración al verte así, perfectamente alineada en vertical, parada sobre unos tacos reos frente al espejo que muestra detrás de tu figura un vacío abismal.
     A vos que tenés los perdones cortos y los olvidos largos, que preferís los charcos concisos a los mares infinitos y los fríos silencios al rumor de las tibias brisas que brotan sin tu permiso, confiando en que siempre tendrás un buen refugio a mano para resistir la tentación de arrojarte sobre alguna de ellas cerrando los ojos y pensando en que nadie se la ha ganado.
     A vos que mirás hacia los costados cuando te viene de frente un deseo ajeno y atrevido que busca encantarte y sacarte del centro y llevarte cabalgando sobre tu lomo contra el respaldo de una cama para atormentarte con la idea de un amor imposible de ser resistido, un amor insolente que habla un lenguaje que a vos no te interesa aprender porque bien sabés que es posible que te deje muda.
     A vos que tal vez estés leyendo sorprendida este extracto con pretensiones poéticas ubicadas desordenadamente en una interminable lista de horas perdidas en tu nombre; este pedacito enorme de lo mucho o poco que alguna vez creí poseer y que, por más que pretenda disimularlo, si no fuera por vos, no sería por nadie.
     A vos, sí a vos.

     Y también a vos te corresponderá asumir alguna vez -aunque sea a regañadientes- que todo lo escrito hasta ahora ha sido por vos. ¿Cuándo? Quién sabe... Acaso cuando, tarde o temprano y como sombras, asomen sin pedir permiso por detrás del cuadro de la pared o por la ventana, aquellos otros versos escritos durante esas noches en que te buscaba por la calle entre la gente con esta misma pertinacia que hoy, sin saber bien por qué, me ha traído nuevamente hasta una hoja a mirarte con la ñata frente al vidrio que divide tu olvido de mi memoria, arriesgando mi vida en este azul de frío en donde de nada sirve ya insistir con aquella falsa premonición que aseguraba que sin vos me moriría; siendo que, finalmente, he logrado sobrevivir sin tu fe ciega y tu futuro injustificable, sin tus profundidades y tu superficie, sin tus carcajadas batiéndose a duelo con tus temores, sin tu falda en el piso y tu blusa cargada de hastío, sin el puñal erótico de tu figura recortada en el vacío, sin tu perdón brotando del refugio más lejano de tu mirada, sin tu deseo que aun siento que me falta como me falta, entre otras cosas, aquella locura que me llevó a quererte sin razones genuinas, sin evidencias contrastables, sin pruebas contundentes y, lo más terrible, sin ni siquiera las palabras justas para poder decirte algún día adiós.

RR



viernes, 15 de abril de 2016

MEDIADOS DE ABRIL


     Siempre para estas fechas vienen a mi mente palabras equivocadas. Palabras peligrosas con aroma a quizás, a tal vez, con gusto a probabilidades tan crueles y contagiosas como la peor de las pestes. Y me vienen raudamente a las manos los símbolos prohibidos de una esperanza embustera, una sombra que se pasea como una luz tramposa en la ceguera, provocando pretendidos brillos, eclipses que al final no son otra cosa más que agujeros negros llenos de nada.
    Para estas fechas, los dos buscamos evitarnos pertinentemente, nos escondemos detrás del muro de las supuestas imposibilidades para justificar nuestras humanas cobardías. Y en realidad, lo único que tratamos de hacer es conservar como buenos vecinos nuestras noches despejadas, nuestros precarios adioses de viejos amigos que ya no se ven, a salvo de los silencios que inmediatamente nos pondrían en conflicto con la música de fondo que todavía hace bailar nuestras siluetas en la memoria, que las junta insolentemente cada tanto en una cama y nos refriega por las narices la tibieza de aquellas cálidas oscuridades cómplices interpretadas erróneamente como romance.
      ¿Para qué insistir entonces si ella tiene sus cielos y yo estas cartas? ¿Para qué arriesgarnos a despertarnos en medio de una tormenta que tan bien le sienta a la hora de una siesta imaginaria? ¿Para qué provocar un nuevo cruce de excusas que viven haciendo malabares para evitar un choque frontal que probablemente nos dejaría en ridículo? ¿Para qué voy a seguir poniendo palabras tardías en su boca sólo con la intención de ahogarlas con un beso?
      Porque a pesar de que somos capaces de declarar en la soledad de una borrachera, o de una lectura posterior para conciliar el sueño, que estaríamos dispuestos eventualmente a vernos algún día a escondidas del amor, en realidad ninguno de los dos sería capaz de llevar adelante semejante imprudencia, de contener la respiración y lanzarse a ese océano turbulento en donde inevitablemente deberíamos nadar en contra del deseo de arrojarnos desnudos y sin miramientos a la corriente imparable del tiempo perdido para ahogarnos en las humedades mutuas.

     Es por eso que para estas fechas nunca me atrevo a nombrarla ni a escondidas. Y menos a llamarla desde la tierra de las aparentes casualidades para preguntarle si está bien, si todavía la sobrevuelan cada tanto los nubarrones de las angustias y los dolores pasados, si es tan fácil como a mí me parece darse cuenta de que no hago más que escribirle a otras para no escribirle a ella, que me callo y me muerdo la lengua para poder seguir sosteniendo a duras penas como hasta ahora la mentira impiadosa de haberla olvidado, o de al menos estar intentándolo. Es que nunca tuve para aportar a este caso más que pruebas falsas -y ya poco novedosas- que aspiraran a sostener aquella falacia de las distancias insuperables que mutuamente convenimos un día. Pruebas tan tontas que, al final, no han logrado más que poner en evidencia el fracaso ostentoso de todos mis intentos por no volver a ella al comienzo del otoño, a mediados de abril, al final de cada una de estas cartas escritas en días grises con mejoramientos temporarios e inútiles. Cartas en donde todavía es imprescindible -si es que pretendo evitar aludir permanentemente al color de sus ojos- barrer a un costado las horas luminosas que asomaron una vez por su ventana, aquel reflejo que parecía ofrecernos toda la primavera y que, sin embargo, no tuvo chance de verano; que finalmente se terminó convirtiendo en este frío silencio invernal que emerge impostergable entre ella y yo. Siempre para estas fechas.

RR


martes, 5 de abril de 2016

TERCERA OMISIÓN OTOÑAL


      Tal vez pude haber hecho otra cosa. Quizás debí haber intentado otro camino. Sin embargo, ya se ha hecho demasiado tarde para otra omisión y de nada sirve abdicar una vez más a un reino perdido.
      Porque he dejado que el fuego arda hasta el final, hasta consumir las últimas brasas de su recuerdo, ese fantasma provocador volando desnudo por el universo infinito de un olvido inalcanzable.
      Porque he dejado que un manantial de agua agria contamine mi sangre y me recorra como un río de aroma rancio bajo la piel ya reseca por los años; bajo estos poros cerrados por tantos dolores inevitables. Pero, sobre todo, por aquellos elegidos en medio de un arrojo enloquecido, propio del héroe manchego, que hizo que, muerto de miedo, me jugara el pellejo en cada adjetivo por una mujer que nunca accedió a ser mi Dulcinea.
      Porque me he quedado sin fuerzas y he bajado los brazos y levantado la mirada para despedirme de su cielo y de todo aquello suyo que jamás fue mío: de su piel de gallina al entrar en mi cama, de sus labios húmedos invitándome al beso y de sus pezones duros desmintiendo mis soledades.
      Porque he decidido renunciar a este otoño eterno para dejar que el viento arrase con cada una de estas malditas hojas escritas durante un pasado irrenunciable, y que las lleve hacia donde finalmente sean sepultadas un día junto a las demás desdichadas que vengan de ahora en más a cubrir otras ausencias.
      Porque mi corazón empedernido, tan ajado como mi carne, ha sobrevivido inverosímil a su carencia; y, para un falso quijote como yo, nada más queda después de cada fracaso amoroso que volver nuevamente a la tierra de las palabras a buscar otros molinos para escribir nuevas aventuras, esperando inútilmente borrar así de la memoria aquellos versos que hablaron día tras día de lo que no fue, ni siquiera por una noche.
      Porque, como dije, ya se ha hecho tarde para pretender que ya no la quiero. Ahora sólo queda esperar a la próxima primavera para recobrar alguna esperanza de conquistar otras latitudes e intentar nuevamente olvidar el rostro petrificado y atroz de su silencio.

RR


Foto: Ronén Grinstein

DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...