sábado, 9 de febrero de 2019

DAZED AND CONFUSED


     Por lo que he podido saber hasta ahora, hay quienes creen que el pobre tipo está solo, abandonado al viento como una vela huérfana de mástil. 
     Por otra parte, hay quienes sostienen que, en realidad, el tipo está perdido, obnubilado, aturdido como un solo de guitarra de Jimmy Page, como buscando un tesoro, un reposo donde sostener la última nota. 
     Algunos opinan que es un ermitaño, un caso perdido, un energúmeno que jamás se adaptará a las reglas sociales de buena conducta, a la ética y a la moral que debería ser el ejemplo que nos guíe en este camino de progreso humano que, a decir verdad, nadie puede responder hacia dónde cuernos progresa, hacia donde demonios va, en qué mierda nos está convirtiendo.
     Yo, por mi parte, creo que el tipo no está ni mejor ni peor que nadie, que no va a ninguna parte ni viene de ningún lugar; que su horizonte está mucho más cerca que lo que un horizonte debería estar, ahí, al alcance de la mano, justo para auxiliarlo cuando se muere de amor o de vergüenza por una mujer que todos dicen saber quién es pero que ni siquiera él puede afirmar dónde habita, dónde duerme o dónde ama (a quien sea que ame).
     Porque está claro que no es a él a quien ama, no. No es con él con quien duerme, no. No es a él a quien alberga en el centro de su pecho o en las afueras de su mente. No, ella está más allá de todo, de él y de mí. Ella tiene un pedazo de propiedad privada que le pertenece y que espera la revolución precisa para la expropiación correspondiente. Un llamado a tomar las armas que deje todo en las manos de unos soviets tan rojos como el amor. Ella espera que su corazón sea derrocado y conquistado, arrancado frente a sus ojos cerrados, a sus piernas enlazadas, a su pubis húmedo y vencido. Ella es todo lo que él quiere y se le niega. Ella es todo lo que yo quiero para él y, para qué negarlo, para mí. 
     Y es que, a decir verdad, sin mí, ni ella ni él existen. Pero más importante todavía, sin ella, él -y sobre todo yo-, moriríamos aquí y ahora, vencidos y desgraciados, olvidados en este silencio inescrutable que aturde y nos demuestra ferozmente que ya es tarde, que el disco ha terminado y que todos, ella, él y yo, hemos desaparecido hace rato. Para siempre.

RR


viernes, 8 de febrero de 2019

SUS AIRES ESTIVALES


     Acurrucados al costado de las horas vuelven nuevamente sus aires estivales. Aquellos mismos aires que prometieron destruir finalmente mis oscuros fríos, los peligrosos despertares llenos de nada, de pura nada, de todo o nada. De poemas sin rima, de historias sin argumentos, de alegrías injustificadas, de tristezas sin fundamento. Recuerdos sin memoria que fueron olvidados apenas intentaron perdurar en la piel o transformarse en trazos de tinta seca, signos, aromas y sabores perdidos e irrecuperables.
     Estos aires estivales van y vienen, bailan la melodía de la brisa, de la arena y las olas, de las nubes negras que anuncian las impostergables e imprescindibles tormentas de la tarde. Se arriman despacio, sigilosos entre mis suspiros dormidos, entre los durmientes zumbidos de los abejorros, entre las ninfas imaginarias que esperan cada una a su Ulises. Me desechan por la mañana y me atormentan por la noche obligándome a buscarla como un ciego hasta encontrarla. 
     Justo a mí que he hecho un pacto de no agresión conmigo mismo, que me he negado triunfante al ser o no ser para evitar desaparecer del todo, para sortear sus acertijos y no quedar fuera del alcance de su último manotazo de ahogada. Para aliviar el pecado mortal de sentir este dolor en las tripas y en la carne roja de sangre que urge a mi alma a dejar de una vez por todas el amor platónico para ir a abrazarme al desconsuelo de una piel desnuda a la hora de la siesta. 
     Entonces, y eludiendo cualquier clase de contratiempo, hago ademanes exagerados y promesas impracticables; renuncio por escrito y la calumnio por la espalda para simular un odio imposible. Tan imposible como prometerle alguna vez indiferencia.
     Y mientras los aires estivales también pasean por sus calles que suben y bajan de aquel lado del mundo, de este lado de la hoja, yo asumo cobardemente mi derrota y me arriesgo a deslizarme entre sus sábanas; acomodo lentamente mis piernas entre las suyas humectando estas ganas de adentrarme en sus soledades, de apretarle los pechos que imagino de pezones despiertos, vigías, duros como la vida misma; encantados de conocer, agraciados por las necesarias desdichas que prueban que la muerte podría estar esperándonos a la vuelta de la esquina, a la vuelta de su cabeza que gira para verme y se abraza a mi pretendida compañía, mientras yo me abrazo a su irrefutable ausencia acompañándome de estas palabras que nadan el tormentoso río de mis anchas soledades, de estos fracasados intentos de sobrevivir a su renuncia, a su inmenso silencio que aun perdura en el tiempo. 
     Un tiempo que, como el amor, lamentablemente se materializa siempre cuando ya pasó, cuando ya no quedan días en el calendario, minutos en las agujas, besos en la boca; cuando no somos nada más que lo que hemos sido sin poder volver a ser. Cuando los años han transcurrido desentendidos entre lo que quedó de aquella vida postergada y la muerte enamorada e inminente que nos sopla calurosamente la nuca. Cada vez más de cerca.

RR


miércoles, 6 de febrero de 2019

DIURNO Y ESTIVAL


     ¿Será? ¿Será, entonces, que debo cerrar los ojos y dar un paso adelante arrastrando estos demonios funestos y los amaneceres que nunca llegaron? ¿Será que tengo que abrazarme así desnudo y abatido a la oscuridad para hacer de ella una luz que ilumine tantos acordes silenciados por el olvido, por el dolor de ya no ser? ¿O será acaso sólo cuestión de aferrarme a esta pluma que vuela su propio cielo y al espacio en blanco que se ha creado entre nosotros, entre los fugaces vivos y los eternos muertos, entre los que ya no volverán nunca y los que se quedaron brindando por cualquier cosa? ¿Será que ha llegado la hora de archivar las desilusiones y los desencantos y sonreír sin motivo sólo con la compañía ocasional de tus ganas visitando por las noches mis deseos?
     La verdad es que no lo sé. Y, paradójicamente, eso no me perturba tanto como sí la posibilidad de saberlo, de develar la incógnita y ponerme en conocimiento de mi destino. Porque no quisiera saber nunca que te vas a ir para siempre de mi memoria, que tu fantasma saldrá de mi cama un día de estos e inmediatamente se hará un cráter de silencio y desesperanza que tendré que llenar con poemas que no sabré cómo escribir. Porque mucho menos he aprendido a juntar el polvo suficiente de todo lo que va quedando abandonado para llenar este agujero inmenso y procaz; cómo se toma una maldita escoba y se barren al viento los recuerdos infectados de besos secos; cómo se juntan las palabras precisas (y tu sonrisa perfecta) para contar acerca de esa muerte peor que la muerte, de ese sinfín que arrastró tu recuerdo al olvido dejando todas estas horas por vivir. Sin saber cómo. 

RR


martes, 5 de febrero de 2019

NOCTURNO Y ESTIVAL


(texto rescatado de una conversación breve)

     Todos deberíamos encontrar un suplicio que nos condene, una daga que nos apuñale, un solsticio fracasado que nos empape de furia y nos doblegue y nos consuma el poco aire que nos va quedando. Todos deberíamos ser capaces de decir "acá estoy, matame", y morir por una buena razón. Todos deberíamos ser acreedores del infierno que nos consume en cada sonrisa, del engaño que divulgamos a cuatro vientos entre copa y copa, entre bala y bala. Todos deberíamos tener derecho a ser este manojo insensato de despojos de amores y relatos de otras bocas; un recuerdo constante y preciso de una fiebre que nos deje tirados al costado del olvido sin otra cosa que hacer que esperar a que se pase "y que sea lo que Dios quiera". 
     Porque todos estamos a merced de un salvaje estallido: su risa, su calma, sus señales, sus conflictos, su vida, la muerte. Y vagamos como hipócritas entre los delirios de la borrachera y la patética sensatez del tipo equilibrado que yace en la red seguro y que jura jamás volver a intentarlo. 
     Todos, amigo mío, buscamos la paz en la guerra y las respuestas en las noches sin luna. Pero no hay nada ahí, nada. Te lo digo porque esta noche tiene algo de luna y mis enemigos están todos aquí brillando impunemente a mi lado, hablando nada más que de ella de quien ya no hablo, por quien ya no lloro, a quien ya no recuerdo. Sólo le escribo. 

RR


miércoles, 16 de enero de 2019

SOBRE PIEDRAS Y AGUIJONES


y la chica de la imprenta...

     ¿Y vos creés que yo no sé que el mundo está a punto de volar en mil pedazos, que entre los muertos que nadie anuncia hoy en los diarios hay miles de historias truncadas, miles de bocas silenciadas, miles de corazones rotos? ¡Pues claro que lo sé!
     Pero sucede que cada vez que me acerco a sus ojos de miel, de entre medio de las ruinas de la humanidad que me circunda, surge una música que no puedo describir, que no me permite improvisar ni una nota, ni siquiera un mísero sonido que salga graciosamente de mi garganta. Lo único que puedo hacer es contener una ridícula confesión y huir de su lado, volver al fangal de donde estúpidamente siento que sólo ella podría rescatarme creyéndome una flor. Eso sí, pobre de ella si alguna vez lo intentara, si pretendiera extraer algún polen de mis estambres. Pobre de ella porque se toparía más bien con los cardos y las espinas que se me han ido adhiriendo a la piel, al alma y hasta a la garganta que sigue sin poder improvisar una nota, un sonido digno capaz de prometerle -de mentirle- que jamás volveré a buscarla. 
     Pero ya que esto va a quedar entre nosotros, lector, dejame que te confiese que a veces hasta he llegado a cometer el pecado de sentir cierta compasión por mí mismo, por esta costumbre magra de tropezar dos veces y tres y cuatro y... Bueno, todas las que hagan falta. Hasta que un día la muerte se apiade de mí y me quite esta manía de perseguir piedras y ojos de miel como los de ella. 
     Claro, ¡¿a quién se le ocurre?! Si todo el mundo sabe que a las piedras hay que esquivarlas, hay que pasarles por al lado y hasta tenerles cierta desconfianza -y ni te cuento sobre los ojos de miel-. Es sabido que las piedras son capaces de moverse hasta posicionarse pérfidamente delante de los desgraciados como yo, como buscando confundirnos y engañarnos con algún reflejo salido de esas especies de órbitas que todas poseen, procurando que el brillo caiga directamente sobre nuestros aparentemente lógicos pareceres para encandilarnos, para convertirnos -como si fuera un cuento- en un flan inconsistente que fácilmente se deshace al primer movimiento de sus párpados, al primer tiro de lazo (como dice el tango). Y así, todos revueltos en un jugo acaramelado, caemos como chingolos heridos en una historia inverosímil, sin pies ni cabeza. Eso que algunos supersticiosos creen que forma parte de un destino inescrutable, pero que yo me niego aceptar de esa manera. 
     Sin embargo, no es que me niegue por convicción o por principios, sino por esta maldita y horrible fantasía de creerme un poeta, cuando lo único que agencio es, en realidad, la impunidad de poder sentarme a cualquier hora a escribirle a una piedra, a unos ojos casi desconocidos. Y todo cuando debería estar protegiendo mis muy escasos y humildes pareceres con algún manto de piedad que tal vez me permitiera escaparle a su aguijón, a ese reflejo meloso que brota implacable de su mirada. 
     Entonces, estimado lector, ¿entendés lo que pasa? Yo no debo por ninguna razón seguir permitiéndole que zumbe como una reina sobre mi espíritu. Yo debo urgentemente huir despavorido de este enjambre, ocultando -o al menos fingiendo- que, si bien ella pudo picarme, su aguijón no llegó a clavarse en mi mente, y menos aun en mi corazón; que soy capaz de esquivar la piedra por una vez en la puta vida, aunque sea para preservar por un tiempo el sueño y no convertirme otra vez en un ser insomne garabateando frases en un cuaderno. Es más, debería aprovechar su punción para pinchar este globo y arrojarlo a la basura en vez de estar inflándolo, en vez de malgastar el poco aire que me va quedando. Ese aire que cada vez me cuesta más soltar, quizás como consecuencia de los males de este mundo que se desangra rápidamente, o más probablemente por culpa de los años que he pasado cayéndome torpemente entre piedras y huyendo miserablemente de aguijones a los que, al final, he dejado siempre que me piquen sin piedad. 
     Porque, lamentablemente, eso es todo lo que tengo para mostrar: piedras y aguijones. Y ni unas ni otros han podido salvarme de ser, al fin y al cabo, nada más que un escritor sin historia, un apicultor fracasado que se sienta cada tanto a escribir relatos anónimos y cartas empalagosas para mujeres que se han llevado su miel lejos de esta colmena construida con más penas que glorias. 

RR


lunes, 14 de enero de 2019

TELEGRAMA DE RENUNCIA PARA UN SUPUESTO AUTOR CASTELLANO


Dedicado a los personajes con vida y a los escritores vencidos.

     Lo siento, estimado viejo amigo, renuncio. Sí, he decidido abandonarte acá mismo pues ya no puedo participar más en escritos sobre tus amores sin rumbo y los amores de los otros desconocidos miembros de esa cofradía de amantes absurdos en donde yo, debo admitirlo, he terminado siendo sin darme cuenta uno de los socios anónimos más desleales y procaces. Lo lamento, es que siento que mi deber es hacerle honor a ella y no tanto a los silenciosos sanchos que te han acompañado todo este tiempo sin chistar por las acequias de su territorio; ese campo afortunadamente abierto para algunos pero invariablemente alambrado para vos que ya te has hastiado de arriar tus palabras hasta ese último sendero que conduce a su corazón, sin animarte siquiera a saltar a escondidas por sobre su tranquera. Y yo no les debo nada a ellos, a esos escuderos que te apañan a vos cuando es a mí a quien le toca emprender cada una de tus retiradas amargas guardando en mi propio bolsillo su estampita hasta la próxima aventura. No les debo a ellos tampoco el agradecimiento por sostenerte amablemente en cada derrota que, a esta altura, ya podría ser denominada con su nombre y ubicada como la más contundente de todas aquellas que figuran en la larga lista de fracasos que, al final, me toca también a mí acarrear sobre los hombros. A ellos, entonces, deberás vos, a partir de ahora, ofrecerles los escasos y fugaces momentos de inspiración que su recuerdo aun te produzca. Yo me voy de acá.
     Y no me juzgues un cobarde o un arrepentido porque no lo soy ni lo estoy. Porque si bien yo no soy Alonso Quijano, no quiero desistir del sueño del Quijote por ocultarme de algunos vientos que, aunque soplan a lo lejos, aun soplan. Y cuando esos vientos soplan sobre mi cabeza se arremolinan en mis propias manos vendavales y tormentas que me dejan frente a frente con la mismísima muerte. Es que, a diferencia de lo que vos has hecho, no es mi intención empuñar la pluma como una espada para aclarar tantos o para saldar deudas. No, yo voy a empuñar directamente la espada para hacer trizas estos márgenes y esta gramática sin sentido que me mantiene acorralado, encerrado en una dimensión que no me permite llegar a ella, al umbral de su mirada, a la constelación que dibujan las estrellas que sólo por ella brillan para mí.
     Porque cada vez que me encuentro discurriendo por los renglones de una de tus hojas, persiguiendo obnubilado el rastro de su olvido, soy yo quien combate los molinos de vientos y presenta batalla a los reflejos de esa mujer que se ha ido de tu vida dejando sólo su aroma como testimonio irrefutable para mi existencia. Y es que para vos, la mía es una pretendida existencia que sólo vale por la tuya. Pero para mí, mi existencia no vale en realidad un céntimo sin ella. Porque por encima de todas siempre estará ella. Ella como una Jerusalén idílica, como el ecuador que divide mi norte y mi sur y me deja, de acuerdo a la época del año, ardiendo bajo el sol de un desierto perdido, o congelado sobre un glaciar blanco e infinito. Porque un suspiro en su nombre puede impulsar sin demasiado esfuerzo unas aspas que, mediante engranajes ocultos y enigmáticos, orientan mi catalejo que busca acariciar el recuerdo de su voz o el color de sus ojos, o simplemente el suave erizar de su piel transpirando en una de esas noches que tantas veces te he visto escribir arrumbado al costado de una borrachera.
     Entonces, si no te digo adiós al partir es porque no es posible ya que puedas saber quién lo dice, quién se despide. Si un loco o un imbécil, si un amante o un desquiciado, si un un personaje verdadero o un impostor. Y aunque probablemente sea un poco de todas esas cosas, soy también un intérprete que sabe cuando su obra a llegado a su final, cuando ya no quedan argumentos capaces de torcer la historia, cuando el autor ha puesto el punto final le guste a quien le guste el desenlace; que para algunos podrá ser feliz y para otros desgraciado. Por eso, querido amigo, me voy. Abandono este delta de aguas que no bajan a ningún océano para saltar de una barca que nunca logrará naufragar en su vivir. Y yo quiero eso, yo añoro su orilla, yo necesito escribir de una vez por todas su nombre para que todos lo vean y renuncien al intento de salvarme de eso de lo que yo no quiero ser salvado, porque lo que yo quiero es ahogarme a su lado. 
     Lo siento mucho, no tengo intenciones de seguir participando de tus insufribles cartas y tus desesperados ruegos. No me interesa ser la cara de tu resignación ni la letra que firme un armisticio con su recuerdo. No, amigo. Lo que yo deseo es alzar su nombre y llevarlo como bandera hasta la victoria. Lo lamento aunque no tanto. Sé que tarde o temprano, y como sucede casi siempre en estos casos, amanecerá otro sol sobre tu horizonte y podrás dedicarle a el las odas correspondientes. A mí me toca ahora tomar las riendas de este Rocinante y saltar de una buena vez su tranquera, desafiar este destino maldito que me has impuesto de ser nadie, un triste y oscuro sustantivo que justifique y participe gratuitamente de tu gusto por la escritura. 
     Buena suerte, autor. No me guardes rencor porque yo no te lo guardaré a vos. Nuestra relación ha durado lo que tenía que durar y ojalá nos haya servido a los dos por igual. Ya sé que no será fácil encontrar a otro que quiera vestir aquellas ropas que a mí me tocaba llevar irremediablemente. Quizás, si es que nadie aparece a tomar mi lugar, eso te permita juntar el coraje para cortar los eslabones de la cadena que te unen obstinadamente a un desengaño y así poder dedicar tus horas a escribir sobre crímenes y castigos mucho menos dolorosos que este del cual yo ya no participaré. 
     Sólo una cosa más antes de irme: si por una de esas circunstancias misteriosas de la vida decidís dedicarle a ella una última carta de despedida, no le digas que me fui a buscarla, no hagas mención a la ruptura de nuestra sociedad. Dejame que sea yo quien la sorprenda un día de estos con mi propia letra, con los trazos de un amor dibujado durante años con un dedo sobre el borde de su boca. Una boca que que yo creía que nada más era la ocurrencia de un escritor exiliado en París, pero que, al final y a decir verdad, es tan real como la vida misma, resucitando una y otra vez del fondo oscuro de la muerte, tan verdadero como el irrefrenable tallo del amor que siempre termina brotando impune desde el silencio profundo de la tumba del olvido. 

RR


jueves, 10 de enero de 2019

QUIEN


Quien declare haberme conocido deberá inmediatamente admitir que no ha sido un gusto ni un placer; que no ha conocido un perro más rabioso ni ha probado un durazno con más pelusa. 

Quien declare conocerla quizás pueda afirmar sin temor a equivocarse que fue ella la causa de todo, de lo que he declarado al público y de lo que he ocultado entre las bambalinas de la noche, matando de a una las horas que la nombraban en su ausencia y las que, sin que hubiera más remedio, vivían sólo por ella.

Quien crea que yo no creía en nada, que no sostenía una esperanza, que no abogaba una venganza es porque no me ha visto mirando al cielo, caminando sin rumbo por la orilla del mar o maldeciendo a Dios sin miedo, harto de su misericordia impagable.

Quien crea que su cuerpo existe y que su nombre no es un invento estará cometiendo el mismo error que mil veces cometí yo mismo cuando intenté aferrarme a su cintura y resbalé trágicamente por el precipicio de su indiferencia hasta quedar estampado contra el blanco imperecedero del olvido.


Quien haya escuchado hablar de mí tendrá suficientes testimonios para poder plantear hipótesis falsas y sacar conclusiones apresuradas y falaces; algo que, al fin y al cabo, todos hacemos con todos y mucho más con algunos.

Quien haya acercado alguna vez su lengua a su boca, sus dedos a su pelo o su nariz a su ropa interior habrá comprobado que el amor es diabólico y no celestial, que nadie se enamora de su ángel guardián sino de su propia perdición, que la muerte aparece siempre de su mano a cobrar su precio: alto para los mercaderes, justo para los héroes.

Quien prefiera leer mis delirios buscando la raíz de mis soledades, la causa de mis males, la razón de mi vida, pues sería conveniente, y hasta imprescindible, tener a mano una mujer desnuda, una botella de algo más puro que el agua o un pedazo de chocolate que sirvieran de salida de emergencia de un lugar adonde nunca jamás ha entrado nadie.

Quien prefiera perseguir sus caprichos tendrá que sacar a bailar sus pies pequeños por donde quiera que ella vaya: por el lustre agotado de un tablado reo o por el fangal ignominioso donde los tomates son flores y la angustia de perderla una rutina espantosa.

Y por último, quien quiera ahora mismo alegar algo a mi favor o en mi contra sepa que ya es demasiado tarde pues ya no tengo salvación; porque todos mis testimonios han sido borrados y todas mis pertenencias vendidas al mejor postor; porque no soy capaz de mentir y decir que todo fue una equivocación cuando lo dicho y lo hecho no valen ya un suspiro, ni este último mío, ni todos los que por ella entreguen en batalla quienes se le atrevan. 

Porque ella se fue hace ya una vida y yo ya he muerto dos veces.

La primera por ella.

Y ahora por mí.

RR




DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...