viernes, 1 de diciembre de 2017

TODOS


     Últimamente, cada vez que acontece una tragedia sobre algún personaje que forma parte del ideario colectivo de cierto sector social (acomodado) y de sus defensores (casi todos intelectualmente desacomodados) se escucha gritar en las calles, se empieza a leer en los diarios y se anuncia con frases rimbombantes en la televisión: tal o cual "somos todos"
     ¿Todos? ¿Quiénes son todos? ¿Quiénes somos todos? ¿Todos somos yo, tu, él, nosotros, vosotros, ellos? ¿Todo..? No, acá debe haber algo mal, porque si todos somos todos, entonces, ¿quiénes son ellos? Todos debemos ser los que podemos escribir todo, los que podemos decir todo, los que podemos... ¿Y los que no pueden? ¿Ellos no son todos, los del culo frío en una casilla en los barrios pobres y en las villas copadas por el narcotráfico al amparo de políticos, jueces y policía..? 
     No, definitivamente ellos no son todos. Porque si ellos fueran también todos tendría que haber cada día una de esas marchas televisadas, con gente buena y honesta empuñando velas y carteles expresando compunciones y dolencias de clase. Gente muy bien vestida que se mueve normalmente en un centro decorado con grandes marcas y monitoreado por cámaras de seguridad. Si ellos fueran también todos habría una de esas marchas a cada hora, a la par de los llantos que se escuchan en esos velorios llenos de gente que, claramente se nota por sus aspectos, no son todos, que son muchos pero que nunca podrán aspirar a ser todos. Porque, al parecer, todos pueden ser algunos personajes con una imagen impecable aunque -permítaseme este desliz prejuicioso- de dudosa moral, o hasta puede ser todos alguna revista extrajera que haya caíso vístima en un revoleo de violencia imparable (siempre y cuando esta revista provenga de algún país central -centro/periferia: teoría de la dependencia, pasada de moda ya pero aun así muy ilustrativa para ciertos casos- y no de esos territorios devastados por gente sin futuro que huye y se ahoga en pos de ser todos sin querer asumir su condición de nadies). 
     Yo no soy quien ni nadie pero a mí me da la sensación de que todos son siempre los mismos, igual que aquellos que no lo son. Será por eso que a veces me enojo mucho con todos y los mando a todos a la mierda y huyo de todos y me encierro entre mis todos y mis nadas, entre mis dolores rebeldes y mis tímidas alegrías, entre la música y los autos viejos y los libros que me hacen acordar a los amores pasados que insisten en ser presente. Y también a veces me hacen acordar a esos otros que viven agazapados en los párrafos y en las voces de algunos que seguramente jamás soñaron con ser todos -aunque ojalá fueran más que unos cuantos-. Es por eso, supongo, que ya no opino de lo que opinan todos, porque no hace falta opinar cuando todos opinan, cuando todos saben lo que pasa y lo que hay que hacer. Si yo no sé nada... Y por eso me siento cada vez más nadie y menos todos. Es más, a veces cuando leo o escucho a algunos que sí son todos siento que es mejor así, que estando ausente de todo, en una de esas, algún día logro ser yo mismo. Seguramente, eso tampoco me va a hacer bienvenido entre todos. Y bueno, todo no se puede. 
     Mientras tanto, sigo creyendo que este mundo de todos, para todos, en realidad no es de nadie ni para nadie, sólo para unos pocos, los de siempre, los de toda la vida, los que necesitan de todos y de nadie. Los que manipulan el incosciente colectivo para poner a cada cual en su vereda, cada cual mirando con desconfianza al otro, cada cual en su juego para que el ganador sea: ...
     ¿Todos? Perdóneme pero en esta también paso. Porque cuando la noche se pone oscura y todos se sientan a ver y escuchar en la tele las razones y las circunstancias por las que todos sufren, adornadas con gráficos y mapas, y comentadas por los expertos (en nada) del momento, afuera, en el frío de la desesperación están ellos, acechando a todos con sus propias razones y sus desgraciadas circunstancias. Así es, están ellos con su música y su vestimenta característica; están ellos: los que matan y los que mueren. Ellos, a los que usan y desechan para que todos sean felices; los que, dicen todos, no sirven para nada. Aunque, claro, sirvan para todos.

RR



martes, 14 de noviembre de 2017

ESTE LADO DEL MUNDO


     Y así, desde este lado del mundo les sugiero: no esperen nada de mí, no lo hagan, pues seguramente nunca voy a llegar a tiempo a ninguna otra cosa que no sea a mi propia muerte. Tampoco esperen que intente una defensa en los tribunales públicos de la infamia, esos escaños desde donde se acostumbra a lanzar dardos envenenados de prejuicios. De ningún modo intenten llevarme hacia esas ratoneras sucias en donde sólo opinan los cobardes que jamás han pisado el barro de la desgracia ajena, que no comprenden ni comprenderán nunca la palabra compasión. No seré yo quien se agachará nunca a recoger primeras piedras para lanzar desde una multitud indignada para cubrirse por si acaso, por si algún loco comete el pecado mortal de actuar en consecuencia con sus palabras sin reclamar dignidades o premios. 
     No traten de convencerme hablándome de república y democracia, no sirvo para glorificar votos y legitimar elecciones falaces en donde nada se elige, más que el monto de la deuda que se contraerá en mi nombre por un supuesto bienestar que jamás llegará. No necesito bajo ningún concepto ni las migajas de los políticos, ni las chucherías de los mercaderes del posmodernismo, ni el perdón de la iglesia, ni la incuestionable estupidez de la "sabiduría de la calle", pues de ninguna manera me interesa el sentido común de los tontos y los resentidos. No quiero nada de lo que puedan ofrecerme los censores que trafican con la moral y las buenas costumbres a cambio de mis gustos y mis pareceres. No me ofrezcan ni dinero, ni putas, ni propiedades, no necesito nada de eso para ser feliz. No necesito de ningún otro lujo que no sea la cercanía del mar y su eventual consuelo. No me hace falta degustar delicados sabores, ni finos licores para calmar mi apetito y mi sed. 
     Entonces, no traten de venderme ese mentado progreso humano que ni es progreso ni es humano, que no es más que un orden establecido por los que no quieren que nada se desordene para poder seguir vendiendo el cuento del tesoro único de la juventud, del cielo de los bienaventurados o una salvación eterna adornada con plegarias rimbombantes e inútiles. Si es por mí, ahórrense también la amenaza constante y la paranoia permanente, he llegado al punto en donde ya no le tengo miedo ni a mis miedos, ni a mis fantasmas, ni a mis demonios. Si Dios existe, estoy seguro de que no se lo ha dicho a nadie. Por eso, no me exijan reverencias ni solemnidades ante quienes pisan este mismo suelo, esta misma tierra que, al final,  nos devorará un día a todos por igual: a ellos, a ustedes, a mí. En todo caso, sería más oportuno levantarle un altar a esos gusanos laboriosos que deberán hacerse cargo de borrar las huellas de la maldad enterrada junto a los miserables y perversos que insistirán, aun bajo tierra, en proclamarse vencedores de un partido claramente arreglado.
     Y no me importa que me crean; ni me importa que me escuchen (ni siquiera que me lean). No tengo nada que probar ni le debo comprobantes a nadie por lo que he sido, por lo que soy o por lo que seré -si es que alguna vez seré algo más que este perro rabioso que se resistirá hasta el final a pagar por algo que no es propiedad de nadie-. Guárdense para ustedes los recuerdos que de mí tengan, no me hacen falta; llevo mi pasado adonde voy sin necesidad de someterlo al debate público. Una vez muerto, mis recuerdos no valdrán un cobre y sólo podrán servir para el chusmerío o para contar algunas pocas verdades mentirosas que ya no me interesará desmentir. Sean libres de juzgar mi cielo y condenarme al infierno si les place, nada de lo que en ellos deje o pierda podrá ser puesto a consideración de nadie, excepto de mi hija.
     Por último, no confíen en mí, porque. llegado el caso, poco me importa verdaderamente en el mundo salvo los pobres y los desdichados que son condenados cada día por una justicia que inclina la balanza siempre para el mismo lado y que jamás será ni ciega ni justa. Ese es mi lado del mundo. El mundo de las miradas perdidas en el horizonte, de los corazones rotos y solitarios, de los que luchan y caen derrotados y se levantan y vencen con sólo levantarse. El mundo de la naturaleza justiciera que tarde o temprano prevalecerá sobre los imbéciles que siguen desafiando su poder arrojándole los deshechos de su egoísmo. El mundo de la música compañera de mis abundantes tristezas y mis alegrías pasajeras. El mundo de los amores eternos y las palabras que los evocan. El mundo de los niños inocentes que miran al cielo y piden a gritos algo más que monedas. El mundo de los viejos abandonados en los armarios de las cosas inservibles... 
     Sí, lo sé, un mundo quizás imposible. Un mundo silencioso que a casi nadie le importa. Un mundo donde lo que vale, lo que de verdad vale, son el amor y las causas perdidas al precio de la muerte. 
     Al fin y al cabo, son lo mismo.

RR


lunes, 13 de noviembre de 2017

APRENDAMOS DE LA DERECHA


     ¿No habrá llegado el momento de que aprendamos de la derecha? No tengamos miedo. Al menos deberíamos intentarlo.
     Cada  vez que la derecha llega al poder lleva adelante casi todas sus premisas y realiza, más o menos, todos sus planes. Planes que, por otra parte, casi siempre resultan más profundos y duraderos en el tiempo que aquellos que los diferentes sectores de la izquierda intentan cuando logran arrebatarle momentáneamente el control.
     Es que la cuestión es y ha sido la misma desde hace siglos: la moral. La izquierda, en general, se jacta permanentemente de su ética y su moral humana y pone en muchos casos sus prácticas a la sombra de estas. Es cierto que este hecho no es en sí mismo un defecto -todo lo contrario-, sin embargo, y en términos objetivos, termina siendo un obstáculo cuando es necesario asegurar ciertas victorias estratégicas que acarrearían beneficios tal vez inmediatos para unos cuantos y duraderos para todos.
     ¿Cómo es posible que la derecha consiga todo lo que consigue? ¿Cómo puede hacerlo sin ni siquiera la participación material de sus defensores, de sus voceros, de sus votantes? ¿Es que alguien sabe de alguna vez en que la derecha le haya consultado al pueblo raso, a los trabajadores, a los sectores más postergados -que muchas veces son también quienes los apoyan, lamentablemente-, sobre las medidas que llevarán adelante y que, claramente, serán perjudiciales para estos últimos? No, por supuesto que no. Porque la derecha es autoritaria y hace lo que tiene que hacer sin demasiados debates morales. Habrá algunas ocasiones en donde se pondrán ciertos límites con respecto a la crueldad del procedimiento y otras veces no respetarán absolutamente nada. Pero a la hora de la acción, la derecha acciona. 
     Pues bien, ¿no habrá llegado el momento de aprender esto y poner los fines y los medios por encima de ciertos debates morales y éticos? ¿No han sido ya suficientes las incontables generaciones hambreadas, torturadas, desplazadas y asesinadas por la derecha, como para que la izquierda (y todos aquellos demás movimientos que se auto proclaman de raíz popular) asuman de una vez por todas su carácter revolucionario y apliquen los métodos necesarios para terminar con esta eterna injusticia? ¿Cómo podemos seguir sosteniendo este pacifismo cobarde frente a los millones de niños que se mueren de hambre mirando por televisión la ostentosa y repugnante maldad de los pocos que capturan para sí mismos todo, dejando a la mayoría sin nada? ¿Qué clase de ética es esta que nos mantiene pasivos frente a una realidad en donde los inmorales ordenan y los morales obedecen, donde se acumula el alimento para subir el precio mientras millones revuelven la basura buscando una fruta podrida que comer, donde la salud se compra y se vende al precio de la vida o de la muerte?
     Entonces, ¿no ha llegado finalmente la hora de que seamos intolerantes con quienes han abusado de la tolerancia transformándola en un discurso vacío e hipócrita con el fin de desactivar esos resortes humanos espontáneos que aparecen cuando una tragedia azota al mundo, en cada una de esas situaciones donde la solidaridad se impone sobre el individualismo? Porque a no engañarse, la derecha es tan devastadora como un volcán en erupción permanente, como una inundación constante, como un terremoto continuo, como un huracán impiadoso, como una sequía interminable. 
     Debemos abandonar el triste destino de ser los pobres bienaventurados y asumir la tierra como nuestra, y que el Reino de los Cielos sea para ellos. No podemos seguir siendo los históricos campeones morales, defendiendo como necios estúpidos unas reglas tramposas hechas por los ganadores de un juego en el que hemos sido condenados de antemano a perder. Tampoco se trata de ser crueles, sino de ser justos. Justos con los que han sido desconocidos históricamente por la justicia y justos con los que han redactado las leyes para que la balanza se incline siempre para su lado. Justos con los que han sido abandonados a la buena de Dios y justos con los cínicos manipuladores de la desgracia ajena. En definitiva,  justos con los justos y justos con los traidores.
     Aprendamos de la derecha. Hagamos de una vez por todas lo que hay que hacer para que los buenos alguna vez ganen. Aunque se nos caigan algunos anillos. Aunque se nos manchen algunas banderas. 

RR


lunes, 30 de octubre de 2017

VOLVERÉ


Sí, tal vez me vaya, pero volveré.
Volveré como vuelven los enamorados vencidos y los guerreros que jamás detienen su marcha.
Volveré aunque no sea millones.
Volveré a reclamar tus oscuridades como propias, a recoger el guante y sentarme a tu lado y abdicar en tu nombre y en el de quien nunca sería si no volviese.
Volveré para deslumbrarme una vez más con el brillo de tu indómita luz, aunque haya sido acaso opacada por tantos amaneces inodoros, incoloros e insípidos como toda el agua que habrá corrido debajo de este puente cuando haya vuelto. 
Volveré caminando secretamente el sendero de las esperanzas perdidas que, quién sabe, todavía conduzca a tu cielo.
Volveré solo, bajo el sol o la lluvia, sin dejar atrás ni huellas ni rastros; sin reprocharle ni a Dios ni al diablo por tu recuerdo imborrable, tan inconveniente como necesario a veces. 
Volveré sin llevarle el apunte a los cínicos consejeros que apuestan a todos los números para no perder nunca. 
Yo, en cambio, volveré con lo puesto, apenas un manojo de desvelos incorregibles y el sonido horroroso de esos adioses que son como asesinos implacables y desalmados que se quedan rebotando en el alma en ruinas contra las paredes de un olvido imposible.

Y así, volveré sin haber sido convocado, ni por vos ni por nadie; y no habrá un oráculo que te visite, ni una profecía que me anuncie. 
Volveré atento y sigiloso como vuelven de los techos los gatos cuando se les acaba la noche.
Volveré en silencio, sólo con algunos versos inconfesables que pudieron haberse escapado de mi puño y letra alguna noche cuando intentaba rimar una borrachera solitaria con la pena sangrante de tu ausencia.
Volveré casi de madrugada habiéndome guiado sólo con el mapa de tu constelación, un trazo a mano alzada entre las estrellas fugaces que habré guardado pertinentemente en un rincón de mi memoria por las dudas, por si la tinta indeleble de tu nombre languidecía una tarde de domingo dejándome desamparado sobre una hoja en blanco.
Volveré buscando con el viento que sopla desde el sur de tu brújula la otra punta de este ovillo que se ha ido enredando en mis pies hasta dejarme atado a tus pasos. 
Volveré mirándote a los ojos, un pájaro insolente y orgulloso que, sin que le importen los cien que vuelan libres, elige aferrarse a una mano.
Volveré como vuelvo cada vez que no te he encuentro ahí donde el pasado vuelve a enfrentarse con mi vida.
Volveré con estas palabras tantas veces como haga falta hasta llenar el cántaro que se ha ido vaciando al amparo de nuestras mutuas soledades, para que estalle y se rompa en mil pedazos.
Volveré luego de un tiempo, sin más razón que la de la cigarra después de un año bajo la tierra; un hiato abierto como una puñalada entre la vida y la muerte.

Volveré muerto de miedo como un cobarde.
Tarde o temprano. 
Lo prometo.
Por vos.
Volveré.

RR


miércoles, 25 de octubre de 2017

USTED Y YO (#5)


     Cualquiera sabe que la nada es nada, inexistente o infinita, da lo mismo. Lo que pocos saben en estos tiempos es que nadie posee mucho más que el destino de su propia muerte. Peor aun, sólo algunos morirán sabiendo cómo sin preocuparse por cuándo, a todo o nada. Otros, la mayoría, vivirán resignados con más dudas que certezas, con más penas que glorias. Pero lo que no cualquiera sabe es que para escribir sobre la nada infinita o sobre un todo imposible, hace falta algo más que imaginación: hace falta saber cómo uno quiere morir. Vamos, hace falta un por qué. He aquí el mío.
     Para comenzar, y evitar que este escrito sea nada más que un triste delirio, sería menester admitir que usted sabe de mí lo mismo que yo sé de usted: nada. Sin embargo, esta nada (inexistente o infinita) es todo lo que tenemos hoy para perder o para ganar, para mutuamente asegurarnos de cuestiones sin importancia o para sospechar un sinnúmero de falacias improbables.
     ¿Se da cuenta? Usted está aquí cuando yo ya me he ido, cuando ya he abandonado la sala no sin antes haber escrito este catálogo de últimos recursos para usted que aun no estaba en ella y que ahora la habita ostensiblemente. Es decir que mientras yo escribo en este preciso momento sobre usted -y me acomodo los hombros y bebo una cerveza esperando por la lluvia-, sobre su ausencia renovada y sobre los próximos recuerdos que deberé inevitablemente olvidar próximamente, usted está en realidad en algún lugar de un futuro imaginario (imaginado por mí, para ser más exactos) que no es otra cosa que el pasado que dejó atrás hace sólo un momento, antes de comenzar con la lectura; un tiempo delimitado por las posiciones de dos agujas o, en todo caso, por las fechas de un almanaque adherido a la puerta de la heladera con un imán. Un tiempo que sólo usted conoce. Un tiempo que la separó -por vaya uno a saber qué misterioso designio- de mí y de estas palabras que lee ahora en su propio tiempo, en su espacio más íntimo, tal vez sonrojada por sentirse descubierta por alguien que, en realidad, ya no está y que hasta es probable que nunca haya estado (si es que se confirma aquello de que...).
     Y ya que estamos le comento, querida mía, -si me permite la recomendación- que usted no debería de ninguna manera confiar ciegamente en sus instintos (nadie debería), esos que la previenen de tipos como yo que escriben de noche y en su ausencia, y que se presentan insolentemente en medio de la lectura. Vea, -ahora me va a tener que escuchar, o más bien leer- no crea que yo ando por la vida escribiéndole a cualquiera, ni tampoco piense que sólo soy capaz de escribirle a usted exclusivamente. Sucede que usted y yo ya conocemos el paño y eso, aunque duela escribirlo (o leerlo, depende de qué lado del tiempo nos encontremos), facilita mucho la cosa. Por ejemplo: imagino que usted está ahí leyendo curiosa, mientras yo, ausente ya, estoy en un futuro desconocido pensando en quién sabe qué desgracia; o quizás sonriendo mientras me figuro su cara apenas alumbrada por un velador de luz tenue que le fuerza la vista y le achina los ojitos que se acurrucan en los párpados para mantenerse húmedos. Dígame si no es así... Dígame si no siente ahora como si la estuviera mirando por detrás de las palabras, presentándole mis respetos a su gato que ya notó mi presencia pero que no le molesta demasiado. ¿Vió? Es que usted y yo, aunque le parezca extraño, nos conocemos desde hace rato (y no hace falta que lo andemos declarando en cada oportunidad que tengamos, en cada uno de estos desencuentros premeditados). Porque por más que usted no se dé cuenta, aquí su presencia va y viene constantemente, a veces es inexistente y otras, infinita. Yo... bueno, yo sólo voy, porque cada vez que intento volver me pierdo y me angustio y me enojo y persigo fantasmas como si fuera uno de esos estúpidos que andan últimamente por la calle siguiendo globos amarillos con la esperanza de que los ricos los saquen de pobres. Pero no me haga caso, lo que me pasa es que a este mundo no lo entiendo y a veces quiero más de la cuenta. Y sepa que la cuenta es larga, casi tanto como los espacios que usted deja entre sus posibilidades inexistentes y mis intenciones infinitas...
     ¿Será, entonces, que he llegado otra vez tarde? Seguramente debe ser eso. O puede ser que todo sea mucho más simple, que ser lo que uno debe ser no sea otra cosa que una cuestión de gusto más que de deberes. Fíjese: usted me gusta pero ahora no puede -aunque, como en casi todos estos casos, no es que uno no puede sino que no quiere-. No obstante, déjeme decirle algo fundamental para entender este trabalenguas, querer no es una cuestión de tiempo o de gusto, querer es un deber, una obligación, un mandamiento. Debemos querer y debemos hacer lo que hay que hacer cuando queremos. Creo que de eso habla Hamlet, no es to be or not to be, ser o no ser repetido como un latiguillo dudosamente gracioso (eso es nada más que para los otarios que les gusta repetir frases célebres tratando de levantarse una mina, o para mentir en el envido). No, ser es ser y hacer lo que uno debe cuando quiere, cuando gusta de lo que quiere, cuando desea lo que quiere, aunque parezca imposible, improbable, y hasta, como usted bien dijo, inviable.
     Y a usted, probablemente, todo esto le parezca una reflexión alocada, o más bien una irreflexión completamente fuera de lugar. Sin embargo, me animaría a afirmar que, al fin y al cabo, de eso se trata casi siempre este scrable infinito donde me pierdo en cada vuelta; este crucigrama inexistente donde cada uno lee lo que está escrito aunque quien lo escribió (en este caso, yo) haya escrito algo completamente diferente.
     Por eso, cuando parece que ya no queda nada, usted y yo, volvemos a encontrarnos en este espacio como lo hacemos desde hace ya ni sé cuanto. Y entonces, a mí se me ocurrió que, aprovechando la noche, la cerveza y la lluvia que en cualquier momento se larga, tal vez fuera un buen momento para escribirle a manera de confesión a ese mañana suyo que imagino, sin razones aparentes ni pruebas contundentes, de pequeñas nadas inexistentes e infinitas. Así es, oscuras y diminutas nadas que en un santiamén podrían convertirse en todo real y palpable como esta brisa que comenzó a soplar del este anunciando el chaparrón. Un todo que, entre usted y yo, deberíamos admitir que no es para cualquiera.

(Llueve)

RR


miércoles, 18 de octubre de 2017

A PENAS

y a ella...

     Son apenas las nueve y el vaso de vino agoniza a un lado. Son apenas las nueve y la lluvia va y viene dejándome en evidencia, todos saben cómo me pongo cuando llueve -aunque ella seguramente no-.
     Son apenas las nueve y a las penas me remito. Porque sí, porque son apenas las nueve, apenas unas horas desde que nos tiraron el último muerto, otro más después de aquellos otros tantos.
     Son apenas las nueve y me acurruco como un niño en mi refugio de alcohol y palabras pensando en que a esta hora una muchacha de ojos claros no sabe -ni siquiera supone- que apenas la conozco y ya le estoy escribiendo. Es que a penas nos movemos algunos y a penas se mueven los hilos de quienes no tenemos otro escondite más que las palabras (y las penas).
     Sí, apenas son las nueve y pico y no hago más que pensar en ella, en los colores de su foto que apenas se distinguen en el recuerdo y que apenas puedo dibujar con los restos de su voz pequeña. Pequeña apenas.
     Ya son casi las nueve y veinte y apenas tengo una o dos cosas más para decirle que de ninguna manera diré ahora, en estas condiciones, bajo estas circunstancias, sin otra razón para hacerlo que esta pena. Si puede que me perdone y si no, otra vez será.
     Claro, ella no tiene por qué saber todavía que a mí, cuando se me viene la lluvia encima de la noche, apenas si puedo contenerme de llamarla, de invitarla a compartir las penas o las solicitudes mutuas. Apenas si puedo embocarle a estas endemoniadas teclas que son mi pincel y mi paleta. Unas teclas que hoy samaritanamente simulan una falsa comprensión hacia mi persona como lo han hecho otras veces (y que agradezco). Sin embargo, yo sé que casi no toleran ya que siempre hayan más penas que glorias.
     Es que a penas le escribo y apenas me sale. Y si hoy no fuera por ella, apenas si me hubiese alcanzado para llegar a casi las nueve y media sin llamarla. Sí, apenas las nueve y media. Apenas unas horas después de haber vuelto de ver el mar, donde uno no hace otra cosa más que hablar con ella, con ella y con las penas; sin que ninguna -ni ella ni las penas- lo sepan nunca; sin que siquiera puedan imaginar que mientras unos miserables siembran muerte en los cauces de la vida, otros -en este caso yo-  apenas si podemos encauzar unas apenadas palabras para que, de alguna manera, lleguen a ella.

RR


Ilustración: obra de Claudia Ecenarro

lunes, 9 de octubre de 2017

ME GUSTARÍA


     Y si un día ya no tenés más ganas de esconderte, me gustaría que me escribas. Durante algún rato libre, quizás; o en una de esas tardes de domingo en donde no hay mucho para hacer más que mirar nubes grises avanzando desde el sur o escuchar las olas del mar rompiendo contra los silencios de las trágicas soledades. 
     Me gustaría que me escribas cualquier cosa, una carta o una postal; un verso o un chiste obsceno. Un párrafo copiado de un libro regalado a modo de salvoconducto, o la letra de una canción gastada por el uso y el abuso que algunas de ellas afortunadamente merecen.
     Me gustaría que me escribas sobre el tiempo que pasó desde la última vez que pusiste tu nombre en una hoja al servicio del amor. Te aseguro que nada de lo que puedas escribir sonará a poco; por más que sea un hola arrepentido, borroneado y tachado y vuelto a escribir; por más que se note ese impulso descontrolado de los suicidas que corren hacia el precipicio sin mirar atrás.
     Me gustaría que me escribas de tus días, de tus flores y de tus rabias; de esa frontera insalvable que nunca alcanzó para separar al fantasma de tu recuerdo del retrato vívido de mi cobardía imperdonable volviéndose un poema penoso y cursi. 
     Me gustaría que me escribas cómo estás y que no has pasado frío allí donde has estado, donde sea que te haya encontrado la muerte que dicen que siempre encuentra a los que tratan de huir de ella; que me cuentes brevemente cómo escapaste esta vez, cómo pudiste convencerla una vez más de que aun sos joven y de que siempre lo serás. 
     Me gustaría que me escribas susurrando las eses, murmurando las emes y las enes, martillando la erre en un insulto, marcando concienzudamente con la garganta la doble ce para que suene a una equis capaz de hacerme tiritar la lengua en una noche en que vuelva a leerte a solas, medio escondido y en voz baja
     Me gustaría que me escribas, y te prometo que jamás recibirás una sola palabra mía a cambio. Porque nada de lo que he escrito hasta ahora sería suficiente para intercambiar por una palabra tuya. No te preocupes por la dirección o el destino, de alguna manera me encontraré con lo escrito. 
     Me gustaría que me escribas como si no nos hubiésemos visto nunca las caras, como si jamás hubiésemos trazado constelaciones comunes sobre las estrellas del otro; como si nunca hubiésemos compartido el aliento o la saliva, o el temblor del orgasmo. 
     Me gustaría que me escribas como si habernos besado una vez o habernos dejado para siempre no hubiese significado la muerte de nadie, y mucho menos la mía -de la que ya nadie se sorprende-. 
     Me gustaría que me escribas acerca del sol o la lluvia; del ocaso sin tiempo o del poco tiempo que nos queda antes de que llegue nuestro ocaso final. 
     Me gustaría que me escribas, eso sí, desde la ventana que da al futuro, no al pasado. El pasado ha sido ya tan pisado que no creo que fuera posible reconocernos en él. Asomate al balcón y sonreí al apoyar nerviosamente la birome azul sobre la hoja. No pongas la fecha, no hace falta, que parezca que lo escribiste al otro día del comienzo de esta falsa eternidad que simulo que dura hasta hoy y seguramente hasta mañana. 
     Me gustaría que me escribas sobre tus desdichas disfrazándolas de anécdotas, al fin y al cabo, ¿no es esa la única manera de sobrevivirlas?
     Me gustaría que me escribas de esas noches cuando decidías renunciar al amor a cambio de un poco de compañía; de las veces que te abrazaste a un fracaso con tal de no dormir sola. 
     Me gustaría que me escribas por si algún factor pudiera alterar tu producto; por si acaso existiera en la cuenta una coma soslayada capaz de cambiar este resultado que me enfurece y me empuja hacia ese breve espacio donde juré una y mil veces no volver. Y si creés qua nada de eso es posible, me gustaría que me escribas una oración que sólo hable de tu último sueño, aunque haya sido una pesadilla; creéme que la aceptaría de buen grado. Para los que vivimos en un insomnio imperecedero, una pesadilla es aunque más no sea un sueño.
     Me gustaría que me escribas eso que ya nadie escribe; hoy o mañana o cuando lo creas menester; con desdén o con bondad, y hasta con aquella inolvidable arrogancia de la muchacha que me puso un día al acecho de mis sombras permanentes, de mis secretos inconfesables, de mis renuncias postergadas. 
     Me gustaría que me escribas, en definitiva, aunque sea para decirme adiós.

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...