viernes, 16 de marzo de 2018

ESO QUE DICEN QUE ES EL AMOR


     De a poco nos fuimos haciendo a la idea de que nos extrañaríamos para siempre, de que sin importar hasta dónde llegáramos con la indiferencia y la arrogancia propia del despecho, nos extrañaríamos. Y cuando asumimos eso, asumimos el verbo extrañar con todas sus acepciones, y armamos el botiquín correspondiente con las gasas y las vendas necesarias para, llegado el caso, cubrir sin éxito las heridas permanentes. Asumimos también que quedaríamos perplejos ante cualquier contacto casual, así como ante cualquier intento por arrojar desde un barranco todos nuestros recuerdos -y la memoria completa- sólo por sobrevivir a nuestras mutuas soledades. Asumimos que íbamos a transitar lugares oscuros para los ojos del presente, que escribiríamos cartas y más cartas que jamás verían la luz; que nos buscaríamos, sin confesarlo jamás, en las filas de los supermercados y en los interiores de los taxis que pasaran por nuestras narices amagando con el derrumbe definitivo de una fe en la que buscaríamos creer sin lograrlo nunca: la fe en el olvido, en el tiempo que todo lo cura, en eso que se supone que es para toda la vida pero que casi siempre dura lo que dura el sabor de un beso.
     Y así fuimos marcando el territorio de la despedida, abonando la tierra con algunas flores que hicieran más dulce la espera brutal de lo que nunca llega. Dejamos marcas secretas en la ropa del otro para que aparecieran un día de la nada a asesinarnos por la espalda y sin compasión y sin miramientos y sin piedad y con todo el peso de lo inexplicable. Nos pusimos de acuerdo en que si uno de los dos un día decidía irse, lo haría para siempre y sin aviso, sin explicaciones y sin decir adiós. Ese fatídico día nos alejaríamos con desprecio y soberbia, con la ceguera de la venganza y el miedo del profeta de su propia muerte. Dejaríamos el diario íntimo inconcluso y sin punto final, sin notas de despedida ni justificaciones inútiles. Nos abrazaríamos a la distancia sin llorar, negando las huellas y las promesas, escudándonos en una inexistente sabiduría de la vida. Nos desdeciríamos de lo dicho y de lo hecho, de la urgencia ante la soledad de la noche y la llegada de una mañana desolada. 
     Por eso, una vez que desnudamos todos los temores y todas las vergüenzas y todas las miserias y todas las confesiones; que negamos la justicia y los castigos y nos probamos la horca y saboreamos una gota del veneno mortal del rencor; que levantamos las cabezas y afilamos las hachas y escupimos para arriba todas las verdades y vomitamos el orgullo y la estupidez; una vez que hicimos todo eso, miramos por la ventana al cielo, nos desvestimos en silencio y apostamos hasta la última gota de sangre sin saber en realidad hasta dónde llegaríamos con eso que dicen que es el amor.

RR


lunes, 12 de marzo de 2018

YO, ARGENTINO...


     ¡No me mate, no soy negro! 
No me mire inquisidor y desconfiado cuando paso por la calle porque yo, como dijo el presi, soy como todos nosotros, descendiente de europeos. Españoles, tanos, judíos, etcétera. Todos pobres refugiados cagados de hambre que bajaron del barco en este sur lejano y apartado y fueron anotados prolijamente en la nueva Historia, para liberarla lo antes posible de unos indígenas patas sucias que debían ser borrados inmediatamente del mapa.

     ¡No me mate, no soy pobre!
Yo no ando por ahí mendigando ni juntando cartones con mis hijos a cuestas. Tampoco voy por la vida pariendo hijos para cobrar planes o subsidios. Yo pago el IVA y la jubilación y los servicios porque me dijeron que lo que pago es lo que valen. Por lo tanto los seguiré pagando hasta que no me quede nada. Y si me tengo que cagar de frío en invierno o tomar agua caliente de la canilla porque me cortaron la luz y la heladera no funciona, lo voy a hacer, con tal de que no vuelvan más esos negros de mierda. Con tal de que no me confundan nunca con esos coyas que ocupan las veredas para vendernos verduritas y porquerías, que sonríen como si les alcanzara nomás con estar vivos, con ver a sus niños y niñas felices de guardapolvo blanco, listos para intentar por enésima vez ser parte de algo mejor que el índice de pobreza.

     ¡No me mate, no soy indio!
Ya le dije, soy europeo, soy blanco, soy cristiano o, en el peor de los casos, judío, pero siempre merecedor de un poco de piedad cristiana (siempre y cuando no sea ni negro ni pobre). Y a mí que no me vengan con el cuento de los pueblos originarios porque eso es prehistoria, eso es una herejía más de los zurdos y los demócratas liberales de un pasado laxo y permisivo. ¡Qué me vienen a mí con puntas de flecha y tierras ancestrales! Nada de eso existe, nada de eso somos. ¿O es que acaso hay quien desee la barbarie?

     ¡No me mate, no soy inmigrante!
No, no soy inmigrante. Mis bisabuelos lo fueron pero no vas a comparar, por favor... Ellos no eran ilegales indocumentados -o eso me gusta creer-. Ellos vinieron a trabajar, a sembrar la patria de blancura, a corregir los desvíos y la corrupción de la mazorca, de los caudillos rebeldes que se querían quedar con el escudo y la bandera. Por eso, ¡menos mal que vinieron! Menos mal, porque gracias a ellos tenemos cultura, orden y progreso para defendernos de la horda de negros, de pobres y de indios que intentan invadir este sagrado territorio, este apéndice de la vieja Europa que resiste orgulloso como alguna vez lo hizo aquel "vigía de occidente". Eso somos, si señor: la luz de un faro para todos los hombres de bien que quieran habitar el suelo argentino, invocando la protección de Dios, fuente de toda razón y justicia.

     ¡No me mate, no soy un obrero!
Yo soy apenas un trabajador asalariado pero libre, y como tal, no quiero mantener con mis impuestos ni sindicalistas ni vagos ni ñoquis. Acá hay que laburar, ¡LA-BU-RAR! Calladitos la boca y agachando el lomo. Porque a este país lo sacamos adelante entre todos. ¡¿Qué es eso de andar reclamando y haciendo huelga?! ¿Dónde se ha visto semejante cosa? Y si gobiernan los ricos, mejor, porque ellos no necesitan robar. En cambio los otros... Nosotros tenemos que estar juntos, todos los argentinos de bien debemos unirnos con la alegría que nos caracteriza detrás del objetivo de recuperar la patria de las manos de esos negros pobres indios obreros peronistas y comunistas que se la pasan cacareando solidaridades y creyéndose con derechos a no sé qué.

     Entonces, por favor señor policía, no me mate. No me tire por la espalda su petulante ignorancia, no descargue su violencia machista sobre mí como si fuera una de esas minas que reniegan del matrimonio y de la maternidad, no me dé otro palazo en esta cabeza aturdida de noticias catastróficas acerca de lo que se nos viene si usted no mata a los que ya no escarmientan, si no pone a cada uno en su lugar de obediente votante responsable de unas políticas que nadie en su sano juicio votaría pero que muchos como yo, como todo ciudadano legal argentino, no duda en hacerlo una y otra vez, todas las veces que haga falta. Vamos, no lo haga, oficial. No le de otro tiro a mi esperanza de vivir modestamente de mi esfuerzo sin meterme con nadie, sin que me importe un pito la vida de los otros; sin participar de ninguna marcha, de ninguna movilización, de ningún reclamo; sin juntarme con esa chusma periférica que ha contaminado con su insolente presencia todos nuestros hermosos paisajes alambrados llenos de montañas, lagos, bosques y llanuras. Recuerde que yo estoy con usted, que yo tampoco llego a fin de mes pero quiero sentirme seguro y respetado y reconocido por mis esfuerzo, por mi lealtad, por mi sacrificio. Usted sabe que estamos del mismo lado, que nuestra misión es la misma, que los dos formamos parte de esta linea de peones blancos dando batalla, poniendo el cuerpo, aguantando el embate permanente de estos ejércitos de revolucionarios marxistas ateos arrastrados como corderitos por el populismo y sus promesas demagógicas. No crea que estoy tratando de usarlo como hacen todos, yo no soy como ellos, yo soy diferente. A decir verdad, no sé muy bien qué soy, pero créame que no soy un piojo resucitado como dicen ellos. Apunte hacia allá, hacia la oscuridad de los desesperados, hacia la marginalidad de los desposeídos, hacia las villas de los olvidados. Por favor, baje el arma y siga de largo; haga lo que hago yo todos los días para mantener mi pobreza con la mísera dignidad de los miserables, hágase el boludo. Vamos, repita conmigo: yo, argentino. Por favor, se lo ruego, se lo suplico... (¡bang!)

RR


jueves, 8 de marzo de 2018

ELLAS


     La mujer que vive en estas páginas no es una sola, es más bien el legado de varias. Como así también habrán sido varios los autores de lo que cada una de ellas pudiera haber leído alguna vez empujada, probablemente, por la natural curiosidad del gato que vigila los restos de su presa una vez que esta yace moribunda en el suelo.
     No, no ha habido una única mujer, un solo nombre, un cuerpo único trazado con las mismas curvas, un solo par de ojos del mismo color y con la profundidad de una sola mirada. No he podido nunca mantenerme fiel a una sola ausencia, ni he logrado sostener la constancia persiguiendo un único olvido. Debe ser que, como le sucede a un tal Manuel en una obra que disfruto mucho, me gustan todas ellas. Y en el fondo creo que ellas lo saben. A pesar de que no les interese en lo más mínimo, lo saben.
     Y cada una tiene lo suyo, como cada quien, como cada cual. Pero hay un rasgo que las junta a todas a la hora de las palabras vanas que aquí se arrojan desmesuradamente: ninguna ha necesitado jamás para ser, nada de lo que yo les he escrito. Ellas son ellas no gracias mí, sino a pesar de mí. En cambio, yo no soy yo, sino gracias a ellas.
     No han sido ellas las que me han pedido -ni siquiera insinuado- que ocupara un solo segundo de mi vida en escribirles. Ellas, sin importar lo que yo alegue, nunca se han escondido de mí, ni jamás se han asomado tímidamente sobre los márgenes que delimitan, como horizontes, mis fracasos permanentes de sus claros amaneceres y sus seductores ocasos. Más bien, han permanecido fieles a sí mismas, a sus deseos y a sus intereses; a sus espacios y a sus estrellas. Ellas van y vienen en sus propios mundos saludando a los más afortunados y evitando a los que, como en mi caso, nos cruzamos en sus caminos con una torpeza proverbial y unas ínfulas de poetas trágicos que nos dejan inmediatamente fuera de juego. Eso sí, yo seré lo que seré, pero cuando el punto final cae definitivo e inapelable sobre la última oración, yo junto mis palabras, mis intenciones y mis escasas posibilidades y me vuelvo silbando bajito hacia donde mis oscuridades y mis fantasmas me aguardan pacientes. Y si bien lo hago para salvar mi pellejo, también lo hago para no contaminar sus recuerdos con ese asqueroso fastidio de otros que reclaman derechos y exigen cuidados desde la vereda de enfrente. Esos otros que hoy mascullarán su veneno y mirarán con desprecio a las mujeres que salgan orgullosas a ser ellas sin necesidad de nosotros. 
     Pero cuidado, porque estos energúmenos sin remedio andarán merodeando por ahí; los machos y los taitas, los patriotas de la misoginia y el maltrato, los defensores del sentido común y los usurpadores de las libertades individuales. Todos ellos han sido y aun son los perros guardianes de una esclavitud todavía muy en boga. Son ellos (y algunas ellas también, admitámoslo) quienes se adjudican y promueven y practican la licencia de derechos sobre lo que no tienen ninguno. Son ellos los caraduras atrevidos que quieren ordenarlas a ellas en el lugar que, dicen, les corresponde en la cadena de mando que ellos mismos encabezan. Son ellos los que pretenden legislar sus derechos y sus obligaciones. Son ellos los que quieren decidir lo que ellas pueden hacer de sus cuerpos, de sus mentes, de sus vidas.
     Sin embargo, ellas volverán a darles un lección, a darnos una lección a todos. Ellas, todas y ni una menos: las hijas respetuosas, las novias recatadas, las esposas fieles, las madres abnegadas e incansables, las secretarias de los grandes ejecutivos, las amantes de los reyes, las musas de los poetas, las víctimas de los femicidas van a estar en la calle desobedeciendo las órdenes, corrigiendo la Historia, mostrándonos el camino hacia un mundo un poco mejor que este fangal en el que vivimos. Un mundo donde ser mujer sólo sea cuestión de lo que cada mujer quiera ser; de lo que desee para ella misma y para las otras como ella, para sus cuerpos, para sus mentes, para sus vidas. Y mientras ellas anden por la calle ocupando de prepo el espacio que les corresponde y que les ha sido negado sistemáticamente, yo me pondré a un lado respetando su lucha y atendiendo sus reclamos sin agregar ni un sólo comentario, asintiendo, apoyando y acompañando con un respetuoso silencio sus fines y sus medios, sus estrategias y sus objetivos, sus miedos y sus lágrimas. 
     Por eso hoy las dejaré en paz a ellas, a las mujeres de mis horas perdidas, a las que constantemente invito insolente a participar de esas noches sin luna que tanto acontecen en mi ventana. Para que no sientan ni la más mínima brisa que pudiera distraer sus tormentas. Porque hoy puede ser un gran día para aprender algo de una vez por todas, cuando truenen sus escarmientos y me obliguen a dejar de lado por un momento este penoso papel de poeta de cinco pesos que las escribe y las borra y las necesita mucho más de lo que ellas me necesitan a mí.

RR


viernes, 2 de marzo de 2018

YA PRONTO SERÁS


     Sí, debo confesar que al separarme de él me sentí libre. Libre de sus dolores y sus miserias, de sus angustias y de sus porvenires. Me fui tras ella tratando de negar su cobardía, me arrojé a una persecución que en su momento él creyó inútil pero que yo considero inevitable. 
     Lo dejé solo, lo sé. Lo abandoné como a un perro enfermo y nunca más lo volví a ver. En cambio a ella la observé hasta el último día de su vida -que, claro, fue el último también de la mía-. Me abracé a su destino como sólo lo hacen esos enamorados que dejan la leche en el fuego y se van detrás de los aromas frescos de los despertares. Me arrojé como un polizonte en su bote y navegué junto a ella todos sus mares y todos sus ríos y hasta sus humildes arroyos, esos que nadie considera a la hora de escribir versos pero que sobre sus márgenes abrigan sombras de sauces llorones que descuelgan sus ramas sobre el agua sucia que cubre el barro y atraviesa puentes pequeños en los campos de los pueblos perdidos. 
     Un día supe que murió, solo en una habitación que daba al sur, ese punto cardinal que inevitablemente atrae a los que huyen, a los que ya no pueden más y buscan un refugio para ellos y sus brújulas que parecen no querer cambiar jamás su norte. Y claro, su norte apuntaba siempre a ella. A ella y a mí que me había colgado de sus faldas, que esperaba en un costado de su existencia para arrimarme sigilosamente a su cuello fino y delicado a oler su aroma de mujer, de amor imposible; una especie de justicia tardía que quizás le llegara un día a él en su escondite, en su guarida secreta adornada de canciones en su nombre, teñida de versos que la añoraban y la esperaban con la esperanza invencible y cruel del poeta.
     Sin embargo, y para hacer verdadera justicia, yo no tenía otra opción más que montarme a su risa y a sus ojos de chocolate, a su alegría infantil y a su orgasmo de puta en celo, a su recuerdo atrapado en todas esas fotos que él guardaba debajo de la cama en una pequeña cajita de cartón que atesoraba y cuidaba como cuidan las hembras de sus cachorros. Quizás ese haya sido el error fatal. Porque él fue guardando sus días y sus noches en esa caja y olvidándose lentamente de mí que nunca había faltado a ninguna de sus citas con el desconsuelo o con alguna injustificable alegría; que nunca me corrí de su lado, ni siquiera en esas noches sin luna que invitaban al suicidio. Ahí estaba yo, fabricándome una silueta y sirviéndole una copa para pasar el rato mientras ella lo saludaba desde la tierra arrasada del olvido manifiesto. Ahí estaba yo, sin un reproche ni ninguna de esas frases inútiles que pronuncian los que no entienden que a veces el silencio lo dice todo. Ahí estaba yo...
     Y desde ahí escribí esta carta para quienes un día quisieran enterarse de esta historia, la de él y ella. Y tal vez yo no sea más que una sombra, más que una ilusión de la luz, pero en mí hicieron trinchera sus deseos y sus ganas, y la extinta valentía de quien prefirió las palabras a la carne, las rimas a los besos, la oscuridad al deseo insoportable de la piel. Sí, yo fui su sombra y creí tontamente que podía salvarlo de la derrota. Pero no pude, lo siento, no pude. Y su derrota fue inevitablemente la mía, y su muerte me dejó solo errando por las noches de ella que ya tiene otros brazos y otra sombra para entibiar su cama y los rincones de sus tardes grises. ¿Acaso debí haberme quedado con él aceptando como un fiel compañero su destino perdido en vez de lanzarme a una tarea imposible? No lo sé. Ojalá alguien pudiera decirle que lo lamento, que permaneceré aquí. Pues tarde o temprano, ella también se volverá finalmente una sombra.

RR


sábado, 24 de febrero de 2018

DE LO QUE HAY, NO FALTA NADA


Aunque me falte el tiempo y la distancia y un inmenso océano que, de vez en cuando, me permitiera naufragar en una isla desierta en donde no haya nadie, ni siquiera mi sombra persiguiendo la tuya inalcanzable.

Aunque no quede nada de lo pasado, y mucho menos de lo futuro en este presente que deja bastante que desear: bastante para olvidar y poco que perder.

Aunque momentáneamente siga teniendo bajo control el incontrolable espectro de mi alma que te olfatea y te persigue cual perro sabueso, apasionado por su presa, obstinado por naturaleza, obnubilado por tu imagen.

Aunque sólo sea un silencio prescindible lo que haya quedado de mí a esta altura, que -para qué negarlo- es bien baja e insignificante como para, no sólo hacer mención de ella a razón de este poema, sino como excusa para intentar evadir una responsabilidad que me cabe perfectamente; tan justa como todo aquello que seguiré negando con algunas crueles verdades y esta inefable licencia que me da la escritura de repetir una y otra vez innumerables mentiras.

Aunque nadie haya permanecido a mi lado cuando hube de morir por tu capricho, por ser leal a unas lealtades que valen menos que treinta denarios y mucho menos que el beso de un traidor que entregó su nombre a cambio de una cruz de madera para otro; así como yo entregaré sin chistar mi santo sepulcro a cambio del tuyo, de lo que aun nos junta cada noche en una copa, en una hoja o en la más oscura de las tempestades.

Aunque tengamos más por ganar que por perder; pero, sin embargo, y así y todo, elijamos perder para no ser menos que nadie y ocupar nuestro casillero dentro del tablero de la historia de una humanidad que, hace rato ya, se ha ido al tacho, derechito y sin escalas.

Aunque no hayamos sido nada, no por no habernos hallado ni por no habernos querido, sino más bien por esas cosas de la vida que tienen más que ver con la muerte o con esa imperdonable costumbre de alentar ciertos malos entendidos que no hacen otra cosa más que dejarnos a solas con las ausencias, el tango y las lunas llenas.

Aunque no seamos nunca más que este cementerio de sentimientos enterrados bajo mil palabras, que no valen -ni valdrán jamás- lo que vale la imagen de tu vientre agitado, o el temblor apurado de tus pezones duros, o el mágico contorno de tu espalda encorvada como la de un caballo indomable a punto de ser montado dentro de la empalizada que divide lo efímero e inexplicable de la vida y la última oración de una confesión como esta. Sí, como esta misma que quedará como testimonio de lo que un desconocido podría amarte si tan solo te conociera como yo te conozco.

Sin haberte conocido nunca.

RR


domingo, 18 de febrero de 2018

AL ANDAR, ANDAR


     ¿Podés venir a buscarme? O aunque sea vení sólo a verme, a sentarte en cualquier lado y quedarte en silencio observando cómo voy de un lugar a otro de la casa sin hacer realmente nada, vagando por las habitaciones como si visitara este lugar por primera vez. 
     Podés venir y tomar una silla y algún libro de la biblioteca y leerme algún párrafo en voz baja que suene como música sin que me importe demasiado qué dice. Acercarte a mi oído cuando miro los árboles sin hojas por la ventana y cantarme ese estribillo de Caetano que tanto me gusta, así, bajito... shhh... despacio, mientras la gente camina afuera y no sabe de mis lágrimas cuando no estás, cuando Caetano me canta insinuándome que te llame, pero yo no me animo y me quedo sola mirando a esta misma gente que es otra pero es la misma. 
     Porque, al final, todos son los mismos, menos vos que me cantás bajito, que me leés a Arlt y me acaricias las tardes cuando me pierdo entre esta gente a quien ya no pertenezco porque he decidido acompañarme de tu ausencia. Y entonces preparo el mate y entre cada uno que cebo para mí, se muere uno de frío. Como me muero de frío yo sintiendo que me falta tu calor de noche cuando ya la gente no se ve desde mi ventana y sólo hay luces y soledades resguardadas en esos besos que extraño horrores. 
     No seas malo, golpeame la puerta ahora mismo y aguantate que te maldiga por estar ahí parado sin derecho aunque me muera de ganas de que me abraces tan fuerte que sólo me queden fuerzas para desvestirte y apoyar mi cabeza en tu pecho y dejar que nuestros sexos se insinúen y se rocen  mientras nosotros amagamos a decirnos te quiero gimiendo impunemente sin importar ni las consecuencias, ni los vecinos, ni la realidad de ser tan diferentes. 
     Dale, volteá mi puerta a patadas y descargá tu furia de macho herido. Matame de miedo al verte enojadísimo conmigo por ser una tonta que no entiende nada, que no acepta de ninguna manera que me podés querer eternamente aunque yo ande por ahí desnuda como una Lady Godiva sin caballo, de a pie encaramada en mi orgullo pero completamente perdida, porque vos me matás y me resucitás cada vez que abro uno de esos sobres que caen en mis manos por obra de quién sabe quién. 
     ¡Vamos! Acercate a mi guarida como una serpiente y mordeme letalmente, dejame únicamente ese hilo de consciencia que sólo me alcance para balbucear tu nombre hasta morirme, con el único objeto de que te conviertas en mi antídoto.
     ¿Podés? ¿Sería mucho pedir que, ahora que cae la tarde, mires de reojo al teléfono y te levantes de a poco y hurgues entre papeles buscándo mi número y te desesperes por no encontrarlo y salgas corriendo en mi búsqueda? ¿Vos creés que pido demasiado? Yo sólo quisiera terminar con vos de una puta vez y olvidarte para siempre, borrarte de todos lados, del pasado, del presente y del futuro y de mis ojos y de mi boca y de mi mente y de mi alma y de esta cama espantosamente grande que parece una heladera, y de mis sueños que no paran de soñarte y de…
     Sí, ya sé, perdoname, vos estarás ya con tus cosas, tal vez tu cama no sufra estos fríos y tiemble de amores, tal vez tus cartas hayan cambiado de rumbo hace mucho y yo sólo me haya quedado aferrada a un remitente que ya no existe. Pero si alguna vez pasás por mi lado y sin querer reconocés una guarida, mordeme y matame, leeme algún párrafo, tomate ese mate aunque esté frío, cantame bajito y quedate conmigo un rato a ver esta gente que miro cada día por la ventana buscándo tu corazón que añoro.

RR


miércoles, 7 de febrero de 2018

LA ESQUINA DEL HERRERO


     ¿Por qué hablar siempre de nosotros y no de ellos? 
   Bueno, quizás sea porque nosotros tenemos mucho más que lo que, aparentemente, nos ha quedado a cada uno. Tenemos una antigua niñez recién convertida en adolescencia mirándonos por la espalda, buscándonos a escondidas, despidiéndonos un día sin saber lo que una despedida era en realidad.
     Nosotros tenemos una pila de años atados con los piolines de la vida y de la muerte, una marcha sin querella con los suspiros de los deseos y las frustraciones. Tenemos un cielo perdido en común que a veces vale un hermano y otras un amigo.
     Nosotros tenemos un pueblo entre barro y pampa y unos ombúes en una plaza que guardan algunas canciones que hablan de nosotros sin que ni ellas lo sepan, y sin que nosotros las podamos aguantar de pie; sin que podamos rogarles un indulto al momento de ponernos contra el paredón para fusilarnos a los dos con la misma bala.
     Nosotros tenemos un silencio precario y un olvido mentiroso. El primero es frágil como el mismísimo amor; el segundo es un chanta que va y viene de acuerdo a lo que cada uno le propone. Y a mí, cada tanto y recostado en la vidriera, me vienen estas ganas de proponerle cualquier cosa a través de alguna carta que vos -atrevida o sabiamente- asumirás como propia; mientras yo, como todo mentiroso, niego y negaré avergonzado hasta el final de mis días.
     Nosotros somos apenas una pequeña anécdota perdida en el tiempo, arena que la vida se llevó. Y que para colmo de males, es imposible de ser contada sin que en una noche cualquiera corra imprescindible la sangre de un cristo o el descanso fresco de una cerveza elegida sin chistar a tu gusto.
     Nosotros no nos dijimos ni hola ni adiós, casi que nos desconocemos por completo. Vos me mirás y yo te hablo. Vos te desnudás cada noche y en la oscuridad se pueden oler mis deseos a la distancia, porque bien sabés cuanto me gusta disfrutar de tus contornos y tus márgenes dibujándose en el recuerdo; sin embargo yo, como dice una vieja canción, te toco y te beso pero no te nombro.
     Nosotros sabemos más o menos lo que queremos aunque no tengamos puta idea de cómo demonios conseguirlo. Y como ya no hablamos como solíamos hacerlo, entonces, no podemos contarnos nuestras penurias o nuestras escuetas felicidades. Y mucho menos corroborar ante testigos, o frente a un ilustre jurado, que somos sospechosos de un homicidio culposo, de habernos atropellado mortalmente un día: primero por carta, después por teléfono, y finalmente cuerpo a cuerpo a la vista de una primavera porteña que pronto quedó obsoleta. 
     Nosotros andamos por el sur de aquí para allá, vamos y venimos montados sobre el bandoneón de Troilo del paredón al después, del mar al río, de la rambla al obelisco. Y como aquellos dos adolescentes sin cargos ni culpas aun, nos miramos sin saludar, nos observamos de arriba a abajo, de pies a cabeza, del derecho y del revés. Todo sin decir una palabra, sin que haya un mínimo contacto entre el celestial fondo de tus ojos y el opaco marrón de mi destino. Algo así como querer encontrar el vértice de una esfera o la cura para las ausencias irremediables. 
     Será por eso que hablo siempre con vos de nosotros. Porque por el momento, y si es que la vida no nos sorprende un día, sólo nosotros seguimos siendo nosotros, aunque sea de vez en cuando en tu ventana y ante la mirada atónita de ellos. 
     Y ellos sabrán disculpar.

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...