jueves, 26 de mayo de 2016

ESPIRAL


     Ahí va, llevando sus pies en punta, agitando orgullosa todo eso que yo cargo como un cristo por las mismas veredas. Y la veo pasar como en un espiral, como si fuésemos a destiempo por el negro surco de un disco. Mientras yo ya casi termino mi coda ella recién empieza la primer estrofa. ¿Y qué puedo hacer yo cuando ya no me queda estribillo por cantar? ¿Qué puedo hacer si ella me saluda atentamente desde el borde de su camino levantando su mirada, inflando sus pechos nada más que para crear ilusorios amaneceres para pobres náufragos; desatando tornados y huracanes como esos de los que algunos huyen y por los que yo, en cambio, quisiera ser devorado? Nada, sólo puedo estirar mi mano, vociferar promesas, escribir panfletos amorosos como este que, en todo caso, iré dejando atrás mientras la púa me empuja hacia un final inevitable.
      Es que cuando llega el final del día, cuando los acordes vuelven a sus tónicas y los corchos se amontonan a los pies de las estrellas, ella y yo no somos más que un círculo oscuro girando en el silencio que nosotros mismos hemos construido. Sin embargo, no logro sentir remordimiento por esto de ser un autor de cartas sin destino, de alegatos para un jurado ausente. Como así tampoco puedo abjurar de ella. De ella y de la fritura de su vieja melodía aun sonando fantasmal en este cuarto mientras otros amores se encuentran y se desencuentran allá afuera; y los dichos se abrazan a sus susodichos y los ojos de todos los colores se acomodan entre los deseos de quienes -como yo un día- nunca pensaron que unos ojos celestes serían capaces de ocultar a otros marrones que sufrieron un ocaso temprano, que se retiraron a cuarteles de invierno seguidos por primaveras y veranos y otoños y los años que han debido transcurrir y seguirán transcurriendo hasta que llegue esa última vuelta fatal. Ese instante final antes de que el brazo se levante y se escuche nada más que el estruendo de una ausencia definitiva que, si es tan definitiva como algunos dicen, no será nunca tan estruendosa como aquella que no lo es. Como la de ella que se asoma allá por esos montes mágicos en donde se escuchan los ecos de una canción que para mí ya debería haber terminado pero que, sin saber por qué, se me ha grabado en las manos que le escriben y en la lengua que le habla y en la sangre que atormenta mis venas cuando pienso en ella. Allá en su surco, allá en donde las primeras notas de la guitarra dicen que este será otra vez un solo de esos que van y vienen, que tocan lo que debería estar vedado y que en mi caso es lo que ella guarda para otros que tienen la fortuna de empaparse en los esteros de su vulva, esos márgenes que alguna ves creí mi paraíso y que hoy son el desierto donde camino mi éxodo pensando en ella, asumiendo como propios sus pecados, brindando, muriendo y resucitando en su nombre cada veinticuatro de marzo, perdiendo mi tiempo buscando combinaciones de palabras imposibles, sumando novenas innecesarias a una canción a la que ni siquiera me animo a ponerle su verdadero nombre. Y todo para poder seguir. Y todo para no volver.
      Y hablando de volver, debo confesar que acabo de colocar una vez más la púa sobre la tersa piel de su recuerdo para escribir esto que sabe a blues, o cualquiera de esas músicas que sé que me esperan siempre cuando anochece sobre mí otra tarde de esas de búsqueda por las calles donde ella camina sin verme, donde yo camino sin tocarla, donde existen millones de melodías iguales a esta que nos junta como si quisiera que bailásemos bajo un cielo gris a punto de llover, así como finalmente lloverá sobre personas con el mismo destino trágico. Personas sin rumbo detenidas en medio de la pista; hombres y mujeres que no se ven ni aun cuando se tienen enfrente, ni aun cuando lo que se oye no es otra cosa que la arritmia sincopada de los afortunados. Esos otros que sí logran, con más locura que valentía, vencer sus cobardías y saltar los surcos para encontrarse antes del final del disco. En cambio aquellos otros seguirán mirando como ciegos un ocaso ineludible, cada uno desde su triste compás en una ajada melodía pretérita que arrastra a treinta tres vueltas por minuto a quienes, como ella y quien suscribe, ya no serán capaces de encontrarse jamás.

RR


jueves, 19 de mayo de 2016

EL REFUGIO


     A la vera de este frío de mayo me he acercado en medio de la noche como un perro solitario al refugio abandonado en donde hasta no hace mucho encontraba promesas y gestos con los que armar brebajes para el desamor, pociones encantadoras para hacer de tu vida un pedazo de la mía. Me he asomado y he podido corroborar -sin demasiada sorpresa, debo confesarlo- que finalmente ha sido ocupado por la oscuridad de una ceguera irremediable, por las telarañas de un silencio imposible ya de ser conjugado. Si tan sólo tuviera aunque sea alguna razón para darte, alguna explicación que sirviera para hacerte saber que no ha sido mi intención que esto suceda, sino todo lo contrario.
      Pero no tengo ninguna, ni siquiera una mueca de indulgencia ha sobrevivido en mi cara. Me he quedado sin pecados que confesar, sin bajas que lamentar, sin penas que sobrellevar. Vamos, me he quedado sin tinta en el tintero. Ya no soy capaz de reunir entre todos aquellos puntos finales que por las dudas guardaba en los bolsillos, tres iguales como para armar unos puntos suspensivos -aunque sea ficticios- dignos de aquel amor que como un pretendiente enamorado solía confesarte una y otra vez. De día, durante esos breves amaneceres de ilusiones sin fundamento; o de tarde, a esas horas en que los eternos ocasos del desengaño hunden a algunos hombres en una silla a tomar el dictado de sus más funestos demonios; hombres avezados en la práctica del fracaso; hombres sin temor al ridículo, incapaces de salvarse de ellos mismos negando el espantoso destino de ser esclavos voluntarios de una ausencia. Y así, como esos hombres acorralados por los espectros del pasado, yo me acostumbré a dejar siempre a pie de página un espacio vacío donde escribir algún día tu nombre oculto en lo más profundo de este refugio.
      Y ahora me pregunto: ¿cómo justificar todo esto? ¿Cómo hacer de un zapallo una carroza cuando ya se han pasado las doce y no hay princesa ni zapato capaz de calzar en las huellas perdidas de lo que no fue ni nunca será? Sin embargo, te ruego que no me culpes, no he sido yo quien te ha apartado de mi camino, quien ha dejado de mirar hacia tu sendero sinuoso de idas y venidas, de subidas y bajadas por esos años tuyos que han pasado a pura indiferencia de los míos (al fin y al cabo, no más que unos pocos años que se han perdido como pobres estúpidos detrás de tu horizonte inalcanzable). No, no he sido yo quien se ha ido. Porque no es posible irse de donde nunca se ha estado. Y eso probablemente sea lo de menos. Lo de más es todo aquello que estuvo de más, todo aquello que fue escrito después de hora, cuando la película ya había terminado y nada quedaba para hacer más que recordar detalles tontos o errores de continuidad. ¿Quién en su sano juicio se queda sentado en la butaca tratando de recordar las señales que mostraban a todas luces y sin demasiados misterios un final anunciado?
      Pues bien, esto que es pura nada, ha sido todo. Ya no será posible tratar de establecer puntos de encuentro o trazar directrices de futuras reuniones inesperadas en hojas como esta. Ya no hay una mesa para nosotros en algún bar abandonado en los suburbios, ni una botella de vino esperando a la sombra de las oportunidades. Nada de eso existe y, para ser honesto, nada de eso existió nunca. No hemos podido ser ni aun aquello que buscamos por todos los medios desmentir.
      No habremos de hallar nunca entre nosotros un hilo rojo, una tangente rozando nuestros círculos, un camino de hojas secas guiando nuestras soledades. No habrá para nosotros, siquiera, un destino de soledades, de amargos desencuentros, de estrellas buscándose en una noche de verano al filo del mar. No, nada de eso. Por eso esto no llega a ser ni una triste carta de despedida, pues eso sería asumir que alguna vez hubo un encuentro, una coincidencia o, al menos, una casualidad posible de ser adjetivada aunque sea disimuladamente entre un quizás y un quién sabe.
      No, querida, ya no hay en este refugio ni un adiós ni un hasta siempre. No hay nada por lo que dar las gracias o alguna deuda para ser saldada un día. Sólo quedan entre sus paredes derruidas el débil garabato de un eco casi imperceptible y el murmullo remanente de insectos y hojarascas batiéndose en el fondo junto a una maldición que, justo antes de alejarme de esta vieja guarida, arrojé de mi puño y letra con el orgullo herido de quien quiere evitar a cualquier precio toda clase de compasión ante un vacío inexplicable.
      Entonces, y siguiendo el ritual de todos los fracasos, es tiempo de que cada uno guarde para sí sus imperdonables rencores y sus astucias tardías para que se pudran dignamente en las profundidades del olvido. Y así como así, como si nada, como si todo, como en esos finales que a nadie sorprenden, vos abandonarás para siempre estos falsos recuerdos míos de escritor de coyunturas mientras yo, sin oponer resistencia alguna, me dejaré arrastrar por un viento milagroso hacia la tierra de los amores perdidos. Allí adonde van los que han sufrido, después amado, después partido. Esos seres oscuros y anónimos con insensatas pretensiones de poetas.

RR


Foto: Soledad Alarcón

viernes, 29 de abril de 2016

A VOS


     A vos que quizás estás ahora sentada en el suelo observando un cuadro mudo sobre una pared desnuda; o tal vez desnuda mirando como avanza la noche sobre tu ventana que va dejando las estrellas a merced de las luces amarillas de la calle.
     A vos que creés con una fe ciega en un futuro reivindicativo, con la absoluta convicción de que en algún lugar de su inexistencia guarda algo capaz de justificar este presente y ese pasado que, como dos secuaces, intentan desmentirlo y refutar tus inquebrantables esperanzas.
     A vos que sabés que, si quisieras, podrías hacer que esperasen todo el día en la puerta quienes andan merodeando tu superficie, más nunca tus profundidades que son tuyas y de nadie más, por más que de vez en cuando abras tus sábanas para alguno de ellos con la condición excluyente de que resigne sus pretensiones amorosas antes del primer beso.
     A vos que soltás sonrisas a algunos y carcajadas a otros pero que nunca serías capaz de liberar una lágrima por los que aúllan a las puertas de tus secretos, bajo el dintel que hace de entrada a tus temores, a tus horrores, a tus pasiones.
     A vos que sin despeinarte cambiás de peinado y de maquillaje, de falda y de blusa, de hastío y de frustración al verte así, perfectamente alineada en vertical, parada sobre unos tacos reos frente al espejo que muestra detrás de tu figura un vacío abismal.
     A vos que tenés los perdones cortos y los olvidos largos, que preferís los charcos concisos a los mares infinitos y los fríos silencios al rumor de las tibias brisas que brotan sin tu permiso, confiando en que siempre tendrás un buen refugio a mano para resistir la tentación de arrojarte sobre alguna de ellas cerrando los ojos y pensando en que nadie se la ha ganado.
     A vos que mirás hacia los costados cuando te viene de frente un deseo ajeno y atrevido que busca encantarte y sacarte del centro y llevarte cabalgando sobre tu lomo contra el respaldo de una cama para atormentarte con la idea de un amor imposible de ser resistido, un amor insolente que habla un lenguaje que a vos no te interesa aprender porque bien sabés que es posible que te deje muda.
     A vos que tal vez estés leyendo sorprendida este extracto con pretensiones poéticas ubicadas desordenadamente en una interminable lista de horas perdidas en tu nombre; este pedacito enorme de lo mucho o poco que alguna vez creí poseer y que, por más que pretenda disimularlo, si no fuera por vos, no sería por nadie.
     A vos, sí a vos.

     Y también a vos te corresponderá asumir alguna vez -aunque sea a regañadientes- que todo lo escrito hasta ahora ha sido por vos. ¿Cuándo? Quién sabe... Acaso cuando, tarde o temprano y como sombras, asomen sin pedir permiso por detrás del cuadro de la pared o por la ventana, aquellos otros versos escritos durante esas noches en que te buscaba por la calle entre la gente con esta misma pertinacia que hoy, sin saber bien por qué, me ha traído nuevamente hasta una hoja a mirarte con la ñata frente al vidrio que divide tu olvido de mi memoria, arriesgando mi vida en este azul de frío en donde de nada sirve ya insistir con aquella falsa premonición que aseguraba que sin vos me moriría; siendo que, finalmente, he logrado sobrevivir sin tu fe ciega y tu futuro injustificable, sin tus profundidades y tu superficie, sin tus carcajadas batiéndose a duelo con tus temores, sin tu falda en el piso y tu blusa cargada de hastío, sin el puñal erótico de tu figura recortada en el vacío, sin tu perdón brotando del refugio más lejano de tu mirada, sin tu deseo que aun siento que me falta como me falta, entre otras cosas, aquella locura que me llevó a quererte sin razones genuinas, sin evidencias contrastables, sin pruebas contundentes y, lo más terrible, sin ni siquiera las palabras justas para poder decirte algún día adiós.

RR



viernes, 15 de abril de 2016

MEDIADOS DE ABRIL


     Siempre para estas fechas vienen a mi mente palabras equivocadas. Palabras peligrosas con aroma a quizás, a tal vez, con gusto a probabilidades tan crueles y contagiosas como la peor de las pestes. Y me vienen raudamente a las manos los símbolos prohibidos de una esperanza embustera, una sombra que se pasea como una luz tramposa en la ceguera, provocando pretendidos brillos, eclipses que al final no son otra cosa más que agujeros negros llenos de nada.
    Para estas fechas, los dos buscamos evitarnos pertinentemente, nos escondemos detrás del muro de las supuestas imposibilidades para justificar nuestras humanas cobardías. Y en realidad, lo único que tratamos de hacer es conservar como buenos vecinos nuestras noches despejadas, nuestros precarios adioses de viejos amigos que ya no se ven, a salvo de los silencios que inmediatamente nos pondrían en conflicto con la música de fondo que todavía hace bailar nuestras siluetas en la memoria, que las junta insolentemente cada tanto en una cama y nos refriega por las narices la tibieza de aquellas cálidas oscuridades cómplices interpretadas erróneamente como romance.
      ¿Para qué insistir entonces si ella tiene sus cielos y yo estas cartas? ¿Para qué arriesgarnos a despertarnos en medio de una tormenta que tan bien le sienta a la hora de una siesta imaginaria? ¿Para qué provocar un nuevo cruce de excusas que viven haciendo malabares para evitar un choque frontal que probablemente nos dejaría en ridículo? ¿Para qué voy a seguir poniendo palabras tardías en su boca sólo con la intención de ahogarlas con un beso?
      Porque a pesar de que somos capaces de declarar en la soledad de una borrachera, o de una lectura posterior para conciliar el sueño, que estaríamos dispuestos eventualmente a vernos algún día a escondidas del amor, en realidad ninguno de los dos sería capaz de llevar adelante semejante imprudencia, de contener la respiración y lanzarse a ese océano turbulento en donde inevitablemente deberíamos nadar en contra del deseo de arrojarnos desnudos y sin miramientos a la corriente imparable del tiempo perdido para ahogarnos en las humedades mutuas.

     Es por eso que para estas fechas nunca me atrevo a nombrarla ni a escondidas. Y menos a llamarla desde la tierra de las aparentes casualidades para preguntarle si está bien, si todavía la sobrevuelan cada tanto los nubarrones de las angustias y los dolores pasados, si es tan fácil como a mí me parece darse cuenta de que no hago más que escribirle a otras para no escribirle a ella, que me callo y me muerdo la lengua para poder seguir sosteniendo a duras penas como hasta ahora la mentira impiadosa de haberla olvidado, o de al menos estar intentándolo. Es que nunca tuve para aportar a este caso más que pruebas falsas -y ya poco novedosas- que aspiraran a sostener aquella falacia de las distancias insuperables que mutuamente convenimos un día. Pruebas tan tontas que, al final, no han logrado más que poner en evidencia el fracaso ostentoso de todos mis intentos por no volver a ella al comienzo del otoño, a mediados de abril, al final de cada una de estas cartas escritas en días grises con mejoramientos temporarios e inútiles. Cartas en donde todavía es imprescindible -si es que pretendo evitar aludir permanentemente al color de sus ojos- barrer a un costado las horas luminosas que asomaron una vez por su ventana, aquel reflejo que parecía ofrecernos toda la primavera y que, sin embargo, no tuvo chance de verano; que finalmente se terminó convirtiendo en este frío silencio invernal que emerge impostergable entre ella y yo. Siempre para estas fechas.

RR


martes, 5 de abril de 2016

TERCERA OMISIÓN OTOÑAL


      Tal vez pude haber hecho otra cosa. Quizás debí haber intentado otro camino. Sin embargo, ya se ha hecho demasiado tarde para otra omisión y de nada sirve abdicar una vez más a un reino perdido.
      Porque he dejado que el fuego arda hasta el final, hasta consumir las últimas brasas de su recuerdo, ese fantasma provocador volando desnudo por el universo infinito de un olvido inalcanzable.
      Porque he dejado que un manantial de agua agria contamine mi sangre y me recorra como un río de aroma rancio bajo la piel ya reseca por los años; bajo estos poros cerrados por tantos dolores inevitables. Pero, sobre todo, por aquellos elegidos en medio de un arrojo enloquecido, propio del héroe manchego, que hizo que, muerto de miedo, me jugara el pellejo en cada adjetivo por una mujer que nunca accedió a ser mi Dulcinea.
      Porque me he quedado sin fuerzas y he bajado los brazos y levantado la mirada para despedirme de su cielo y de todo aquello suyo que jamás fue mío: de su piel de gallina al entrar en mi cama, de sus labios húmedos invitándome al beso y de sus pezones duros desmintiendo mis soledades.
      Porque he decidido renunciar a este otoño eterno para dejar que el viento arrase con cada una de estas malditas hojas escritas durante un pasado irrenunciable, y que las lleve hacia donde finalmente sean sepultadas un día junto a las demás desdichadas que vengan de ahora en más a cubrir otras ausencias.
      Porque mi corazón empedernido, tan ajado como mi carne, ha sobrevivido inverosímil a su carencia; y, para un falso quijote como yo, nada más queda después de cada fracaso amoroso que volver nuevamente a la tierra de las palabras a buscar otros molinos para escribir nuevas aventuras, esperando inútilmente borrar así de la memoria aquellos versos que hablaron día tras día de lo que no fue, ni siquiera por una noche.
      Porque, como dije, ya se ha hecho tarde para pretender que ya no la quiero. Ahora sólo queda esperar a la próxima primavera para recobrar alguna esperanza de conquistar otras latitudes e intentar nuevamente olvidar el rostro petrificado y atroz de su silencio.

RR


Foto: Ronén Grinstein

miércoles, 30 de marzo de 2016

LA OTRA (tangled up in blue)


     Y no, claro que no la había olvidado. Porque él sólo era bueno para olvidarse del presente, del pasado, jamás. Lo que sucede es que, para algunos, el pasado no existe, y entonces, terminan repitiendo un presente perpetuo que no es otra cosa que un pasado inmovilizado, carroñero y desleal; carente de eso que a esos otros que lo llevan a cuestas les gusta llamarlo -creo que un poco livianamente- aprendizaje, pero que, en la mayoría de los casos, es simplemente dolor. A estos pobres infelices el pasado parece perseguirlos como un perro sabueso, como el hilo de un derrame que, no importa cuánto uno haga por desviarlo, siempre encontrará un cauce maldito que lo dirija hacia las plantas de los pies descalzos. Sin embargo, en este caso, no es ninguna de estas situaciones.
      En realidad, a él le da por pensar en ella cuando ella quiere, cuando a ella se le ocurre bailar en la sombra de su pieza -donde es su paso el que regresa-. Y con ella regresan a él como tropas revanchistas los aromas y los versos (este tipo de versos) que ya no requieren ni siquiera una explicación de su parte hacia aquellos que habrán de leerlos sólo por la curiosidad morbosa de ver en vivo y en directo un tipo agonizando. Y calcularán dentro de sus escalas de prioridades con sus manuales de emociones equilibradas cuán lejos ha ido ella con su tan cercana lejanía y cuán libre se vería él si no sintiera la obligación de escribirle cada tanto, declarando con descaro una falsa certeza de ejercer una especie de libertad soberana sobre su alma que, en realidad, ha sido conquistada y la tiene a ella ahí, reinando el reino de un cielo abierto, con una ventana de par en par apuntando a su olvido. Un olvido que a él le da qué pensar, le da esa fantasía de creer que no es tal, que es cual, que en realidad es más deseo de que él fuera otro, o tal vez, de que ella fuera la otra.
      La otra... ¿Y quién sabe quién sería según él la otra? Probablemente para él la otra podría ser esa persona que está ahora golpeando las palmas de sus manos en la vereda. Esa persona que tal vez golpea para ver si él se asoma disimuladamente por la ventana a comprobar que es ella la que está otra vez ahí desenvolviendo el último pedacito de su recuerdo para tragárselo y terminar de una vez por todas esa caja de bombones en donde quedan siempre huérfanos esos que nadie quiere comerse. Seguramente a él le gustaría que esa otra fuera ella, la que aplaude cada vez más fuerte y vocifera maldiciones porque él no se anima a abandonar su propio abandono para salir a atenderla. Pero no, esa persona no es ni ella ni la otra, sino el vecino de al lado ofuscado y molesto preguntando de mal humor si va a tener a Dylan cantando a viva voz hasta la madrugada o lo va a mandar a dormir antes de que amanezca, antes de que llame a la policía que vendrá entonces a levantarle un acta por ruidos molestos y enamoramiento ilícito.
      Es que él ya no puede seguir ocultando que cada vez que escucha palmas en la puerta o pasos en su cocina o el lejano reflejo de la luz encendiéndose en el baño, sueña que es ella. ¿De qué serviría a esta altura de un partido suspendido por mal tiempo seguir negando que se ha quedado solo en la tribuna esperando que ella aparezca de cualquier lado a redimir el pecado de quererla con razones agotadas y vencidas? Pobre estúpido, justo a ella... A ella que tanto disfruta de pasearse impunemente por los límites de sus más ocultos secretos con falsos aires intelectuales, con sus deseos ocultos desbordados y siempre con una nueva selección de palabras que, tarde o temprano, lo terminan empujando a redactar un nuevo intento por no sucumbir a la tentación de escribirle irremediablemente lo que ya le ha escrito una y mil veces, una y mil noches, entre una copa y otra, brindando en su nombre y ocultándose de todos aquellos que creen saber de qué se trata, mientras leen falsos apodos con un sabor a ella invisible pero innegable; con esa textura áspera de su adiós renunciando en silencio a quererlo sin pros ni contras, sin pelos en la lengua, sin prisa y sin pausa, y que no es más que la misma puta manera que me ha quedado a mí de quererte a vos. De quererte así, abarrotado de arrepentimientos, acobardado de valentías fáciles rescatadas de unos cuentos sin argumento y unos versos que sólo logro escribir a estas horas de la noche cuando ya no me acuerdo cómo carajo llegué a quererte como te quiero. Así, lleno de promesas de no volver jamás a buscarte y rodeado de una realidad cruel y malvada que sigue refregándome por esta cara pintada por el blanco de una soledad marcada por tu ausencia que sin vos me voy a morir sólo como un perro; que sin vos me voy a acompañar para siempre de amores que perseguiré nada más que para olvidarte. Algo que, al igual que él con ella, jamás podré lograrlo.

RR


viernes, 25 de marzo de 2016

MEMORIA PARA UN SILENCIO


     Ya se sabe, la muerte deja huecos, deja espacios vacíos, deja fotografías de gente que ya no está, gente vestida con ropas de otros tiempos que seguramente fueron regaladas después de haber abierto los roperos y los baúles ceremoniosamente y con los ojos brotados de lágrimas. Así es, la muerte deja preguntas sin respuestas y respuestas sin destinatario; deja conflictos sin resolver y planes sin concretar; deja interrogantes sin develar y presunciones que jamás podrán ser cotejadas fehacientemente. Pero la muerte deja algo mucho más duradero, y quizás por eso, más trágico: la muerte deja silencio.

     El 30 de septiembre de 1976 estaba un niño probablemente dando vueltas alegremente por los pasillos o por las habitaciones o por el patio de la casa de Alberdi 67 situada en un pueblito del sudeste bonaerense. Una casa enorme donde ese niño pasaba buena parte de sus horas bajo techo. Esa casa era la fortaleza que albergaba algunos de los tesoros más preciados de esa infancia y, también, era el lugar que guardaba un silencio desconocido, un silencio que discurría por debajo de la música que permanentemente inundaba aquellos ambientes, un silencio que no era ese de la siesta, cuando había que jugar haciendo el menor ruido posible, aliviando los pasos al caminar por los techos de las casas contiguas mirando a ese Colegio Nacional extrañamente vacío; sacando algunos higos del árbol vecino cuando el verano sumaba el sopor al silencio.
     En esa casa había una fotografía en blanco y negro de un muchacho de barba que miraba hacia un costado. Nunca, mientras ese niño jugaba en aquella casa, se preguntó quién era él y por qué el silencio parecía mantenerlo apartado de sus risas y de sus juegos; los años se encargaron de responder finalmente esa pregunta. El muchacho de barba negra aguardaba ahí, bajo el vidrio de una cómoda, sin palabras atadas a su recuerdo. Él habitaba un silencio que volaba como un insecto venenoso alrededor de la inocencia de los prematuros años de ese niño y lo llenaba de curiosidad. La misma curiosidad que le provocaba una chapa de médico en la puerta con el nombre de alguien a quien no recordaba haber visto nunca en esa casa aunque tuviera su mismo apellido.
     Por esas cosas que tiene la vida, sus días en aquel paraíso de juegos y tesoros se redujeron sólo a los de verano. Luego de la finalización de las clases, viajaba en la primera fila de asientos del ómnibus Pampa hasta ese pueblo donde se levantaba aquella casa a la que no podía dejar de sentir como suya. Un pueblito desconocido para casi todos, pero en donde, como sucede en este tipo de pueblos pequeños, su nombre significaba algo más. Había en ese lugar mágico una historia que lo incluía, y ahí lo esperaban cada diciembre los techos, la higuera, la música... y ese silencio.
     Nunca nadie durante aquellos años le habló a ese niño del muchacho retratado en la fotografía bajo del vidrio de la cómoda. No obstante, había escuchado alguna vez al pasar un nombre que, justamente, coincidía con ese que estaba en la chapa de la puerta. A partir de ese momento, sin que nunca pudiese dar una explicación lógica y convincente, empezó a sentir cierta simpatía por aquel muchacho, un interés que iba -y de hecho fue- más allá de lo que uno esperaría por un desconocido.
     Como suele ocurrirnos a muchos, los años nos van alejando de aquellas cosas que en otros momentos creímos no sólo importantes, sino hasta indispensables. Así le pasó al joven que alguna vez fue aquel niño. Comenzó a frecuentar esa casa mucho más esporádicamente. Ahora vivía en una ciudad y tenía otras actividades, otros ámbitos sociales y hasta otros intereses. Lo único que no tenía era otro silencio. Ese silencio seguía siendo el mismo de siempre, el de su amigo de barba negra. Algo había en aquel rostro en blanco y negro que lo mantenía presente constantemente, algo que no podría yo explicar ahora sin entrar en un terreno metafísico -el cual prefiero mantener fuera de este relato-.
     Ya de más grande supo qué parentesco lo unía al personaje de la fotografía y qué había pasado con él. Sin embargo, el silencio permanecía tal vez más cerrado que nunca. Y cuanto más cerrado era ese silencio, más cerca se sentía de él, más se abrazaba a su destino, más creía que era su deber transformarlo en algo, en palabras que pudieran haber salido de su boca sellada bajo un vidrio sin posibilidad de sonreír, de mostrar sus dientes blancos, de dar a conocer su historia que era mucho más que la de una ausencia silenciosa. Una historia seguramente dolorosa, y quizás por eso omitida, que esperaba ser convertida en memoria del presente. Así las cosas, algunas circunstancias personales lo fueron llevando en dirección a su vida, a la del muchacho y a las de otras personas que lo habían conocido, que se habían sentado con él a una mesa, que habían escuchado algunas palabras de su boca, y que, al igual que él, buscaban restituir su voz. Escuchó sobre sus días y leyó sus palabras de su puño y letra. Y hasta supo de su muerte. Con cada nuevo detalle, su rostro y su cuerpo entero salían de ese mundo bidimensional y se iban llenando de sangre caliente y de piel oscura, de pelo rizado y mirada misteriosa, de ideas y de anhelos que, no importa cuán duro sea el golpe, parecen siempre sobrevivir.

     Hoy ese pasado finalmente es presente. Esa fotografía ha salido de abajo de aquel vidrio y sonríe gustosa en la vida de quien es ya un hombre. Y aquella chapa de la puerta de la casa tiene ahora un lugar en su biblioteca y vibra con la música que ahora le toca esparcir por los ambientes a él, después de haberse colado en sus huesos durante tantas horas acompañado de aquel silencio. Hoy aquel niño tiene una amistad entrañable con el muchacho de barba negra y parece haber encontrado una parte de lo que fue y de lo que es. Una parte que probablemente el muchacho de la foto nunca hubiese imaginado. De a poco ese niño sobreviviente se ha ido haciendo cargo de aquel silencio, buscando entre idas y vueltas un sonido para darle una voz. Y ese silencio ya no le provoca en este hombre lo que le provocaba al niño, ya no tiene aquella curiosidad mezclada con temor a lo desconocido, ya no siente la necesidad de corresponderlo con otro silencio respetuoso y trágico. Ya no.
     Desde hace unos años, el niño y el hombre han decidido satisfacer juntos aquella necesidad postergada de recomponer una de las fichas más importantes del rompecabezas de una infancia de pueblo. Agregar a la mesa una silla que había sido retirada dejando un espacio vacío y silencioso. Los dos saben que quienes quedan son quienes deben tomar la posta de los silencios guardados, son quienes les deben el sonido de sus voces perdidas, son quienes tienen que darles un lugar en sus mesas, una copa en sus brindis, un abrazo en sus alegrías. Ese niño hoy adulto ya no necesita regresar a aquella casa, ya no le hace falta sentir aquel viento tibio atravesando la galería que corría de una punta a la otra. Porque nunca más pudo separarse de aquel silencio que se cortaba sólo de vez en cuando con el sonido de unos pasos con suela de goma chirriando contra el piso, dirigiéndose todos los días hacia un tocadisco para adornar los rincones de una infancia con increíbles melodías. Inolvidables acordes que, junto al silencio del muchacho de barba, supieron entretejerse en sus genes para ser quien hoy es.

     Sí, mi nombre es el de aquel niño, sobrino de Jorge Orlando Repetur, secuestrado en la ciudad de La Plata, Argentina, por fuerzas del terrorismo de estado, el 30 de septiembre de 1976, junto a su mujer Gabriela Carriquiriborde, embarazada de seis meses; vistos con vida por última vez en febrero de 1977 en el centro clandestino de detención “Pozo de Banfield”.
     Sus silencios todavía viven en la identidad secuestrada y oculta de su hijo o hija a quien yo y otros buscamos y esperamos abrazar un día. Sus palabras viven y vivirán en la memoria de todos los que perseguimos verdad y justicia.

     Por ellos, por nosotros, por todos: NUNCA MÁS.

RR


DE LA NOCHE A LA MAÑANA

     ¿Qué hora es?... ¿Ya?... ¿Y a qué hora se hizo esta hora? ¿Dónde estaba yo cuando esa hora vino y se fue la anterior? Porque se fue, ...